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DOLENTIUM HOMINUM
N. 84 – año XXIX – N. 1, 2014
revista del pontificio consejo
para los agentes sanitarios
(para la pastoral de la salud)
Actas de la XXVIII
Conferencia
Internacional
promovida y organizada por el
Pontificio Consejo
para los Agentes Sanitarios
sobre
La Iglesia al servicio
de la persona anciana enferma:
atención a las personas afligidas
por patologías neurodegenerativas
22-23-24 noviembre 2013
Nueva Sala del Sínodo
Ciudad del Vaticano
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Director
S.E. Mons. Zygmunt Zimowski
Redactor Jefe
Mons. Jean-Marie Mupendawatu
Comité de Redacción
Dr. Antonino Bagnato
Don Marco Belladelli
Dr. Daniel A. Cabezas Gómez
Sor. Anna Antida Casolino
Prof. Maurizio Evangelista
Padre Bonifacio Honings
Dra. Beatrice Luccardi
Dra. Rosa Merola
Sr. Luigi Nardelli
Mons. Jacques Suaudeau
Dirección, Redacción, Administración:
Pontificio Consejo para los Agentes Sanitarios (para la Pastoral de la Salud)
Ciudad del Vaticano; Tel. 06.698.83138, 06.698.84720, 06.698.84799 - Fax: 06.698.83139
e-mail: [email protected]
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Publicación cuatrimestral. Suscripción: 32 € comprendidos los gastos de envío
Impreso en la Editrice VELAR, Gorle (BG)
En la cubierta: vidriera de P. Costantino Ruggeri
Poste Italiane s.p.a. Spedizione in Abbonamento Postale - D.L. 353/2003 (conv. In L. 27/02/2004 nº 46) art. 1, comma 2, DCB Roma
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Sumario
6
Encuentro de Oración y Reflexión
de los Agentes Sanitarios
con el Santo Padre Francisco
en la vigilia de la clausura del Año de la Fe,
desarrollado como conclusión de la
XXVIII Conferencia Internacional
6
Introducción
S.E. Mons. Zygmunt Zimowski
7
Mateo 25, 31-46: el juicio final
S. E. Mons. José Rodríguez Carballo, O.F.M.
9
Discurso del Santo Padre Francisco
Jueves 21 noviembre
10
25
30
Discurso de Apertura
Solicitud de la Iglesia por las personas
ancianas enfermas y magisterio pontificio
de los últimos años
S.E. Mons. Zygmunt Zimowski
Prolusión
El enfermo anciano, ‘desafía’ a la pastoral
de la salud
S.E. Cardenal Willem Jacobus Eijk
El enfermo anciano en la Sagrada Escritura:
«Todavía en la vejez tienen fruto,
se mantienen frescos y lozanos» (Sal 92,15)
Padre Joseph Emmanuel Kakule Vyakuno
PRIMERA SECCIÓN
EPIDEMIA Y POLÍTICA SANITARIA DE LAS
ENFERMEDADES NEURODEGENERATIVAS
EPIDEMIA SILENTE DEL TERCER MILENIO
SEGUNDA SECCIÓN
Investigación y curación:
utilidad actual y en perspectiva
57
1. Genética y Medicina Predictiva
Prof. Giuseppe Novelli
59
2. Biotecnologías: de la genómica
a la proteómica
Dr. Enrico Silvio Bertini
3. MESA REDONDA
Demencias
61
3.1 El diagnóstico de la enfermedad
de Alzheimer
Prof. Bruno Dubois
66
3.2 Enfermedad de Alzheimer:
intervenciones rehabilitadoras
Dr. Gabriele Carbone
Dra. Francesca Barreca
86
3.3 Los cuidados paliativos son un derecho
humano fundamental
Baronesa Ilora Gillian Finlay of Llandaff
TERCERA SECCIÓN
Modelos de una red integrada
de asistencia
1. Presentación de un modelo integrado
de asistencia. Región Véneto
Dr. Sandro Caffi
92
2. Cisco: la visión “Connected Health”
Dr. Jens Mortensen
93
3. Las soluciones que ofrece
“Essence Smart Care”
Dr. Haim Amir
90
33
1. Cuestiones éticas y morales
Mons. Jacques Suaudeau
46
2. La persona anciana enferma en el contexto
de la emigración
Prof. Andrzej Sados
Viernes 22 noviembre
49
53
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3. Cuadro epidemiológico en Italia y estrategias
actuales y en perspectiva de política sanitaria
para una gestión adecuada de las patologías
neurodegenerativas
Prof. Fabrizio Oleari
4. El concepto de tratamiento sostenible
come respuesta al “rationed treatment” en la
condición crónica de las personas afligidas por
enfermedades neurodegenerativas
Prof. Christoph F. von Ritter
CUARTA SECCIÓN
El anciano afligido por enfermedades
neurodegenerativas
95
1. Tutela de la persona anciana
afligida por enfermedades
neuro-degenerativas
Fabio Cembrani
104 2. Necesidades de la familia
Dra. Gabriella Salvini Porro
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QUINTA SECCIÓN
Enfermedades neurodegenerativas
y lugares de sanación:
entre hospital y territorio
150 2. La teología de la prevención entre amor
y responsabilidad, para una salud de la psique
y del cuerpo
Mons. Andrea Pio Cristiani
108 1. Procesos de asistencia socio-sanitarios:
experiencias en Italia y Europa
Dr. Nicola Vanacore
3. Acompañamiento espiritual
y pastoral
152
3.1 Acompañamiento espiritual y pastoral en los
lugares de curación
Prof. Dr. Arndt Büssing
110
2. MESA REDONDA
Best Practices: analogías y
diferencias entre algunas naciones
2.1 Las estructuras asistenciales para
ancianos en Australia. Conocer la demencia:
precondición necesaria para proporcionar
los mejores cuidados
Prof. Fran McInerney
2.2 Una aproximación global al cuidado
de personas mayores con enfermedades
neurodegenerativas en Chile
Prof. Claudio Iván Lermanda Soto
117
2.3 Alemania
Prof. Frank Ulrich Montgomery
113
120 2.4 Bolivia
Dr. Daniel Cabezas Gómez
121 2.5 India
Dr. Thomas Mathew
123 2.6 Israel e Italia
Prof. Enrico Mairov
127 2.7 Estados Unidos: tratamiento de
las personas afectadas por patologías
neurodegenerativas típicas del envejecimiento.
Colmar el vacío
Dr. William L. Toffler
SEXTA SECCIÓN
Acciones de prevención y potenciales
ventajas del progreso tecnológico
130 1. Alimentación, actividad física e intelectual
Prof. Jean-Marie Ekoé
134 2. El aporte de la telemedicina en la prevención
y en el tratamiento de las enfermedades
neurodegenerativas
Prof. Louis Lareng
138 3. Domótica y Robótica
Dr. Dario Russo
SEPTIMA SECCIÓN
Perspectiva teológica y pastoral
157 3.2 Acompañamiento Espiritual y Pastoral
en el Área Local
Mons. Roberto J. González Raeta
159 3.3 Cuidado espiritual y pastoral en la familia
Padre Thomas Kammerer
161 3.4 Asociaciones y voluntarios al servicio
de los ancianos con enfermedades
neurodegenerativas y de sus familias
Dr. Marc Wortmann
Sábado 23 noviembre
MESA REDONDA
Acción de la Iglesia a favor
de la persona anciana enferma
164 1. Informe desde Argentina
S.E. Mons. Aurelio Kühn
167 2. Ancianos enfermos: la obra de la Iglesia
en Australia
S.E. Mons. Donald Sproxton
169 3. Canadá: Iglesia y los ancianos enfermos
S.E. Mons. William T. McGrattan
172 4. India: Los ancianos con enfermedades
neurodegenerativas y trastornos mentales.
Retos emergentes y el camino que debe seguir
la Iglesia
S.E. Mons. Vincent M. Concessao
177 5. Experiencia de la Iglesia en Polonia
S.E. Mons. Stefan Regmunt
180 6. El aporte de la Iglesia católica
en la República Democrática del Congo
al servicio de las personas ancianas enfermas
S.E. Mons. Nicolas Djomo Lola
183 Recomendaciones al término de
la XXVIII Conferencia Internacional
Prof. Jean-Philippe Azulay
184 Conclusiones y Recomendaciones
Mons. Mauro Cozzoli
145 1. El envejecimiento de la persona
y el sentido espiritual de la vida
Prof. Christina M. Puchalski
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Actas de la XXVIII
Conferencia
Internacional
promovida y organizada por el
Pontificio Consejo
para los Agentes Sanitarios
sobre
La Iglesia al servicio
de la persona anciana enferma:
atención a las personas afligidas
por patologías neurodegenerativas
22-23-24 noviembre 2013
Nueva Sala del Sínodo
Ciudad del Vaticano
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Encuentro de Oración y Reflexión
de los Agentes Sanitarios
con el Santo Padre Francisco
en la vigilia de la clausura del Año de la Fe,
desarrollado como conclusión de la
XXVIII Conferencia Internacional
23 de noviembre de 2013, Aula Pablo VI
Programa
Canto inicial
Himno del Año de la Fe
Introducción de
Su Excelencia Monseñor
Zygmunt Zimowski
Presidente del Pontificio
Consejo para los Agentes
Sanitarios
(para la Pastoral de la Salud)
Lectura de la Palabra de Dios
Primera lectura
Salmo
Aleluya
Lectura del Evangelio
Comentario
Su Excelencia Monseñor José
Rodríguez Carballo, O.F.M.
