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Teatro y prácticas escénicas [Volumen I: El Quinientos valenciano] • Teatro y prácticas escénicas o [Volumen I: El Quinientos valenciano] I. Prolegomena I.1. Hipótesis sobre la génesis de la comedia barroca y la historia teatral del XVI I.2. Panorama crítico de los estudios sobre la historia del teatro valenciano (Siglos XIII al XVII) I.3. La Valencia virreinal del Quinientos: una cultura señorial II. El teatro religioso y los orígenes de la práctica populista II.1. La problemática del teatro religioso II.2. El teatro medieval valenciano II.3. Jaime Ferruz en la tradición del teatro religioso II.4. El teatro religioso de Joan Timoneda III. La práctica escénica cortesana III.1. La teatralidad pastoril III.2. La tradición pastoril y la práctica escénica cortesana en Valencia (I): el universo de la égloga III.3. Notas en torno a la Farça a manera de tragedia III.4. La tradición pastoril y la práctica escénica cortesana en Valencia (II): coloquios y señores III.5. El teatro en la Corte de los Duques de Calabria IV. La influencia italiana. Las practicas escénicas erudita y populista IV.1. La comedia Thebayda y la Seraphina IV.2. La comedia de Sepúlveda y los intentos de comedia erudita IV.3 La práctica escénica populista en Valencia I. Prolegomena -9I.1. Hipótesis sobre la génesis de la comedia barroca y la historia teatral del XVI Juan Oleza Con la colaboración de: J. L. Sirera, M. Diago, J. L. Canet, J. J. Sánchez Escobar 1. La génesis de la comedia barroca, y, en general, todo el teatro del siglo XVI, han sido enfocados tradicionalmente o bien a partir de los restos literarios conservados y como una historia de autores, o bien a partir de la historia externa, meritoria y penosamente acumulada desde el descubrimiento y el estudio de la abundante documentación sobre el hecho teatral. En todo caso no han sido frecuentes los esfuerzos de síntesis entre ambas perspectivas, a pesar de que en los últimos años se han venido produciendo aportaciones importantes (Wardropper, Varey, Shergold, Arróniz, Froldi, Surtz, Rozas...). Nos situamos ante el siglo XVI con la conciencia de que vamos a operar sobre un campo de datos dispersos: noticias, restos de tradiciones textuales, autores diseminados desde Roma a Lisboa, desde Valencia a Sevilla, desde Valladolid a Madrid, y nos situamos con la decisión epistemológica de que una explicación razonable de nuestra historia teatral sólo es posible a partir de la totalización del hecho teatral como tal en su especificidad de espectáculo no siempre literario, tal como se concreta en el concepto de práctica escénica. En el interior de este concepto se aglutinan los datos de público, organización social, circuitos de representación, composición de compañías, técnicas escénicas, escenarios, etc... y en el interior de este concepto el texto es un componente más, fundamental si se quiere, sobre todo si consideramos que es una de nuestras fuentes privilegiadas de información, pero no el elemento determinante de nuestras hipótesis históricas. En última instancia nuestra mirada debe hacerse más «teatral». 2. La práctica escénica es una práctica social compleja y, como tal, nace de condicionamientos y espacios ideológicos y produce efectos ideológicos, y en su despliegue integra y orienta toda una serie heterogénea de actos sociales (textos, representaciones, -10- hechos legislativos, compañías, público, preceptivas...) que, si bien generan ideología específica por sí mismos, se integran en un gesto ideológico global, el de la práctica como tal, resultante de las relaciones de fuerza entre estos actos. Puede ocurrir, y de hecho ocurre a menudo, que en el interior de la práctica escénica las orientaciones ideológicas de actos diversos sean contradictorias. Es el caso, por ejemplo, de la puesta en escena populista de Lope de Rueda cuando es llevada a los salones privados de la aristocracia. En el interior de una práctica escénica se producen contradicciones que se resuelven por relaciones de fuerza. 