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“Nadie tiene amor más grande”
Jn. 15, 13
XII Jornada de arte y oración
Domingo 15 de marzo de 2015
Oratorio de Caballero de Gracia
C/ Caballero de Gracia 5
Introducción
Queridos amigos sed bienvenidos a éste singular templo que nos
acoge hoy: El Oratorio de Caballero de Gracia. Agradecemos desde aquí y
de todo corazón al rector y a la comunidad sacerdotal su acogida y
colaboración. Y a vosotros os invitamos a dejaros transformar en este rato de
oración por Aquel que lo dio todo por amor.
-------Parece increíble que, detrás ese ábside, se encuentre una de las calles
más transitadas de Madrid. Muchos de los transeúntes que recorren la Gran
Vía no se imaginan que aquí, en este oratorio de dimensiones reducidas,
pero que evoca la grandiosidad de una basílica romana, podemos encontrar
un lugar de descanso, en el que la belleza de la arquitectura recrea nuestros
sentidos para que abramos el corazón a Cristo, verdaderamente presente en
la Eucaristía, y expuesto durante casi todo el día en este templo.
Este Oratorio del Caballero de Gracia es la única obra de carácter
religioso que proyectó el arquitecto Juan de Villanueva, y debe su nombre a
Jacobo Gratii, más conocido como el Caballero de Gracia. Nacido en 1517
en Módena, Italia, trabajó durante muchos años como diplomático al servicio
de la Santa Sede por toda Europa. Desde 1578 y hasta su muerte,
permaneció en Madrid, donde fundó diversas instituciones de carácter
caritativo, religioso y educativo, como el Hospital para italianos, el Colegio de
niñas huérfanas Nuestra Señora de Loreto, el Hospital para Convalecientes,
el Convento del Carmen Calzado, el Convento de los Clérigos Regulares
Menores y el de Franciscanas Concepcionistas, pronto llamadas
Franciscanas del Caballero de Gracia. En 1587, a los 70 años de edad, es
ordenado sacerdote, y funda la Real Antigua y Venerable Congregación de
los Indignos Esclavos del Santísimo Sacramento —hoy denominada
Asociación Eucarística del Caballero de Gracia—, para difundir la devoción a
la Eucaristía en tiempos en que la herejía luterana negaba la presencia del
Señor en ella.
El templo fue comenzado por el insigne arquitecto Juan de Villanueva.
A él accedemos por la calle Caballero de Gracia mediante un pórtico con
columnas. Si hemos alzado la vista antes de entrar, hemos podido
encontrarnos con un relieve donde se ha representado la Santa Cena, y que
nos predispone a entrar al espacio donde cada día tiene lugar el banquete
eucarístico.
Una vez dentro, nos acoge una arquitectura clásica, de la que son
características las columnas corintias y la bóveda con casetones. En el altar
brillan, en contraste frente a los tonos claros de paredes y columnas, los
colores de la vidriera, centro de las meditaciones de esta tarde. Corresponde
a la fachada cara a la Gran Vía, obra ya del siglo XX. La imagen fue
realizada por la Casa Maumejean, y diseñada por Carlos Luque, quien se
basó para ello en un cuadro de Zacarías González Velázquez.
Dejemos ahora que la belleza del arte, que nos hace mirar con los ojos
del cuerpo, nos ayude a abrir los ojos del alma. Dispongámonos a descubrir
de dónde viene la luz transparentada por estos vitrales.
MÚSICA
I MEDITACIÓN
Es la última noche de Jesús entre los suyos, es la escena que vamos a
contemplar juntos esta tarde. Pero, ¿quiénes eran los suyos, sus amigos,
sus discípulos?
“Por entonces, subió Jesús a la montaña a orar y pasó la noche orando a
Dios. Cuando se hizo de día llamó a sus discípulos, escogió a doce de ellos
y los nombró Apóstoles. “(Lc 6, 12)
Su elección fue un acontecimiento de oración, los doce, a los que aquí
vemos, son, por así decirlo, engendrados en la oración, en la familiaridad con
el Padre. Jesús les conquistó, lo dejaron todo, no dudaron entonces. Pero la
elección trae consigo la condición de testigos, no sólo de su amor, de sus
palabras, y sus milagros, sino también, e inseparablemente, de su Misterio,
de su Pasión y Muerte. Cristo se lo anuncia, pero no lo entenderán aún. De
ahí la inquietud y agitación con que los vemos aquí sentados, alrededor de la
mesa.