Secretario de la Congregación
para los Institutos
de Vida Consagrada y las
Sociedades de Vida Apostólica
Testimonios
Oración de los fieles
Oración conclusiva
Canto final
Discurso
del Santo Padre
Francisco
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Introducción
S.E. Mons. Zygmunt
Zimowski
Presidente del
Pontificio Consejo
para los Agentes Sanitarios,
Santa Sede
E
minencias, Excelencias Reverendísimas, queridos Sacerdotes, Religiosos y Religiosas:
Tengo el agrado de saludar a
los Organizadores y a los Participantes en esta importante XXVIII
Conferencia Internacional, que
acaba de concluirse y que ha tratado el tema: “La Iglesia al servicio de la persona anciana enferma:
el cuidado de las personas afectadas por patologías neurodegenerativas”.
Saludo también muy cordialmente a las varias Organizaciones
que se ocupan de los enfermos y
de las personas que sufren, de manera particular a UNITALSI.
Queridos enfermos, ¡gracias por
vuestra presencia!
El Año de la Fe, querido por el
S. Padre Benedicto XVI, está por
concluir. En este tiempo “la fe fundada en el encuentro con Jesucristo resucitado podrá redescubrirse
en su integralidad y en todo su esplendor”, ha escrito el Santo Padre
en el documento “Porta Fidei”.
Cuando encontramos a una persona importante, todos sentimos
estremecimientos; aquí debemos
preguntarnos: El encuentro con
Cristo y su don de la fe ¿nos dan
un nuevo ‘estremecimiento’, sugiriéndonos una nueva orientación a
la vida? He aquí ¡un año para favorecer el gozoso redescubrimiento y el renovado testimonio de la
fe! El año de la Fe, tiende a su conclusión, pero queda el impulso que
debe penetrar toda nueva vida hoy
y para los años que Dios querrá
concedernos.
Para comprender mejor el significado y la profundidad de lo que
el Papa Francisco escribe en su
primera encíclica “Lumen Fidei”,
acerca de la fuerza y la luz que puede venir de la Fe en el sufrimiento
(Lumen Fidei, 56-59), sería importante focalizar la reflexión tanto en
el conjunto del desarrollo de la Encíclica como en la continuidad con
las Encíclicas de Benedicto XVI
sobre la caridad (Deus Caritas est)
y sobre la esperanza (Spe Salvi), y
además con la amplia reflexión sobre el sufrimiento manifestado por
Juan Pablo II en la carta apostólica
“Salvifici doloris”.
La primera consideración acerca
de la relación de la fe con el sufrimiento, como lo presenta el Papa
Francisco en la Encíclica, se refiere a la misma colocación de la
reflexión en la cuarta parte (“Dios
prepara para ellos una ciudad”)
donde se subraya que la fe no es
una realidad abstracta, sino para
la vida y para traer luz en todas
las situaciones existenciales. Ella
“ilumina el vivir social, ella posee
una luz creativa para todo momento nuevo de la historia porque co-
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loca todos los acontecimientos en
relación con el origen y el destino
de todo en el Padre que nos ama”
(Ivi 55).
La fe no nos aleja del mundo
y de sus problemas reales. Antes
bien, ofrece un servicio para edificar una humanidad y una sociedad
en las que prevalezca la justicia, el
respeto y la tutela de la dignidad
de cada persona, la educación a
una fraternidad social que busque
el bien común, la atención y el cuidado de las fajas más débiles, en
particulares condiciones de pobreza y de sufrimiento.
Por tanto, el llamado a la relación de la fe con el sufrimiento
por nada aparece aislado. Por el
contrario, el sufrimiento parece
convertirse en el “lugar” y en la
“experiencia” para interrogarnos,
tanto sobre la verdad de la fe y su
fuerza iluminadora así como sobre
la autenticidad o no de nuestro vivir humano y de nuestras relaciones sociales.
Parece resonar con fuerza una
afirmación de Benedicto XVI en la
Encíclica “Spe Salvi”: “La grandeza de la humanidad está determinada esencialmente por su relación con el sufrimiento y con la
persona que sufre. Esto es válido
tanto para el individuo como para la sociedad. Una sociedad que
no logra aceptar a los que sufren y
no es capaz de contribuir mediante la compasión a fin de que el sufrimiento sea compartido y sobrellevado también interiormente, es
una sociedad cruel e inhumana”
(Ivi 38).
Pero el sufrimiento, subraya el
Papa Francisco, se presenta tam-
7
bién como “lugar de fe, de esperanza y de amor. Lugar donde, en
la experiencia del apóstol Pablo
(Cf. 2Co 4, 7-12), el sufrimiento
y la misma debilidad se convierte
en lugar para anunciar y vivir la fe,
reconociendo la presencia y el poder de Dios que supera nuestra debilidad y es capaz de darnos fuerza, luz y consolación en el mismo
sufrimiento (Ivi 56).
Aunque el sufrimiento no puede
ser eliminado, la fe cristiana puede ayudar a darle un sentido hasta “convertirse en acto de amor, de
entrega confiada en las manos de
Dios que no abandona y, de este
modo, puede constituir una etapa
de crecimiento de la fe y del amor”
(Ivi 56).
La fe no tiene explicaciones para darnos sobre el sufrimiento, pero nos puede dar el sentido y la
fuerza para vivirlo. “La luz de la fe
no disipa todas nuestras tinieblas,
sino que, como una lámpara, guía
nuestro camino” (Ivi 57).
También en el fatigoso camino
en el sufrimiento, en el cual Dios
no nos deja solos, sino camina a
nuestro lado: “Al hombre que sufre, Dios no le da un razonamiento que explique todo, sino que le
responde con una presencia que
le acompaña, con una historia de
bien que se une a toda historia de
sufrimiento para abrir en ella un
resquicio de luz” (Ivi 57).
Según una feliz expresión de
San Bernardo “Dios no puede padecer, pero puede compadecer”.
“El hombre tiene un valor tan
grande para Dios que se hizo hombre para poder com-padecer Él
mismo con el hombre, de modo
muy real, en carne y sangre, como nos manifiesta el relato de la
Pasión de Jesús. Por eso, en cada
pena humana ha entrado uno que
comparte el sufrir y el padecer; de
ahí se difunde en cada sufrimiento la con-solatio, el consuelo del
amor participado de Dios y así
aparece la estrella de la esperanza
(Spe salvi, 39).
El Papa Francisco concluye su
primera Encíclica “Lumen Fidei”
con una oración a María, Madre
de la Iglesia y Madre de nuestra fe,
que puede servir para los enfermos
y los que sufren, especialmente en
el momento del abandono o de la
muerte:
¡Madre, ayuda nuestra fe!
Abre nuestro oído a la Palabra,
para que reconozcamos la voz de
Dios y su llamada.
Aviva en nosotros el deseo de seguir sus pasos, saliendo de nuestra
tierra y confiando en su promesa.
Ayúdanos a dejarnos tocar por
su amor, para que podamos tocarlo en la fe.
Ayúdanos a fiarnos plenamente
de él, a creer en su amor, sobre todo en los momentos de tribulación
y de cruz, cuando nuestra fe es llamada a crecer y a madurar.
Siembra en nuestra fe la alegría
del Resucitado.
Recuérdanos que quien cree no
está nunca solo.
Enséñanos a mirar con los ojos
de Jesús, para que Él sea luz en
nuestro camino.
¡Y que esta luz de la fe crezca
continuamente en nosotros, hasta
que llegue el día sin ocaso, que es
el mismo Cristo, tu Hijo, nuestro
Señor!
Mateo 25, 31-46: el juicio final
S. E. Mons. José
Rodríguez Carballo,
O.F.M.
Arzobispo Secretario CIVCSVA
Congregación para los
Institutos de Vida Consagrada
y Sociedades de Vida
Apostólica
Santa Sede
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H
emos escuchado uno de los
pasajes más importantes y
conocidos del Evangelio de Mateo, antes bien, de los Evangelios.