3. Desde estos supuestos epistemológicos, la génesis de la comedia barroca se nos aparece como un proceso complejo, de lucha dialéctica entre prácticas sociales y escénicas diversas -en el interior de la práctica escénica hispánica-, algunas de ellas antagónicas, que encontrará su síntesis precisamente en las primeras formulaciones de la comedia barroca, y que sólo a partir de ese momento, una vez canonizada por el bloque dominante la forma-síntesis, desplegará, a la busca de una total coherencia y madurez, sus ideas-eje y sus formas teatrales más características. 4. En el origen de la comedia barroca, lo que encontramos es la lucha por la hegemonía de tres prácticas divergentes, cuyas tradiciones se hunden en los momentos finales de la Edad Media: A) Una práctica de indudable carácter populista, originada en los espectáculos juglarescos y, sobre todo, en la tradición del teatro religioso del siglo XV y de la primera mitad del XVI, pero que se irá independizando de la Iglesia a medida que ésta, obligada por la presión de un público popular que transforma de día en día el espectáculo religioso en espectáculo profano, saque el teatro de las iglesias1. Esta práctica escénica llegará a definir sus formas propias -textos, compañías, técnicas de puesta en escena, tipos de actores, públicos y escenarios- a través de la formación de las primeras compañías de actores-autores profesionales y de la adaptación de los modelos teatrales italianos que lleguen a la Península. -11B) Antagónica con ella, la práctica cortesana de un teatro privado y de fasto ceremonial, cuyos orígenes hay que buscar también en la Edad Media, y que se desarrolla nítidamente a lo largo del siglo XVI. En el último cuarto del siglo esta práctica se verá obligada, por profundas exigencias sociales, a replantearse como teatro público y a salir de los palacios a la calle. C) Frente a estas dos prácticas antagónicas, e incidiendo lateralmente en la pugna por la hegemonía, una tercera práctica de marcadas raíces literarias: la actividad teatral de los círculos eruditos, cuyos orígenes descansan -probablemente, en su mayor parte, como lecturas- en algunas comedias elegíacas y humanísticas, aunque no alcanzará su dimensión plena de práctica escénica hasta la segunda mitad del XVI (pues las traducciones de obras griegas y latinas, las versiones de otras italianas, o las representaciones en latín y en castellano de la primera mitad, constituyen antecedentes solamente, elementos para una cristalización que aún no se ha producido), intentará, en el último cuarto de siglo, y muy especialmente entre 1575 y 1590, aproximadamente, ganar también la batalla de la hegemonía pública desde las concepciones de un teatro «ilustrado» y clasicista. 5. Y este entrecruzamiento es, a nuestro modo de ver, lo importante del asunto. No se trata de que los textos teatrales populistas de los actores-autores posean ideas progresistas y revolucionarias, ni de que los textos cortesanos sean reaccionariofeudales. Ideas revolucionarias las hay en autores esencialmente cortesanos -pensemos en Tinelaria, Soldadesca o la celestinesca Himenea de Torres Naharro-, e ideas reaccionarias se dan en los textos más populistas -Timoneda sería un buen ejemplo-. Se trata de que la pugna entre prácticas teatrales divergentes tiene un sentido ideológico concreto en la situación social específica del siglo XVI. Se trata de que la práctica teatral de los italianistas -con sus actores-autores, sus textos-guión no literarios, su público municipal, sus escenarios abiertos, etc.- imponía un modelo teatral de entretenimiento y diversión públicas, que escapaba al ejercicio de la hegemonía feudal, abierto por tanto a la expresión de formas de la sensibilidad y de la cultura populares, y directamente impregnable por sus intereses ideológicos y sociales. Se trata de que la práctica teatral cortesana -con su público selecto, sus actores «amateurs», su empleo sólo circunstancial de profesionales, su despilfarro de medios, sus ámbitos de patios y salones cerrados, sus espectáculos de autocelebración, etc.