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HOMILÍA en la Fiesta de Nuestra Señora de la Caridad Coronada. Basílica, Sanlúcar de Barrameda (15 de agosto de 2014) Querido D. Luis, Rector de este Santuario; D. Juan Celio, Párroco de Nuestra Señora de la O y hermanos Sacerdotes concelebrantes; Iltmª. Sra. Alcaldesa y miembros de la Corporación Municipal; Dignísimas Autoridades civiles y militares; Sr. Presidente y miembros del Consejo de Hermandades y de distintas Representaciones locales; Sr. Hermano Mayor y Junta de Gobierno de la Hermandad de Nuestra Señora de la Caridad; hermanos todos en el Señor: Una vez más, nos reunimos alrededor de la Mesa de la Eucaristía para venerar a nuestra Patrona, Nuestra Señora de la Caridad. Hablar de Patrona es lo mismo que decir que Ella es la que nos cuida, la que nos protege, la que nos ampara y nos ayuda. Y en este año en que conmemoramos el 50 aniversario de su coronación, venimos ante nuestra Madre con la certeza de que Ella, que ha alentado la fe en tantas generaciones de antepasados nuestros, es la que mejor nos puede ayudar a entender el plan de Dios y a reconocerlo como un designio de salvación y de misericordia. No solamente en las circunstancias extraordinarias, sino en todos los momentos de nuestra vida. Por eso, ante nuestra Madre y junto a Ella no tenemos más remedio que comenzar dando gracias a Dios por el amor que nos ha tenido regalándonos esta bella advocación, verdadero árbol de la Caridad, fuente de alegría y de gozo para toda esta Ciudad y lugares a donde la fe llevó su recuerdo y que a lo largo de los siglos, como bien expresa esa coronación canónica, ha consolado, fortalecido y animado los corazones de sus hijos para poder hacer frente a los avatares de la vida. ¡Gracias Dios mío por darnos esta Madre que ha sido y es el consuelo para tantos hombres y mujeres a lo largo de los siglos!¡Gracias Señor por nuestras familias, por nuestros mayores que nos supieron transmitir el amor a la Virgen de la Caridad!. La Caridad abre las puertas del cielo Al mismo tiempo, celebrar la fiesta de Nuestra Señora de la Caridad en Sanlúcar nos invita a prolongar la mirada sobre nuestra historia situándola a la sombra de la Asunción de la Virgen María a los cielos. Nos seduce elevar la mirada y vislumbrar un cielo abierto y un camino de fe y amor recorrido hacia la eternidad. Camino que nos llama a acoger en nuestros brazos a su Hijo, Aquél que nos trae el “agua que salta hasta la vida eterna” (cf. Jn 4, 14), invitándonos a beber del “amor de Dios” para poder así calmar la sed de eternidad que late siempre en nuestro corazón. Dejémonos pues, hermanos, cubrir por la sombra de la Caridad de Nuestra Madre que quiere acercarnos a esa “puerta del cielo” abierta por su Hijo. Cristo, que “por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo” –como confesamos en el Credo- venció la muerte con la 1 omnipotencia de su amor. Sólo el amor lo llevó a morir por nosotros y así vencer la muerte. Sólo el amor podía ser la llave que abriera de nuevo la puerta del Reino de la vida. Y por el Amor, Ella, la Madre de la Caridad, entró también en el Reino detrás de su Hijo, asociada a su gloria, después de haber sido asociada a su pasión. La nueva Eva siguió al nuevo Adán en el sufrimiento, en la pasión, así como en el gozo definitivo. Cristo es la primicia, pero su carne resucitada es inseparable de la de su Madre María. Y en Ella, toda la Iglesia y todos nosotros los hombres estamos implicados en la Asunción hacia Dios. Según nos recuerda San Pablo, toda la creación participa de este movimiento, cuyos gemidos y sufrimientos, son como “los dolores de parto” de una humanidad nueva. En la Virgen Asunta podemos barruntar el nacimiento de “los nuevos cielos y la nueva tierra en que habite la justicia”, en los que ya no habrá ni llanto ni lamento, porque ya no existirá ni el mal ni la muerte (cf. Ap 21, 1-4). Es ésa la gran luz de esperanza que enciende ante nosotros la fiesta que hoy celebramos. Y es una luz de esperanza porque se proyecta no sólo hacia el cielo, sino a la tierra. “El Poderoso ha hecho obras grandes en mí. Su Nombre es Santo” (Lc 1, 46ss), son palabras de María en el Magnificat. La Virgen nos advierte que sólo con Dios es posible un mundo más humano y bondadoso donde todos los seres