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DOLENTIUM HOMINUM N. 84 – año XXIX – N. 1, 2014 revista del pontificio consejo para los agentes sanitarios (para la pastoral de la salud) Actas de la XXVIII Conferencia Internacional promovida y organizada por el Pontificio Consejo para los Agentes Sanitarios sobre La Iglesia al servicio de la persona anciana enferma: atención a las personas afligidas por patologías neurodegenerativas 22-23-24 noviembre 2013 Nueva Sala del Sínodo Ciudad del Vaticano DH84esp.indd 1 23/10/14 18:00 2 dolentium hominum n. 84-2014 Director S.E. Mons. Zygmunt Zimowski Redactor Jefe Mons. Jean-Marie Mupendawatu Comité de Redacción Dr. Antonino Bagnato Don Marco Belladelli Dr. Daniel A. Cabezas Gómez Sor. Anna Antida Casolino Prof. Maurizio Evangelista Padre Bonifacio Honings Dra. Beatrice Luccardi Dra. Rosa Merola Sr. Luigi Nardelli Mons. Jacques Suaudeau Dirección, Redacción, Administración: Pontificio Consejo para los Agentes Sanitarios (para la Pastoral de la Salud) Ciudad del Vaticano; Tel. 06.698.83138, 06.698.84720, 06.698.84799 - Fax: 06.698.83139 e-mail: [email protected] www.holyseeforhealth.net Publicación cuatrimestral. Suscripción: 32 € comprendidos los gastos de envío Impreso en la Editrice VELAR, Gorle (BG) En la cubierta: vidriera de P. Costantino Ruggeri Poste Italiane s.p.a. Spedizione in Abbonamento Postale - D.L. 353/2003 (conv. In L. 27/02/2004 nº 46) art. 1, comma 2, DCB Roma DH84esp.indd 2 23/10/14 18:00 dolentium hominum n. 84-2014 3 Sumario 6 Encuentro de Oración y Reflexión de los Agentes Sanitarios con el Santo Padre Francisco en la vigilia de la clausura del Año de la Fe, desarrollado como conclusión de la XXVIII Conferencia Internacional 6 Introducción S.E. Mons. Zygmunt Zimowski 7 Mateo 25, 31-46: el juicio final S. E. Mons. José Rodríguez Carballo, O.F.M. 9 Discurso del Santo Padre Francisco Jueves 21 noviembre 10 25 30 Discurso de Apertura Solicitud de la Iglesia por las personas ancianas enfermas y magisterio pontificio de los últimos años S.E. Mons. Zygmunt Zimowski Prolusión El enfermo anciano, ‘desafía’ a la pastoral de la salud S.E. Cardenal Willem Jacobus Eijk El enfermo anciano en la Sagrada Escritura: «Todavía en la vejez tienen fruto, se mantienen frescos y lozanos» (Sal 92,15) Padre Joseph Emmanuel Kakule Vyakuno PRIMERA SECCIÓN EPIDEMIA Y POLÍTICA SANITARIA DE LAS ENFERMEDADES NEURODEGENERATIVAS EPIDEMIA SILENTE DEL TERCER MILENIO SEGUNDA SECCIÓN Investigación y curación: utilidad actual y en perspectiva 57 1. Genética y Medicina Predictiva Prof. Giuseppe Novelli 59 2. Biotecnologías: de la genómica a la proteómica Dr. Enrico Silvio Bertini 3. MESA REDONDA Demencias 61 3.1 El diagnóstico de la enfermedad de Alzheimer Prof. Bruno Dubois 66 3.2 Enfermedad de Alzheimer: intervenciones rehabilitadoras Dr. Gabriele Carbone Dra. Francesca Barreca 86 3.3 Los cuidados paliativos son un derecho humano fundamental Baronesa Ilora Gillian Finlay of Llandaff TERCERA SECCIÓN Modelos de una red integrada de asistencia 1. Presentación de un modelo integrado de asistencia. Región Véneto Dr. Sandro Caffi 92 2. Cisco: la visión “Connected Health” Dr. Jens Mortensen 93 3. Las soluciones que ofrece “Essence Smart Care” Dr. Haim Amir 90 33 1. Cuestiones éticas y morales Mons. Jacques Suaudeau 46 2. La persona anciana enferma en el contexto de la emigración Prof. Andrzej Sados Viernes 22 noviembre 49 53 DH84esp.indd 3 3. Cuadro epidemiológico en Italia y estrategias actuales y en perspectiva de política sanitaria para una gestión adecuada de las patologías neurodegenerativas Prof. Fabrizio Oleari 4. El concepto de tratamiento sostenible come respuesta al “rationed treatment” en la condición crónica de las personas afligidas por enfermedades neurodegenerativas Prof. Christoph F. von Ritter CUARTA SECCIÓN El anciano afligido por enfermedades neurodegenerativas 95 1. Tutela de la persona anciana afligida por enfermedades neuro-degenerativas Fabio Cembrani 104 2. Necesidades de la familia Dra. Gabriella Salvini Porro 23/10/14 18:00 4 dolentium hominum n. 84-2014 QUINTA SECCIÓN Enfermedades neurodegenerativas y lugares de sanación: entre hospital y territorio 150 2. La teología de la prevención entre amor y responsabilidad, para una salud de la psique y del cuerpo Mons. Andrea Pio Cristiani 108 1. Procesos de asistencia socio-sanitarios: experiencias en Italia y Europa Dr. Nicola Vanacore 3. Acompañamiento espiritual y pastoral 152 3.1 Acompañamiento espiritual y pastoral en los lugares de curación Prof. Dr. Arndt Büssing 110 2. MESA REDONDA Best Practices: analogías y diferencias entre algunas naciones 2.1 Las estructuras asistenciales para ancianos en Australia. Conocer la demencia: precondición necesaria para proporcionar los mejores cuidados Prof. Fran McInerney 2.2 Una aproximación global al cuidado de personas mayores con enfermedades neurodegenerativas en Chile Prof. Claudio Iván Lermanda Soto 117 2.3 Alemania Prof. Frank Ulrich Montgomery 113 120 2.4 Bolivia Dr. Daniel Cabezas Gómez 121 2.5 India Dr. Thomas Mathew 123 2.6 Israel e Italia Prof. Enrico Mairov 127 2.7 Estados Unidos: tratamiento de las personas afectadas por patologías neurodegenerativas típicas del envejecimiento. Colmar el vacío Dr. William L. Toffler SEXTA SECCIÓN Acciones de prevención y potenciales ventajas del progreso tecnológico 130 1. Alimentación, actividad física e intelectual Prof. Jean-Marie Ekoé 134 2. El aporte de la telemedicina en la prevención y en el tratamiento de las enfermedades neurodegenerativas Prof. Louis Lareng 138 3. Domótica y Robótica Dr. Dario Russo SEPTIMA SECCIÓN Perspectiva teológica y pastoral 157 3.2 Acompañamiento Espiritual y Pastoral en el Área Local Mons. Roberto J. González Raeta 159 3.3 Cuidado espiritual y pastoral en la familia Padre Thomas Kammerer 161 3.4 Asociaciones y voluntarios al servicio de los ancianos con enfermedades neurodegenerativas y de sus familias Dr. Marc Wortmann Sábado 23 noviembre MESA REDONDA Acción de la Iglesia a favor de la persona anciana enferma 164 1. Informe desde Argentina S.E. Mons. Aurelio Kühn 167 2. Ancianos enfermos: la obra de la Iglesia en Australia S.E. Mons. Donald Sproxton 169 3. Canadá: Iglesia y los ancianos enfermos S.E. Mons. William T. McGrattan 172 4. India: Los ancianos con enfermedades neurodegenerativas y trastornos mentales. Retos emergentes y el camino que debe seguir la Iglesia S.E. Mons. Vincent M. Concessao 177 5. Experiencia de la Iglesia en Polonia S.E. Mons. Stefan Regmunt 180 6. El aporte de la Iglesia católica en la República Democrática del Congo al servicio de las personas ancianas enfermas S.E. Mons. Nicolas Djomo Lola 183 Recomendaciones al término de la XXVIII Conferencia Internacional Prof. Jean-Philippe Azulay 184 Conclusiones y Recomendaciones Mons. Mauro Cozzoli 145 1. El envejecimiento de la persona y el sentido espiritual de la vida Prof. Christina M. Puchalski DH84esp.indd 4 24/10/14 10:16 dolentium hominum n. 84-2014 5 Actas de la XXVIII Conferencia Internacional promovida y organizada por el Pontificio Consejo para los Agentes Sanitarios sobre La Iglesia al servicio de la persona anciana enferma: atención a las personas afligidas por patologías neurodegenerativas 22-23-24 noviembre 2013 Nueva Sala del Sínodo Ciudad del Vaticano DH84esp.indd 5 23/10/14 18:00 6 dolentium hominum n. 84-2014 Encuentro de Oración y Reflexión de los Agentes Sanitarios con el Santo Padre Francisco en la vigilia de la clausura del Año de la Fe, desarrollado como conclusión de la XXVIII Conferencia Internacional 23 de noviembre de 2013, Aula Pablo VI Programa Canto inicial Himno del Año de la Fe Introducción de Su Excelencia Monseñor Zygmunt Zimowski Presidente del Pontificio Consejo para los Agentes Sanitarios (para la Pastoral de la Salud) Lectura de la Palabra de Dios Primera lectura Salmo Aleluya Lectura del Evangelio Comentario Su Excelencia Monseñor José Rodríguez Carballo, O.F.M. Secretario de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica Testimonios Oración de los fieles Oración conclusiva Canto final Discurso del Santo Padre Francisco DH84esp.indd 6 Introducción S.E. Mons. Zygmunt