Antes de llegar a esta dolorosa y oscura noche, cada uno fue llamado
por Jesús personalmente, como lo sigue haciendo hoy con nosotros. Pedro,
en la vidriera a la izquierda de Cristo, lo dejó todo, dejó de ser pescador en
Genesaret, para ser pescador de hombres. Andrés, su hermano, escuchó de
Juan el Bautista que Jesús era el Cordero de Dios, y decidió seguirle,
atreviéndose ingenuamente a preguntarle: Maestro, dónde vives (Jn 1, 38).
Tal llegó a ser su fascinación, que nada más conocerle ya le llamaba
Maestro, pues enseguida fue consciente, como hemos de serlo nosotros, de
que sólo en Él podemos encontrar el sentido último de nuestra vida.
A su derecha, el joven Juan, según la tradición, el discípulo amado, que
llegó a recostarse en el pecho de Cristo en esta hora, pudiendo escuchar los
últimos latidos de su corazón antes de entregar su Espíritu al Padre. Él
estará también al pie de la cruz junto a María, a quien el Señor hará su
Madre, nuestra Madre. Su figura es imagen del deseo de Cristo de vivir en
amistad verdadera, íntima y personal con Él, y, asimismo, de nuestra
respuesta ante esta urgencia de amor, la de gastar la vida por Cristo.
Alrededor de la mesa está también Tomás, con cuyas dudas nos
identificamos numerosas veces. Ha sido testigo hasta aquí de tantos
milagros, de tanto poder y amor misericordioso prodigados por Jesús, pero
dudará, como en no pocas ocasiones lo hacemos nosotros. Sin embargo, su
duda tuvo finalmente un final luminoso. Tomás nos enseña a no desfallecer
en los momentos inciertos de nuestra fe, pues el corazón manso del Señor
tendrá paciencia con nosotros, como la tuvo con él.
Vamos viendo que los discípulos elegidos por Jesús son tan parecidos
a nosotros, pobres y pecadores, pero es que Él no excluye a nadie de su
amistad, porque no ha venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a
que se conviertan (Lc 5, 32). Así lo hizo con Mateo, recaudador de
impuestos. El dedo del Señor le señaló, aquellos ojos lo miraban con
misericordia y lo elegían para que lo siguiera. También él lo abandonó todo.
Pedro dejaba las redes, Mateo su fuente de ingresos, ambos cambiaron su
modo de vida por otro más grande, por el encuentro y el seguimiento de
Cristo, el único que sacia la sed del corazón del hombre.
A todos, a ti, a mí, a los que están fuera, nos invita como a ellos, pues
todo en nuestra vida, hoy como en tiempos de Jesús, comienza con un
encuentro. ¿Por qué estáis hoy aquí sino es porque Él os ha invitado a
través de alguien? Pero una vez escuchada su llamada, puede sucedernos
como a Felipe, también presente en la escena entre los doce, quien dijo a
Jesús: Señor, muéstranos al Padre y nos basta (Jn 14, 8). Cuántas veces no
nos fiamos del todo, o no damos el salto a la conversión porque no
entendemos bien qué nos dice Jesús. Pero, tal como Él mismo responde a
Felipe, lleva mucho tiempo con nosotros, lleva mucho tiempo a tu lado,
queriéndote mostrar el rostro del Padre. Que Jesús haga caer de nuestros
ojos la venda de las inquietudes que nos impiden ver en Él, en el Verbo
Encarnado, la vida, la verdad y el camino hacia el Padre.
Aún nos quedan algunos nombres, como Bartolomé, identificado con
Natanael, quien, cuando Felipe le comunicaba que había encontrado a
Jesús, manifestó un gran prejuicio: ¿De Nazaret puede salir algo bueno? (Jn
1, 46). A lo que Felipe responde: Ven y verás. Y así fue, Jesús, nada más
verle habló de él, le conocía, ya le había visto, a pesar de ser pequeño, y se
fió de aquél que le hizo sentirse comprendido y tocado profundamente en el
corazón.
