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PADRE HURTADO CAMINANTE1
Por Esteban Gumucio ss.cc.
Él iba adelante sin ostentación, siempre caminante.
Hombre de mirada alerta, abierto al Espíritu, que sopla donde quiere, en todo
tiempo y lugar. Iba caminando con seriedad de un profeta, con la responsabilidad
de un pastor, con la sonrisa mansa de un niño.
Yo lo conocí más detenidamente en un viaje a Roma, el año 1947. Viajaba junto
con el padre Hurtado y don Manuel Larraín, dos hombres de Iglesia, dos
corazones llenos de amor divino a este mundo tan amado de Dios.
En el aeropuerto. unos periodistas tomaron fotografías de estos tres eclesiásticos
vestidos de clerygman con cuello romano y calañé negro. En la foto, publicada al
día siguiente en El Diario ilustrado, aparecía como titular el nombre de una
novela en boga: “Tres Monjes Rebeldes”. Durante el viaje yo, sacerdote joven,
los escuchaba sin perder una sílaba. Era un privilegio oír a estos dos hombres
santos, que representaban el pensamiento de avanzada en la pastoral de la
Iglesia.
Conversaban animadamente. Sin saberlo, preparaban el Concilio Vaticano II.
Caminaban y caminaban por caminos recién trazados. Soñaban amorosamente
nuestra Iglesia servidora del mundo, temerosos de sus tardanzas, pero confiados
en el Buen Pastor que conoce a sus ovejas.
El corazón apasionado del Padre Hurtado caminaba sin descanso urgido por la
condición de los trabajadores y su lejanía con nuestra Iglesia. Pensaba que no
teníamos derecho a dormir un minuto más de lo indispensable. Mira, que ya viene
el esposo y 105 pobres del mundo necesitan a Jesucristo, necesitan a una Iglesia
de lámparas encendidas.
Caminaban, conversando, por los libros más señeros del momento: De Lubac,
Cangar, Rahner, Guardino...
Longay, Grandmaison, Schillebeeckx, Haring, Durwell, el P. Liege, etc...
Recordaban al P. Fernando Vives, mi tío abuelo. Se paseaban por la historia y los
acontecimientos de nivel mundial y nacional. Nada les era indiferente. Las
encíclicas sociales encendían luces impacientes sobre la política mundial y sobre
nuestra pequeña y pujante política de rincón del mundo.
Eran tiempos de encontradas tendencias, no menos apasionadas que las de
ahora, y contradicciones entre grupos de laicos católicos y simpatizantes de
obispos de ambos bandos. Eran tiempos de pioneros juveniles con voz ante la
opinión pública, líderes de la Acción Católica, y de renovadores aires en la
política de partidos. Iban y venían cartas y acusaciones Chile-Vaticano y
viceversa.
Limpio de corazón
El padre Alberto caminaba libre, firme y sonriente.
1
En Mensaje nº 481 (1999) pág. 10-11
Su pasión era Jesucristo, Jesucristo inseparable de su pueblo, Jesucristo Justicia
y Amor, Jesucristo y los pobres del mundo, Jesucristo y su Iglesia santa y
pecadora.
Caminaba agradecido, agradeciendo, muy consciente del sorprendente realismo
de la fe. Era un hombre alegremente convencido de que es Dios quien invita a
caminar, el que camina contigo, el que toma las iniciativas, el que te provoca el
amor, el que despierta los dones e instrumentos que Él mismo ha puesto en tus
manos. Esta es la llave de la paradoja de su personalidad.
Era fuerte, podría haber sido dominante y avasallador, su fe lo hizo humilde y
manso. Podría haber sido un activista, un enfermo de activismo; fue un
verdadero hombre de acción, de aquellos que lo dan todo, pero desde la fuente
pacífica y ardiente de la oración. Sin perder el encanto de su fogoso amor y de su
temperamento lleno de energía, poseía una bondadosa paz alegre que le venía
del temple de su fe viva. Él sabía con esa sabiduría honda de cristiano verdadero
que sólo a Dios le pertenece la gloria y que sin su Voluntad, todo es vanidad y
aflicción del espíritu. En el padre Hurtado, la grandiosidad pacífica del lago
interior alimentaba incesantemente el flujo de sus cascadas y dinamizaba todas
las turbinas de su creatividad poderosa.
Él poseía la sabiduría propia de los limpios de corazón: ellos saben encarnar los
ideales de caridad solidaria en obras concretas oportunas, que responden a las
urgencias del Corazón del amigo Jesús en sus necesitados. Es la sabiduría de
quienes tienen bien conectada la cabeza con el corazón y las manos. Cabeza bien
puesta, corazón amante, manos disponibles y eficientes. Sabía aterrizar los
sueños y hacerlos pan, techo, camioneta recolectora de niños vagos, fogosa
predicación de retiros en que el Evangelio proclamado arrasaba con joyas del
auditorio para convertidas en Hogar de Cristo, en noviciado, en templo, en asilo
para niños y viejos. Todo cuanto sabía cosechar de la madura mies de Cristo iba a
parar a la olla y corazón de los que tienen hambre.
Sacerdote a la escucha
Pero, el hombre de acción no era prisionero del tiempo. Había escogido ser
atento servidor de cuantos cruzasen por su camino. Era caminante a manera de
Jesús, co-peregrino de los discípulos de Emaús. Tenía siempre tiempo y espacio
interior para escuchar. Me edificaba ver a este hombre tan ocupado en empresas
cristianas de gran calibre, hacerse accesible, ponerse a escuchar sin reloj, con la
misma dedicación y apertura, a un niño del colegio o de debajo de los puentes y
a un personaje de la política nacional. Era siempre el mismo acogedor hombre
sencillo, a quien se le asomaba el corazón de amigo compasivo. Parecía que él te
daba las gracias por haber venido y que, por él, el mismo Jesús te preguntaba
“¿qué venías conversando por el camino?” y tú mismo te hacías preguntas y
encontrabas tus respuestas atinadas. “¿No es cierto que nuestro corazón ardía
cuando caminaba con nosotros por nuestro camino?” Muchas personas, a través
de ese sacerdote a la escucha han reconocido a Cristo en la fracción del pan y, a
su vez, se han convertido en pan para otros.
Durante los días de viaje en Londres, París y Roma, teníamos también tranquilos
tiempos de oración. El Señor era siempre el primer servido. En el avión, yo lo
observaba por el rabillo del ojo en esos tiempos de silencio mayor que de común
acuerdo nos dábamos. Comenzaba por la liturgia de las horas; desembocaba en la
lectura de la Biblia y por fin navegaba en silencio hasta la quietud del hombre en
contemplación. Otros momentos eran de estudio, reflexión y prolijos apuntes.
Pasado un buen tiempo, él y Don Manuel compartían algo de sendas lecturas y
recomenzaban el vuelo de sus inquietudes y reflexiones. Aludían a documentos y
revistas de estudio que ambos poseían en profundidad, con una prodigiosa
frescura de memoria. El amor a la Iglesia condimentaba todas esas búsquedas.
Con qué convicción aparecían en sus vehementes alegatos los documentos de la
Santa Sede. Ambos los llevaban en el corazón y, a veces, los esgrimían con
estacadas certeras. Eran amigos en entrañable amor común a esta nuestra Iglesia
de Cristo. Podían criticar posturas e ideas, pero nunca faltar el respeto fraterno.