Zimowski Presidente del Pontificio Consejo para los Agentes Sanitarios, Santa Sede E minencias, Excelencias Reverendísimas, queridos Sacerdotes, Religiosos y Religiosas: Tengo el agrado de saludar a los Organizadores y a los Participantes en esta importante XXVIII Conferencia Internacional, que acaba de concluirse y que ha tratado el tema: “La Iglesia al servicio de la persona anciana enferma: el cuidado de las personas afectadas por patologías neurodegenerativas”. Saludo también muy cordialmente a las varias Organizaciones que se ocupan de los enfermos y de las personas que sufren, de manera particular a UNITALSI. Queridos enfermos, ¡gracias por vuestra presencia! El Año de la Fe, querido por el S. Padre Benedicto XVI, está por concluir. En este tiempo “la fe fundada en el encuentro con Jesucristo resucitado podrá redescubrirse en su integralidad y en todo su esplendor”, ha escrito el Santo Padre en el documento “Porta Fidei”. Cuando encontramos a una persona importante, todos sentimos estremecimientos; aquí debemos preguntarnos: El encuentro con Cristo y su don de la fe ¿nos dan un nuevo ‘estremecimiento’, sugiriéndonos una nueva orientación a la vida? He aquí ¡un año para favorecer el gozoso redescubrimiento y el renovado testimonio de la fe! El año de la Fe, tiende a su conclusión, pero queda el impulso que debe penetrar toda nueva vida hoy y para los años que Dios querrá concedernos. Para comprender mejor el significado y la profundidad de lo que el Papa Francisco escribe en su primera encíclica “Lumen Fidei”, acerca de la fuerza y la luz que puede venir de la Fe en el sufrimiento (Lumen Fidei, 56-59), sería importante focalizar la reflexión tanto en el conjunto del desarrollo de la Encíclica como en la continuidad con las Encíclicas de Benedicto XVI sobre la caridad (Deus Caritas est) y sobre la esperanza (Spe Salvi), y además con la amplia reflexión sobre el sufrimiento manifestado por Juan Pablo II en la carta apostólica “Salvifici doloris”. La primera consideración acerca de la relación de la fe con el sufrimiento, como lo presenta el Papa Francisco en la Encíclica, se refiere a la misma colocación de la reflexión en la cuarta parte (“Dios prepara para ellos una ciudad”) donde se subraya que la fe no es una realidad abstracta, sino para la vida y para traer luz en todas las situaciones existenciales. Ella “ilumina el vivir social, ella posee una luz creativa para todo momento nuevo de la historia porque co- 23/10/14 18:00 dolentium hominum n. 84-2014 loca todos los acontecimientos en relación con el origen y el destino de todo en el Padre que nos ama” (Ivi 55). La fe no nos aleja del mundo y de sus problemas reales. Antes bien, ofrece un servicio para edificar una humanidad y una sociedad en las que prevalezca la justicia, el respeto y la tutela de la dignidad de cada persona, la educación a una fraternidad social que busque el bien común, la atención y el cuidado de las fajas más débiles, en particulares condiciones de pobreza y de sufrimiento. Por tanto, el llamado a la relación de la fe con el sufrimiento por nada aparece aislado. Por el contrario, el sufrimiento parece convertirse en el “lugar” y en la “experiencia” para interrogarnos, tanto sobre la verdad de la fe y su fuerza iluminadora así como sobre la autenticidad o no de nuestro vivir humano y de nuestras relaciones sociales. Parece resonar con fuerza una afirmación de Benedicto XVI en la Encíclica “Spe Salvi”: “La grandeza de la humanidad está determinada esencialmente por su relación con el sufrimiento y con la persona que sufre. Esto es válido tanto para el individuo como para la sociedad. Una sociedad que no logra aceptar a los que sufren y no es capaz de contribuir mediante la compasión a fin de que el sufrimiento sea compartido y sobrellevado también interiormente, es una sociedad cruel e inhumana” (Ivi 38). Pero el sufrimiento, subraya el Papa Francisco, se presenta tam- 7 bién como “lugar de fe, de esperanza y de amor. Lugar donde, en la experiencia del apóstol Pablo (Cf. 2Co 4, 7-12), el sufrimiento y la misma debilidad se convierte en lugar para anunciar y vivir la fe, reconociendo la presencia y el poder de Dios que supera nuestra debilidad y es capaz de darnos fuerza, luz y consolación en el mismo sufrimiento (Ivi 56). Aunque el sufrimiento no puede ser eliminado, la fe cristiana puede ayudar a darle un sentido hasta “convertirse en acto de amor, de entrega confiada en las manos de Dios que no abandona y, de este modo, puede constituir una etapa de crecimiento de la fe y del amor” (Ivi 56). La fe no tiene explicaciones para darnos sobre el sufrimiento, pero nos puede dar el sentido y la fuerza para vivirlo. “La luz de la fe no disipa todas nuestras tinieblas, sino que, como una lámpara, guía nuestro camino” (Ivi 57). También en el fatigoso camino en el sufrimiento, en el cual Dios no nos deja solos, sino camina a nuestro lado: “Al hombre que sufre, Dios no le da un razonamiento que explique todo, sino que le responde con una presencia que le acompaña, con una historia de bien que se une a toda historia de sufrimiento para abrir en ella un resquicio de luz” (Ivi 57). Según una feliz expresión de San Bernardo “Dios no puede padecer, pero puede compadecer”. “El hombre tiene un valor tan grande para Dios que se hizo hombre para poder com-padecer Él mismo con el hombre, de modo muy real, en carne y sangre, como nos manifiesta el relato de la Pasión de Jesús. Por eso, en cada pena humana ha entrado uno que comparte el sufrir y el padecer; de ahí se difunde en cada sufrimiento la con-solatio, el consuelo del amor participado de Dios y así aparece la estrella de la esperanza (Spe salvi, 39). El Papa Francisco concluye su primera Encíclica “Lumen Fidei” con una oración a María, Madre de la Iglesia y Madre de nuestra fe, que puede servir para los enfermos y los que sufren, especialmente en el momento del abandono o de la muerte: ¡Madre, ayuda nuestra fe! Abre nuestro oído a la Palabra, para que reconozcamos la voz de Dios y su llamada. Aviva en nosotros el deseo de seguir sus pasos, saliendo de nuestra tierra y confiando en su promesa. Ayúdanos a dejarnos tocar por su amor, para que podamos tocarlo en la fe. Ayúdanos a fiarnos plenamente de él, a creer en su amor, sobre todo en los momentos de tribulación y de cruz, cuando nuestra fe es llamada a crecer y a madurar. Siembra en nuestra fe la alegría del Resucitado. Recuérdanos que quien cree no está nunca solo. Enséñanos a mirar con los ojos de Jesús, para que Él sea luz en nuestro camino. ¡Y que esta luz de la fe crezca continuamente en nosotros, hasta que llegue el día sin ocaso, que es el mismo Cristo, tu Hijo, nuestro Señor! Mateo 25, 31-46: el juicio final S. E. Mons. José Rodríguez Carballo, O.F.M. Arzobispo Secretario CIVCSVA Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y Sociedades de Vida Apostólica Santa Sede DH84esp.indd 7 H emos escuchado uno de los pasajes más importantes y conocidos del Evangelio de Mateo, antes bien, de los Evangelios. Se trata del último discurso de Jesús. Como sabemos, el Evangelio de Mateo presenta a Jesús como el nuevo Mesías. Como hizo Moisés, también Jesús promulga la ley de Dios. Como era para la Ley antigua, también la nueva dada por Jesús contiene cinco libros o discursos. El primer discurso es el de la montaña (Cf. Mt 5, 1-7, 27). El último es el discurso sobre la vigilancia (Cf. Mt 24, 1-25, 46), en el que se encuentra el texto que hemos escuchado. El pri- 23/10/14 18:00 8 mero contiene las bienaventuranzas, el último habla del juicio final. Las bienaventuranzas describen la puerta para entrar en el Reino, enumerando ocho categorías de personas: los pobres, los mansos, los afligidos, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos, los puros de corazón, los promotores de paz y los perseguidos por la justicia (Cf. Mt 5, 3-10). El texto sobre el juicio final que hemos escuchado nos dice lo que debemos hacer para entrar en el Reino: acoger a los hambrientos, a los sedientos, a los extranjeros, a los desnudos, a los enfermos y a los prisioneros (Mt 25, 35-36). La “diaconía” cristiana encuentra su fundamento en este texto. El