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III JORNADAS NACIONALES DE INVESTIGACIÓN Y CRÍTICA TEATRAL ACTAS Asociación Argentina de Investigación y Crítica Teatral III JORNADAS NACIONALES DE INVESTIGACIÓN Y CRÍTICA TEATRAL Buenos Aires 2 al 5 de mayo 2011 ACTAS Edición y coordinación general Lorena Verzero Coordinación Araceli Arreche Pamela Brownell Actas de las III Jornadas Nacionales de Investigación y Crítica Teatral / Carlos Fos ; Editora responsable Lorena Verzero ; coordinado por Pamela Brownell y Araceli Arreche. - 1a ed. - Buenos Aires : AINCRIT Ediciones, 2012. E-Book. ISBN 978-987-25815-4-1 1. Crítica Teatral. 2. Investigación Teatral. I. Brownell, Pamela, coord. II. Arreche, Araceli, coord. III. Título CDD 792.07 Fecha de catalogación: 25/04/2012 ÍNDICE GENERAL PRÓLOGO La palabra de los trabajadores de la investigación y de la crítica teatral: herramienta y resultado Lorena Verzero.............................................................................................................................. III CONCURSO NACIONAL DE 2 ENSAYO Primer premio: El teatro familiar de la post-dictadura Mariana Romina Marcaletti........................................................................................................... 5 Primera mención: Una lectura de Antígona furiosa, de Griselda Gambaro Mariana Eva Pérez........................................................................................................................ 23 EXPOSICIONES INDIVIDUALES I. Teoría teatral.............................................................................................................................. 37 II. Teatro latinoamericano y argentino.......................................................................................... 84 III. Teatro universal ....................................................................................................................... 174 IV. Problemas de traducción......................................................................................................... 260 V. Teatro y política ....................................................................................................................... 276 VI. Corporalidad ........................................................................................................................... 311 VII. Dramaturgia ........................................................................................................................... 372 VIII. Historiografía ......................................................................................................................... 428 1 PRÓLOGO La palabra de los trabajadores de la investigación y de la crítica teatral: herramienta y resultado Lorena Verzero (CONICET – UBA) Secretaria de Publicaciones de la AINCRIT [email protected] Ya estamos en condiciones de decir que “una vez más” nos encontramos frente un libro de Actas que es resultado del encuentro entre investigadores y críticos del país fomentado y concretado desde la AINCRIT. Podríamos decir que ya es costumbre encontrarnos en el marco de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, y en el espacio que la Feria y el CCC (Centro Cultural de la Cooperación) nos ceden durante tres jornadas completas, que aprovechamos al máximo para reflexionar, debatir y, sobre todo, encontrarnos, renovar nuestros vínculos, dialogar, dar a conocer nuestras producciones, y tender nuevos lazos de trabajo y de vida para el resto del año. En un área donde el ser-en-común hace a la definición misma de la actividad, los investigadores y críticos contamos ya con un espacio más durante el año para el encuentro. Éste constituye uno de los objetivos más importantes que la Asociación se ha propuesto desde su fundación hace ya casi cuatro años. La publicación de las Actas constituye un feliz epílogo de las Jornadas, un lugar donde encontrarnos cada vez que requiramos de la palabra de los compañeros, colegas o amigos para avanzar en nuestras investigaciones. Leernos es un momento tan sagrado como el de encontrarnos. Es otro modo de encontrarnos. Y, dado que la palabra es la principal herramienta de trabajo del investigador y del crítico, la publicación de las ponencias, conferencias y mesas redondas es para nosotros un compromiso con nuestro propio quehacer y con el de nuestros compañeros. La publicación de estas Actas, entonces, se propone como una fuente más de consulta para el desarrollo de la actividad. Promover y difundir nuestros trabajos es uno de los objetivos que nos proponemos llevar a cabo con esta publicación. Por otra parte, el uso de la primera persona del plural en estas líneas no responde tanto a la fórmula académica, sino que es un nosotros inclusivo que contiene a todos los socios, trabajadores de la investigación y la crítica teatral, entre los cuales nos encontramos quienes conformamos la Comisión Directiva en gestión. La “CD” –como la llamamos- que circunstancialmente representa al resto de los compañeros durante dos años, está formada 2 por investigadores y críticos que trabajamos no sólo haciendo investigaciones y críticas teatrales, sino también para el desarrollo del campo, para que nuestra actividad goce de los reconocimientos que merecemos, para que tengamos cada vez más fuentes de trabajo, lugares para la transferencia de conocimientos y redes de diálogo. Con ese espíritu ha nacido la Asociación y podemos decir con alegría que ese espíritu hasta el momento se sostiene. En este sentido, y como otros de los pilares que animan a la AINCRIT desde su origen, estas Actas son un claro ejemplo de la inclusión y la horizontalidad que deseamos. “Inclusión” que tiene que ver con generar un espacio de pertenencia para todos aquellos críticos e investigadores que quieran sumarse, pero que significa también que nuestras participaciones deben responder a criterios de selección, pautas o normas de trabajo pensados para el enriquecimiento de la investigación y la crítica, y por ende, del campo teatral en general. Una Asociación heterogénea en su conformación y horizontal en su modo de producción es el espacio que quisimos crear y que hasta el momento –podemos decir que- hemos logrado. En las III Jornadas hemos conseguido incorporar el teatro en el marco de una actividad más específicamente teórica. Esto se logró a través del proyecto Palabras en diálogo. La lectura puesta en acto, coordinado por Araceli Arreche, que reunió a más de veinte grupos conformados cada uno de ellos por un actor, un autor y un director para la creación y puesta en escena de monólogos inspirados en textos literarios durante las Jornadas. Las salas de ponencias, conferencias, mesas redondas, desmontajes y talleres se vieron sorprendidas por la intromisión inesperada del arte de la escena. Un