- era capaz de expresar -12plenamente las formas culturales dominantes y los intereses ideológicos de la aristocracia feudal, pero resultaba totalmente incapaz como instrumento de hegemonía social, dado su escaso y ocasional poder de impacto sobre las capas populares, que constituían a fin de cuentas la masa social a persuadir. Se trata de que, a mediados de siglo, las clases dominantes necesitan un instrumento ideológico de gran alcance público y no disponen de él; se trata de que las clases dominadas, a lo largo del siglo, experimentan una progresiva necesidad de espectáculos públicos -paralela a su creciente demanda cultural-, que satisfacen en los espectáculos de las incipientes compañías profesionales y en las grandes celebraciones municipales, pero que no son capaces de organizarlos, sostenerlos ni financiarlos regularmente. Se trata también de que los círculos intelectuales humanistas, en plena decadencia del humanismo, descubren la necesidad de constituirse en dirigentes sociales e incidir ideológicamente -ya que han sido arrojados del aparato del estado absoluto, que tanto colaboraron a modelar- en la población. Y se trata, finalmente, de que en esta encrucijada de necesidades y carencias se entrecruzan tradiciones teatrales de distinto signo, cuyas prácticas adquieren sentidos ideológicos divergentes. 6. Este entrecruzamiento de fuerzas constituye la dialéctica teatral de la que va a salir una nueva práctica teatral, la comedia barroca, que sintetizará las formas artísticas de la tradición cortesana, la disciplina intelectual del teatro clasicista y la vocación populista del teatro italianizante, sometiendo la práctica teatral a una sólida organización, progresivamente controlada, y con una función clave de aparato ideológico, al servicio de los intereses de la clase dominante (la aristocracia feudal), de su Estado (la Monarquía Absoluta) y de su aparato ideológico fundamental (la Iglesia). 7. Esta síntesis, sin embargo, no se logra de una sola vez. Su primera cristalización se da en la escuela valenciana, con un peso específico muy importante, todavía, de la tradición cortesana. La segunda cristalización será, indudablemente, la de Lope, que le incorporará toda su vocación populista. El tercer momento de síntesis es ya la división del trabajo ideológico entre el teatro de autorrecreo cortesano y el de impacto popular: la época de Calderón, en suma. Esta síntesis no se dará, tampoco, sin incongruencias ni contradicciones: el primer Guillén de Castro, la dramaturgia de Aguilar -13- o el primer Lope de Vega contienen dosis considerables de heterodoxia e irreverencia. Por último, esta síntesis no se hizo sin concesiones: el espíritu de la tragedia clasicista impregna durante mucho tiempo (a través de temas como el del tiranicidio o el de la corrupción del poder, o de la misma forma trágica que se mantiene hasta bien entrado el siglo XVII) la nueva comedia; el populismo conduce en muchas ocasiones a la comedia de enredo a situaciones y soluciones poco asumibles por la ortodoxia contrarreformista (de ahí los ataques contra la moralidad del teatro), y hasta la comedia de propaganda ideológica se ve obligada a recoger -aunque mediatizada y deformadoramente- alguna de las contradicciones más agudas del siglo XVII, como el antagonismo entre señores feudales y campesinos independientes, tal y como ha mostrado la investigación de Noel Salomon (1965). 8. De las tres prácticas en pugna deseamos incidir especialmente, en estas hipótesis, en la práctica cortesana del siglo XVI, por haber sido la menos considerada (aun cuando ya Crawford, en 1922, dedicó el capítulo IV de su Spanish Drama before Lope de Vega a los «Festival and Pastoral Plays» y una investigación autónoma al Spanish Pastoral Drama. Sin embargo, su propia minusvaloración del fenómeno es patente)2, y porque esa falta de consideración ha llevado a una comprensión demasiado optimista -y a nuestro modo de ver, deformadora- de la génesis de la comedia barroca, que habría surgido casi espontáneamente desde abajo, esto es, desde las representaciones populares religiosas y las de las compañías italianas y de sus adaptadores españoles (Lope de Rueda, Alonso de la