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“En el árbol de la Cruz estuvo suspendida la salvación del mundo”
(Liturgia)
Homilía del Viernes Santo
Catedral de Mar del Plata, 3 de abril de 2015
Queridos hermanos:
I. La pasión del Rey
El Viernes Santo, después de escuchar la riqueza de la Palabra de
Dios y de hacer la oración universal, la Iglesia levanta la Cruz como
estandarte y la propone para ser adorada.
Al levantar la Cruz, lo hacemos con la convicción de que “en ella
estuvo suspendida la salvación del mundo”. Sólo desde la fe nos
atrevemos a hacer esto, porque si lo hacemos desde los ojos de la carne,
sin la luz de la fe, lo que estamos presentando como plenitud de vida y
como triunfo del amor, parece una necedad, una burla y una ilusión
malsana.
En la Cruz contemplamos a Cristo con su costado abierto por la
lanza. Su cuerpo y su rostro están desfigurados. En Él se cumple lo que
escuchábamos en el Salmo: “Soy la burla de todos mis enemigos y la
irrisión de mis propios vecinos (…) me he convertido en una cosa inútil”
(Sal 30 [31],12.13). Y también lo profetizado por Isaías: “muchos quedaron
horrorizados a causa de él, porque estaba tan desfigurado que su aspecto
no era el de un hombre y su apariencia no era más la de un ser humano”
(Is 52,14).
Cuando Pilato les entrega a Jesús, se mostró más temeroso de perder
su cargo que de obrar conforme a su conciencia. Entonces los soldados se
dedicaron a divertirse con todo tipo de bajezas, burlándose de su
pretendida realeza: “Salud, rey de los judíos” (19,3). Éste será también el
título puesto en la cruz, como causa de su condena (Jn 19,19).
Jesús muere diciendo: “Todo se ha cumplido” (Jn 19,30). Su vida
transcurrió en la obediencia al plan salvador del Padre, anunciado en las
Escrituras. En este amor obediente, le tocó descender a lo más profundo
de la condición humana, conociendo sus desolaciones y angustias, sus
frustraciones, preguntas y llantos.
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En esto consiste su realeza, objeto de burla para el mundo, pero
triunfo desconcertante de Cristo: “cuando yo sea levantado en alto sobre
la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12,32).
El apóstol San Pablo escribía: “la locura de Dios es más sabia que la
sabiduría de los hombres, y la debilidad de Dios es más fuerte que la
fortaleza de los hombres” (1Cor 1,25).
II. La pasión de los hombres
Cristo en su indecible pasión asumió lo más profundo de la pasión de
todos los hombres de la historia, en una experiencia única e irrepetible.
Es lo que afirmaba el profeta Isaías: “Él soportaba nuestros sufrimientos y
cargaba con nuestras dolencias (…). El fue traspasado por nuestras
rebeldías y triturado por nuestras iniquidades. El castigo que nos da la
paz recayó sobre él y por sus heridas fuimos sanados” (Is 53,4-5).
Confortados por esta visión de fe, miramos al mundo que nos rodea,
y que parece ser un gran valle de lágrimas como decimos en la Salve. Con
frecuencia llegan a nosotros noticias estremecedoras de sufrimientos sin
consuelo humano; vidas visitadas por la desgracia y expuestas al parecer
ante el abismo del sin sentido. Otras veces, no nos toca contemplar el
dolor ajeno, sino experimentarlo duramente instalado en nuestra propia
vida o en nuestra familia.
La liturgia del Viernes Santo nos invita a ensanchar la mirada sobre
el mundo con corazón generoso y “católico”, dando cabida en él a quienes
se encuentran cerca de nosotros y no sabemos descubrir, y a quienes se
encuentran lejos y también necesitan de nuestra oración y nuestro
auxilio. Las periferias geográficas y existenciales se encuentran en todas
partes.
Bien cerca de nosotros, encontramos realidades que deben tocar las
fibras de nuestro corazón, aunque no siempre esté en nuestras manos la
solución: ancianos sin asistencia adecuada y jóvenes que ni estudian ni
trabajan, con frecuencia dañados por la droga; enfermos necesitados de
atención médica y remedios, pero más aún de contención y de aliento. La
lista sería larga y constituye un desafío para la presencia evangelizadora
de la Iglesia y sus obras de caridad. Nunca olvidemos que nuestra
fidelidad a Cristo pasa no sólo por la integridad en la doctrina sino por
nuestra solidaridad ante el prójimo necesitado y doliente.
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No podemos olvidar hoy a nuestros hermanos cristianos que en
distintas partes del mundo, principalmente en países de Medio Oriente,
de Asia y África, sufren hoy discriminación, persecución y martirio por el
sólo hecho de ser cristianos y por odio a la fe. En buena medida esto
ocurre ante el silencio de los medios de comunicación. En vinculación con
esto, procuremos hoy responder con generosidad a la colecta que en
favor de la Tierra Santa se realiza en todo el mundo.
III. La compasión de la Madre
“Junto a la cruz de Jesús, estaba su madre…” (Jn 19,25). Lo mismo
que en Caná, cuando Jesús realizó “el primero de los signos” (Jn 2,11)
aunque “aún no había llegado su hora” (Jn 2,4), aparece mencionada
María en su cercanía con su Hijo, cuando “había llegado la hora de pasar
de este mundo al Padre” (Jn 13,1).
Lo mismo que en Caná, es llamada “Mujer”: “Al ver a la madre y cerca
de ella al discípulo a quien Él amaba, Jesús le dijo: «Mujer, aquí tienes a tu
hijo». Luego dijo al discípulo: «Aquí tienes a tu madre». Y desde aquel
momento, el discípulo la recibió en su casa” (Jn 19,26-27).
Esta inusitada designación como “Mujer” aclara su sentido cuando
pensamos en María como la mujer por excelencia, la “nueva Eva”, “madre
de los vivientes” en la nueva humanidad que aparece gracias al sacrificio
redentor de su Hijo.
El discípulo amado fue el primero en recibirla. Imitémoslo nosotros.
Ella tiene un corazón capaz de comprender nuestras pruebas,
oscuridades y sufrimientos. Ella es Reina y Madre de misericordia, y sabe
en su experiencia de dolor, cuál es el precio de la misma. Desde el sí que
pronunció a la voluntad divina en la Anunciación, hasta la hora de la cruz,
se mantuvo en íntima sintonía de voluntad con su Hijo, bajo la guía del
Espíritu Santo, siempre obediente a lo que Dios le pidiera. Ella padeció en
su corazón lo que Cristo padeció en su cuerpo y en su alma. Ella nos
enseña a ser discípulos y misioneros de su Hijo.
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Queridos hermanos, que en este Viernes Santo, nuestra mente quede
ocupada en la contemplación de la pasión de nuestro verdadero Rey, que
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da sentido a la pasión de los hombres, bajo el ejemplo de la compasión y
la poderosa intercesión de nuestra Santísima Madre.
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 ANTONIO MARINO
Obispo de Mar del Plata
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