Se trata del último discurso de Jesús. Como sabemos, el Evangelio de Mateo presenta a Jesús como el nuevo Mesías. Como hizo
Moisés, también Jesús promulga
la ley de Dios. Como era para la
Ley antigua, también la nueva dada por Jesús contiene cinco libros
o discursos. El primer discurso es
el de la montaña (Cf. Mt 5, 1-7,
27). El último es el discurso sobre la vigilancia (Cf. Mt 24, 1-25,
46), en el que se encuentra el texto que hemos escuchado. El pri-
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mero contiene las bienaventuranzas, el último habla del juicio
final. Las bienaventuranzas describen la puerta para entrar en el
Reino, enumerando ocho categorías de personas: los pobres, los
mansos, los afligidos, los que tienen hambre y sed de justicia, los
misericordiosos, los puros de corazón, los promotores de paz y los
perseguidos por la justicia (Cf. Mt
5, 3-10). El texto sobre el juicio
final que hemos escuchado nos
dice lo que debemos hacer para
entrar en el Reino: acoger a los
hambrientos, a los sedientos, a los
extranjeros, a los desnudos, a los
enfermos y a los prisioneros (Mt
25, 35-36).
La “diaconía” cristiana encuentra su fundamento en este texto.
El mismo Catecismo de la Iglesia
Católica cita este texto para promover la diaconía cristiana y proporcionarle su debido fundamento. Este texto sigue la lista de las
siete obras de misericordia, y lo
completa con un texto del libro de
Tobías que habla de enterrar a los
muertos (Cf. Tb 1, 17). Se trata de
un texto importante, sea suficiente pensar que san Juan Crisóstomo lo cita 170 veces, con el fin de
motivar con este texto la solidaridad hacia los pobres.
Se trata del juicio final, esto es,
del momento más decisivo para cada uno de nosotros. No es posible
jugar. Del Señor mismo escucharemos: “Cuanto hicisteis a uno de
estos hermanos míos más pequeños, a mi me lo hicisteis”, o a los
míos; “Cuanto dejasteis de hacer
con uno de estos más pequeños,
también conmigo dejasteis de hacerlo”. Por cinco veces hemos escuchado los adverbios “entonces”
y “cuando”: “entonces”, es decir,
al final, veremos que el “cuando” es ahora. La suerte de “entonces” (al final) se decide “ahora”,
“en el presente”. El texto nos dice claramente que al margen del
“sacramento” del prójimo no hay
camino hacia Dios. El texto tiene
una gran fuerza cristológica: Cristo continúa su encarnación en los
pobres. Por otro lado, el texto tiene también una gran importancia
eclesiológica: “Los más pequeños
– dice Moltmann –, nos pueden in-
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dicar donde está la Iglesia”. Pienso
che el texto debe focalizar nuestra
atención ya sea en la solidaridad
con los pobres, en sentido amplio
– que históricamente se identifican
con los discípulos, designados por
el Evangelio como los “pequeños”
(Mt 10, 16. 23. 24, 40-42), pero
también con todos los que tienen
necesidad de ayuda o sufren penurias de todo tipo –, ya sea con la
fe: en el pobre debemos encontrar
a Cristo, en sus llagas estamos llamados a contemplar las llagas de
Jesús mismo.
De este modo el texto que estamos meditando nos hace ver que
nuestra fe no es sólo una cuestión de “profesión” de las verdades reveladas, sino que es también cuestión de “profesión de
pertenencia”, es decir cuestión de
comunión, de solidaridad, en la
que se entra a través de la fe, una
cuestión de alianza y de familiaridad con los más pobres. No hay
salvación fuera de la comunión.
Regresemos a Mateo. El capítulo 25, en el que se encuentran
nuestros textos, contiene tres narraciones “graduales” sobre lo
que hay que hacer “ahora” en vista de la “fin”: “Ahora es necesario
comprar el aceite (vv 1- 13), que
consiste en “redoblar” el don de
amor recibido (vv. 14-30), amando al Señor en los hermanos más
pequeños (vv 31- 46). El juicio
que el rey hará sobre nosotros “entonces” es el mismo que nosotros
hacemos ahora sobre el pobre. En
realidad somos nosotros mismos
que nos juzgamos: acogiéndolo o
rechazándolo en la persona de los
pobres. Él no hará otra cosa sino
constatar lo que nosotros hacemos. Nos lo dice anticipadamente
para abrirnos los ojos sobre lo que
estamos haciendo ahora.
El pasaje, espléndido y único,
es una síntesis de la teología de
Mateo: somos juzgados según lo
que hacemos a los demás (7, 12).
Todo otro, es siempre el otro. En
efecto, el primer mandamiento, es
igual al segundo (22, 39), porque
el Señor mismo se ha hecho nuestro prójimo y está siempre con nosotros (28, 20), bajo el signo del
Hijo del hombre (24, 30), que tiene el rostro de todos los pobres
de la tierra. Seremos juzgados según el amor por el más pequeño
y el más débil, en el cual estamos
llamados a ver a Cristo mismo
(Francisco y el leproso). Nuestro
ser “bendecidos” o “maldecidos”
depende del amor dado o negado a
los hermanos que viven en las necesidades en las que el Señor nos
visita. El amor que tenemos hacia
el otro es el amor hacia Dios: me
realizo como hijo viviendo como
hermano. Toda la ley, en efecto,
se reduce a amar al Señor y al prójimo con el mismo amor. No podemos decir que amamos a Dios,
que no vemos, si no amamos a los
hermanos que vemos. A esto podemos añadir otra reflexión: podemos amar a Dios en el otro sólo
si nos sentimos amados por Dios.
Aislar el mandamiento del amor
hacia el último por la experiencia
del amor de Dios que se hizo último por mí, es hacer de esto un
principio sin sentido, una ideología incapaz de generar un comportamiento positivo.
En conclusión, podemos decir
que el juicio final, como todo el
discurso escatológico, nos remite
del futuro al presente. El fin del
hombre es volverse como Dios.
El error de Adán no es querer ser
como Él (Gen 3, 5), sino no saber
quien es Él. Uno se vuelve como
Dios amando, porque Él es amor.
Jesús está siempre con nosotros
(28 20), como los pobres (26, 11),
como el más pequeño entre los
hermanos. La Iglesia, en su amor
por el último, ama a su Señor; y
sabe que no es él que salva al pobre, sino es el pobre que le salva.
Preguntas para la reflexión.
Si en este momento tocase la
hora del juicio, ¿dónde me sentaría: a la derecha entre los benditos, o a la izquierda entre los malditos?
¿Cuál es mi comportamiento con los más pobres: actitud de
“pasotismo”, actitud de filantropía, actitud de fe, logrando ver en
ellos a Cristo pobre y sufriente?
¿Puedo hacer algo más de lo
que estoy haciendo por los más
“pequeños”?
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Discurso del Santo Padre Francisco
Aula Pablo VI, Sábado 23 de noviembre de 2013
Queridos hermanos y hermanas:
¡Gracias por vuestra acogida! Os saludo cordialmente a todos.
Desearía repetir hoy que las personas ancianas han sido siempre protagonistas en la Iglesia, y lo
son todavía. Hoy más que nunca la Iglesia debe dar ejemplo a toda la sociedad del hecho que ­ellas,
a pesar de los inevitables «achaques», a veces incluso serios, son siempre importantes, es más,
indispensables. Ellas llevan consigo la memoria y la sabiduría de la vida, para transmitirlas a los
demás, y participan a pleno título en la misión de la Iglesia. Recordemos que la vida humana conserva siempre su valor a los ojos de Dios, más allá de toda visión discriminante.
La prolongación de las expectativas de vida, introducida a lo largo del siglo XX, comporta que
un número creciente de personas sufre patologías neurodegenerativas, a menudo acompañadas por
un deterioro de las capacidades cognitivas. Estas patologías asedian el mundo socio-sanitario tanto en el aspecto de la investigación como en el de la asistencia y la atención en los centros socioasistenciales, así como también en la familia, que sigue siendo el lugar privilegiado de acogida y
de cercanía.
Es importante el apoyo de ayudas y de servicios adecuados, orientados al respeto de la dignidad,
de la identidad, de las necesidades de la persona asistida, pero también de quienes les asisten, familiares y agentes profesionales. Esto es posible sólo en un contexto de confianza y en el ámbito de
una relación mutuamente respetuosa. Así vivida, la experiencia de los cuidados se convierte en una
experiencia muy rica tanto profesional como humanamente; en caso contrario, llega a ser mucho
más semejante a la sencilla y fría «tutela física».