Santiago el Mayor, Simón el Cananeo, Judas Tadeo, Santiago el
Menor, completan el número de los discípulos, pero también aquel que le
traicionó: Judas Iscariote. Con el pelo rojizo, está situado en el lado derecho
de la vidriera. Las posibilidades de perversión del corazón humano son
muchas y el único modo de prevenirlas es ponerse siempre del lado de
Jesús. Él respeta nuestra libertad y espera que queramos arrepentirnos y
convertirnos, es rico en Misericordia y perdón. Estamos en tiempo de gracia,
en este tiempo de Cuaresma, de ayuno, penitencia y oración, reparemos
nuestras traiciones al Salvador, pongamos nuestro corazón en sus manos,
pues nadie tiene amor más grande que Él, que dio su vida por ti hasta la
cruz.
Música y a continuación oración personal en silencio…
II MEDITACIÓN
El aparente revuelo que te rodea en las figuras de tus discípulos, se
torna silencio majestuoso y solemne si te miramos a ti, Jesús, en el centro de
la mesa. De pie, te veo vestido con túnica blanca, inconsútil como la del
sumo sacerdote cuando ofrecía el cordero pascual; y con manto rojo, colores
premonitorios de tu Pasión y Resurrección. Ahora, tú eres a la vez el
sacerdote, el sumo y eterno sacerdote, y el Cordero Pascual, el definitivo y
perfecto sacrificio que quita el pecado del mundo. Alzando tu mano derecha,
bendices el único alimento visible en la escena, el pan, aquel que ya no
volverás a comer hasta que se cumpla en el Reino de Dios (Lc 22, 16). El
que comerás antes de padecer (Lc 22, 15).
Con mis ojos busco los tuyos, ¿hacia dónde se dirige tu rostro? Mira a
lo alto, a un punto aún invisible para mí, pero bien sé, sin embargo, que no
se trata de un lugar
indiferente y perdido. Desde donde estoy, pareces
escribir con tu mirada, en letras doradas, la palabra que reza en el friso:
«serviam», «sí, serviré», enmarcada con el signo de la cruz, redentor
instrumento de tu sacrificio, y coronada por el triángulo radiante, símbolo del
Padre. A Él es a quien miras en íntimo diálogo filial, como preludio del que no
se haga mi voluntad, sino la tuya (Lc 22, 42), que en unos instantes
pronunciarás en oración allí, dentro del huerto, entre aquellos olivos
recortados en la lejanía, tras el cortinaje. Tu semblante es entonces eco de
aquél primer hágase (Lc 1, 38) que pronunciaba tu Madre; pero el tuyo, como
tú mismo dirás, comienza ya a sentir tristeza y angustia, pues tu alma estará
triste hasta la muerte (Mt 26, 37-38) porque conoces, sabes lo que va a
suceder.
Tus manos aún están limpias y enteras, aún no las horadan las llagas,
aún no hay herida en tu costado, aún no veo espinas en tu cabeza. Tu bello
rostro aún no es la imagen que anunciara el Cántico del Siervo: sin figura, sin
belleza, sin aspecto atrayente (Is 53, 2). Aún no, aún no..., como aún no me
he convertido yo del todo, aún no me he dejado herir de amor por tu bendito
sacrificio. Te digo que te amo con mis labios, pero ¿y con mi corazón? Con él
aún te sigo vendiendo por una bolsa con un puñado de placeres. Al
contemplarte aquí, así, resuena dentro de mí un sonido habitual: «Tomad y
comed todos de él, porque este es mi cuerpo que será entregado por
vosotros». Después tomarás en tus manos el cáliz, ahora sobre la mesa, y
en mi interior, el eco vuelve: «Tomad y bebed todos de él porque este es el
cáliz de mi sangre». El mismo que se derramará por el perdón de los
pecados, el perdón de mis pecados, peso incalculable que llevarás sobre tus
divinos hombros en pocas horas. Pero, Jesús mío, tantas veces caigo en el
peligro de acostumbrarme, de no escuchar verdadera y conscientemente la
continuación de la plegaria: haced esto en memoria mía (Lc 22, 19).