mismo Catecismo de la Iglesia Católica cita este texto para promover la diaconía cristiana y proporcionarle su debido fundamento. Este texto sigue la lista de las siete obras de misericordia, y lo completa con un texto del libro de Tobías que habla de enterrar a los muertos (Cf. Tb 1, 17). Se trata de un texto importante, sea suficiente pensar que san Juan Crisóstomo lo cita 170 veces, con el fin de motivar con este texto la solidaridad hacia los pobres. Se trata del juicio final, esto es, del momento más decisivo para cada uno de nosotros. No es posible jugar. Del Señor mismo escucharemos: “Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mi me lo hicisteis”, o a los míos; “Cuanto dejasteis de hacer con uno de estos más pequeños, también conmigo dejasteis de hacerlo”. Por cinco veces hemos escuchado los adverbios “entonces” y “cuando”: “entonces”, es decir, al final, veremos que el “cuando” es ahora. La suerte de “entonces” (al final) se decide “ahora”, “en el presente”. El texto nos dice claramente que al margen del “sacramento” del prójimo no hay camino hacia Dios. El texto tiene una gran fuerza cristológica: Cristo continúa su encarnación en los pobres. Por otro lado, el texto tiene también una gran importancia eclesiológica: “Los más pequeños – dice Moltmann –, nos pueden in- DH84esp.indd 8 dolentium hominum n. 84-2014 dicar donde está la Iglesia”. Pienso che el texto debe focalizar nuestra atención ya sea en la solidaridad con los pobres, en sentido amplio – que históricamente se identifican con los discípulos, designados por el Evangelio como los “pequeños” (Mt 10, 16. 23. 24, 40-42), pero también con todos los que tienen necesidad de ayuda o sufren penurias de todo tipo –, ya sea con la fe: en el pobre debemos encontrar a Cristo, en sus llagas estamos llamados a contemplar las llagas de Jesús mismo. De este modo el texto que estamos meditando nos hace ver que nuestra fe no es sólo una cuestión de “profesión” de las verdades reveladas, sino que es también cuestión de “profesión de pertenencia”, es decir cuestión de comunión, de solidaridad, en la que se entra a través de la fe, una cuestión de alianza y de familiaridad con los más pobres. No hay salvación fuera de la comunión. Regresemos a Mateo. El capítulo 25, en el que se encuentran nuestros textos, contiene tres narraciones “graduales” sobre lo que hay que hacer “ahora” en vista de la “fin”: “Ahora es necesario comprar el aceite (vv 1- 13), que consiste en “redoblar” el don de amor recibido (vv. 14-30), amando al Señor en los hermanos más pequeños (vv 31- 46). El juicio que el rey hará sobre nosotros “entonces” es el mismo que nosotros hacemos ahora sobre el pobre. En realidad somos nosotros mismos que nos juzgamos: acogiéndolo o rechazándolo en la persona de los pobres. Él no hará otra cosa sino constatar lo que nosotros hacemos. Nos lo dice anticipadamente para abrirnos los ojos sobre lo que estamos haciendo ahora. El pasaje, espléndido y único, es una síntesis de la teología de Mateo: somos juzgados según lo que hacemos a los demás (7, 12). Todo otro, es siempre el otro. En efecto, el primer mandamiento, es igual al segundo (22, 39), porque el Señor mismo se ha hecho nuestro prójimo y está siempre con nosotros (28, 20), bajo el signo del Hijo del hombre (24, 30), que tiene el rostro de todos los pobres de la tierra. Seremos juzgados según el amor por el más pequeño y el más débil, en el cual estamos llamados a ver a Cristo mismo (Francisco y el leproso). Nuestro ser “bendecidos” o “maldecidos” depende del amor dado o negado a los hermanos que viven en las necesidades en las que el Señor nos visita. El amor que tenemos hacia el otro es el amor hacia Dios: me realizo como hijo viviendo como hermano. Toda la ley, en efecto, se reduce a amar al Señor y al prójimo con el mismo amor. No podemos decir que amamos a Dios, que no vemos, si no amamos a los hermanos que vemos. A esto podemos añadir otra reflexión: podemos amar a Dios en el otro sólo si nos sentimos amados por Dios. Aislar el mandamiento del amor hacia el último por la experiencia del amor de Dios que se hizo último por mí, es hacer de esto un principio sin sentido, una ideología incapaz de generar un comportamiento positivo. En conclusión, podemos decir que el juicio final, como todo el discurso escatológico, nos remite del futuro al presente. El fin del hombre es volverse como Dios. El error de Adán no es querer ser como Él (Gen 3, 5), sino no saber quien es Él. Uno se vuelve como Dios amando, porque Él es amor. Jesús está siempre con nosotros (28 20), como los pobres (26, 11), como el más pequeño entre los hermanos. La Iglesia, en su amor por el último, ama a su Señor; y sabe que no es él que salva al pobre, sino es el pobre que le salva. Preguntas para la reflexión. Si en este momento tocase la hora del juicio, ¿dónde me sentaría: a la derecha entre los benditos, o a la izquierda entre los malditos? ¿Cuál es mi comportamiento con los más pobres: actitud de “pasotismo”, actitud de filantropía, actitud de fe, logrando ver en ellos a Cristo pobre y sufriente? ¿Puedo hacer algo más de lo que estoy haciendo por los más “pequeños”? 23/10/14 18:00 dolentium hominum n. 84-2014 9 Discurso del Santo Padre Francisco Aula Pablo VI, Sábado 23 de noviembre de 2013 Queridos hermanos y hermanas: ¡Gracias por vuestra acogida! Os saludo cordialmente a todos. Desearía repetir hoy que las personas ancianas han sido siempre protagonistas en la Iglesia, y lo son todavía. Hoy más que nunca la Iglesia debe dar ejemplo a toda la sociedad del hecho que ellas, a pesar de los inevitables «achaques», a veces incluso serios, son siempre importantes, es más, indispensables. Ellas llevan consigo la memoria y la sabiduría de la vida, para transmitirlas a los demás, y participan a pleno título en la misión de la Iglesia. Recordemos que la vida humana conserva siempre su valor a los ojos de Dios, más allá de toda visión discriminante. La prolongación de las expectativas de vida, introducida a lo largo del siglo XX, comporta que un número creciente de personas sufre patologías neurodegenerativas, a menudo acompañadas por un deterioro de las capacidades cognitivas. Estas patologías asedian el mundo socio-sanitario tanto en el aspecto de la investigación como en el de la asistencia y la atención en los centros socioasistenciales, así como también en la familia, que sigue siendo el lugar privilegiado de acogida y de cercanía. Es importante el apoyo de ayudas y de servicios adecuados, orientados al respeto de la dignidad, de la identidad, de las necesidades de la persona asistida, pero también de quienes les asisten, familiares y agentes profesionales. Esto es posible sólo en un contexto de confianza y en el ámbito de una relación mutuamente respetuosa. Así vivida, la experiencia de los cuidados se convierte en una experiencia muy rica tanto profesional como humanamente; en caso contrario, llega a ser mucho más semejante a la sencilla y fría «tutela física». Se hace necesario, por lo tanto, comprometerse en favor de una asistencia que, junto al tradicional modelo biomédico, se enriquezca con espacios de dignidad y de libertad, lejos de la cerrazón y de los silencios, la tortura de los silencios. El silencio, muchas veces se transforma en una tortura. Estas cerrazones y silencios que con demasiada frecuencia rodean a las personas en ámbito asistencial. En esta perspectiva quisiera subrayar la importancia del aspecto religioso y espiritual. Es más, ésta es una dimensión que sigue siendo vital incluso cuando las capacidades cognitivas se reducen o se pierden. Se trata de poner en práctica un especial acercamiento pastoral para acompañar la vida religiosa de las personas ancianas con graves patologías degenerativas, con formas y contenidos diversificados, porque, en cualquier caso, su mente y su corazón no interrumpen el diálogo y la relación con Dios. Desearía terminar con un saludo a los ancianos. Queridos amigos, vosotros no sois sólo destinatarios del anuncio del mensaje evangélico, sino que sois siempre, a pleno título, también anunciadores en virtud de vuestro Bautismo. Vosotros podéis vivir cada día como