actor o una actriz irrumpía en una sala donde estaba transcurriendo una actividad, representaba su monólogo y salía. Cinco, siete, diez minutos que conectaban este mundo con otros, actualizando cada vez el sentido de lo vivo que genera el teatro, intentando comenzar a dar forma a un espacio común para la práctica y la teoría teatral. En el pasillo, actores, investigadores, dramaturgos, críticos, directores, invitados, oyentes y espectadores, todos reunidos como pocas veces hemos visto en nuestro ámbito. Esta conexión, este ser-en-común de teoría y práctica, es otro de los objetivos que se proponen las actividades de la Asociación. Son muchos los proyectos que tenemos por delante. Muchas ideas, posibles o imposibles animan nuestro trabajo cotidiano. Profundizando en los objetivos mencionados en los párrafos anteriores, nos interesa continuar generando espacios de encuentro y de aprendizaje. Contamos con la página web, que es también un lugar abierto a la palabra de cada uno de los socios del país, un espacio en el que nos proponemos ejercitar la democratización del conocimiento y la práctica del pensamiento crítico. 3 De la misma manera, la fundación de AINCRIT Ediciones, una editorial propia, sin fines de lucro, economiza esfuerzos y dinero a la hora de publicar los resultados del trabajo en común. Como decisión política también, los libros que llevan el sello de la Asociación pueden encontrarse en la web, para que nuestra palabra circule y genere cadenas infinitas de diálogos. En este sentido, y porque nos consideramos –como decía más arriba- “trabajadores de la investigación y de la crítica teatral” la palabra es nuestra principal herramienta de trabajo y es a la vez su principal resultado. Como herramienta y como resultado, la palabra es materialidad, es cuerpo, y es en su posibilidad de conexión con un otro que la palabra revive. Ser-encomún, entonces, como característica esencial del teatro que se actualiza en nuestro trabajo, generando movimiento de pensamiento y de cuerpos. A mediano plazo, es nuestro propósito como Asociación brindar respaldo a los trabajadores de la investigación y de la crítica teatral del país que día a día ceden horas –la mayoría de las veces impagas- para el desarrollo de la actividad, promover nuestro trabajo para su reconocimiento institucional y colaborar en la generación de recursos que nos posibiliten cada vez más hacer una investigación y crítica de calidad. Todo ello, junto con nuestro trabajo diario, fruto del cual son las ponencias, conferencias y mesas redondas que compilamos en este libro. Celebramos, entonces, el encuentro de la palabra, que es reverberación del encuentro de los cuerpos, que es cuerpo y promesa de encuentros futuros, de diálogos en papel, que originen nuevas cadenas de encuentros lingüísticos, virtuales, corporales. 4 III Concurso Nacional de Ensayo AINCRIT PRIMER P REMIO El teatro familiar de la post-dictadura Mariana Romina Marcaletti En la cartelera porteña proliferan títulos de autores nacionales y extranjeros que lidian con diversas problemáticas centradas en la familia. En situaciones extraordinarias o cotidianas, las relaciones de parentesco son discutidas en obras que tratan diferentes conflictos, desde la guerra o la muerte hasta las diferencias sociales o de género. Desde el teatro, el universo doméstico es cuestionado por autores de diferentes procedencias, como el dramaturgo argentino Carlos Gorostiza hace en “Vuelo a Capistrano” (dirigida por Agustín Alezzo), los estadounidenses Arthur Miller con “El descenso del Monte Morgan” o “Todos eran mis hijos” (revisitadas por Daniel Veronese y Claudio Tolcachir respectivamente) y Eugene O’Neill con “Viaje de un largo día hacia la noche” (por Villanueva Cosse), el noruego Henrik Ibsen con su polémica “Casa de muñecas” (reversionada por Veronese en “El desarrollo de la civilización venidera”), el español Pedro Calderón de la Barca con “La vida es sueño” (por Calixto Bieito) y los franceses Rémi De Vos con “Hasta que la muerte nos separe” (por Paul Desveaux) y Jean-Luc Lagarce con “Estaba en mi casa y esperaba que llegara la lluvia” (por Stella Galazzi) y “Reglas, usos y costumbres en la sociedad moderna” (por Ernesto Calvo). ¿Por qué el teatro argentino de la post-dictadura se concentra en dilemas familiares? ¿A qué razones de debe que se privilegien espacios cerrados y que se de rienda suelta a conversaciones vedadas en el espacio público? ¿Por qué motivos los dramaturgos y directores argentinos eligen narrar historias sobre la hipocresía en el seno del hogar, y erigen a éste como un sitio en el que explotan todas las contradicciones sociales y se sintetizan de forma alegórica todos los problemas más globales? Para esbozar algunas hipótesis, analizo obras estrenadas en 2010 y en el verano de 2011 en la ciudad de Buenos Aires y entrevisto de forma personal a algunos de los protagonistas de la escena cultural local. Aunque las obras citadas se detienen en aspectos diferentes, cada una de ellas expresa la preocupación principal por el rol de la familia. Si Calderón de la Barca se pregunta cómo un padre puede encerrar a su hijo en una torre por egoísmo y miedo a perder su poder, Lagarce resalta que la sociedad contemporánea niega y excluye a lo diferente, esto es, a lo que se aleje del paradigma tradicional de la pareja heterosexual, fiel y endogámica. Miller va un paso más allá y desafía esta institución con el personaje de Lyman, un bígamo orgulloso de su doble 5 vida. En “Vuelo a Capistrano” un hombre se enfrenta con su propia vida y con la de su actual y ex mujer. En “Casa de Muñecas”, Ibsen cuestiona el doble standard sexual y propone una mujer liberada de sus obligaciones con su pareja autoritaria. O’Neill es incluso más valiente y expone su vida privada en un relato autobiográfico sobre las miserias del “American Way of life” y el sueño de ascenso social impulsado por sus progenitores. No es casual que estas perlitas del teatro internacional hayan estrenado el año pasado en Buenos Aires, como tampoco se explica por el azar, el hecho de que directores locales elijan estas obras para hacer una referencia al mundo actual. Como explica Jorge Dubatti (2006), el teatro de la post-dictadura recupera en sus micropoéticas la dimensión de lo político, comprendido como una tensión de fuerzas en determinado campo de poder. En vez de focalizarse en discursos globalizadores o grandes relatos (la macropolítica), las narrativas teatrales prefieren la micropolítica para debatir sobre las luchas cotidianas. La resistencia se ejerce molecularmente, no desde un discurso de representación totalizante, macropolítico, sino que se favorecen las configuraciones micropolíticas entendidas como fundación de territorios de subjetividad (identidad) alternativos, líneas de fuga (...) El teatro