Vega, Timoneda...), hasta captar el interés y la afición de las clases dirigentes y de la alta cultura, que se sumarían al proceso intentando controlarlo y readaptarlo, por medio de la acción de Estado, a sus propios intereses y gustos artísticos. Pensamos que, muy al contrario, la tradición teatral cortesana, desplegándose a lo largo del siglo XVI, se verá obligada a salir a la calle en el último cuarto del siglo para ganar la batalla de la hegemonía del teatro público, y que esa salida de los palacios determinará en una dosis decisiva el carácter de las primeras formulaciones -14- de la comedia barroca: las de Tárrega y su escuela y las del propio Lope. 9. Esta práctica escénica arranca de las celebraciones cortesanas y de los fastos de finales del XV (aunque sus orígenes son mucho más antiguos y se encuentran noticias abundantes en las crónicas catalanas y castellanas, así como en la literatura creativa, caso de la novela sentimental o de la de caballerías, que a menudo los reflejan). Su teatralidad se configuraba por la integración de los rituales de la vida cortesana, representados a la vez que vividos: el banquete y la lucha (el torneo), la danza y la autoexhibición (desfiles y procesiones), y si cada uno de estos rituales poseía una espectacularidad específica, entre todos definían una fiesta global de inequívoco carácter teatral. En el fasto, el texto literario suele jugar un papel secundario, de mero apoyo, y a veces se convierte incluso en material escénico (reparto de poemas entre comensales, etc.), o es simplemente el prólogo a una representación sin palabras (oberturas de danza, desafíos de torneos, etc.). 10. Sin embargo, es posible distinguir ciertos tipos de celebraciones en los que el texto deja de ser un elemento secundario y pasa a ocupar un primer plano del espectáculo. Ciertos desafíos de torneos y, sobre todo, ciertos momos, despliegan ya una verbalidad dramática. De hecho, los primeros textos-representaciones del teatro español profano conservados son las dos series de momos de Gómez Manrique. Pero como ha estudiado Shergold (1967) es sobre todo la corte portuguesa, hasta donde hoy sabemos, el lugar en que va a generarse toda una tradición de fasto cortesano con dimensiones literarias. Y de esta tradición nacerá un autor especialista, Gil Vicente, cuya primera pieza es precisamente un juego de momos, el Monólogo del Vaquero. Lo específico de las elaboraciones de Gil Vicente es la integración orgánica de teatralidad cortesana y texto dramático, de fasto y literatura (Fragoa de amor, Nao d’amores, Templo de Apolo... con su escenografía móvil de rocas, sus momos y máscaras, sus desfiles de personajes, su mezcla de las circunstancias de la ficción y de la representación...). Es la mejor prueba, pensamos, de la posibilidad de engendrar el drama desde la teatralidad de la fiesta en ámbitos no eclesiásticos. 11. Al margen de esta primera síntesis de Gil Vicente, los fastos cortesanos, en general, incorporaron en su teatralidad los temas de la literatura cortesana: amor cortés y caballerías, luchas -15- de moros y cristianos, disertaciones didácticas y alegóricas. Como escribe Shergold (1967), los fastos visualizan el simbolismo de la poesía cortesana. Pero no sólo se da esta convergencia, sino también la inversa: son muchos los textos cancioneriles que tienen una estructura paradigmática, de diálogo o debate, con un cierto avance en la acción. Pocos textos tan expresivos de ello como El Cortesano, de Luis Milán, obra en la que la vida en la corte valenciana de D.ª Germana de Foix está concebida toda ella como una representación, a la cual cada cortesano acude a exhibir su papel, «su personaje», papel que de continuo se recuerdan los unos a los otros. Las fiestas, ingrediente determinante de la vida cortesana, no hacen sino escenificar magnificando- sus rituales (la comida y la danza, la batalla y el juego, el desfile y el torneo, los galanteos y los regalos) y se convierten así en monumentos teatrales que la casta cortesana erige a sus propios modos de vida. En este sentido es notable observar cómo los fastos suelen desconocer los elementos cómico-realistas que, sin embargo, abundan tanto en los dramas desde Juan del Encina. 