testigos del Señor, en vuestras familias, en la parroquia y en los demás ambientes que frecuentáis, haciendo conocer a Cristo y su Evangelio, especialmente a los más jóvenes. Recordad que fueron dos ancianos quienes reconocieron a Jesús en el Templo y lo anunciaron con alegría y con esperanza. Os encomiendo a todos a la protección de la Virgen, y os doy las gracias de corazón por vuestras oraciones. Ahora, todos juntos, recemos a la Virgen por todos los agentes sanitarios, los enfermos, los ancianos, y luego recibimos la bendición (Avemaría...). DH84esp.indd 9 23/10/14 18:00 10 dolentium hominum n. 84-2014 Jueves 21 noviembre Discurso de Apertura Solicitud de la Iglesia por las personas ancianas enfermas y magisterio pontificio de los últimos años S.E. Mons. Zygmunt Zimowski Presidente del Pontificio Consejo para los Agentes Sanitarios, Santa Sede L a Iglesia católica siempre ha mantenido gran atención y empeño a favor de las personas ancianas enfermas1. Ante las recientes transformaciones de la sociedad, particularmente en los países más desarrollados, esta atención se ha vuelto una preocupación y un compromiso pastoral específico, debido a una frecuente situación de sufrimiento físico y moral de las personas ancianas enfermas, y del deber humano y cristiano de acompañarlas hacia la muerte en la última etapa de su vida terrena, de modo que en lo posible la muerte sea enfrentada conscientemente, sea aceptada serenamente y sea vivida a la luz de la esperanza. De aquí que en los tiempos recientes el Magisterio Pontificio ha estado muy presente para con las personas ancianas enfermas. Contrariamente a la sociedad actual que tiende a ver en el envejecimiento de la población un grave problema económico y social, la Iglesia, a través de cartas encíclicas, discursos, alocuciones y mensajes, considera la presencia más numerosa de ancianos enfermos en el mundo no como un “peso” cada vez más insoportable, sino más bien como una “bendición”2, según como estas personas, animadas por la acción pastoral de la Iglesia, día tras día son fieles a su vocación específica, acogiendo hu- DH84esp.indd 10 milde y confiadamente la voluntad del Padre celestial. Las observaciones, reflexiones y exhortaciones desarrolladas en esta enseñanza pontificia en torno a los ancianos enfermos, se pueden ordenar según las pautas siguientes: - la problemática de la persona anciana enferma, hoy; - el estado de sufrimiento y de dificultad de la persona anciana enferma; - la vida espiritual del anciano enfermo, y misión pastoral de la Iglesia al respecto; - la persona enferma en fin de vida, el acompañamiento a la muerte; - el mensaje de la Iglesia al anciano enfermo. I.PROBLEMÁTICA DE LA PERSONA ANCIANA ENFERMA, HOY A.Características de siempre Tiempos del “debilitamiento de las fuerzas físicas, de la menor vivacidad de las facultades espirituales, del desapego progresivo de las actividades a las que estaba apegado” (Juan Pablo II, 1982)3, la tercera y la cuarta edad de la vida humana son también tiempos de las enfermedades que incapacitan y procuran una creciente invalidez. Al mismo tiempo esta tercera y cuarta edad, marcadas por la “perspectiva de separación por la partida hacia el más allá” (ibid.), constituyen el último trecho de la peregrinación terrena, el paso quizás más importante de esta vida, en el que el ser humano puede prepararse seriamente a la muerte, efectuando en lo posible serenamente el trabajo espiritual indispensable para acoger a esta “hermana” que nos conduce al Padre (Juan Pablo II, Carta a los ancianos, 15, 1999)4. B.Acogida de la sociedad actual a sus miembros ancianos y enfermos La vejez, las enfermedades asociadas y la muerte, son “elementos esenciales de la vida”, que constituyen al mismo tiempo un fuerte llamado al “mundo del amor humano” frente a una invasora “cultura de la muerte”5, generada por un mundo antihumano frío, técnico, utilitarista, mundo del poseer más que del ser. Por tanto, se puede evaluar el grado de riqueza espiritual y de humanidad de dicha sociedad según como de ella brota el amor desinteresado hacia la persona anciana: “Más ampliamente se puede afirmar que la manera que tiene una civilización de asumir la edad avanzada y la muerte como elementos constitutivos de la vida, y la manera de ayudar a sus miembros ancianos a vivir la muerte, son un criterio decisivo de su respeto al hombre” (Juan Pablo II, Mensaje a los participantes en la Asamblea mundial sobre los problemas del envejecimiento de la población, 22 de julio de 1982). Empleando este criterio de evaluación, podemos decir que hoy la sociedad, particularmente en los países más desarrollados y más ricos, no ofrece una acogida tan respetuosa y calurosa a sus miem- 23/10/14 18:00 dolentium hominum n. 84-2014 bros más ancianos, especialmente cuando están enfermos y debilitados. Esto se debe a un conjunto de factores, entre los cuales el envejecimiento de la población en estos países, y el carácter competitivo de una sociedad liberal e individualista en la que lo que cuenta es la persona eficiente, capaz de trabajar y de producir. C.Envejecimiento de las poblaciones En la introducción de su conocido documento del año 2000 “La dignidad del anciano y su misión en la Iglesia y en el mundo”, el Pontificio Consejo para los Laicos menciona justamente la caída demográfica, originada por la difusión de la contracepción y la despenalización del aborto en el mundo a partir de los años sesenta, que hoy se ha generalizado a todos los países desarrollados y más allá de estos, y que resulta acelerado en el envejecimiento actual de las poblaciones en estos países: “La prolongación de la vida media, por un lado, y la disminución, a veces dramática, de la natalidad, por el otro, han producido una transición demográfica sin precedentes, en la que la pirámide de las edades está completamente invertida respecto a como se presentaba no hace más de cincuenta años: crece constantemente el número de ancianos y disminuye constantemente el número de jóvenes. El fenómeno, que comenzó durante los años sesenta en los países del hemisferio norte, llega ahora también a las naciones del hemisferio sur, donde el proceso de envejecimiento es aún más rápido” (La dignidad del anciano, Pontificio Consejo para los Laicos, 1998)6. El aumento de la parte “pasiva” de la población – los ancianos – mientras la parte “activa”, en la cual se apoya la economía, va disminuyendo cada vez más ha resultado una “revolución silenciosa” que va mucho más allá de los datos demográficos, para plantear graves problemas de orden económico, social y cultural7. Este desequilibrio explica en parte la “marginación”, es decir, la “eutanasia social”, sufrida por muchos ancianos enfermos, hoy. DH84esp.indd 11 11 D.Representación con frecuencia negativa de la vejez Conexo con este fenómeno del aumento del número de los ancianos en la población, existe otro factor que hace que este período de la existencia no sea bien considerado: en particular, se trata en los medios de comunicación, de un valor positivo otorgado a la vida humana solamente cuando es vivida en plena autonomía, es decir, cuando es joven, en buena salud, “en plena posesión de sus fuerzas” (Juan Pablo II, 1982)8, sin problemas económicos, y con un buen puesto de trabajo, condiciones de hecho raramente reunidas en el mundo real. De esto resulta que “muchos de nuestros contemporáneos ven” en la vejez “exclusivamente una ine vitable y abrumadora fatalidad” (La dignidad del anciano, Pontificio Consejo para los Laicos, 1998)9. Por tanto, la vejez, considerada primero a lo largo de los siglos, como un período de sabiduría y una fuente de preciosos consejos (Juan Pablo II, Carta a los ancianos n. 9, 1999)10, por respetar y honrar, hoy es considerada negativamente como “fase de declino”, de “insuficiencia humana y social”, del cual no hay nada que esperar (La dignidad del anciano, Pontificio Consejo para los Laicos, 1998)11. Además, intervienen también otros factores para favorecer esta representación más bien negativa de la vejez en la opinión: el de la mentalidad “que pone en primer lugar la utilidad inmediata y la productividad del hombre”: “Debido a dicha actitud, la llamada tercera edad o cuarta edad con frecuencia es subestimada, y los ancianos mismos son inducidos a interrogarse si su existencia aún es útil” (Juan Pablo II, Carta a los ancianos n.9, 1999)12. E.Personas ancianas debilitadas consideradas un “peso insoportable” La “mentalidad utilitarista y sutilmente deshumana” que hace que se desprecie al anciano hoy, obviamente pesa negativamente en la opinión pública sobre la valora- ción de esta persona cuando ella, además de ser enferma, es debilitada o inválida: “Cuántas veces los que sufren por su edad o por la enfermedad perciben con amargura que el ambiente circunstante les considera como personas inútiles, reducidas sólo a ser un peso para los demás” (Juan Pablo II, A los ancianos y enfermos, n. 2, Basílica de San Esteban (Budapest), 20 de agosto de 1991). Esta mentalidad conduce, pues, a que se considere al anciano enfermo como un “peso insoportable”, que amenaza el bienestar de la sociedad: “Estamos aquí ante uno de los síntomas más alarmantes de la «cultura de la muerte», que avanza sobre todo en las sociedades del bienestar, caracterizadas por una mentalidad eficientista que presenta el creciente número de personas ancianas y debilitadas como algo demasiado gravoso e insoportable (Evangelium Vitae, 1995, n. 64)13. En dicha perspectiva, se pone finalmente en duda el valor mismo de la vida de la persona anciana enferma, llevando poco a poco a la opinión que acepta primero su marginación y luego, cuando ocurre, su eliminación activa: “(Las personas ancianas y debilitadas) muy a menudo, se ven aisladas por la familia y la sociedad, organizadas casi exclusivamente sobre la base de criterios de eficiencia productiva, según los cuales una vida irremediablemente inhábil ya no tiene valor alguno” (Evangelium Vitae, 1995, n. 64)14. F. Marginación de las personas ancianas enfermas El desarrollo de este fenómeno de la marginación de la persona anciana, es relativamente reciente. Ha encontrado terreno fértil en una sociedad que, apuntando todo en la eficiencia y en la imagen barnizada de un hombre eternamente joven, excluye de sus propios “circuitos relacionales” a quien ya no cuenta con estos requisitos (La dignidad del anciano n. 3, 1998)15. Con frecuencia, dicha marginación tiene lugar con ocasión de una enfermedad, que conduce a esta persona a internarse en una institución. Resulta un alejamiento “más o menos progresivo del anciano de su 23/10/14 18:00 12 propio ambiente social y de la familia” que pone a “muchos en los márgenes de la comunidad humana y de la vida cívica” (La dignidad del anciano n. 3, 1998)16. Con frecuencia, es el mismo anciano que comienza a marginarse, despreciando a sí mismo y replegándose cuando se siente ignorado y tratado como inútil17. “La dimensión más dramática de esta marginación es la falta de relaciones humanas que hace sufrir a la persona anciana, no sólo por el alejamiento, sino por el abandono, la soledad y el aislamiento” (La dignidad del anciano, Pontificio Consejo para los Laicos n. 3, 1998)18. “Muchas veces – decía el Papa Benedicto – se siente el sufrimiento de quien es marginado, vive lejos de su casa o en la soledad” (Benedicto XVI, visita a la casa-familia “Viva los ancianos”, noviembre 201219. El anciano “es relegado así a una soledad que se puede comparar a una verdadera muerte social (Juan Pablo II, Carta a los participantes en la II Asamblea mundial sobre el envejecimiento, 3 de abril de 2002)20. Más recientemente, en su viaje apostólico a Brasil, el Papa Francisco ha empleado la fuerte expresión de la “eutanasia cultural”, para describir esta sufrida marginación del anciano. “Exclusión de los ancianos, por supuesto, porque uno podría pensar que podría haber una especie de eutanasia escondida; es decir, no se cuida a los ancianos; pero también está la eutanasia cultural: no se les deja hablar, no se les deja actuar” (Papa Francisco, encuentro con los jóvenes argentinos en la catedral de San Sebastián, Brasil, 25 de julio de 2013). G.El anciano al final de la vida 1.Cambios recientes Mucho han cambiado hoy las condiciones en las que muere hoy la persona anciana enferma, ya sea por el influjo conjunto de la reducción de la familia a un nivel nuclear, al aumento del número de las personas ancianas que mueren en las instituciones u hospitales, y a la marginación de muchas de es- DH84esp.indd 12 dolentium hominum n. 84-2014 tas persona que viven y mueren en una dolorosa soledad21. Esto ha cambiado también la actitud de los médicos frente a la muerte, y frecuentemente fatigan para encontrar el camino de sabiduría entre el abandono del paciente, la aceleración farmacológica del proceso de término de la vida, o el mantenimiento artificial en vida22, generalmente denominado “ensañamiento terapéutico”23. 2.Tentación de la eutanasia De estos cambios resulta que “la persona anciana, hoy, menos preparada al sufrimiento y a la muerte, angustiada tanto por la perspectiva de tener que sufrir, como por la otra perspectiva de verse mantenida en vida con medios modernos de sustentamiento artificial de la vida, puede caer fácilmente en la tentación de la eutanasia, considerada como ‘liberación’” (Evangelium Vitae, n. 64). Esta tentación la encontramos reforzada hoy por una cultura en la cual el anciano está sumergido, y que valora la vida solamente en términos de placer y de bienestar material: en dicha perspectiva, la muerte aparece como una “liberación” y la eutanasia como el medio “dulce” para alcanzar dicha liberación: “Cuando prevalece la tendencia a apreciar la vida sólo en la medida en que da placer y bienestar, el sufrimiento aparece como un peso insoportable, de la que es preciso librarse a toda costa. La muerte… se convierte por el contrario en una ‘liberación reivindicada’ cuando se considera que la existencia carece ya de sentido por estar sumergida en el dolor e inexorablemente condenada a un sufrimiento posterior más agudo “ (Evangelium Vitae, n. 64). En la sociedad actual secularizada y materialista, habiendo perdido el sentido profundo de la vida y, por tanto, también el sentido de la muerte, el personal médico o paramédico que se ocupa de la persona anciana, considerando su precariedad de vida, sus dificultades y sufrimientos, tiende a no encontrar un sentido en la existencia de dichas personas: “Si es cierto que la vida humana en cada fase es digna del máximo respeto, en algunas vertientes lo es aún más cuando es- tá marcada por la ancianidad y la enfermedad… Se cuestiona: ¿tiene aún sentido la existencia de un ser humano que discurre en condiciones muy precarias porque es anciano y está enfermo? ¿Por qué, cuando el desafío de la enfermedad se hace dramático, seguir defendiendo la vida, sin aceptar más bien la eutanasia como una liberación?” (Benedicto XVI, a los participantes en la XXII Conferencia internacional del Pontificio Consejo para los Agentes Sanitarios, 17 de noviembre de 2007)24. Cuando la vida humana ya es considerada sólo de acuerdo con criterios de “eficiencia”, y la persona discapacitada es considerada como un peso, entonces también en las familias crece la tentación de la eutanasia, o de una rápida “sedación profunda”, en el contexto de los “cuidados paliativos” de parte tanto de los familiares como del personal que cura: “En semejante contexto es cada vez más fuerte la tentación de la eutanasia, esto es, adueñarse de la muerte, procurándola de modo anticipado y poniendo así fin ‘dulcemente’ a la propia vida o a la de otros (Evangelium Vitae n 64). 3.“Cultura del descarte” En su reciente viaje a Brasil, el Santo Padre Francisco ha definido justamente esta “cultura de la muerte” que lleva a la propuesta de la eutanasia o de rápida sedación paliativa terminal de los ancianos como “cultura del descarte”. Ha dicho así a los periodistas: Nosotros estamos algo acostumbrados a la cultura del descarte: ¡con los ancianos se hace con demasiada frecuencia! ¡Debemos cortar esta costumbre de descartar! (Papa Francisco, entrevista a los periodistas, 22 de julio de 2013). Dirigiéndose más recientemente a un grupo de médicos obstetras, el mismo Papa Francisco ha continuado su reflexión sobre la “eliminación” actual de los ancianos en las instituciones o centros de cuidados: “Una difundida mentalidad de lo útil, la ‘cultura del descarte’, que hoy esclaviza los corazones y las inteligencias de muchos, tiene un altísimo coste: requiere eliminar seres humanos, sobre todo si son física o socialmente más débiles25. 