adquiere la función micropolítica -ya no macropolítica- de construcción de otras territorialidades de subjetividad alternativa. El teatro se transforma en metáfora epistemológica de contra-poder y, por el convivio, en herramienta de resistencia (Dubatti, 2006). Aún sin percatarse de esto, el teatro ejerce de forma constante una revisión de la vida en sociedad y, cuando profundiza sobre la familia, no hace más que problematizar micropolíticas de la vida cotidiana. Como afirma Agnes Heller (1998), las acciones diarias no son más que un conjunto de hábitos rutinizados que realizamos de forma automática. Frente a estos actos reflejo, como tomar un colectivo o ducharse, que se realizan sin pensar de acuerdo a la regla del menor esfuerzo intelectual, el teatro complejiza lo normal cuando escenifica situaciones corrientes que condensan contradicciones profundas que estallan. Por ello, el teatro siempre es político: porque revela verdades que pugnan por ocultarse en el devenir diario. En las obras estudiadas, aunque muchas datan de mucho tiempo atrás, las inquietudes expresadas muestran realidades innegables sujetas a revisión. Para Daniel Veronese, el auge de estas producciones se explica porque aún hay problemas no resueltos que deben tramitarse en sociedad para superarse. Cuando Nora abandona a su marido en el original “Casa de muñecas”, ella representa la intención de las mujeres de 6 empezar todo de nuevo. En la época de Ibsen, este final provocaba enojo, ¿cómo una mujer pudo abandonar a su marido y a sus tres hijos? La reacción de Nora en la historia de Ibsen excedía las expectativas de su público, la obra era inimaginable en ese momento. Hoy en día, el impacto es diferente y, por ello, decidí excluir esta escena final, porque el mundo cambió y las mujeres hoy tienen más libertades que las que solían tener. Adaptar el relato al mundo contemporáneo es indispensable para que el teatro no se vuelva viejo. Como examina Pamela Brownell (en Dubatti, 2006) en “Un hombre que se ahoga”, la adaptación de Veronese del clásico de Chéjov “Tres Hermanas”, el director argentino emplea una serie de estrategias a la hora de traducir y recrear obras clásicas -la cartelera porteñaVeronese universaliza contextos que en los originales están situados en una época y lugar determinados, difumina las definiciones de clase de los personajes, borra las conclusiones pedagógicas de algunos textos (no sobre explica ni agrega nada) y recurre a la violencia y a la emoción exacerbada de los personajes para exponer las contingencias a las que son sometidos. En sus monólogos en “Casa de muñecas” de Ibsen, Nora mantiene una actitud desafiante y provocadora cuando agita la bandera de los derechos de las mujeres, como los que dicen: “Me moldeaste tal cual como querías que yo fuera”, “todo lo que sé es que tengo una opinión diferente a la tuya”, o “por sobre todas las cosas, yo soy un ser humano, como vos”. Veronese dejó a un lado estas aclaraciones explícitas: “Yo excluí los mensajes morales de la obra. En la versión original, Nora se erige como portavoz de la mayoría de las mujeres, y reivindica que ella es lo suficientemente libre para tomar sus propias decisiones. Debido a una serie de circunstancias, Nora se da cuenta con quién se casó, y quién es ella realmente. Ella puede descifrar el tipo de mujer en que se convirtió, y está segura de que no quiere ser de este modo”. En lugar de insistir en las consignas feministas de la obra original, en la que Nora escupe frases largas y un monólogo extenso sobre su existencia autónoma como mujer, Veronese sustrae estos pasajes y, al eliminarlos, deja a los espectadores completar el texto con su propia interpretación. A diferencia de cuando la obra de Ibsen fue escrita, en 1897, la pieza contemporánea de Veronese se amolda a la experiencia de género actual de las mujeres: aunque persistan desigualdades, hoy son mano de obra activa en el mercado laboral y se desempeñan en áreas que otrora estaban vedadas. Sin embargo, esta obra produce un eco en la Argentina actual que dista de ser la reacción que provocaba a fines del siglo XIX (cuando la audiencia se iba horrorizada al ver una madre que deja a su familia), pero que cobra matices particulares que adquieren un sentido propio si lo analizamos en relación con la historia cultural del país. 7 Según los trabajos de Isabella Cosse (2008) y Valeria Manzano (2009), hacia la década del '60 se produjeron cambios en la sexualidad que Cosse denomina como una “revolución discreta”. Ella elige este término porque, si bien se flexibilizaron algunos valores de género que en otra época eran intocables, otros permanecieron vigentes y fueron difíciles de erradicar en la concepción social sobre el sexo. Si bien las revistas femeninas y los periódicos hablan de una liberalización de las costumbres, como la aprobación del sexo premarital, siempre y cuando éste sea por amor y dentro de una pareja encaminada hacia el matrimonio, la doble moral sexual aún es muy fuerte ya que se estipulan caminos sexuales diferenciales para el hombre y la mujer. Esta división de roles, según la cual es correcto que el hombre sea experimentado sexualmente y la mujer casta, aún persiste porque se evidencian actitudes y opiniones diferentes respecto a lo que se le está permitido y vedado hacer a cada género. Afirmar que se produjeron modificaciones en el pensamiento dominante sobre la sexualidad no significa que no persistan ideas opuestas a las hegemónicas encarnadas por diferentes actores sociales. Por ejemplo, la iglesia y la Liga de Madres que se negaban a todo cuestionamiento de las pautas católicas de comportamiento sexual. Según estas organizaciones, la mujer debe llegar virgen al matrimonio, no deben utilizarse métodos de prevención de embarazo y el sexo debe estar destinado a la reproducción. No obstante, los actores protagónicos a la hora de debatir las bases de la sexualidad tradicional fueron los jóvenes: “desde diferentes posiciones existía una convicción compartida: los jóvenes se sentían desafiando un sistema moral basado en la represión sexual” (Cosse, 2008). Valeria Manzano (2009) realizó un estudio en el que demuestra que las mujeres no fueron un actor secundario y sumiso en el cambio de la sexualidad en los '60 en la Argentina sino que, por el contrario, fueron las jóvenes las que impulsaron una serie de modificaciones importantes en sus vidas cotidianas. Manzano descubre un movimiento literal y simbólico según el cual las mujeres “se están yendo del hogar” por las restricciones autoritarias de sus padres. Si bien el abandono puede asumir diversas formas -como el fugarse unos días con un novio o hermano, o el casarse a temprana edad para evadir el control familiar y tomar sus propias decisiones, o ser seducida por la Dolce Vita- esta actitud alude