Se hace necesario, por lo tanto, comprometerse en favor de una asistencia que, junto al tradicional modelo biomédico, se enriquezca con espacios de dignidad y de libertad, lejos de la cerrazón
y de los silencios, la tortura de los silencios. El silencio, muchas veces se transforma en una tortura. Estas cerrazones y silencios que con demasiada frecuencia rodean a las personas en ámbito
asistencial. En esta perspectiva quisiera subrayar la importancia del aspecto religioso y espiritual.
Es más, ésta es una dimensión que sigue siendo vital incluso cuando las capacidades cognitivas se
reducen o se pierden. Se trata de poner en práctica un especial acercamiento pastoral para acompañar la vida religiosa de las personas ancianas con graves patologías degenerativas, con formas
y contenidos diversificados, porque, en cualquier caso, su mente y su corazón no interrumpen el
diálogo y la relación con Dios.
Desearía terminar con un saludo a los ancianos. Queridos amigos, vosotros no sois sólo destinatarios del anuncio del mensaje evangélico, sino que sois siempre, a pleno título, también anunciadores en virtud de vuestro Bautismo. Vosotros podéis vivir cada día como testigos del Señor, en
vuestras familias, en la parroquia y en los demás ambientes que frecuentáis, haciendo conocer a
Cristo y su Evangelio, especialmente a los más jóvenes. Recordad que fueron dos ancianos quienes
reconocieron a Jesús en el Templo y lo anunciaron con alegría y con esperanza. Os encomiendo a
todos a la protección de la Virgen, y os doy las gracias de corazón por vuestras oraciones. Ahora,
todos juntos, recemos a la Virgen por todos los agentes sanitarios, los enfermos, los ancianos, y
luego recibimos la bendición (Avemaría...). DH84esp.indd 9
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Jueves 21 noviembre
Discurso de Apertura
Solicitud de la Iglesia por las personas
ancianas enfermas y magisterio pontificio
de los últimos años
S.E. Mons.
Zygmunt Zimowski
Presidente del
Pontificio Consejo
para los Agentes Sanitarios,
Santa Sede
L
a Iglesia católica siempre ha
mantenido gran atención y empeño a favor de las personas ancianas enfermas1. Ante las recientes
transformaciones de la sociedad,
particularmente en los países más
desarrollados, esta atención se ha
vuelto una preocupación y un compromiso pastoral específico, debido a una frecuente situación de
sufrimiento físico y moral de las
personas ancianas enfermas, y del
deber humano y cristiano de acompañarlas hacia la muerte en la última etapa de su vida terrena, de
modo que en lo posible la muerte
sea enfrentada conscientemente,
sea aceptada serenamente y sea vivida a la luz de la esperanza. De
aquí que en los tiempos recientes
el Magisterio Pontificio ha estado
muy presente para con las personas
ancianas enfermas.
Contrariamente a la sociedad actual que tiende a ver en el envejecimiento de la población un grave
problema económico y social, la
Iglesia, a través de cartas encíclicas, discursos, alocuciones y mensajes, considera la presencia más
numerosa de ancianos enfermos
en el mundo no como un “peso”
cada vez más insoportable, sino
más bien como una “bendición”2,
según como estas personas, animadas por la acción pastoral de la
Iglesia, día tras día son fieles a su
vocación específica, acogiendo hu-
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milde y confiadamente la voluntad
del Padre celestial.
Las observaciones, reflexiones y
exhortaciones desarrolladas en esta
enseñanza pontificia en torno a los
ancianos enfermos, se pueden ordenar según las pautas siguientes:
- la problemática de la persona
anciana enferma, hoy;
- el estado de sufrimiento y de
dificultad de la persona anciana enferma;
- la vida espiritual del anciano
enfermo, y misión pastoral de la
Iglesia al respecto;
- la persona enferma en fin de vida, el acompañamiento a la muerte;
- el mensaje de la Iglesia al anciano enfermo.
I.PROBLEMÁTICA DE
LA PERSONA ANCIANA
ENFERMA, HOY
A.Características de siempre
Tiempos del “debilitamiento de
las fuerzas físicas, de la menor vivacidad de las facultades espirituales, del desapego progresivo de las
actividades a las que estaba apegado” (Juan Pablo II, 1982)3, la tercera y la cuarta edad de la vida humana son también tiempos de las
enfermedades que incapacitan y
procuran una creciente invalidez.
Al mismo tiempo esta tercera y
cuarta edad, marcadas por la “perspectiva de separación por la partida
hacia el más allá” (ibid.), constituyen el último trecho de la peregrinación terrena, el paso quizás más
importante de esta vida, en el que
el ser humano puede prepararse seriamente a la muerte, efectuando en
lo posible serenamente el trabajo
espiritual indispensable para acoger a esta “hermana” que nos conduce al Padre (Juan Pablo II, Carta
a los ancianos, 15, 1999)4.
B.Acogida de la sociedad actual
a sus miembros ancianos y
enfermos
La vejez, las enfermedades asociadas y la muerte, son “elementos
esenciales de la vida”, que constituyen al mismo tiempo un fuerte
llamado al “mundo del amor humano” frente a una invasora “cultura de la muerte”5, generada por
un mundo antihumano frío, técnico, utilitarista, mundo del poseer
más que del ser. Por tanto, se puede evaluar el grado de riqueza espiritual y de humanidad de dicha
sociedad según como de ella brota
el amor desinteresado hacia la persona anciana: “Más ampliamente
se puede afirmar que la manera que
tiene una civilización de asumir la
edad avanzada y la muerte como
elementos constitutivos de la vida,
y la manera de ayudar a sus miembros ancianos a vivir la muerte, son
un criterio decisivo de su respeto al
hombre” (Juan Pablo II, Mensaje a
los participantes en la Asamblea
mundial sobre los problemas del
envejecimiento de la población, 22
de julio de 1982).
Empleando este criterio de evaluación, podemos decir que hoy la
sociedad, particularmente en los
países más desarrollados y más
ricos, no ofrece una acogida tan
respetuosa y calurosa a sus miem-
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dolentium hominum n. 84-2014
bros más ancianos, especialmente
cuando están enfermos y debilitados. Esto se debe a un conjunto de
factores, entre los cuales el envejecimiento de la población en estos
países, y el carácter competitivo de
una sociedad liberal e individualista en la que lo que cuenta es la persona eficiente, capaz de trabajar y
de producir.
C.Envejecimiento de las
poblaciones
En la introducción de su conocido documento del año 2000 “La
dignidad del anciano y su misión
en la Iglesia y en el mundo”, el
Pontificio Consejo para los Laicos menciona justamente la caída demográfica, originada por la
difusión de la contracepción y la
despenalización del aborto en el
mundo a partir de los años sesenta,
que hoy se ha generalizado a todos
los países desarrollados y más allá
de estos, y que resulta acelerado en
el envejecimiento actual de las poblaciones en estos países:
“La prolongación de la vida media, por un lado, y la disminución,
a veces dramática, de la natalidad, por el otro, han producido una
transición demográfica sin precedentes, en la que la pirámide de las
edades está completamente invertida respecto a como se presentaba no hace más de cincuenta años:
crece constantemente el número
de ancianos y disminuye constantemente el número de jóvenes. El
fenómeno, que comenzó durante
los años sesenta en los países del
hemisferio norte, llega ahora también a las naciones del hemisferio
sur, donde el proceso de envejecimiento es aún más rápido” (La dignidad del anciano, Pontificio Consejo para los Laicos, 1998)6.
El aumento de la parte “pasiva”
de la población – los ancianos –
mientras la parte “activa”, en la
cual se apoya la economía, va disminuyendo cada vez más ha resultado una “revolución silenciosa” que va mucho más allá de los
datos demográficos, para plantear
graves problemas de orden económico, social y cultural7. Este
desequilibrio explica en parte la
“marginación”, es decir, la “eutanasia social”, sufrida por muchos
ancianos enfermos, hoy.
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D.Representación con
frecuencia negativa de la
vejez
Conexo con este fenómeno del
aumento del número de los ancianos en la población, existe otro
factor que hace que este período de
la existencia no sea bien considerado: en particular, se trata en los medios de comunicación, de un valor
positivo otorgado a la vida humana solamente cuando es vivida en
plena autonomía, es decir, cuando
es joven, en buena salud, “en plena
posesión de sus fuerzas” (Juan Pablo II, 1982)8, sin problemas económicos, y con un buen puesto de
trabajo, condiciones de hecho raramente reunidas en el mundo real.
De esto resulta que “muchos de
nuestros contemporáneos ven” en
la vejez “exclusivamente una ine­
vitable y abrumadora fatalidad”
(La dignidad del anciano, Pontificio Consejo para los Laicos,
1998)9.
