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FIESTA DEL TRÁNSITO DE SAN BENITO
Homilía del P. Abad Josep M. Soler
21 de marzo de 2014
Gén 12, 1-4; Fil 4, 4-9; Jn 17, 20-26
Hoy, hermanos y hermanas, los monjes celebramos la pascua de San Benito, es decir,
su paso de este mundo al Padre a través de la muerte. Es una fiesta que nos llena de
alegría y de esperanza. Y que nos complace celebrar junto con los sacerdotes de las
parroquias vecinas que nos acompañan, con los escolanes y con todos los que estáis
en la basílica.
Nos llena de alegría, esta fiesta, porque vemos como la existencia terrena de nuestro
Padre en la vida monástica llega a su término llena de frutos de santidad y de
irradiación del Evangelio. Y porque vemos, también, que el hombre de Dios Benito es
acogido en el Reino de Cristo, después de haber participado de sus sufrimientos por la
paciencia en la fidelidad de cada día (cf. RB Prólogo, 50). Además de infundirnos
alegría, esta fiesta nos llena de esperanza porque sabemos que si seguimos con
fidelidad perseverante el camino que ha seguido san Benito, también nosotros
podremos gozar como él de la gloria de Jesucristo con María y todos los santos.
Esta alegría y esta esperanza nos llevan a hacer muy nuestra la petición que la liturgia
hace en esta fiesta. Efectivamente, la oración que hemos hecho antes de escuchar la
Palabra de Dios, recordaba el tránsito de San Benito y nos llevaba a pedir "que
logremos los cimas de la caridad y de la gloria" (cf. oración colecta de la fiesta). Es
decir, que llegamos a la plenitud del amor evangélico y a participar de la gloria de
Cristo, tal como se ha realizado ya en San Benito.
La liturgia lo pide, y nosotros hemos respondido con un "amén" que expresaba nuestra
adhesión a la petición. De todos modos, para que la petición sea sincera y pueda ser
escuchada por Dios, tenemos que desear de todo corazón alcanzar "las cimas de la
caridad y de la gloria”. Podemos pensar, sin embargo, que esta petición es algo que
nos queda muy lejos de nuestro día a día. Sin embargo, si tratamos de penetrar un
poco más el sentido de estas expresiones, nos daremos cuenta que pedimos llegar a
la plenitud del amor evangélico y de participar de la gloria de Cristo; que son dos
aspectos fundamentales de la plenitud de la existencia humana; el corazón humano
los desea a veces sin saber ponerles nombre. Fijémonos en ello, todavía, un poco
más. La petición está vinculada al deseo de felicidad y de superación de la muerte que
todos llevamos dentro. Quien no "desea ver días felices" y llegar a la vida verdadera y
perpetua"? (RB Prólogo 15). En otras palabras, pues, podemos decir que, en la
oración colecta de hoy, pedimos llegar a ser plenamente queridos y amar con
totalidad, además de superar las limitaciones de esta vida y de la misma muerte. En
esta fiesta, por lo tanto, pedimos que el deseo de nuestro corazón de ser plenamente
felices y vivir siempre se haga realidad. Es fácil, pues, desearlo. Y, si lo deseamos,
podemos pedir que Dios nos lo conceda. Hoy, precisamente, contemplamos cómo
todo esto se ha realizado ya en san Benito, cómo llegó a amar en plenitud, cómo ha
sido glorificado y cómo ha encontrado en Dios la alegría y la vida plena, y esto
despierta en nosotros el deseo de poderlo disfrutar.
Para disfrutar de ello, tal como he dicho, debemos desearlo con la mayor intensidad
posible; si no lo deseamos difícilmente daremos pasos para obtenerlo. Y, además de
desearlo, debemos pedirlo, también, sinceramente en la oración, porque avanzar por
el camino del amor perfecto y disfrutar de la felicidad eterna es un don de Dios. Pero,
también debemos trabajar con la ayuda de la gracia; si no lo trabajamos tampoco lo
obtendremos. Debemos trabajar espiritualmente para llegar tanto como nos sea
posible a la plenitud del amor evangélico y así poder participar de la gloria de Cristo.
San Benito, en su Regla, nos enseña cómo debemos hacer este trabajo que conduce
a la plenitud.
Fundamentalmente, nos dice que hay que poner en práctica la Palabra de Dios y, por
tanto, seguir el camino de la humildad, que es lo que lleva al amor perfecto y a ser
imagen de Jesucristo. Cuando la humildad llegue al fondo del corazón, entonces, dice
san Benito, "llegará enseguida a aquel amor de Dios que, por ser perfecto, echa fuera
el temor" (RB 7, 67). Y dice aún en otro lugar que, si hacemos este trabajo
constantemente, " el Señor nos recompensará con el premio que él mismo prometió"
(RB 4, 75-76), que no es otro que "compartir su Reino" (RB Prólogo 50). En el fondo
se trata de crecer en la humildad y de poner en práctica la Palabra de Dios para
agradarle por encima de nuestros deseos personales. Esto incluye guardarse del mal,
hacer el bien a los demás, amar la verdad, y buscar la paz (cf. RB Prólogo 17). Así
podremos encontrar la felicidad, así podremos llegar a la plenitud de nuestra persona,
porque habremos reproducido en nosotros la imagen de Cristo. Esto no es sólo una
realidad que nos será dada en el futuro, sino algo que ya podemos empezar a
experimentar ahora. La certeza de que Dios vela sobre nosotros y nos mira con amor
a pesar de nuestro pecado y nuestras limitaciones, nos ayuda a vivir ya ahora con
esperanza y con alegría, con espíritu de conversión para ser más fieles al querer del
Padre, con voluntad de servir a los otros por Jesucristo, a cuyo amor no queremos
anteponer nada porque sabemos que él no ha antepuesto nada a su amor por
nosotros (cf. RB 4, 7). Contemplando lo que Jesucristo ha hecho a favor nuestro, hasta
dar la vida en la cruz, comprendemos el alcance ilimitado de su amor por cada ser
humano.
Según el testimonio que nos ha llegado, Benito murió -vivió su tránsito, pues- de pie en
el oratorio del monasterio, sostenido por los brazos de los hermanos dada su debilidad
física y fortalecido con la recepción del Cuerpo y la Sangre de Cristo (cf. Gregorio
Magno, Diálogos II, 37, n. 2). También nosotros, al término de la oración eucarística,
seremos invitados a recibir el Cuerpo y la Sangre del Señor para que nos fortalezca
espiritualmente y nos ayude a trabajarnos por dentro para poder alcanzar "las cimas
de la caridad y de la gloria”. Es un proceso que dura toda la vida, y si se vive con
sinceridad de corazón, a pesar de las dificultades que no faltan, el Espíritu Santo
empapa el corazón de una alegría serena y de una paz estable.