a una serie de tensiones sociales que vivían las mujeres de la década del '60. En esa época, un gran número de mujeres se inscribieron al colegio secundario (en la rama normal pero también en la especialización comercial, lo que fue una novedad) y en nuevas carreras universitarias lo que significó una gran expansión en la matrícula; comenzaron a 8 ocupar puestos de trabajo (además de en el área de la enseñanza y en las fábricas textiles, en oficinas administrativas) y a re-significar sus actividades de ocio y tiempo libre (la salida a clubes barriales para las jóvenes de sectores populares y a discotecas para las de clase media). A través de un proceso de negociación y desafiando la resistencia de sus padres, estas mujeres prolongaron el tiempo que ellas dedican al estudio y, de este modo, extendieron su período de soltería y juventud. Su compromiso con otras actividades sociales significó que la mujer ya no solo estaba asociada a la maternidad y el hogar, sino con otras esferas que nutrieron las diferentes posiciones que pueden ocupar. Pese a estos cambios que comenzaron a gestarse con la sanción del voto femenino en 1947 y con las transformaciones sociales de los '60, hoy en día permanecen estereotipos de femineidad y masculinidad dominantes. A diferencia de las representaciones preferidas por los medios más masivos de comunicación como el cine o la televisión (que históricamente privilegiaron estereotipos de la mujer como objeto sexual, ama de casa o mujer liberada sola y triste, entre otros), el teatro amplía este espectro al mostrar una mujer, Nora, que se da cuenta que vivió toda su vida para complacer a otro, siendo su muñeca, su entretenimiento, su sostén, y nunca una mujer independiente. Mientras persistan situaciones extra-teatrales de hecho, como la inequidad en los salarios de acuerdo al sexo, la violencia y el maltrato verbal y físico a las mujeres, los abusos sexuales y ofensas varias, el teatro continuará denunciando las injusticias. Por eso “El desarrollo de la civilización venidera”, con los golpes del marido que no se ven pero se oyen hacia el final de la obra, está vigente y produce un impacto en el público. Pero el rol de género, que siempre se define de forma relacional (el hombre o la mujer por diferencia a lo que el otro no es), no es el único asunto tratado en las obras del teatro familiar. Si la sociedad dominada por los hombres está en el tapete en “El desarrollo de la civilización venidera”, otra obra dirigida por Veronese trata con la situación contraria: los deseos domesticados del hombre obligado a permanecer junto a una, y sólo una, mujer. En “El descenso del Monte Morgan”, Lyman, un agente de seguros de buena vida, se rebela a este mandato y se convierte en el marido de dos damas y el proveedor de dos hogares. Cuando sufre un accidente al caer su auto del monte Morgan, dos atractivas mujeres afirman ser la “señora Lyman.” Sin ningún tipo de remordimiento, Lyman no entiende por qué se lo juzga y sostiene que no entra en su cabeza por qué tiene que renunciar a su deseo en pos de cumplir con las normas de su civilización. En sus palabras, él sólo siguió su instinto y no puede ser fiel a sí mismo y a los demás al mismo tiempo. “Arthur Miller claramente critica las normas de la institución matrimonial occidental. A Lyman le gustaría vivir con sus dos mujeres si eso fuera posible. 9 Cuando ellas ignoraban el engaño de Lyman, estaban satisfechas. De esta forma, Miller desafía la idea de matrimonio como la forma perfecta de alcanzar la felicidad”, dice Veronese. Escrita en 1991, “El descenso del Monte Morgan” fue una de las últimas obras escritas por Miller. A diferencia de sus primeras historias como “Todos eran mis hijos” o “Panorama desde el puente”, que se concentran en preocupaciones más sociales como la guerra o la inmigración ilegal, esta obra es sobre la experiencia familiar de un hombre individual: Lyman y sus dos esposas, y los estilos de vida diferentes que él puede disfrutar. Pero Miller no renuncia a un significado global, los dichos de Lyman son ejemplos de un proceso general que la sociedad sufre: mientras más obedecemos las reglas de nuestra cultura, menos libertad tenemos. Como explica Sigmund Freud en “El malestar en la cultura” (1979) o Herbert Marcuse en “El hombre unidimensional” (1985), la naturaleza humana, las pulsiones instintivas y los deseos más animales, son moldeados para que el hombre sea aceptado en su sociedad. La cultura, comprendida como un sistema de creencias compartidas, como un modo de vida social, educa a sus miembros en las normas de la comunidad. Por esas leyes, Lyman sólo puede casarse con una mujer. Para Veronese, la moda de estas obras de Miller no se debe a la convergencia de intereses compartidos sino a una tendencia del mercado. “Hay movimientos internacionales. Algunos autores son redescubiertos de pronto y son revisitados en todos los lugares. Esto también está relacionado con la organización mundial emprendida por los productores, si una obra es un éxito en Londres, entonces gira por toda Europa. No es que la audiencia pida a Miller, sino que los directores y los productores lo eligen”. Su colega Claudio Tolcachir estrenó otra obra de Miller, “Todos eran mis hijos”, protagonizada por Lito Cruz, Ana María Piccio, Esteban Meloni y Vanesa González, un drama familiar que sucede en la época de posguerra en Estados Unidos. El padre fabrica insumos para la industria aeronáutica militar y su socio, padre de la novia de su hijo que fue a la guerra y nunca volvió, es enviado a la cárcel porque las piezas entregadas estaban falladas y, por este motivo, murieron 21 pilotos. La hija del empresario armamentista preso vuelve al pueblo para casarse con el hermano de su novio desaparecido y su retorno dispara incidentes familiares que funcionan como una sinécdoque (la parte por el todo) del negocio de los conflictos bélicos. Por la codicia y ambición desmedida de los empresarios capitalistas, la guerra se convirtió en una industria redituable, a costa del olvido de los derechos humanos y de la legitimación de un litigio sangriento en el que millones de jóvenes fueron asesinados. Al mismo tiempo que Miller expone a una madre desgarrada por la pérdida de un hijo, al que cree vivo, aún cuando todo indica que está muerto, y a una novia entusiasmada en formar una familia con su ex cuñado, el autor pone en evidencia el cinismo, la hipocresía y el egoísmo del sueño americano. “Si tu 10 papá fue el responsable de las fallas, entonces él mató a tu hermano,” sentencia la madre en un momento de la obra. La historia afectiva, familiar traduce conflictos sociales macro que afectan a la sociedad en su conjunto, y Miller los hace accesibles a través del cuento individual sobre un núcleo familiar. Su estrategia se vuelve eficaz a la hora