Por tanto, la vejez, considerada
primero a lo largo de los siglos, como un período de sabiduría y una
fuente de preciosos consejos (Juan
Pablo II, Carta a los ancianos n. 9,
1999)10, por respetar y honrar, hoy
es considerada negativamente como “fase de declino”, de “insuficiencia humana y social”, del cual
no hay nada que esperar (La dignidad del anciano, Pontificio Consejo para los Laicos, 1998)11.
Además, intervienen también
otros factores para favorecer esta representación más bien negativa de la vejez en la opinión:
el de la mentalidad “que pone en
primer lugar la utilidad inmediata y la productividad del hombre”:
“Debido a dicha actitud, la llamada tercera edad o cuarta edad con
frecuencia es subestimada, y los
ancianos mismos son inducidos a
interrogarse si su existencia aún es
útil” (Juan Pablo II, Carta a los ancianos n.9, 1999)12.
E.Personas ancianas debilitadas
consideradas un “peso
insoportable”
La “mentalidad utilitarista y sutilmente deshumana” que hace que
se desprecie al anciano hoy, obviamente pesa negativamente en
la opinión pública sobre la valora-
ción de esta persona cuando ella,
además de ser enferma, es debilitada o inválida: “Cuántas veces
los que sufren por su edad o por la
enfermedad perciben con amargura que el ambiente circunstante les
considera como personas inútiles,
reducidas sólo a ser un peso para
los demás” (Juan Pablo II, A los
ancianos y enfermos, n. 2, Basílica
de San Esteban (Budapest), 20 de
agosto de 1991).
Esta mentalidad conduce, pues,
a que se considere al anciano enfermo como un “peso insoportable”,
que amenaza el bienestar de la sociedad: “Estamos aquí ante uno de
los síntomas más alarmantes de la
«cultura de la muerte», que avanza sobre todo en las sociedades del
bienestar, caracterizadas por una
mentalidad eficientista que presenta el creciente número de personas
ancianas y debilitadas como algo
demasiado gravoso e insoportable
(Evangelium Vitae, 1995, n. 64)13.
En dicha perspectiva, se pone
finalmente en duda el valor mismo de la vida de la persona anciana enferma, llevando poco a poco
a la opinión que acepta primero su
marginación y luego, cuando ocurre, su eliminación activa: “(Las
personas ancianas y debilitadas)
muy a menudo, se ven aisladas por
la familia y la sociedad, organizadas casi exclusivamente sobre la
base de criterios de eficiencia productiva, según los cuales una vida
irremediablemente inhábil ya no
tiene valor alguno” (Evangelium
Vitae, 1995, n. 64)14.
F. Marginación de las personas
ancianas enfermas
El desarrollo de este fenómeno
de la marginación de la persona
anciana, es relativamente reciente.
Ha encontrado terreno fértil en una
sociedad que, apuntando todo en la
eficiencia y en la imagen barnizada
de un hombre eternamente joven,
excluye de sus propios “circuitos
relacionales” a quien ya no cuenta con estos requisitos (La dignidad del anciano n. 3, 1998)15. Con
frecuencia, dicha marginación tiene lugar con ocasión de una enfermedad, que conduce a esta persona a internarse en una institución.
Resulta un alejamiento “más o menos progresivo del anciano de su
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propio ambiente social y de la familia” que pone a “muchos en los
márgenes de la comunidad humana
y de la vida cívica” (La dignidad
del anciano n. 3, 1998)16.
Con frecuencia, es el mismo anciano que comienza a marginarse,
despreciando a sí mismo y replegándose cuando se siente ignorado
y tratado como inútil17.
“La dimensión más dramática de
esta marginación es la falta de relaciones humanas que hace sufrir
a la persona anciana, no sólo por
el alejamiento, sino por el abandono, la soledad y el aislamiento”
(La dignidad del anciano, Pontificio Consejo para los Laicos n. 3,
1998)18. “Muchas veces – decía el
Papa Benedicto – se siente el sufrimiento de quien es marginado,
vive lejos de su casa o en la soledad” (Benedicto XVI, visita a la
casa-familia “Viva los ancianos”,
noviembre 201219.
El anciano “es relegado así a una
soledad que se puede comparar a
una verdadera muerte social (Juan
Pablo II, Carta a los participantes en la II Asamblea mundial sobre el envejecimiento, 3 de abril de
2002)20.
Más recientemente, en su viaje
apostólico a Brasil, el Papa Francisco ha empleado la fuerte expresión de la “eutanasia cultural”,
para describir esta sufrida marginación del anciano.
“Exclusión de los ancianos, por
supuesto, porque uno podría pensar que podría haber una especie
de eutanasia escondida; es decir,
no se cuida a los ancianos; pero
también está la eutanasia cultural:
no se les deja hablar, no se les deja
actuar” (Papa Francisco, encuentro con los jóvenes argentinos en la
catedral de San Sebastián, Brasil,
25 de julio de 2013).
G.El anciano al final de la vida
1.Cambios recientes
Mucho han cambiado hoy las
condiciones en las que muere hoy
la persona anciana enferma, ya sea
por el influjo conjunto de la reducción de la familia a un nivel nuclear, al aumento del número de
las personas ancianas que mueren
en las instituciones u hospitales, y
a la marginación de muchas de es-
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tas persona que viven y mueren en
una dolorosa soledad21.
Esto ha cambiado también la
actitud de los médicos frente a la
muerte, y frecuentemente fatigan
para encontrar el camino de sabiduría entre el abandono del paciente, la aceleración farmacológica
del proceso de término de la vida,
o el mantenimiento artificial en vida22, generalmente denominado
“ensañamiento terapéutico”23.
2.Tentación de la eutanasia
De estos cambios resulta que “la
persona anciana, hoy, menos preparada al sufrimiento y a la muerte, angustiada tanto por la perspectiva de tener que sufrir, como por
la otra perspectiva de verse mantenida en vida con medios modernos de sustentamiento artificial de
la vida, puede caer fácilmente en la
tentación de la eutanasia, considerada como ‘liberación’” (Evangelium Vitae, n. 64).
Esta tentación la encontramos
reforzada hoy por una cultura en
la cual el anciano está sumergido, y que valora la vida solamente
en términos de placer y de bienestar material: en dicha perspectiva, la muerte aparece como una
“liberación” y la eutanasia como
el medio “dulce” para alcanzar dicha liberación: “Cuando prevalece
la tendencia a apreciar la vida sólo en la medida en que da placer
y bienestar, el sufrimiento aparece
como un peso insoportable, de la
que es preciso librarse a toda costa. La muerte… se convierte por el
contrario en una ‘liberación reivindicada’ cuando se considera que
la existencia carece ya de sentido
por estar sumergida en el dolor e
inexorablemente condenada a un
sufrimiento posterior más agudo “
(Evangelium Vitae, n. 64).
En la sociedad actual secularizada y materialista, habiendo perdido el sentido profundo de la vida y,
por tanto, también el sentido de la
muerte, el personal médico o paramédico que se ocupa de la persona
anciana, considerando su precariedad de vida, sus dificultades y sufrimientos, tiende a no encontrar
un sentido en la existencia de dichas personas: “Si es cierto que la
vida humana en cada fase es digna del máximo respeto, en algunas
vertientes lo es aún más cuando es-
tá marcada por la ancianidad y la
enfermedad… Se cuestiona: ¿tiene
aún sentido la existencia de un ser
humano que discurre en condiciones muy precarias porque es anciano y está enfermo? ¿Por qué, cuando el desafío de la enfermedad se
hace dramático, seguir defendiendo la vida, sin aceptar más bien la
eutanasia como una liberación?”
(Benedicto XVI, a los participantes en la XXII Conferencia internacional del Pontificio Consejo
para los Agentes Sanitarios, 17 de
noviembre de 2007)24.
Cuando la vida humana ya es
considerada sólo de acuerdo con
criterios de “eficiencia”, y la persona discapacitada es considerada
como un peso, entonces también
en las familias crece la tentación de
la eutanasia, o de una rápida “sedación profunda”, en el contexto de
los “cuidados paliativos” de parte
tanto de los familiares como del
personal que cura: “En semejante
contexto es cada vez más fuerte la
tentación de la eutanasia, esto es,
adueñarse de la muerte, procurándola de modo anticipado y poniendo así fin ‘dulcemente’ a la propia
vida o a la de otros (Evangelium
Vitae n 64).