humanos puedan crecer en dignidad y respeto. Es la Asunción de María la que nos grita que "Dios es el fundamento de la esperanza" como hemos podido ver en estos últimos días encarnado en el misionero Miguel Pajares y en esas religiosas que dan su vida para el servicio de los más pobres y todo por amor. Es la Asunción de María la que nos recuerda que la vida de todo cristiano –como la de Ella-, es un camino de Caridad; de seguimiento de Jesús; un camino que tiene una meta bien precisa, un futuro ya trazado: la victoria definitiva sobre el pecado y sobre la muerte, y la comunión plena con Dios, porque, con palabras del Apocalipsis que hoy se ven refrendadas, “la victoria final es de Nuestro Dios”. (cf. Ap 7,10s) Unir el corazón a María Por otra parte hablar de Caridad es hablar de la maternidad divina de María que no sólo es un lazo físico, sino que rebasa ampliamente los contornos de un hecho biológico para convertirse en comunión interpersonal que une los destinos de la Madre y del Hijo. Así por amor de Dios, -la llena de gracia-, fue unida íntimamente a Cristo y asociada a la obra redentora de su Hijo. De esta forma, a través de la maternidad de María, Dios –en Jesús- se ha puesto a nuestro lado, camina junto a nosotros, está en nuestra casa, en nuestro trabajo y en nuestra familia; en los momentos que tenemos que llorar y en los que somos felices. María, como nos muestra esta bella imagen de nuestra Patrona, es inseparable de su Hijo, y Jesús inseparable de su Madre. Ella es como otra presencia del Señor, humilde, dulce y callada. Desde la concepción hasta su asunción al cielo, María recorre el camino de su Hijo, no solo yendo a su lado sino identificándose con Él. Es la Madre gozosa que siente su Hijo en su seno, y rebosa de alegría tras su nacimiento; la Madre, que guarda todas sus palabras en el silencio de su corazón; y que, acudiendo a la escuela de su seguimiento durante su vida pública escucha su Palabra poniéndola en práctica; es la Madre que sigue el proceso y la sentencia de muerte contra su Hijo inocente, sintiendo los latigazos y sus caídas como propias. Ella es la que al pie de la Cruz, nos recibió como hijos y lloró los desgarros del Hijo de sus entrañas hasta el último suspiro. Y es la mujer que esperó contra toda esperanza que su Hijo no moría para siempre, que no dudó nunca del amor de Dios y tuvo siempre la certeza –al igual que Abraham- de que 2 “poderoso era Dios para resucitar a su Hijo”. ¡Quién podía ser mejor testigo de la esperanza en la resurrección que la madre que no puede olvidar el fruto de sus entrañas!. Por todo ello mirar a María en esta mañana es pedirle que nos enseñe y nos ayude a ser discípulos de su Hijo y que nos ayude a seguirlo como Ella lo siguió. Venerar a Nuestra Señora de la Caridad es pedirle que nos ayude a preparar nuestro corazón para como Ella acoger en él a su Hijo. Por tanto, unamos en este día nuestro corazón al latido de su corazón para poder proclamar con Ella las grandezas del Señor. Escuchemos con Ella que “para Dios nada hay imposible” (cf Lc 1, 37) y por tanto es posible un mundo más humano y bondadoso donde se respete la vida de todos los seres humanos y todos puedan crecer en dignidad y acogida solidaria. Y sobre todo dejémonos inundar por la Caridad de Nuestra Madre que nos recuerda que “nada podrá apartarnos del amor de Dios”. Ante la cruz de la enfermedad, de la soledad, del fracaso y de las dificultades de la vida, nuestra Patrona nos sostiene como a San Juan y nos abre una ventana de esperanza. Mis queridos hermanos y hermanas, tomemos en serio la gracia que Dios nos ofrece en este día de nuestra Patrona. Miremos a la Virgen María, la llena de gracia, como la saludó el ángel (cf. Lc 1, 28), la que se ha dejado moldear por Dios; ha recorrido fielmente el camino y ha cooperado generosamente en el proyecto de Dios (cf. Lumen Gentium nº 53). Miremos a nuestra Madre que ha llegado a la meta y desea compartir con nosotros su gloria y su triunfo y con gozo acudamos a ponernos bajo el manto de Nuestra Madre de la Caridad y encomendémosle especialmente a nuestras familias; a los matrimonios, a los niños; y a todos los enfermos para que la Santísima Virgen los consuele y los anime en los momentos de oscuridad. Que así sea. + José Mazuelos Pérez Obispo de Asidonia-Jerez 3