Tan claramente lo veo aquí. La luz que pasa a través de ti, ahora en
esta vidriera, parece resplandecer en la custodia, colocada ante mi como un
sol de justicia, donde contemplo tu Cuerpo Sacramentado, vivo, bajado del
cielo, todos y cada uno de los días; pues he de saber, tú nos lo dijiste, que
estarás con nosotros hasta el final de los tiempos (Mt 28, 20). Vienes cada
día para alimentarme, para darme vida a mí, que con mis faltas, mis malas
obras, mis omisiones, te llevé a la muerte. ¿Dónde cabe tan infinita
misericordia? ¿Dónde hay amor más grande? Justo ahí, en el blanco y puro
resplandor del Misterio Eucarístico. «Presencia real, teofanía en la que Dios
se acerca y está con nosotros», en palabras del Santo Padre; «milagro de
amor, alimento que nos robustece», manifestación «del cariño y la ternura
de Dios», como lo definía San Josemaría. Paradoja es la cruz, extraño trono
para tan excelso Rey, y paradoja es también el pan, sustancia tan simple que
llega a transformarse en el altar, de manos del sacerdote, en ese mismo
cuerpo, que aquella noche de tinieblas y sudor de sangre, era atravesado
con los clavos del pecado de toda la humanidad.
En las plegarias eucarísticas que hoy recita el sacerdote durante la
celebración de la Misa, se describe tu «sacrificio santo y puro», «el pan de
vida y el cáliz de salvación», tu «sacrificio sin mancha», con el que
celebramos «el gran misterio» que nos dejaste «como alianza eterna» con
Dios Padre. ¿Cómo me presento yo ante tal Misterio? El mismo instaurado
por ti en la Última Cena, que contemplamos aquí y ahora, la primera Misa.
Acontecimiento que es puerta abierta al cielo en cada ocasión, primicia de lo
que encontraremos en el Reino Celestial: la Gloria de Dios en su excelsa e
insondable grandeza y plenitud. Es la oportunidad que mi pobre alma tiene
para rendirse ante el Salvador, para no desfallecer, para luchar por no
quedarse dormida y olvidarse del don recibido. Tú te sacrificaste, nos
mostraste el amor más grande. Te miraremos herido de Dios y humillado (Is
53, 4), cuando te traspasen por nuestras rebeliones (Is, 53, 5) el día de
Viernes Santo, cumpliéndose así la Escritura (Jn 19, 37), al abrir la lanza tu
costado, oculto ahora bajo tu manto. Ahí vive ya el Sagrado Corazón, que,
con el golpe de su último latido, rescatará mi alma del abismo. Te miraremos
entonces, sí, pero he de volver ya, y en todo momento, mis ojos al cielo,
como ahora están los tuyos, y en este tiempo de purificación y conversión
que es la Cuaresma, escuchar de nuevo de tus labios como le decías a Dios
Padre en aquella noche: Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para
que tu Hijo te glorifique a ti. [...] Como tú me enviaste al mundo, así yo los
envío también al mundo. Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que
también ellos sean santificados en la verdad. [...] Padre, este es mi deseo:
que los que me has dado estén conmigo donde yo estoy y contemplen mi
gloria, la que me diste porque me amabas. [...] Les he dado a conocer y les
daré a conocer tu nombre, para que el amor que me tenías esté en ellos, y
yo en ellos. (Jn 17 1-26).
Enséñanos Jesús, por medio de tu Santo Espíritu, a hacer memoria
verdadera de tu sacrificio de salvación, enséñanos a honrar tu sangre divina
derramada por nosotros, enséñanos a ungir tus heridas con las lágrimas de
nuestros arrepentimientos, y con el dolor de nuestro corazón sinceramente
quebrantado y humillado (Sal 51, 19), enséñanos a estar al pie de la cruz con
nuestra Madre Amantísima, para que se haga en nosotros también tu
voluntad, para que se cumpla en nosotros tu deseo: estar contigo donde tú
estás y contemplar tu Gloria.
Música y a continuación oración personal en silencio…
ORACIÓN
Alma de Cristo, santifícame.
Cuerpo de Cristo, sálvame.
Sangre de Cristo, embriágame.
Agua del costado de Cristo, lávame.
Pasión de Cristo, confórtame.
¡Oh, buen Jesús!, óyeme.
Dentro de tus llagas, escóndeme.
No permitas que me aparte de ti.
Del maligno enemigo, defiéndeme.
En la hora de mi muerte, llámame,
mándame ir a Ti,
para que con tus santos te alabe
por los siglos de los siglos.
Amén
Bendición y reserva del Santísimo
Esperamos que hayas podido disfrutar
de este rato de oración con el Señor.
Nuestra próxima cita será el 11 de abril
Nos gustaría contar con tu presencia.
Mientras tanto puedes seguirnos en
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¡GRACIAS POR VENIR!