3.“Cultura del descarte”
En su reciente viaje a Brasil, el
Santo Padre Francisco ha definido justamente esta “cultura de la
muerte” que lleva a la propuesta de
la eutanasia o de rápida sedación
paliativa terminal de los ancianos
como “cultura del descarte”. Ha
dicho así a los periodistas: Nosotros estamos algo acostumbrados
a la cultura del descarte: ¡con los
ancianos se hace con demasiada
frecuencia! ¡Debemos cortar esta costumbre de descartar! (Papa
Francisco, entrevista a los periodistas, 22 de julio de 2013).
Dirigiéndose más recientemente
a un grupo de médicos obstetras,
el mismo Papa Francisco ha continuado su reflexión sobre la “eliminación” actual de los ancianos en
las instituciones o centros de cuidados: “Una difundida mentalidad
de lo útil, la ‘cultura del descarte’,
que hoy esclaviza los corazones y
las inteligencias de muchos, tiene
un altísimo coste: requiere eliminar
seres humanos, sobre todo si son
física o socialmente más débiles25.
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II.SUFRIMIENTO DE LA
PERSONA ANCIANA
ENFERMA
La cuestión del sufrimiento ha
ocupado un lugar importante en
la enseñanza del Magisterio de la
Iglesia en los años recientes. De
hecho, la enfermedad que afecta
a la persona anciana con frecuencia empeora una situación de sufrimiento ya presente, “situación de
dificultad interior, de sufrimiento creciente, acompañado por soledad y desconsuelo”26 debido a
la frecuente marginación de esta
persona, y a la reducción de su autonomía física”. No es fácil para
la persona interesada aceptar ese
conjunto de dificultades.
De la situación de deterioro de
la salud física y psíquica de la persona anciana enferma, y de su frecuente marginación y soledad, se
deduce fácilmente que el problema más grande y urgente que esta persona plantea hoy a la sociedad y, por consiguiente a la Iglesia,
es el de su sufrimiento. Se trata de
un sufrimiento no sólo del cuerpo,
sino también moral, en el que los
sentimientos de inutilidad, abandono, degrado físico, marginación y pérdida de la autonomía, se
combinan con el dolor físico y la
dificultad de la enfermedad para
constituir una dura prueba, la del
“dolor total”, que bien expuso Cecily Saunders (1918-2005), la valerosa iniciadora de los cuidados
paliativos. La Iglesia ha enfrentado este problema a lo largo de los
siglos, a través de su meditación
sobre el misterio de la Pasión de
Jesús. El Santo Padre Juan Pablo II
desarrolló una profunda reflexión
sobre la cuestión del sufrimiento
humano, a la luz de su propia experiencia. Expresó su pensamiento
al respecto con ocasión de numerosas intervenciones y encuentros
con grupos de personas ancianas y
enfermas, y consagró al sujeto la
Carta Apostólica Salvifici Doloris
sobre el “sentido cristiano del sufrimiento humano” (11 de febrero
de 1984). En estas intervenciones,
el beato Juan Pablo II reconoció
ampliamente el carácter con frecuencia intolerable del sufrimiento
en la persona anciana, pero al mismo tiempo trató de mostrar el bien
que puede acompañar dicha situación, tanto para los enfermos mis-
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13
mos, como para las personas que
les asisten, para la Iglesia y para el
mundo.
El Magisterio Pontifico distingue claramente dos aspectos en el
sufrimiento vivido por el anciano
enfermo, a los que se espera dar
dos respuestas diferentes:
- el primer aspecto se refiere únicamente al dolor físico y pone la
cuestión de la licitud del empleo de
analgésicos para aliviar dicho sufrimiento;
- el segundo aspecto se refiere al
sufrimiento del anciano enfermo
considerado en su conjunto espiritual, psíquico y somático, como
“dolor total”, y al cual el Magisterio ha consagrado una importante
reflexión.
A.Empleo de los analgésicos
La enseñanza de la Iglesia sobre el sentido del sufrimiento humano, a la luz de los sufrimientos
de Cristo, no obliga a los cristianos a aceptar el dolor sin el empleo
de analgésicos. Este punto de vista
de la cuestión fue aclarado ampliamente por Pío XII en sus “respuestas a tres preguntas religiosas y
morales referentes a la analgesia”,
planteadas por el Profesor Piero
Mazzoni, con ocasión del IX Congreso Nacional de la Sociedad Italia de Anestesiología, que se realizó en Roma del 15 al 17 de octubre
de 1956.
Hay tres respuestas que corresponden a tres aspectos de la analgesia:
- la licitud de la analgesia para
aliviar el dolor físico
- la licitud de aliviar el dolor con
el riesgo de abreviar la vida
- las condiciones en las cuales se
puede quitar la conciencia de los
moribundos.
A la primera pregunta referente
a la licitud del empleo de la analgesia, Pío XII responde: “Si no
existen otros medios y si, en determinadas circunstancias, esto no
impide el cumplimiento de otros
deberes religiosos y morales: sí”27.
La segunda pregunta trataba sobre la licitud del uso de los analgésicos para los enfermos que no se
pueden operar o incurables, aunque se puede abreviar la vida. Pío
XII respondió: “Si entre la narco-
sis y el acortamiento de la vida no
existe nexo alguno causal directo,
puesto por la voluntad de los interesados o por la naturaleza de las
cosas (como sería el caso, si la supresión del dolor no se pudiese obtener sino mediante el acortamiento de la vida), y si, por el contrario,
la administración de narcóticos
produjese por sí misma dos efectos distintos, por una parte el alivio
de los dolores y por otra la abreviación de la vida, entonces es lícita”.28.
La tercera pregunta se refería a
la licitud de suprimir la conciencia
con los analgésicos en el caso de
los moribundos. La respuesta de
Pío XII fue más restrictiva en esta tercera pregunta, que en las dos
respuestas anteriores: “… Sin razones graves, no hay que privar al
moribundo de la conciencia de sí
mismo”29.
Por consiguiente: “La anestesia
empleada al acercarse la muerte
con el único fin de evitar al enfermo un final consciente, sería no ya
una conquista notable de la terapéutica moderna, sino una práctica
verdaderamente deplorable” (Pío
XII, Tres preguntas religiosas y
morales concernientes la analgesia, III, 24 de febrero de 1957)30.
La solicitud de Pío XII de dejar
la conciencia al moribundo se basa
en la necesidad, para el moribundo, “de satisfacer a sus obligaciones morales y familiares” y de prepararse “en plena conciencia” “al
encuentro definitivo con Dios”31.
La “Declaración sobre la eutanasia”, Iura et bona de la Sagrada
Congregación para la Doctrina de
la Fe (5 de mayo de 1980) retomó
las respuestas de Pío XII para remarcar la legitimidad ética de recurrir a los analgésicos en caso de
dolor, aún si a dicho recurso tuviese que seguir “entorpecimiento o
menor lucidez”32.
Mientras juzgaba “digna de alabanza” la actitud de “quien acepta
voluntariamente sufrir renunciando a tratamientos contra el dolor
para conservar la plena lucidez y
participar, si es creyente, de manera consciente en la pasión del Señor”, Juan Pablo II, en la Encíclica
Evangelium Vitae, no consideraba
“dicho comportamiento ‘heroico’”
por considerarlo “un deber para todos” (Juan Pablo II, Evangelium
Vitae, n 65).
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14
B.Camino espiritual
del anciano enfermo
en el sufrimiento
El sufrimiento que pone sobre
los hombros de la persona anciana enferma su peso físico y moral hace que surja en la mente de
quien sufre la cuestión del sentido:
“Vuestra suerte y vuestra fatiga con
frecuencia oprimen pesadamente
sobre vuestros hombros. ¿Quién
de vosotros nunca ha estado tentado de preguntarse si sus afanes, sus
tribulaciones, su cansancio fuesen
merecidos o tuviesen un sentido?”
(Juan Pablo II, Homilía a los enfermos y ancianos, catedral de Salzburgo, 26 de junio de 1988, n. 2).
El mismo interrogante sobre el
sentido hace surgir en la conciencia del creyente la segunda cuestión fundamental: “¿ Por qué Dios
me deja sufrir? Sin la luz de la fe
dicha pregunta permanece sin una
respuesta satisfactoria33.
Es el momento en el cual el sufrimiento puede acercar al Señor,
pero también puede llevar a la de­
sesperación y a cerrarse en sí mismo34.
Mientras cerrarse en sí mismo
lleva a la persona enferma a volverse insensible hacia los demás,
en una desesperación sin salida ni
luz35 y hace difícil y hasta inoperante todo esfuerzo de acompañamiento, la apertura a los demás y
a Dios, movida por la experiencia
de la limitación de la criatura, hace fecundo el acompañamiento y
lleva al paciente a la esperanza activa, es decir, al cumplimiento de
la propia vocación de anciano enfermo36.