23/10/14 18:00 dolentium hominum n. 84-2014 II.SUFRIMIENTO DE LA PERSONA ANCIANA ENFERMA La cuestión del sufrimiento ha ocupado un lugar importante en la enseñanza del Magisterio de la Iglesia en los años recientes. De hecho, la enfermedad que afecta a la persona anciana con frecuencia empeora una situación de sufrimiento ya presente, “situación de dificultad interior, de sufrimiento creciente, acompañado por soledad y desconsuelo”26 debido a la frecuente marginación de esta persona, y a la reducción de su autonomía física”. No es fácil para la persona interesada aceptar ese conjunto de dificultades. De la situación de deterioro de la salud física y psíquica de la persona anciana enferma, y de su frecuente marginación y soledad, se deduce fácilmente que el problema más grande y urgente que esta persona plantea hoy a la sociedad y, por consiguiente a la Iglesia, es el de su sufrimiento. Se trata de un sufrimiento no sólo del cuerpo, sino también moral, en el que los sentimientos de inutilidad, abandono, degrado físico, marginación y pérdida de la autonomía, se combinan con el dolor físico y la dificultad de la enfermedad para constituir una dura prueba, la del “dolor total”, que bien expuso Cecily Saunders (1918-2005), la valerosa iniciadora de los cuidados paliativos. La Iglesia ha enfrentado este problema a lo largo de los siglos, a través de su meditación sobre el misterio de la Pasión de Jesús. El Santo Padre Juan Pablo II desarrolló una profunda reflexión sobre la cuestión del sufrimiento humano, a la luz de su propia experiencia. Expresó su pensamiento al respecto con ocasión de numerosas intervenciones y encuentros con grupos de personas ancianas y enfermas, y consagró al sujeto la Carta Apostólica Salvifici Doloris sobre el “sentido cristiano del sufrimiento humano” (11 de febrero de 1984). En estas intervenciones, el beato Juan Pablo II reconoció ampliamente el carácter con frecuencia intolerable del sufrimiento en la persona anciana, pero al mismo tiempo trató de mostrar el bien que puede acompañar dicha situación, tanto para los enfermos mis- DH84esp.indd 13 13 mos, como para las personas que les asisten, para la Iglesia y para el mundo. El Magisterio Pontifico distingue claramente dos aspectos en el sufrimiento vivido por el anciano enfermo, a los que se espera dar dos respuestas diferentes: - el primer aspecto se refiere únicamente al dolor físico y pone la cuestión de la licitud del empleo de analgésicos para aliviar dicho sufrimiento; - el segundo aspecto se refiere al sufrimiento del anciano enfermo considerado en su conjunto espiritual, psíquico y somático, como “dolor total”, y al cual el Magisterio ha consagrado una importante reflexión. A.Empleo de los analgésicos La enseñanza de la Iglesia sobre el sentido del sufrimiento humano, a la luz de los sufrimientos de Cristo, no obliga a los cristianos a aceptar el dolor sin el empleo de analgésicos. Este punto de vista de la cuestión fue aclarado ampliamente por Pío XII en sus “respuestas a tres preguntas religiosas y morales referentes a la analgesia”, planteadas por el Profesor Piero Mazzoni, con ocasión del IX Congreso Nacional de la Sociedad Italia de Anestesiología, que se realizó en Roma del 15 al 17 de octubre de 1956. Hay tres respuestas que corresponden a tres aspectos de la analgesia: - la licitud de la analgesia para aliviar el dolor físico - la licitud de aliviar el dolor con el riesgo de abreviar la vida - las condiciones en las cuales se puede quitar la conciencia de los moribundos. A la primera pregunta referente a la licitud del empleo de la analgesia, Pío XII responde: “Si no existen otros medios y si, en determinadas circunstancias, esto no impide el cumplimiento de otros deberes religiosos y morales: sí”27. La segunda pregunta trataba sobre la licitud del uso de los analgésicos para los enfermos que no se pueden operar o incurables, aunque se puede abreviar la vida. Pío XII respondió: “Si entre la narco- sis y el acortamiento de la vida no existe nexo alguno causal directo, puesto por la voluntad de los interesados o por la naturaleza de las cosas (como sería el caso, si la supresión del dolor no se pudiese obtener sino mediante el acortamiento de la vida), y si, por el contrario, la administración de narcóticos produjese por sí misma dos efectos distintos, por una parte el alivio de los dolores y por otra la abreviación de la vida, entonces es lícita”.28. La tercera pregunta se refería a la licitud de suprimir la conciencia con los analgésicos en el caso de los moribundos. La respuesta de Pío XII fue más restrictiva en esta tercera pregunta, que en las dos respuestas anteriores: “… Sin razones graves, no hay que privar al moribundo de la conciencia de sí mismo”29. Por consiguiente: “La anestesia empleada al acercarse la muerte con el único fin de evitar al enfermo un final consciente, sería no ya una conquista notable de la terapéutica moderna, sino una práctica verdaderamente deplorable” (Pío XII, Tres preguntas religiosas y morales concernientes la analgesia, III, 24 de febrero de 1957)30. La solicitud de Pío XII de dejar la conciencia al moribundo se basa en la necesidad, para el moribundo, “de satisfacer a sus obligaciones morales y familiares” y de prepararse “en plena conciencia” “al encuentro definitivo con Dios”31. La “Declaración sobre la eutanasia”, Iura et bona de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe (5 de mayo de 1980) retomó las respuestas de Pío XII para remarcar la legitimidad ética de recurrir a los analgésicos en caso de dolor, aún si a dicho recurso tuviese que seguir “entorpecimiento o menor lucidez”32. Mientras juzgaba “digna de alabanza” la actitud de “quien acepta voluntariamente sufrir renunciando a tratamientos contra el dolor para conservar la plena lucidez y participar, si es creyente, de manera consciente en la pasión del Señor”, Juan Pablo II, en la Encíclica Evangelium Vitae, no consideraba “dicho comportamiento ‘heroico’” por considerarlo “un deber para todos” (Juan Pablo II, Evangelium Vitae, n 65). 23/10/14 18:00 14 B.Camino espiritual del anciano enfermo en el sufrimiento El sufrimiento que pone sobre los hombros de la persona anciana enferma su peso físico y moral hace que surja en la mente de quien sufre la cuestión del sentido: “Vuestra suerte y vuestra fatiga con frecuencia oprimen pesadamente sobre vuestros hombros. ¿Quién de vosotros nunca ha estado tentado de preguntarse si sus afanes, sus tribulaciones, su cansancio fuesen merecidos o tuviesen un sentido?” (Juan Pablo II, Homilía a los enfermos y ancianos, catedral de Salzburgo, 26 de junio de 1988, n. 2). El mismo interrogante sobre el sentido hace surgir en la conciencia del creyente la segunda cuestión fundamental: “¿ Por qué Dios me deja sufrir? Sin la luz de la fe dicha pregunta permanece sin una respuesta satisfactoria33. Es el momento en el cual el sufrimiento puede acercar al Señor, pero también puede llevar a la de sesperación y a cerrarse en sí mismo34. Mientras cerrarse en sí mismo lleva a la persona enferma a volverse insensible hacia los demás, en una desesperación sin salida ni luz35 y hace difícil y hasta inoperante todo esfuerzo de acompañamiento, la apertura a los demás y a Dios, movida por la experiencia de la limitación de la criatura, hace fecundo el acompañamiento y lleva al paciente a la esperanza activa, es decir, al cumplimiento de la propia vocación de anciano enfermo36. Por tanto, para el anciano enfermo se trata de llegar a “reconocer la mano de Dios en la prueba”, cuando “Él toca a la puerta del corazón”37. Descubriendo “mediante la experiencia de nuestra fragilidad “la presencia amorosa de Dios” en el sufrimiento, el anciano enfermo tiende a “gritar” su dolor “hacia Aquel que es el único que nos puede dar el verdadero alivio”. De este modo el sufrimiento