de pensar contenidos movilizadores que promuevan el pensamiento en los espectadores. El crítico cultural alemán Andreas Huyssen (2002) sostiene que son precisamente los dramas conyugales y filiales los que despiertan una mayor adhesión del público. Y esta participación afectiva no significa sólo un mayor éxito comercial de la obra, sino también la posibilidad de que el arte trascienda una instancia contemplativa para convertirse en una herramienta de reflexión y acción. Cuando analiza la serie televisiva estadounidense “Holocausto”, transmitida por NBC en 1978, lanzada en Alemania al año posterior, Huyseen se pregunta por qué este programa despertó una “superación del pasado” (Vergangenheitsbewältigung) que otras formas artísticas no pudieron lograr. ¿Qué es realmente la Vergangenheitsbewältigung (superación del pasado) y cuál era su significado en la Alemania de posguerra? En el libro Die Unfähigkeit zu trauern (1967) Alexander y Margarete describieron la Vergangenheitsbewältigung -de la cual el Holocausto es un componente esencial pero no el único- como el proceso psíquico de recordar, repetir y atravesar; un proceso que debe empezar en el individuo pero que sólo puede completarse exitosamente si es sustentado por la instancia colectiva, por toda la sociedad. El teatro, los medios y las instituciones educativas podrían haber colaborado en la creación de una Vergangenheitsbewältigung colectiva si en Alemania se le hubiera dado prioridad política y social a la confrontación con el pasado. Sin embargo, lo que sucedió fue exactamente lo contrario (Huyssen, 2002). Durante el período posterior al holocausto, la sociedad alemana atribuyó las culpas del exterminio a la mentalidad irracional de los dirigentes nazis, en especial de Adolf Hitler, y bajo esta interpretación elude su responsabilidad en el proceso. Al no reconocer la complicidad y participación del pueblo alemán en la matanza, se auto-exime y libera de pecado, omitiendo el rol que jugó la comunidad al legitimar los crímenes que se estaban cometiendo. Huyssen reconstruye como, desde algunos géneros documentales en la industria cultural y en la educación, se procuró debatir el pasado reciente y mostrar cómo los judíos fueron 11 asesinados a raíz de una política antisemita activa. Pero sus métodos no fueron suficientes para contribuir al desarrollo de una memoria compartida que permita revisar de forma crítica lo sucedido, porque recurrieron a formas narrativas racionales, privilegiando un punto de vista que identifica a la audiencia con los criminales, una posición difícil de asumir. En cambio, a través del melodrama expresivo “Holocausto”, convirtió la history (los hechos que en realidad acontecieron) en story (relato ficcional): a partir de la historia de una familia de judíos permitió a los televidentes ponerse en el lugar de las víctimas y, con la identificación emocional, les posibilitó comprender el terror que significó el Holocausto. Gracias a una narración focalizada en lo afectivo, con personajes que representaban a los oprimidos, el público pudo comprender el drama histórico al situarse del lado de los vencidos. Lo que la información dura, fáctica no pudo lograr, fue alcanzado por una ficción sin grandes aspiraciones, más que generar rating. La ficción dispara la catarsis del público a través de la emoción, y no tanto a través de la razón, parece indicar Huyssen si lo analizamos en términos aristotélicos. Gracias a esta construcción narrativa, los sentimientos negativos se purgan, se pueden liberar las tensiones y se genera una memoria histórica compartida. Por estas razones, la ficción teatral cobra un sentido inusitado en la configuración de nuevos consensos a través de la crítica activa del sistema establecido. En “Todos eran mis hijos” Miller es implacable con quienes se enriquecieron durante la guerra y, a través de su mirada enfocada en dos padres, un hijo y una nuera, ilustra lo que el periodismo no puede decir con palabras. Con los hechos que suceden en esa casa, el escritor sintetiza una serie de problemas políticos de la sociedad del momento. ¿Por qué hizo furor en Buenos Aires, en 2010? El legado de políticas neoliberales, de apertura del mercado, de flexibilización laboral, desregulación financiera y privatizaciones varias son moneda corriente, son una herencia aún no superada que se está revisando desde el teatro y desde otras esferas del poder. También somos una generación pos-guerra y post-dictadura, y los argentinos no podemos evitar relacionar Malvinas y el auto-denominado Proceso de Reorganización Nacional con el episodio de “Todos eran mis hijos”. Al igual que en el caso de Miller, seguramente muchas compañías se beneficiaron de la contienda y, al igual que en el clásico estadounidense, mucha gente murió y desapareció por los deseos ajenos de ascenso social, su puja por eliminar la disidencia y promover un modelo de país afín al capital extranjero transnacional. Las conexiones entre la obra de mitad de siglo pasado y la historia argentina reciente no son más que sorprendentes. Otra obra emblemática de Estados Unidos, y la más reconocida en toda su carrera, es “Viaje de un largo día hacia la noche”, de Eugene O’Neill, en la que narra un día tenso en la familia O’Neill: cuando el alter ego del autor, Edmund, descubre que va a morir de tuberculosis. Una 12 madre morfinómana, que no superó la pérdida de un hijo, un padre avaro y un hermano alcohólico no hacen más que complicar la ya turbada existencia de O’Neill. Para desahogar su angustia, el escritor volcó su vida personal a una ficción. “O’Neill descargó su enojo en el ‘Viaje de un largo día hacia la noche’”, dice Sergio Surraco, a quien le tocó interpretar el papel del autor. “Para entender la obra, tenemos que saber más sobre O’Neill. Cuando su padre muere, su hermano deja de tomar y cuida a su madre, que abandona la droga. Aunque O’Neill se recupera de la tuberculosis, deja a su familia y les manda dinero una vez al mes. Su vida familiar fue muy trágica y él no quería que esta obra se publicara, pero cuando murió su mujer lo traicionó y estrenó la obra”. Para Villanueva Cosse, en obras como “Viaje de un largo día hacia la noche” lo que se debate es la capacidad del teatro para poner en escena dramas de la vida cotidiana para que los espectadores se vean a ellos mismos reflejados en el escenario. “Para mí, el arte hace eco de la vida real, es como un síntoma. Este tipo de teatro apunta a los que pueden, quieren y saben entenderlo. En general, leemos a las obras en relación con las circunstancias presentes, porque ellas revelan cuestiones que están sucediendo al momento de su estreno, pero ellas también lidian con historias universales que pertenecen al mundo entero.” Los problemas no resueltos que persisten y que son comunes a la humanidad