Por tanto, para el anciano enfermo se trata de llegar a “reconocer la mano de Dios en la prueba”,
cuando “Él toca a la puerta del corazón”37. Descubriendo “mediante
la experiencia de nuestra fragilidad
“la presencia amorosa de Dios” en
el sufrimiento, el anciano enfermo tiende a “gritar” su dolor “hacia Aquel que es el único que nos
puede dar el verdadero alivio”. De
este modo el sufrimiento se puede
volver “escuela de oración sentida,
insistente y confiada”38.
También cuando el paciente ha
tomado el camino de apoyarse en
el Señor en un movimiento de plena confianza y de abandono a su
voluntad, pueden acontecer pe-
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dolentium hominum n. 84-2014
ríodos de grave desánimo “en los
que surge la pregunta sobre el por
qué de la vida, precisamente porque uno se siente desarraigado de
ella”39. A través de estos pasos de
superación y de desánimo, la persona anciana enferma, animada
y sostenida por aquellos que la
acompañan puede, en última instancia, prevenir a este “encuentro con Dios” en el cual “palabras
­inefables de esperanza” son dirigidas también al “corazón herido
más profundamente”.40
Las “certezas de la fe” para los
que tienen el gozo de creer pueden transformar el último camino
de la persona anciana enferma en
un “Via Crucis” propio, en presencia de Cristo Redentor que “recorre su doloroso camino de cruz antes del alba radiosa de la Pascua”41.
Acompañando así a la persona anciana enferma en la “última etapa de la vida terrena” Jesús “anima nuestros corazones y “alimenta
nuestras almas”42.
C.El mundo del sufrimiento
invoca el mundo del amor
humano
El acento colocado en estos últimos años sobre el alivio del dolor
físico en espera de la muerte, en
los cuidados paliativos, ha hecho
perder un poco de vista la intuición
magistral de Cecily Saunders sobre el “dolor total”. Sin perder de
vista el deber primordial de hacer
desaparecer farmacológicamente
el dolor físico, dando así su libertad al paciente, Cecily Saunders
incluía en la lucha contra el dolor
total el acompañamiento de la persona enferma, acompañamiento a
nivel humano, del corazón, de parte de enfermeras adiestradas a de­
sempeñar este papel y acompañamiento espiritual, de parte de una
persona compartiendo la religión o
las opiniones espirituales de ella,
capellán, rabino, muftí u otro. Este
acompañamiento puede faltar en
los servicios de cuidados paliativos, en instituciones no religiosas.
Dirigiéndose a un grupo de ancianos y enfermos en Callao (Perú),
en 1985, Juan Pablo II decía precisamente al respecto: “Los servicios técnicos y los cuidados sanitarios” “no son suficientes” para
aliviar el sufrimiento del anciano
enfermo, aun cuando son realizados “con diligente profesionalidad”. Asimismo, debe contar con
“la afectuosa presencia de los que
ama y de sus amigos”. Esto es la
“medicina espiritual” “que da el
amor por la vida y persuade a luchar por ella”43.
Frente al mundo duro, frío, de la
tecnicidad y de la eficiencia de la
sociedad industrial actual, que no
es capaz de aliviar los sufrimientos de la persona anciana, estos
mismos sufrimientos son como un
llamado a otro mundo, el del amor
humano, el único medio capaz de
curar las heridas del alma del anciano. Se trata de este amor desinteresado que “brota en el corazón”
de la persona humana cuando se
deja invadir por la “compasión”,
como ocurrió para el samaritano de
la parábola: “Amplios sectores de
la civilización tecnológica quizás
han soñado un hombre duro, casi
insensible, hecho para el trabajo y
la producción… el mundo del sufrimiento humano invoca incesantemente otro mundo: el del amor
humano: el amor desinteresado
que brota en su corazón y en sus
obras. De algún modo el hombre
lo debe al sufrimiento” (Juan Pablo
II, Salvifici doloris, 29) (Juan Pablo II, Encuentro con los enfermos
y los ancianos, n. 2, Callao (Perú),
4 de febrero de 1985).
Por tanto, en la perspectiva cristiana y también en la perspectiva
humanitaria, no es secundario si el
sufrimiento del anciano enfermo
vivido en la soledad de un lecho
de hospital, en el frecuente desierto afectivo de un mundo sanitario
que predica más bien a sus agentes la insensibilidad estoica, puede hacer surgir el amor gratuito. Al
respecto, en una celebración de la
palabra para los enfermos y los ancianos desarrollada en la Catedral
de Salzburgo en 1988, Juan Pablo
II tuvo para los enfermos y los ancianos estas sentidas palabras que
hacen eco a la parábola de Jesús:
“Queridos hermanos y hermanas:
Ciertamente habrán personas que
pasarán cerca de vosotros incompasivos e indiferentes. Os harán
sentir insignificantes e inútiles. Pero ¡estad seguros que nosotros tenemos necesidad de vosotros! Vosotros interrogáis continuamente
a vuestro prójimo sobre el sentido
profundo de la existencia humana.
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Vosotros estimuláis su solidaridad,
ponéis a la prueba su capacidad de
amar” (Juan Pablo II, Celebración
de la Palabra para los enfermos y
los ancianos. Catedral de Salzburgo, domingo 26 de junio de 1988,
n. 6).
D.Sentido redentor del
sufrimiento humano
“Para el cristiano”, el sufrimiento – sobre todo el sufrimiento al final de la vida – “no es un hecho
puramente negativo sino, por el
contrario, está asociado a elevados
valores religiosos y morales y, por
tanto, puede ser querido y buscado
(Pío XII, 24 de febrero de 1957)44:
forma parte del plan salvífico de
Dios. Es la participación en la Pasión de Cristo, una vía de purificación y de reparación.
Ya en 1957 el Papa Pío XII,
cuando un grupo de médicos y
anestesistas le preguntaron en torno al empleo de la analgesia, respondió que los dolores soportados
como “aceptación de la cruz” tenían un “significado en la economía actual de la salvación”45. Si
para el cristiano no existe un deber u obligación de quererlo por
sí mismo – añadía Pío XII – él
lo considera como un medio más
o menos adecuado, según las circunstancias, a la meta que trata
de alcanzar46. En una alocución
al “Centro Voluntarios del Sufrimiento” (7 de octubre de 1957), al
grupo de enfermos y discapacitados crónicos Pío, XII les presentó
el dolor que sufrían como un medio poderoso de salvación para el
mundo entero, completando la Pasión de Jesús47.
La Declaración Iura et Bona sobre la eutanasia de la Congregación para la Doctrina de la Fe, del
5 de mayo de 1980, remarcó en términos idénticos esta doctrina cristiana sobre el sufrimiento también
como participación a la pasión de
Jesús y, por tanto, a la redención48.
Sin embargo, pertenece al pensamiento de Juan Pablo II el haber desarrollado de manera más
incisiva y penetrante este tema del
sentido redentor del sufrimiento
humano. Su punto de partida y de
referencia teológica en las Sagradas Escrituras es el versículo 24
del primer capítulo de la Carta a
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15
los Colosenses: “Ahora me alegro
por los padecimientos que soporto por vosotros, y completo en mi
carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, a favor de su Cuerpo, que es la Iglesia”(Col I,24)49.
Reflexionando sobre este versículo en la Carta Encíclica Salvifici Doloris, Juan Pablo II nos dice
que “en cierto sentido Cristo ha
abierto su sufrimiento redentor a
cada sufrimiento del hombre. Al
volverse el hombre partícipe de los
sufrimientos de Cristo – en cualquier lugar del mundo y tiempo de
la historia –, completa a su manera
ese sufrimiento, mediante el cual
Cristo ha obrado la redención del
mundo” (Salvifici Doloris, 1984,
n. 24)50. De este modo, “cada hombre tiene su participación en la redención. Asimismo, cada uno está
llamado a participar en aquel sufrimiento, mediante el cual se ha
realizado la redención... Actuando la redención mediante el sufrimiento, Cristo ha elevado al mismo tiempo el sufrimiento humano
a nivel de redención (Salvifici Doloris, 1984, n,19)51.
Juan Pablo II no se contentó de
proclamar el carácter salvífico del
sufrimiento humano como participación, en el espacio de la Iglesia, cuerpo de Cristo, a los sufrimientos de Cristo, sino fue más
allá, proclamando el “Evangelio
del Sufrimiento”, es decir, “la revelación de la fuerza salvífica y del
significado salvífico del sufrimiento en la misión mesiánica de Cristo
y, seguidamente, en la misión y en
la vocación de la Iglesia (Salvifici
Doloris n. 25)52. A través de esta
expresión de “fuerza salvífica” del
sufrimiento, Juan Pablo II entiende esta “particular fuerza que acerca interiormente el hombre a Cristo, una gracia particular que se ha
constatado “a través de los siglos
y de las generaciones”, ha estado
escondida en el sufrimiento (Salvifici Doloris n.26)53.