12. Escenográficamente, los fastos son de una enorme complejidad. Esta complejidad viene dada, en primer lugar, por la necesidad de integrar espectáculos heterogéneos en una totalidad (las procesiones preceden a los banquetes o se mezclan con las mascaradas, que a su vez pueden revestir forma de baile, los bailes preceden o siguen a los torneos, los momos pueden introducir torneos o danzas... El libro «Les festes d’Anglaterra», del Tirant lo Blanc, es un espléndido homenaje a esta concepción de la fiesta total cortesana). Pero en segundo lugar, el fasto traduce el gusto cortesano por la materialidad misma del lujo, y en ello nada tiene que envidiar a los grandes espectáculos religiosos, con los que comparte buena parte de su suntuoso aparato escenográfico: castillos y barcas móviles, gigantescas ruedas de la Fortuna -a veces articuladas entre sí- que trasiegan doncellas cantantes, agarradas Dios sabe cómo, máquinas que suben y bajan de los cielos a los infiernos todo tipo de personajes, leones y águilas mecánicos, terroríficos dragones que vomitan llamaradas, nubes que se abren como granadas, torres, ciudades amuralladas, arcos triunfales... toda una geografía fabulosa viene a soportarse sobre las rocas, que la movilizan y exhiben. 13. Los fastos cortesanos continuaron celebrándose a lo largo de todo el siglo XVI, aun cuando ya estaba consolidado el drama cortesano. A falta de un estudio más profundo de la documentación, -16parece que las características del fasto continuaron sin grandes modificaciones, aunque algunos elementos de interés, para nosotros, vienen a añadirse. La combinación del fasto y del auto del Corpus, al margen de su influencia en la génesis del auto sacramental, supone la inclusión de espectáculos autónomos montados sobre textos dramáticos en el marco del fasto. En efecto, al XVI le será difícil, sobre todo en su segunda mitad, organizar grandes fiestas sin incrustar en ellas representaciones de textos dramáticos, llámense autos, farsas, representaciones o comedias (las fiestas de Toledo en 1555, o las de Valencia en 1599, por poner dos polos cronológicos, son buena prueba de ello). Otro elemento nuevo, a nivel temático, y junto a la continuidad de los temas tradicionales (mitológicos, didáctico-alegóricos y caballerescos), es la introducción de temas histórico-legendarios en los fastos, «huyendo de las fábulas y alegorías que en otros recebimientos se han usado», como se dice de las celebraciones que se hicieron en Burgos, en 1570, a la llegada de D.ª Ana de Austria, y cuyas figuras, bajo los arcos triunfales, incluían «invenciones» sobre la fundación de Burgos, los siete infantes de Lara, el Cid, Fernán Conzález, o los reyes Alfonso VI y Alfonso VIII. Es así como los temas histórico-legendarios, tan caros a la comedia barroca, aparecen ya, diez años antes, como mínimo, de las primeras comedias barrocas, incorporados por los fastos cortesanos. 14. Los fastos cortesanos debieron influir considerablemente en los poetas de la futura comedia, pues al margen de todos los elementos del fasto que se transmiten a las comedias, disponemos de indicios tan reveladores como el siguiente. En Valencia, en 1586, con motivo de la llegada a la ciudad de Felipe II, se celebran fiestas que incluyen, entre otras, representaciones de la toma del Peñón de Vélez, de las batallas de Lepanto y San Quintín, del sitio y defensa de Malta... Tárrega tuvo que ver, necesariamente, estas representaciones. En 1586 él tenía escritas ya algunas de sus primeras comedias, pero será en las posteriores cuando aparecerán, masivamente, las grandes batallas y los cercos de las ciudades: El Cerco de Rodas, El Cerca de Pavia y prisión del Rey de Francia, La sangre leal de los montañeses de Navarra3. 