Download ACCESO A LA HOMILIA del P. Daniel Codina

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Domingo octavo del Tiempo Ordinario ciclo A
Is 49, 14-15
1C 4, 1-5
Mt 6, 24-34
“Hermanos: Que la gente sólo vea en nosotros servidores de
Cristo y administradores de los misterios de Dios”. Así nos
exhortaba san Pablo, queridos hermanos y hermanas, al principio
de la segunda lectura de esta misa: una exhortación que bien
podemos tomar como guía para comprender y vivir la enseñanza
de Jesús en el evangelio; enseñanza sacada, un domingo más,
como viene haciendo la liturgia estos primeros domingos durante
el año, del conocido Sermón de la montaña, en la versión del
evangelista Mateo. “Ser sólo servidores de Cristo” y
“administradores de los misterios de Dios”. Y el evangelio, lo
recordáis, decía sólo al empezar el fragmento: “Nadie puede estar
al servicio de dos amos…No podéis servir a Dios y al dinero”.
Servir sólo al Señor Jesús, no a otros “señores” y administrar los
bienes de Dios, no el dinero. Dos frases paralelas que vienen a ser
sinónimas: el corazón y los actos de los discípulos del Evangelio
no pueden estar divididos en diferentes intereses contradictorios,
o mejor, contrapuestos; intereses que ocupen nuestra confianza,
nuestra seguridad, nuestro bienestar, nuestro objetivo final. Sólo
vale un señor, y está en nuestras manos el hacer la elección; sólo
vale ser administradores de un patrimonio: ¿cual escogemos?
Jesús no impone: Él sólo invita y desea y urge a que nuestra
libertad decida, de manera que nuestro corazón no esté partido, no
sea incongruente, inestable e inseguro. Nos descubre la fuerza de
la unidad entre el querer y el ser. Aquí entra en juego el Espíritu
Santo, luz y fuerza para nuestra mente, para nuestra alma, para
nuestra voluntad.
En esta frase inicial del texto resuenan las bienaventuranzas, que
Mateo sitúa al inicio del sermón, como anuncio del Reino y como
camino a seguir. Y de manera especial resuena la
bienaventuranza: “Dichosos los limpios de corazón, porqué verán
a Dios”. En efecto, tener el corazón limpio, según los exégetas,
puede significar tener el corazón unificado, no partido entre
intereses diferentes, a menudo contradictorios. Es hacer realidad
en nuestro ser el primer mandamiento, el más importante de
todos: “Amar a Dios sobre todo y al prójimo como a si mismo”.
Por eso los limpios de corazón son los que “verán a Dios”, por
quién apostaron, en quién confiaron y a quién prometieron
fidelidad y lealtad. Y por quien, tantos y tantos mártires y fieles
cristianos, dieron gustosos sus vidas.
Después del enunciado inicial, con valor de proclama general,
viene la parte de las consecuencias: no estar agobiado por las
cosas de la vida. Esta parte, muy gráfica y llena de poesía y
belleza, no deja de inquietarnos y dejarnos un poco perplejos ante
la realidad de la vida, ya sea la personal o la de tantas y tantas
personas que viven o malviven a causa de tantos efectos
destructores o de tantos intereses egoístas de los poderosos. Es
verdad que es una proclama a cada uno de nosotros en particular,
pero, en este momento de la predicación, después de la lectura
colectiva, se torna una proclama que la Iglesia, que los cristianos
hacemos a nuestros hermanos los hombres que, junto con
nosotros hacen el camino de la vida en este mundo convulso y
contradictorio; unos hermanos a los que hay que ayudar a salir de
su agobio, no sólo exhortando a la confianza y a la paciencia, sino
trabajando para erradicar de nuestra sociedad la pobreza y el
sufrimiento, la violencia y el deshonor.
No nos equivoquemos, hermanos y hermanas, El Señor se dirige a
cada uno en particular para que escoja entre seguir a Jesús y a su
Reino o bien continúe instalado en sus bienes, fruto de su trabajo
o de su astucia, que le dan seguridad y felicidad momentáneas.
“Buscad sobre todo el reino de Dios y su justicia; lo demás se os
dará por añadidura”.Este es el gran reto de la fe y también el de
la esperanza y sobre todo el de la caridad.
Que esta eucaristía, celebrada y vivida juntos aquí y en comunión
con todos los hermanos en la fe, esparcidos por todo el mundo,
nos dé luz y fuerza y plena conciencia para decidirnos por Dios.
Que el “Amén” pronunciado al recibir el Cuerpo de Cristo tenga
el valor de testimonio de fidelidad y de esperanza, al mismo
tiempo que de compromiso firme de caridad. Así sea.