“Cuando Dios permite nuestro
sufrimiento por la enfermedad, la
soledad u otras razones relacionadas con la edad avanzada, nos da
siempre la gracia y la fuerza para
que nos unamos con más amor al
sacrifico del Hijo y participemos
con más intensidad en su proyecto
salvífico” (Juan Pablo II, Carta a
los ancianos n°13, 1999)54.
La consecuencia de esta “fuerza
salvífica” del sufrimiento presentada por Juan Pablo II es doble:
- en primer lugar, la persona anciana enferma que sufre, al aceptar
hacer la voluntad de Dios, se vuelve fuente de gracia y de luz espiritual en torno a ella:
“El que sufre tratando de hacer
la voluntad de Dios es útil al prójimo. Aunque impedido en la actividad externa, aunque aislado en la
soledad, él irradia en torno a sí una
onda de luz espiritual a quien muchos otros pueden alcanzar (Juan
Pablo II, A los ancianos y a los enfermos, Basílica de San Esteban
(Budapest), 20 de agosto 1991);
- en segundo lugar, aislada en
su cama de hospital, y abandonada
por la sociedad y también por su familia, la persona anciana, desde su
sufrimiento aceptado serenamente,
contribuye en la obra de redención
de Cristo, por la salvación del mundo55: “Hermanos y hermanas, cuando después de una jornada marcada
por dificultades y dolores, llega la
noche, pensad que Jesucristo está junto a vosotros, fija la mirada
sobre vuestra mirada y os confirma
su gratitud, porque habéis perseverado con Él en el sufrimiento por
la salvación del mundo (Juan Pablo
II, A los ancianos y enfermos, Basílica de San Esteban (Budapest), 20
de agosto de 1991, 3: 4.)
Resulta, pues que “el dolor, el
envejecimiento y la misma muerte
logran un inmenso valor en cuanto
asociadas a la pasión y muerte” del
Señor56.
E.Testimonio de quien sufre
Esta misteriosa participación del
que sufre a la redención del mundo, y el testimonio de la obra de la
gracia en su alma, que se manifiesta en el gozo y en la paciencia del
anciano enfermo, no obstante el
dolor y la enfermedad, hacen que
la persona anciana enferma que se
ha abierto al amor de Dios, se vuelva un predicador eficaz del Evangelio, testimonio del “poder liberador de Dios”57 .
Sobre el particular, Juan Pablo
II habla de “cátedra de testimonio”
tanto más convencedor cuanto más
silencioso” que constituye la enfermedad cuando la persona que
sufre saca de su fe la fuerza para
seguir adelante58.
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III.VIDA ESPIRITUAL DEL
ANCIANO ENFERMO,
Y MISIÓN PASTORAL
DE LA IGLESIA AL
RESPECTO
A.Componentes y tendencias
en la vida espiritual
del anciano enfermo
A través de su reflexión sobre
el sufrimiento y tratando de definir mejor lo que debería ser la
atención pastoral de la Iglesia sobre el particular hacia las personas
ancianas enfermas, el Magisterio
Pontificio de estos últimos años
ha puesto en evidencia una serie
de características propias de la vida espiritual de estas personas, que
por tanto permiten hablar de “vocación particular”.
Es claro que esta vida espiritual
parte de la prueba, es vivida en la
prueba y es condicionada por la
prueba. Es en el sufrimiento físico,
moral y espiritual, que la persona
anciana sujeta al dolor, al debilitamiento, a la pérdida de autonomía
y soledad de la enfermedad, puede
descubrir y reconocer en la oscuridad profunda de la prueba y en
el umbral de la desesperación, la
presencia amante del Señor que vive su pasión. Por tanto, se trata no
de un régimen estable de vida espiritual logrado al final de la vida,
sino de un camino, con frecuencia
difícil, con pasos de luz y de caídas en la oscuridad del alma, que
hace que la persona se desapegue,
se abra a la trascendencia, y poco
a poco sea conducida a la luz de la
esperanza.
1. Necesidad más profunda de la
presencia de Dios
Pero la vida espiritual de la persona anciana enferma no nace del
vacío, bajo el único impulso del
sufrimiento. En efecto, ya ha sido
preparada por la evolución espiritual de la persona, cuando entrada
ya en la vejez, que ha llevado a esta
persona aún vigorosa, a acercarse a
Dios: en este movimiento del alma
de la persona anciana claramente cuenta la fe probada en la vida
activa, pero interviene también “la
experiencia acumulada en el curso
de los años” que “lleva al anciano
a entender los límites de las cosas
del mundo” y “a sentir una nece-
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sidad más profunda de la presencia de Dios”. Cuentan también las
“desilusiones probadas” que “han
enseñado a poner en Dios la propia
confianza”59.
Indudablemente hay una gracia de apertura a la trascendencia
particular a la vida del alma de la
persona anciana. Lo atestigua su
práctica religiosa, con frecuencia
intensa, y perseverante no obstante las dificultades físicas. Lo atestigua su capacidad de abundantes
y largas oraciones, no obstante el
cansancio del cuerpo y del alma60.
2. El sufrimiento induce a dudar
de las palabras de Jesús
La entrada de la persona anciana en el régimen del sufrimiento,
cuando llega la enfermedad, cambia esta perspectiva espiritual que
hasta ese momento parecía bien
establecida, casi una costumbre.
El dolor físico, el alejamiento de
los seres queridos, la situación de
extrañeza cuando la persona se
encuentra en la cama de un hospital, más o menos abandonada a
sí misma, la falta de afecto, de calor humano, puede echar a la persona hacia el abismo de la desesperación. Además, se añade con
frecuencia una desorientación en
el tiempo y en el espacio, con una
ofuscación de los sentidos, que
cierra la mente a toda esperanza.
“Dios puede aparecer muy lejano,
la vida puede volverse un peso insoportable”61
3. Riesgo del fatalismo
La vida espiritual de esta persona está amenazada por otra “pendiente resbalosa”: la invasión “de
cierto fatalismo”: entonces el sufrimiento, las limitaciones, las enfermedades, las pérdidas vinculadas con esta fase de la vida son
vistos como señales de un Dios no
más benévolo, y hasta vividos como castigos de Dios” (La dignidad
del anciano, Pontificio Consejo
para los Laicos, n. 4, 1998)62.
B.Respuesta de la Iglesia
1. Saneamiento espiritual
La situación de confusión mental y de pesado sufrimiento corpo-
ral y espiritual de la persona anciana enferma hace difícil, e incluso
vano, el acompañamiento espiritual como se ofrece habitualmente a la persona adulta enferma. Se
trata, pues, de pasar a través de la
barrera de la confusión y de la de­
sesperación para establecer con la
persona una relación inicial y llevarla a lo que Juan Pablo II denomina el “saneamiento espiritual”,
es decir, el recuerdo de los acontecimientos del tiempo pasado, con
el fin de llevar a la persona a una
“valoración justa” de la propia situación y “de los modos con los
cuales Dios actúa tanto en las debilidades como en las virtudes humanas”63. Dicha reflexión sobre el
pasado, que es habitual a la persona anciana, puede tomar en el caso de la enfermedad, al borde de la
desesperación, un carácter de verdadera terapia espiritual.
2. Purificar el fatalismo
Cuando la enfermedad lleva al
anciano a dudar de la bondad de
Dios y a buscar en su vida pasada acontecimientos que podrían
explicar lo que es interpretado como castigo de Dios, el acompañador espiritual de este anciano tiene
“la responsabilidad de purificar este fatalismo, haciendo evolucionar
la religiosidad” de esta persona “y
restituyendo un horizonte de esperanza a su fe”. Se trata de “destemplar”, a través de una catequesis
adecuada a la situación. “La imagen de un Dios de temor”, “guiando al anciano a descubrir el Dios
del amor” (La dignidad del anciano, Pontificio Consejo para los
Laicos, n. 4, 1998)64.
3. Llevar a la persona anciana
enferma al sacramento de la
reconciliación
Luego de haber abierto la ventana del diálogo con la persona
anciana enferma, gracias al proceso del recuerdo y de la meditación sobre los tiempos pasados de
la vida, y después de haber guiado también a esta persona hacia el
descubrimiento del Dios del amor,
la etapa más importante en dicho
acompañamiento tiene lugar con la
invitación al sacramento de la reconciliación. En efecto, la persona
que es visitada por un acompaña-
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dor espiritual pide con frecuencia
el sacramento, junto con la recepción luego de la Eucaristía. Actualmente, esta petición es facilitada
por el hecho que, entre “sus personales y