se puede volver “escuela de oración sentida, insistente y confiada”38. También cuando el paciente ha tomado el camino de apoyarse en el Señor en un movimiento de plena confianza y de abandono a su voluntad, pueden acontecer pe- DH84esp.indd 14 dolentium hominum n. 84-2014 ríodos de grave desánimo “en los que surge la pregunta sobre el por qué de la vida, precisamente porque uno se siente desarraigado de ella”39. A través de estos pasos de superación y de desánimo, la persona anciana enferma, animada y sostenida por aquellos que la acompañan puede, en última instancia, prevenir a este “encuentro con Dios” en el cual “palabras inefables de esperanza” son dirigidas también al “corazón herido más profundamente”.40 Las “certezas de la fe” para los que tienen el gozo de creer pueden transformar el último camino de la persona anciana enferma en un “Via Crucis” propio, en presencia de Cristo Redentor que “recorre su doloroso camino de cruz antes del alba radiosa de la Pascua”41. Acompañando así a la persona anciana enferma en la “última etapa de la vida terrena” Jesús “anima nuestros corazones y “alimenta nuestras almas”42. C.El mundo del sufrimiento invoca el mundo del amor humano El acento colocado en estos últimos años sobre el alivio del dolor físico en espera de la muerte, en los cuidados paliativos, ha hecho perder un poco de vista la intuición magistral de Cecily Saunders sobre el “dolor total”. Sin perder de vista el deber primordial de hacer desaparecer farmacológicamente el dolor físico, dando así su libertad al paciente, Cecily Saunders incluía en la lucha contra el dolor total el acompañamiento de la persona enferma, acompañamiento a nivel humano, del corazón, de parte de enfermeras adiestradas a de sempeñar este papel y acompañamiento espiritual, de parte de una persona compartiendo la religión o las opiniones espirituales de ella, capellán, rabino, muftí u otro. Este acompañamiento puede faltar en los servicios de cuidados paliativos, en instituciones no religiosas. Dirigiéndose a un grupo de ancianos y enfermos en Callao (Perú), en 1985, Juan Pablo II decía precisamente al respecto: “Los servicios técnicos y los cuidados sanitarios” “no son suficientes” para aliviar el sufrimiento del anciano enfermo, aun cuando son realizados “con diligente profesionalidad”. Asimismo, debe contar con “la afectuosa presencia de los que ama y de sus amigos”. Esto es la “medicina espiritual” “que da el amor por la vida y persuade a luchar por ella”43. Frente al mundo duro, frío, de la tecnicidad y de la eficiencia de la sociedad industrial actual, que no es capaz de aliviar los sufrimientos de la persona anciana, estos mismos sufrimientos son como un llamado a otro mundo, el del amor humano, el único medio capaz de curar las heridas del alma del anciano. Se trata de este amor desinteresado que “brota en el corazón” de la persona humana cuando se deja invadir por la “compasión”, como ocurrió para el samaritano de la parábola: “Amplios sectores de la civilización tecnológica quizás han soñado un hombre duro, casi insensible, hecho para el trabajo y la producción… el mundo del sufrimiento humano invoca incesantemente otro mundo: el del amor humano: el amor desinteresado que brota en su corazón y en sus obras. De algún modo el hombre lo debe al sufrimiento” (Juan Pablo II, Salvifici doloris, 29) (Juan Pablo II, Encuentro con los enfermos y los ancianos, n. 2, Callao (Perú), 4 de febrero de 1985). Por tanto, en la perspectiva cristiana y también en la perspectiva humanitaria, no es secundario si el sufrimiento del anciano enfermo vivido en la soledad de un lecho de hospital, en el frecuente desierto afectivo de un mundo sanitario que predica más bien a sus agentes la insensibilidad estoica, puede hacer surgir el amor gratuito. Al respecto, en una celebración de la palabra para los enfermos y los ancianos desarrollada en la Catedral de Salzburgo en 1988, Juan Pablo II tuvo para los enfermos y los ancianos estas sentidas palabras que hacen eco a la parábola de Jesús: “Queridos hermanos y hermanas: Ciertamente habrán personas que pasarán cerca de vosotros incompasivos e indiferentes. Os harán sentir insignificantes e inútiles. Pero ¡estad seguros que nosotros tenemos necesidad de vosotros! Vosotros interrogáis continuamente a vuestro prójimo sobre el sentido profundo de la existencia humana. 23/10/14 18:00 dolentium hominum n. 84-2014 Vosotros estimuláis su solidaridad, ponéis a la prueba su capacidad de amar” (Juan Pablo II, Celebración de la Palabra para los enfermos y los ancianos. Catedral de Salzburgo, domingo 26 de junio de 1988, n. 6). D.Sentido redentor del sufrimiento humano “Para el cristiano”, el sufrimiento – sobre todo el sufrimiento al final de la vida – “no es un hecho puramente negativo sino, por el contrario, está asociado a elevados valores religiosos y morales y, por tanto, puede ser querido y buscado (Pío XII, 24 de febrero de 1957)44: forma parte del plan salvífico de Dios. Es la participación en la Pasión de Cristo, una vía de purificación y de reparación. Ya en 1957 el Papa Pío XII, cuando un grupo de médicos y anestesistas le preguntaron en torno al empleo de la analgesia, respondió que los dolores soportados como “aceptación de la cruz” tenían un “significado en la economía actual de la salvación”45. Si para el cristiano no existe un deber u obligación de quererlo por sí mismo – añadía Pío XII – él lo considera como un medio más o menos adecuado, según las circunstancias, a la meta que trata de alcanzar46. En una alocución al “Centro Voluntarios del Sufrimiento” (7 de octubre de 1957), al grupo de enfermos y discapacitados crónicos Pío, XII les presentó el dolor que sufrían como un medio poderoso de salvación para el mundo entero, completando la Pasión de Jesús47. La Declaración Iura et Bona sobre la eutanasia de la Congregación para la Doctrina de la Fe, del 5 de mayo de 1980, remarcó en términos idénticos esta doctrina cristiana sobre el sufrimiento también como participación a la pasión de Jesús y, por tanto, a la redención48. Sin embargo, pertenece al pensamiento de Juan Pablo II el haber desarrollado de manera más incisiva y penetrante este tema del sentido redentor del sufrimiento humano. Su punto de partida y de referencia teológica en las Sagradas Escrituras es el versículo 24 del primer capítulo de la Carta a DH84esp.indd 15 15 los Colosenses: “Ahora me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, a favor de su Cuerpo, que es la Iglesia”(Col I,24)49. Reflexionando sobre este versículo en la Carta Encíclica Salvifici Doloris, Juan Pablo II nos dice que “en cierto sentido Cristo ha abierto su sufrimiento redentor a cada sufrimiento del hombre. Al volverse el hombre partícipe de los sufrimientos de Cristo – en cualquier lugar del mundo y tiempo de la historia –, completa a su manera ese sufrimiento, mediante el cual Cristo ha obrado la redención del mundo” (Salvifici Doloris, 1984, n. 24)50. De este modo, “cada hombre tiene su participación en la redención. Asimismo, cada uno está llamado a participar en aquel sufrimiento, mediante el cual se ha realizado la redención... Actuando la redención mediante el sufrimiento, Cristo ha elevado al mismo tiempo el sufrimiento humano a nivel de redención (Salvifici Doloris, 1984, n,19)51. Juan Pablo II no se contentó de proclamar el carácter salvífico del sufrimiento humano como participación, en el espacio de la Iglesia, cuerpo de Cristo, a los sufrimientos de Cristo, sino fue más allá, proclamando el “Evangelio del Sufrimiento”, es decir, “la revelación de la fuerza salvífica y del significado salvífico del sufrimiento en la misión mesiánica de Cristo y, seguidamente, en la misión y en la vocación de la Iglesia (Salvifici Doloris n. 25)52. A través de esta expresión de “fuerza salvífica” del sufrimiento, Juan Pablo II entiende esta “particular fuerza que acerca interiormente el hombre a Cristo, una gracia particular que se ha constatado “a través de los siglos y de las generaciones”, ha estado escondida en el sufrimiento (Salvifici Doloris n.26)53. “Cuando Dios permite nuestro sufrimiento por la enfermedad, la soledad u otras razones