toda, que se representan en la historia de O’Neill, para Villaneva Cosse son: “el desempleo, la falta de expectativas en el porvenir, la imposibilidad de satisfacer nuestras necesidades básicas, nuestras dificultades a la hora de ser honestos en nuestras relaciones cercanas. Estas obras son eternas porque hablan de la condición humana.” Para el actor Daniel Fanego, el padre tacaño de la historia de O’Neill, el autor no sólo habla de su caso particular, y de las relaciones entre personas, sino también de hechos concretos sobre el modo de vida capitalista. “Con las alusiones a la tacañería del padre, y con los intentos fallidos de los hijos por triunfar, O’Neill está hablando del papel del dinero en la sociedad actual”. “Los esfuerzos del padre por conseguir una mejora material a cualquier costo, por cuidar hasta la última moneda por miedo a quedar en bancarrota y el castigo al despilfarro de los más jóvenes se refieren al individualismo, al egocentrismo y a las aspiraciones económicas que tanto quitan el sueño a los miembros de esta sociedad”. Una vez más, el conflicto central es social, y no individual como parece ser a primera vista. La familia es una excusa para hablar de una organización que la excede, llámese esta cultura, nación, sociedad. La pluralidad de experiencias se condensan en una simple (o compleja, en el caso de O’Neill) anécdota íntima que metaforiza un estado de situación global. De nuevo, la 13 principal discusión es sobre los principios materialistas que regulan las relaciones humanas. Desde la última dictadura en 1976, y con gran énfasis en las políticas menemistas, la Argentina perpetúa un esquema pro-mercado que agota otras instancias de convivencia. Con el retorno a la democracia (y antes de forma clandestina con el movimiento de resistencia Teatro abierto), el teatro se dedicó a dar voz a los reclamos de aquellos que no suelen ser escuchados, a través de intelectuales que se esfuerzan por decir que no todo es dinero, que hay otros valores y otra ética sobre la que reglamentar nuestra vida, y ellos ocupan un rol protagónico en la escena actual. Por supuesto que la dictadura también tuvo sus voceros. En lugar de pensar, como el sentido común indica, que los militares procuraron la abolición de la cultura, varios autores 1 coinciden en que ellos acudieron al empleo sistemático, organizado y planificado de políticas culturales con el objetivo de construir un discurso sin aparentes contradicciones, para lograr la eliminación de la disidencia y la consecución de sus objetivos políticos y económicos. “El Estado articuló una teoría unidimensional de la realidad. Ésta apuntaba a la creación de un discurso unificado y a la eliminación de toda oposición. Se creó un programa institucional para desterrar todo sentido de otredad (…) Esto fue regulado tanto con controles discursivos como institucionales.” (Masiello, 1987) Además de cambios como la eliminación del sistema de partidos, la anulación de las elecciones, la intervención de las centrales de trabajadores y de las universidades nacionales, el cierre del congreso, el estado de sitio, las persecuciones, desapariciones y asesinatos, las medidas aperturistas del mercado, el régimen de terror se instaló con otras medidas que funcionaron en el campo cultural. Los medios de comunicación y los espacios artísticos cumplieron un rol funcional a la cosmovisión dominante y desarrollaron estrategias de desinformación, manipulación de la información, tergiversación y mentira para colaborar con la versión uniforme que se promovía desde la mayoría de los ámbitos. Los medios de comunicación masiva durante la dictadura militar se caracterizaron por la desinformación a través del ocultamiento de hechos, el silenciamiento de opiniones y la censura explícita. Estos mecanismos tendieron a la construcción de un discurso hegemónico oficial que pretendía -en tanto discurso autoritario- ocupar monolíticamente todo el espacio social excluyendo cualquier palabra que intentara ejercer la crítica. De esta manera, la posibilidad de alguna voz alternativa quedó marginada a 1 Los escritos en los que me baso para contrastar el discurso televisivo postdictatorial con los del período autoritario fueron realizados por Eduardo Blaustein y Martín Zubieta (1998), Richard Cox (1993), Roxana Dal Fabbro y Laura Martínez (2003), César Díaz (2002), Diana Gijsberts y Martín Malharro (2003), Carlos Mangone (1996), Francine Massiello (1987), Sergio Pujol (2005), Beatriz Sarlo (1987), Mirta Varela (2001) y Horacio Verbitsky (1985). 14 medios de comunicación o prácticas culturales con públicos más restringidos (Varela, 2001). Los militares tenían sus intelectuales, actuaban con la colaboración de los grandes medios de comunicación de masas (Mangone, 1996). Mediante la censura, se silenciaba a aquellos medios que pronunciaban críticas al poder y la auto-censura se internalizaba mediante el miedo. A través de decretos y del Comunicado n° 19 de la Junta Militar se imponían límites al periodismo, como la prohibición de la difusión de noticias escritas por agencias extranjeras en el país y la reclusión en prisión de profesionales que difundan datos negativos sobre los militares. Lo antedicho no significa que todos los medios impulsaran un discurso golpista, porque algunos optaban por el silencio y la omisión e incluso se desarrollaron propuestas de expresiones alternativas que comunicaban otro punto de vista y datos que contrastaban con el discurso homogéneo de la dictadura, como la Agencia Clandestina de Noticias ANCLA, Radio Colonia (Verbitsky, 1985), el diario Buenos Aires Herald, que denunciaba la nómina de desaparecidos, y otros como La voz del interior, El día, La prensa y La opinión que sufrieron amenazas, advertencias, secuestros, asesinatos a los periodistas o atentados a las instalaciones (Díaz, 2002). Expresiones artísticas como Teatro abierto, Danza abierta, Cine abierto y algunas de las publicaciones literarias, como los libros “Composición de lugar” de Juan Carlos Martini, “Libro de navíos y borrascas” de Daniel Moyano y “En esta dulce tierra” y “Nada que perder” de Andrés Rivera también deslizaban sutiles críticas al sistema (Sarlo, 1987). A diferencia de los medios más masivos, como la televisión y gran parte de la prensa gráfica, estos libros, que estaban destinados a públicos menos extensos, pudieron expresar opiniones que estaban vedadas en los canales de comunicación para amplias audiencias (en donde la censura operaba con mayor fuerza). Acorde con su plan de aniquilación de la diferencia, el gobierno totalitario ideó y aplicó un discurso compacto que establecía categorías rígidas para denominar a los miembros de la sociedad, sus relaciones, lo que está permitido y lo que está prohibido. Sarlo (1987) señala algunos de los rasgos de este régimen discursivo: presupone una verdad indiscutible, autoevidente, absoluta e inapelable, se basa en una relación de poder pre-discursiva y su objetivo principal es la autolegitimación de su gobierno. “Asistimos a una situación de verdad única y sentido único, en la que no hay interpretaciones sino la Interpretación, a fin de que la pluralidad e incluso la ambigüedad de los sentidos sociales se pliegue a la verdad presente en el discurso de origen” (Sarlo, 1987). 