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III DOMINGO DE PASCUA Muy queridos hermanos y hermanas: Estamos celebrando este tiempo de Pascua, que es el que transcurre desde ese domingo de resurrección hasta la venida de Pentecostés, donde El Espíritu Santo iluminará, la mente de los discípulos para comprender todo lo que había ocurrido darle un sentido. Y este tiempo de Pascua que para nosotros es muy gozoso, porque El Espíritu Santo ya ha venido, no lo era tanto para los discípulos, no sabían lo que había pasado, y aparecen desconcertados, aparecen desorientados. San Juan nos ha relatado la tercera vez que Jesús se deja ver a los discípulos, y ocurre a 130 km de Jerusalén, habían vuelto ya a su tierra, habían vuelto a Galilea y no estaban todos, aparecen en el relato de hoy solo siete apóstoles, y se ponen a hacer lo que sabían hacer, desorientados se ponen a pescar otra vez, no eran capaces de asimilar, es lo que ocurría, no esperaban que Cristo muriera en la Cruz, lo habían visto ya dos veces, pero no sabían como interpretarlo, es por tanto un tiempo de dudas, de que todo parece que desaparece, de que las cosas no tienen consistencia, también eso nos puede pasar a nosotros, que muchas veces la vida parece que no tiene su sentido pleno, aparece la rutina, podemos tener dudas incluso de fe, de qué sentido tiene la existencia, que sentido tiene el trabajo, qué sentido tiene en el fondo vivir, y vemos que da El Señor se aparece aunque no le reconocen, El Señor se hace presente, nunca más ya después de Pentecostés, nunca más se volvería a aparecer. Necesitaba presentarse para que ellos vieran que no es un fantasma, que estaba vivo, que les pide de comer, que les muestra las heridas de la Cruz. Pero en ese momento no percibían, era tal el desconcierto, el dolor, la desorientación que no lo perciben, pero El Señor hace un gesto, un signo que si era conocido para Pedro, habían estado toda la noche sin pescar nada, como cuando Pedro conoció a Jesús que había estado la noche bregando sin pescar nada, y Jesús desde la orilla vuelve a decirle “hecha las redes”, como ocurrió tres o cuatro años antes cuando a Pedro le hizo pescador de hombres, echa las redes y en nombre del Señor una vez más, las redes se vuelven repleta de peces. La vida vuelva a ser fecunda, El Señor donde había un desierto donde había una desorientación vuelve a dar una fecundidad inmensa, a noche estéril, como El Señor da siempre una fecundidad inmensa también en los desiertos humanos, también a las soledades y a los sufrimientos, El da una enorme fecundidad. Y es San Juan el que reconoce al Señor, Juan que es un discípulo del todo particular, el discípulo más joven, el que más hablaba con Jesús, curiosamente Jesús no hacía confidencias a Pedro se las hacía Juan, fue el discípulo que no muere de muerte violenta, el discípulo amado del Señor que acoge a Mará y que es testigo de los primeros pasos de la Iglesia, el discípulo que tenía el corazón puro y los ojos limpios para ver al Señor. Queda la duda si muchas veces tenemos cataratas en los ojos, y el corazón acartonado, porque la vida nos zarandea y nos trae muchas preocupaciones, y a veces nosotros también nos metemos en vericuetos y en caminos que no nos hacen bien, y empezamos a llenar el corazón de cosas, muchas veces que estorban, o que nos hacen daño y empieza a aparecer esa especie de catarata espiritual, y no nos damos cuenta de que Jesús está presente también en la orilla, ante de nosotros y nos invita en su nombre a echar las redes. La reacción de Pedro en esta ocasión es justo a la contraria de la primera vez, la primera vez le dijo apártate de mí, soy un pecador, y esta vez Pedro siente la necesidad de acercarse a Jesús y de abrazarle. Se ha dado cuenta que le había traicionado, le había negado pero sabía que recibiría del Señor ese abrazo y ese perdón, sabía que abrazarle a Él es lo que da sentido a toda la existencia, que en Él encuentra el perdón de los pecados, la comprensión a sus debilidades, el fundamento de su vida, más allá de su debilidad y de su pecado Jesús es luz y fundamento. Y eso es también lo que nos quiere decir hoy El Señor a nosotros, más allá de nuestras traiciones, de nuestras limitaciones, de nuestras renuncias, de nuestras caídas Él aparece para darnos el abrazo, para consolarnos, para llenar de esperanza y de sentido nuestra existencia, y nos pide que llevemos a sus pies lo poco que hemos pescado, pero El Señor le dará una fecundidad insospechada, como aquella vez que cerquita de este lugar se reunió con 5000 hombres mujeres y niños, no tenían que comer y fue un niño el que puso dos pececillos y cinco panes, y El Señor hizo que con dos peces y cinco panes todos quedarán saciados y sobró. Pues también a nosotros El Señor nos pide que arrastremos nuestra red igual llevamos dos pececillos, algún mendrugo de pan, pero El Señor lo acepta y lo acoge porque Él tiene ya preparada la comida en la orilla, y Él acepta lo que llevamos pero ese Él el alimento, es como en la Eucaristía aportamos al altar un poquito de pan, un poco de vino y Él prepara la Eucaristía, su cuerpo y su sangre es el que acepta con cariño y agradecimiento lo poco que podemos llevar pero nos ofrece la totalidad del don, nos ofrece la totalidad de su vida, un cuerpo que se entrega sin límites, para ser nuestro alimento, una sangre que se derrama para ser fuente de eternidad, fuente de perdón, para ser vida plena para nosotros. Llegará el día de Pentecostés la efusión del Espíritu Santo cuando los apóstoles todo lo comprendan porque todo les será revelado por el Don del Espíritu. Pues también hoy pidamos nosotros al Señor, a veces cuando nuestra vida puede estar zarandeada por el mar de la existencia, o podemos venirnos abajo por tantas dificultades El Señor nos aguarda en nuestra orilla, nos aguarda para hacer nuestra vida fecunda, para que ofrezcamos esas poquitas cosas que tenemos y Él nos ofrezca el todo, el infinito, y eso nos llena de alegría, nos llena de paz y también limpia nuestro corazón, nuestros ojos para verle presente en la vida, incluso en aquellas circunstancias que no tienen para nosotros sentido, Él le dará un sentido nuevo que es un sentido de amor, de misericordia y de eternidad. Pedimos a la Virgen María que se alegra en la resurrección del Señor, que nos enseñe a nosotros a coger este don del Señor, Ella que miraba a su hijo de un modo tan particular por ser su madre, también le pedimos para nosotros que nos enseñe a mirar, que nos enseñe a reconocerle y que acojamos en nuestra vida los dones inmensos que Él nos quiere regalar en este tiempo de Pascua. Que así sea. + Mario Iceta Gabicagogeascoa Obispo de Bilbao