relacionadas con la edad avanzada, nos da siempre la gracia y la fuerza para que nos unamos con más amor al sacrifico del Hijo y participemos con más intensidad en su proyecto salvífico” (Juan Pablo II, Carta a los ancianos n°13, 1999)54. La consecuencia de esta “fuerza salvífica” del sufrimiento presentada por Juan Pablo II es doble: - en primer lugar, la persona anciana enferma que sufre, al aceptar hacer la voluntad de Dios, se vuelve fuente de gracia y de luz espiritual en torno a ella: “El que sufre tratando de hacer la voluntad de Dios es útil al prójimo. Aunque impedido en la actividad externa, aunque aislado en la soledad, él irradia en torno a sí una onda de luz espiritual a quien muchos otros pueden alcanzar (Juan Pablo II, A los ancianos y a los enfermos, Basílica de San Esteban (Budapest), 20 de agosto 1991); - en segundo lugar, aislada en su cama de hospital, y abandonada por la sociedad y también por su familia, la persona anciana, desde su sufrimiento aceptado serenamente, contribuye en la obra de redención de Cristo, por la salvación del mundo55: “Hermanos y hermanas, cuando después de una jornada marcada por dificultades y dolores, llega la noche, pensad que Jesucristo está junto a vosotros, fija la mirada sobre vuestra mirada y os confirma su gratitud, porque habéis perseverado con Él en el sufrimiento por la salvación del mundo (Juan Pablo II, A los ancianos y enfermos, Basílica de San Esteban (Budapest), 20 de agosto de 1991, 3: 4.) Resulta, pues que “el dolor, el envejecimiento y la misma muerte logran un inmenso valor en cuanto asociadas a la pasión y muerte” del Señor56. E.Testimonio de quien sufre Esta misteriosa participación del que sufre a la redención del mundo, y el testimonio de la obra de la gracia en su alma, que se manifiesta en el gozo y en la paciencia del anciano enfermo, no obstante el dolor y la enfermedad, hacen que la persona anciana enferma que se ha abierto al amor de Dios, se vuelva un predicador eficaz del Evangelio, testimonio del “poder liberador de Dios”57 . Sobre el particular, Juan Pablo II habla de “cátedra de testimonio” tanto más convencedor cuanto más silencioso” que constituye la enfermedad cuando la persona que sufre saca de su fe la fuerza para seguir adelante58. 23/10/14 18:00 16 III.VIDA ESPIRITUAL DEL ANCIANO ENFERMO, Y MISIÓN PASTORAL DE LA IGLESIA AL RESPECTO A.Componentes y tendencias en la vida espiritual del anciano enfermo A través de su reflexión sobre el sufrimiento y tratando de definir mejor lo que debería ser la atención pastoral de la Iglesia sobre el particular hacia las personas ancianas enfermas, el Magisterio Pontificio de estos últimos años ha puesto en evidencia una serie de características propias de la vida espiritual de estas personas, que por tanto permiten hablar de “vocación particular”. Es claro que esta vida espiritual parte de la prueba, es vivida en la prueba y es condicionada por la prueba. Es en el sufrimiento físico, moral y espiritual, que la persona anciana sujeta al dolor, al debilitamiento, a la pérdida de autonomía y soledad de la enfermedad, puede descubrir y reconocer en la oscuridad profunda de la prueba y en el umbral de la desesperación, la presencia amante del Señor que vive su pasión. Por tanto, se trata no de un régimen estable de vida espiritual logrado al final de la vida, sino de un camino, con frecuencia difícil, con pasos de luz y de caídas en la oscuridad del alma, que hace que la persona se desapegue, se abra a la trascendencia, y poco a poco sea conducida a la luz de la esperanza. 1. Necesidad más profunda de la presencia de Dios Pero la vida espiritual de la persona anciana enferma no nace del vacío, bajo el único impulso del sufrimiento. En efecto, ya ha sido preparada por la evolución espiritual de la persona, cuando entrada ya en la vejez, que ha llevado a esta persona aún vigorosa, a acercarse a Dios: en este movimiento del alma de la persona anciana claramente cuenta la fe probada en la vida activa, pero interviene también “la experiencia acumulada en el curso de los años” que “lleva al anciano a entender los límites de las cosas del mundo” y “a sentir una nece- DH84esp.indd 16 dolentium hominum n. 84-2014 sidad más profunda de la presencia de Dios”. Cuentan también las “desilusiones probadas” que “han enseñado a poner en Dios la propia confianza”59. Indudablemente hay una gracia de apertura a la trascendencia particular a la vida del alma de la persona anciana. Lo atestigua su práctica religiosa, con frecuencia intensa, y perseverante no obstante las dificultades físicas. Lo atestigua su capacidad de abundantes y largas oraciones, no obstante el cansancio del cuerpo y del alma60. 2. El sufrimiento induce a dudar de las palabras de Jesús La entrada de la persona anciana en el régimen del sufrimiento, cuando llega la enfermedad, cambia esta perspectiva espiritual que hasta ese momento parecía bien establecida, casi una costumbre. El dolor físico, el alejamiento de los seres queridos, la situación de extrañeza cuando la persona se encuentra en la cama de un hospital, más o menos abandonada a sí misma, la falta de afecto, de calor humano, puede echar a la persona hacia el abismo de la desesperación. Además, se añade con frecuencia una desorientación en el tiempo y en el espacio, con una ofuscación de los sentidos, que cierra la mente a toda esperanza. “Dios puede aparecer muy lejano, la vida puede volverse un peso insoportable”61 3. Riesgo del fatalismo La vida espiritual de esta persona está amenazada por otra “pendiente resbalosa”: la invasión “de cierto fatalismo”: entonces el sufrimiento, las limitaciones, las enfermedades, las pérdidas vinculadas con esta fase de la vida son vistos como señales de un Dios no más benévolo, y hasta vividos como castigos de Dios” (La dignidad del anciano, Pontificio Consejo para los Laicos, n. 4, 1998)62. B.Respuesta de la Iglesia 1. Saneamiento espiritual La situación de confusión mental y de pesado sufrimiento corpo- ral y espiritual de la persona anciana enferma hace difícil, e incluso vano, el acompañamiento espiritual como se ofrece habitualmente a la persona adulta enferma. Se trata, pues, de pasar a través de la barrera de la confusión y de la de sesperación para establecer con la persona una relación inicial y llevarla a lo que Juan Pablo II denomina el “saneamiento espiritual”, es decir, el recuerdo de los acontecimientos del tiempo pasado, con el fin de llevar a la persona a una “valoración justa” de la propia situación y “de los modos con los cuales Dios actúa tanto en las debilidades como en las virtudes humanas”63. Dicha reflexión sobre el pasado, que es habitual a la persona anciana, puede tomar en el caso de la enfermedad, al borde de la desesperación, un carácter de verdadera terapia espiritual. 2. Purificar el fatalismo Cuando la enfermedad lleva al anciano a dudar de la bondad de Dios y a buscar en su vida pasada acontecimientos que podrían explicar lo que es interpretado como castigo de Dios, el acompañador espiritual de este anciano tiene “la responsabilidad de purificar este fatalismo, haciendo evolucionar la religiosidad” de esta persona “y restituyendo un horizonte de esperanza a su fe”. Se trata de “destemplar”, a través de una catequesis adecuada a la situación. “La imagen de un Dios de temor”, “guiando al anciano a descubrir el Dios del amor” (La dignidad del anciano, Pontificio Consejo para los Laicos, n. 4, 1998)64. 3. Llevar a la persona anciana enferma al sacramento de la reconciliación Luego de haber abierto la ventana del diálogo con la persona anciana enferma, gracias al proceso del recuerdo y de la meditación sobre los tiempos pasados de la vida, y después de haber guiado también a esta persona hacia el descubrimiento del Dios del amor, la etapa más importante en dicho acompañamiento tiene lugar con la invitación al sacramento de la reconciliación. En efecto, la persona que es visitada por un acompaña- 23/10/14 18:00 dolentium hominum n. 84-2014 dor espiritual pide con frecuencia el sacramento, junto con la recepción luego de la Eucaristía. Actualmente, esta petición es facilitada por el hecho que, entre “sus personales y