15 Los militares identificaban a las Fuerzas Armadas con la sociedad y la patria, la nación se erigía como valor supremo y se definió un campo de enemigos que quedan excluidos por ser extranjeros, ajenos a las tradiciones e historia local y se los define como individuos locos, quienes padecen algún tipo de enfermedad física o psíquica, por lo que conciben a la subversión como un fenómeno de índole psicótica. Las decisiones se toman en una esfera del poder privada, separada de la sociedad, ya que ésta no tiene competencia en este ámbito y carece de una real participación en el rumbo de su destino. El discurso autoritario es transhistórico y transubjetivo, en la medida en que sólo habla de la historia cuando debe referirse a un pasado fundacional que debe ser restaurado, porque en él se forjaron valores cuya vigencia presente queda fuera de cuestión. Y es transubjetivo, porque ni los grupos ni los individuos están en condiciones de pensarse respecto a los valores impuestos. Por el contrario, son pensados por ellos, son constituidos a partir de ellos y cualquier distancia supone, automáticamente, la exclusión de ese universo y, en consecuencia, la conversión en Otro, ante quién se abre la amenaza de supresión o aislamiento (Sarlo, 1987). Con una función performativa, por establecer un discurso que posee consecuencias concretas en la vida social (con la anulación de las garantías constitucionales), los militares reivindicaron el privatismo como el retorno a la familia cuando en realidad se trató de un esfuerzo por terminar con la esfera pública. Se privilegia el consumo hogareño, y la televisión se integró a este modelo de vida doméstica pacífica. La metáfora que operaba era que: “el país es como una casa; el gobierno, un jefe de familia; los ciudadanos, una minoría necesitada de tutelaje” (Sarlo, 1987). Esta analogía nación/familia legitima la toma de decisiones según patrones autoritarios: sólo los jefes (gobierno, padre) son quiénes pueden determinar el rumbo de su organización. Programas de televisión como Videoshow (canal 11, 1977) enfatizaban una frase que se refería a la permanencia de los miembros de la familia frente a la pantalla: “quedate ahí, no te vayas de ahí, el mundo que vives te quiero mostrar” (Mangone, 1996; Varela, 2001). Con estas palabras, se interpelaba a la audiencia como privada, se reforzaba el pedido explícito del gobierno militar del confinamiento en los sitios caseros para evitar el riesgo que implica someterse a los peligros de la calle, un espacio público pensado como temido. Debido a este mecanismo, la televisión del proceso ensalzaba la idea de que mejor era quedarse en el hogar para ver el mundo a través del televisor. 16 El énfasis en el bienestar familiar recupera un pedido pronunciado desde el discurso militar: las relaciones privadas de parentesco son las que educaban a los jóvenes en los valores de la moral cristiana, de amor heterosexual y monogámico y de perpetuación de la forma de organización familiar basada en raíces tradicionales señaladas como inmutables. Desechando otras instancias de sociabilidad que otrora actuaban como agentes de relación entre los jóvenes, como la militancia o la universidad, la dictadura insistió en que la familia es la que debe inculcar de forma primaria y fundamental aquellas normas de las buenas costumbres que los jóvenes deberían acatar en la vida adulta. Con la destrucción de la esfera política por la omnipresencia del poder militar, que anuló la libre concurrencia de partidos, persiguió y asesinó a los activistas, monopolizó sindicatos, se allanó el terreno para la difusión de un discurso unidimensional sobre la cultura y las relaciones sociales. Por otra parte, no sólo las universidades fueron intervenidas y la matrícula disminuyó notablemente, sino que además una gran cantidad de intelectuales fueron forzados al exilio, y otros fueron desaparecidos. Junto con la pregona de que los sitios educativos eran el espacio de difusión de ideologías comunistas, las facultades públicas se convirtieron en enclaves peligrosos y aprender se volvió una actividad controlada, vigilada y, por lo tanto, poco productiva de material reflexivo. Ante la política vedada y la educación censurada, los militares eligieron a la familia como centro de su discurso sobre el orden, la sumisión y la propagación de ideas no problemáticas sobre la sociedad. Para la dictadura, centrar la atención en la familia obedecía a razones de índole política: el refugio dentro del hogar privado significó la aniquilación del espacio público, que en el pasado funcionaba como un espacio de reunión para intercambiar ideas, realizar manifestaciones y tomar la palabra. El régimen militar, mediante las medidas de propagación del miedo, la autocensura y el sistema del horror orquestado vía la desaparición, impulsaba la vuelta a la intimidad. Que el teatro, hoy en día, elija a la familia supone cuestionar las bases sobre las que se construyó la prédica militar, debatir sobre el rol de la familia significa un primer paso a la hora de esclarecer otras cuestiones del pasado reciente dictatorial. Digerir los problemas instalados en la unidad doméstica es una forma eficaz de analizar los asuntos generales que debemos afrontar como sociedad. Según el punto de vista de Stella Galazzi, la directora de “Estaba en mi casa y esperaba que llegara la lluvia” el interés por la familia se debe al pasado vivido en el país. “No me resulta sorpresivo que muchas obras hoy en día se detengan en lo que pasa dentro de las cuatro paredes de nuestras casas. Si pensamos que hace 30 años vivimos la censura más férrea que pueda pensarse con la dictadura, no es extraño que en la actualidad miremos el espacio 17 privado en donde estábamos confinados. Durante el gobierno autoritario, la calle y los espacios externos eran señalados como peligrosos, y se impulsaba la vuelta al hogar. Para los voceros de esta política, la familia era en donde debíamos aprender las reglas de las buenas costumbres, la vida cristiana, pacífica y conforme. Hoy podemos plantearnos los conflictos que se desataron a raíz de esta forma de convivencia. Me parece que es necesario comenzar con la familia, como muchos teatristas estamos haciendo, para, en segundo lugar, seguir con algo más global.” También haciendo hincapié en el reducto doméstico, “Estaba en mi casa y