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XL
Sin oración la caridad se desvanece
San Juan de la Cruz , decía:
“Ante el trabajo debemos ser como el corcho en el agua”.
El agua no consigue sumergir el corcho; los muchos quehaceres y
trabajos no pueden conseguir que dejemos de orar, no pueden tragarse
nuestro tiempo más importante, el que nos alimenta y del que sacamos
fuerzas, el tiempo de oración, el que dedicamos a estar con el Señor.
Necesitamos orar para sentirnos tan acogido por Dios como nosotros
deseamos acoger a los que nos llegan; tan suyos que no podamos esquivar
su voluntad ni sus proyectos; tan amados como tenemos que amar; y tan
aceptados por Él que no le fallemos al tratar con los necesitados.
Para el creyente, la oración es como el alimento; por un tiempo se
puede vivir sin comer, pero si prolongas el ayuno te debilitas y enfermas.
Los creyentes, especialmente los de Cáritas, si no oramos nos
desorientamos y debilitamos en el trabajo, perdemos el sentido de la
orientación y nos situamos en el plano de los trabajadores sociales, nos
fundimos y confundimos con las ONG’s, cosa que no está mal, pero que no
es lo nuestro.
Somos cristianos y la vivencia del evangelio nos trajo a Cáritas,
necesitamos de la oración, experiencia de presencia del Señor, para
mantenernos en el deseo de seguir los pasos de Jesús curando y procurando
el bienestar del prójimo, partiendo y compartiendo el pan, todo cuanto
somos y tenemos. La oración nos desvela que solo de pan morimos cuando
vivimos solo para el pan.
Como creyentes cristianos, los que formamos Cáritas no podemos
limitarnos a dar pan, a alimentar, a mantener en la existencia pues sería
aceptar que “el poder fabrica pobres y nosotros se los alimentamos” y de
esto no se trata, eso sería un insulto al Creador.
Realmente lo que espera y desea el poder es que alimentemos a sus
pobres; lo que no nos perdona es que le denunciemos como causa de
hambre y muerte. Y hasta ahí hay que llegar para que la caridad sea
misericordia, que la caridad haga que yo cargue en mi corazón con las
miserias de mi prójimo y las sienta como propias. Sin oración, ¿creéis que
lo conseguiremos?
La oración enseña desprendimiento, olvido de uno mismo, de su
“ego”, a la vez que mantiene en el deseo de entrega a Jesús y, siguiendo sus
pasos, entrega al que sufre. En Mc 8,35 y sus paralelos Mt 16,24 y Lc9,23
encontramos: “Quien quiera venirse conmigo que coja su cruz y me siga”.
Sin la oración que conduce al desprendimiento personal se hace muy
difícil el seguimiento de Jesús; sin oración puede haber solidaridad, pero no
fraternidad; la solidaridad expresa la humanidad de la persona, la caridad
expresa su fraternidad. Este es otro de nuestros principios de acción:
“No basta con ser solidarios, hay que llegar a ser fraternos”.
Orar, estar con el Padre nos abre los oídos y el corazón para crecer
en sentido y sensibilidad con los necesitados, con los que más ama Él.
“Tener sentido y sensibilidad con el pobre” es tener capacidad de
empatizar con los que sufren, para advertir, detectar su dolor y hacerlo
nuestro. “Tener sentido y sensibilidad con el pobre es crecer en
fraternidad”.
Orar ensancha la experiencia de Dios, estrecha la cercanía con el
hermano, nos abre a Dios y al que nos necesita. Orar nos hace prójimos.
Orar, vivir en intimidad con el Señor, nos anima al servicio de forma
pacífica y efectiva. Tengamos en cuenta que la fe, si es auténtica, conduce
siempre a compromisos de servicio que hay que realizar en una sociedad
injusta como es la nuestra y en un sistema económico que produce hambre
y marginación. Sin duda, es la oración la que nos posibilita vivir sin perder
la paz trabajando en pleno conflicto.
Los cristianos estamos entre dos fuegos, entre los que producen
hambre y pobreza y los que la sufren; con unos tenemos que vivir la
caridad, darles de comer y con los otros tenemos que abriles los oídos y el
corazón para que escuchen el clamor de los que sufren; si no nos hacen
caso gritaremos, protestaremos, pediremos justicia y les denunciaremos,
por ellos llegaremos a la profecía. Solo así viviremos la misericordia que
pide el evangelio, sabiendo que no acabaremos con esta guerra, no
desterraremos la codicia pero ganaremos alguna batalla. Sabemos que
“Pobres siempre habrá, siempre tendréis”, pero a nuestro lado unos pocos
pobres serán un poco menos pobres.
Oremos
para profundizar en la experiencia creyente,
para crecer en la fe y mantenernos trabajando por la justicia.
Oremos
para que el Señor nos pueda dar
lo que Él desea que demos a los demás.
En la oración damos al Señor nuestras primicias,
las primicias de nuestras primicias, le damos nuestro tiempo.
Estando en oración nunca perdemos el tiempo, lo damos.
Lo mejor que podemos darle al Señor es nuestro tiempo, que es, justamente,
lo mismo que podemos dar y que esperan recibir los pobres que nos visitan: nuestro tiempo.