esperaba que llegara la lluvia” es sobre cinco mujeres esperando la muerte del único hombre en la familia. De la misma forma, puede pensarse que “Hasta que la muerte nos separe” se dedica a explorar normas que se suponen que gobiernan la relación parental. Una madre, Mirta Busnelli, se reencuentra con su hijo en el funeral de la abuela. En “ Reglas y usos de la sociedad moderna”, una dama pudiente lee un manual sobre los modales correctos entre parientes, un libro de reglas consuetudinarias que legitiman la pareja monogámica y excluyen las opciones sexuales diferentes (un tema que cobró relevancia en 2010 con el amplio debate en torno a la Ley de Matrimonio Igualitario). En “Vuelo a Capistrano”, la familia está compuesta por un hombre divorciado (Daniel Fanego) y su nueva mujer (Emilia Mazer). Su anterior pareja (María Ibarreta), con la que no se llevaba nada bien, irrumpe la paz del hogar ajeno para solicitar a su ex marido que firme un permiso para que su hija viaje a Brasil con ella y su nuevo esposo. Además de poner en escena el exilio económico (el personaje de Ibarreta se quiere mudar al país vecino por cuestiones laborales), la efervescencia gremial (Emilia, que es docente, organiza una huelga para reclamar un aumento de sueldo) y la inminente muerte (Fanego interpreta el papel de un hombre enfermo que está por partir), Gorostiza ejemplifica, a través de esta familia, el choque entre dos mundos, el de su mujer, preocupada por cuestiones anodinas, cotidianas, y el del hombre absorto en dilemas trascendentales. Carlos Gorostiza dice: “En ‘Vuelo a Capistrano’, Pablo (Fanego) se obsesiona con los grandes problemas de la humanidad, como el hambre en el mundo o la migración (San Juan Capistrano, en California, es la ciudad de Estados Unidos hacia donde migran las golondrinas en busca de calor). En cambio, a Emilia (Mazer) le preocupan cosas totalmente diferentes, como organizar el paro. Sus mundos chocan. Mientras que él recurre a la filosofía para responder sus preguntas, Emilia se preocupa por llevar a su casa algo de comer y le dice: ‘no sé si mis cosas son importantes, pero son mis cosas’. En la obra se presenta una lucha entre las grandes expectativas de algunas personas y la realidad cotidiana a la que se afrontan”. 18 La familia es un hecho que ellos deben debatir también. En un pasaje de la obra, Pablo le dice a su mujer que lo deje, que no tiene que estar junto a él hasta el final. Es imposible que esta frase no tenga reminiscencias con la herencia de la dictadura, lo mismo que la muerte percibida como destino inevitable por algunos sectores de la población, en particular la juventud de izquierda radicalizada. Gorostiza está de acuerdo en que el terror afectó su producción artística y la de sus colegas. “Los militares estaban en contra nuestra porque la mayoría de los dramaturgos y directores, casi todos en el ambiente artístico, somos de izquierda. Y los que no lo son, inevitablemente son traídos hacia la izquierda, lo quieran o no. Esto sucede porque no podemos hacer oídos sordos a lo que pasó en nuestro país durante la dictadura, por eso tenemos que lidiar con este legado en nuestras obras, de un modo metafórico”. Para el actor Daniel Fanego, estas obras no hablan del mundo familiar sino de las relaciones humanas. “El teatro pone en escena lo más universal del hombre, sus miedos y sus contradicciones”. Una opinión similar comparte el actor Patricio Contreras, que encarna al rey Basilio, quien encierra a su hijo Segismundo en una torre para evitar que lo suceda en el trono en “La vida es sueño”. “Para mí, ‘La vida es sueño’ puede ser interpretada de diferentes maneras y yo no soy nadie para mantener una verdad única. Fue leída en clave política, filosófica e incluso religiosa, pero yo creo que en realidad toca algo muy íntimo, con lo que cualquiera se puede identificar: la relación de los padres con sus hijos y la puja de poder. Es inevitable que nos sintamos desplazados por los más jóvenes y que esto nos genere angustia porque, en el fondo, lo que no queremos es perder una posición que nos costó lograr en nuestra vida”. Su colega Muriel Santa Ana, la protagonista femenina de la obra, sugiere que el autor Calderón de la Barca y el director, el español Calixto Bieito, insisten en resaltar algunos valores familiares, como el respeto por los deberes conyugales. “En mi caso, es muy fuerte el tema del respeto por el honor perdido. Ella se toma el compromiso muy en serio, en esa época una chica que estaba de novia asumía que su compañero sería su futuro esposo. Era un trato de hecho. Cuando su prometido la cambia por otra, lo más profundo de su orgullo es dañado y ella busca venganza”. Al recuperar una pieza escrita en 1635, el director Calixto Bieito trae a Buenos Aires una producción que fue lanzada en Edimburgo hace diez años y que luego giró en Nueva York y Barcelona. Bieito revisita una obra que fue creada por uno de los grandes autores de todos los 19 tiempos, Felipe Calderón de la Barca, quien fue comparado con Johann Wolfgang von Goethe y William Shakespeare. En “La vida es sueño” el rey Basilio confiesa haber encerrado a su hijo Segismundo en una torre porque las estrellas predijeron que el sería cruel y malvado. Al evitar que el trono pase a su sucesor natural, Basilio se convierte en un tirano y su hijo en una bestia que pierde contacto con el mundo exterior. A medida que se desarrolla la obra, Calderón toca varios problemas: si las personas dan forma a su propio destino o son gobernados por fuerzas misteriosas, si podemos domesticarnos para encajar en sociedad o si somos, en verdad, animales incorregibles. El autor anticipa contradicciones que luego serían analizadas por intelectuales modernos, como la oposición de la pasión-razón, civilización-barbarie, instintos naturales-cultura. En “La vida es sueño” se representa a la familia, el encierro, los secretos, las normas consuetudinarias, la asfixia y el eventual destape. Las alusiones al pasado dictatorial también son notables: la familia es nuevamente la metáfora de la opresión en un micro-nivel, el padre de familia es el jefe, es el monarca, es la nación que sujeta a los más débiles: los hijos, los gobernados. En este ejercicio tiránico de poder, a los subyugados sólo les queda una opción: obedecer los mandatos ajenos o subvertir el orden. Al fin de cuentas, todas las obras mencionadas en este ensayo son ejemplos de formas de vida familiar que se someten a examen para ser cambiadas. Al leerlas en comparación, revelan puntos en común que pueden ser revisados, en toda la organización vertical de la familia, en su composición déspota y patriarcal, escenifica un modelo de país también vertical, en donde las decisiones se toman de forma unilateral por aquellos que detentan el poder. Para sacudir este orden, el teatro