15. Si en el fasto cortesano el texto dramático no es, en un principio, más que un elemento de apoyo, y sólo bastante después -17- pasará a ser un componente tan específico que llegará a estructurar en torno a sí todo un espectáculo autónomo -aunque este proceso lo conocemos mal en sus fases y en su evolución territorial-, lo más razonable es pensar que la última fase lógica (que no cronológica) se corresponde con la independización del texto-espectáculo del conjunto de la fiesta. Ello no quiere decir, sin embargo, que debamos distinguir tres etapas bien diferenciadas cronológicamente: a principios del XVI algunas representaciones de Juan del Encina (Plácida y Victoriano y Los tres pastores, sobre todo) bien pudieron ser independientes de cualquier marco festivo, mientras que, por el contrario, a lo largo de todo el XVII, muchas comedias, de Lope a Calderón, se incrustarán, con toda naturalidad, en grandes fiestas cortesanas. Con todo, debió ser antes de 1550 cuando el texto-espectáculo empezó a dejar de necesitar el marco del fasto para justificarse. Es el momento en que el drama adquiere, por sí mismo, la categoría de fiesta, y puede prescindir de circunstancias solemnes o de espectáculos paralelos que lo abriguen. 16. Los primeros textos-espectáculos, de carácter cortesano, se originan en el interior de circunstancias muy ligadas al fasto (dramas de circunstancias políticas, conmemorativos y dramas-fasto) o muy ligadas a las festividades religiosas (primeras églogas pastoriles), pero pronto se producirá una ósmosis de ambas corrientes: las églogas pastoriles girarán hacia los temas profanos y las circunstancias de fasto (bodas, sobre todo), mientras los dramas de circunstancias políticas se impregnarán de elementos pastoriles y costumbristas. En todo caso, ambas corrientes crean una tradición de dramas cortesanos que llena toda la primera mitad del siglo. Hay que suponer, dada su naturaleza de piezas para un consumo inmediato y concreto, tras el cual pierden su función, así como la autoría, en muchos casos, de poetas provisionales que no publicarán nunca sus obras, que los textos conservados no son más que ejemplos aislados de esta tradición: probablemente los mejores, es cierto, o al menos los escritos por los mejores poetas, pero no por ello los únicos. 17. Las primeras églogas pastoriles representadas en ámbitos cortesanos debieron llegar a éstos desde una evolución considerable del Quem quaeritis navideño, forzada con toda seguridad por un público popular, en el interior de las iglesias, ávido de diversión y de apropiarse los espectáculos religiosos. Así parece sugerirlo ese eslabón suelto de representación pastoril-navideña que testimonia la Vita Christi de Iñigo de Mendoza. Esa presión del público debió -18- extender y ampliar, progresivamente, los motivos cómicos y costumbristas de las viejas piezas litúrgicas. Y en ese estado recogió la tradición Juan del Encina, la asumió y la transformó, desarrollando los elementos profanos y adaptándola al marco cortesano. Pero, al mismo tiempo, lo pastoril no se agotaba en la comicidad rústica y en la devoción popular. Lo pastoril conlleva el eco de una tradición culta, la de las églogas virgilianas, de donde el poeta salmantino tomó el título genérico para sus piezas y a las que parafraseó libremente en sus Eglogas trobadas. Y esta doble fuente, popular y culta, determina, a lo largo de toda la tradición pastoril del Renacimiento, una pugna entre dos modelos, el cómicocostumbrista de rústicos pastores y pastoras y el platónico de amores idealizados entre sofisticadas damas y galanes disfrazados bajo su pellico. Ni Cervantes pudo librarse de esa dicotomía. Sin embargo, no eran modelos incompatibles. Al menos, no lo eran desde el punto de vista ideológico: el pastor rústico, trasladado a palacio, es un motivo de hilaridad cortesana (Salomon lo ha estudiado minuciosamente), aparte de que su misma ignorancia catapulta la posibilidad del adoctrinamiento, erótico o teológico según los casos. Ello explica el que el modelo sublimado se dé escasas veces, en el teatro español, de forma pura, y que tienda a integrar, ya desde Juan del Encina, elementos del modelo costumbrista (una prueba palpable es la comparación de Los tres pastores de Encina con la Egloga II de Tebaldeo, que le sirvió de fuente)4. 18. La égloga pastoril de amores idealizados es, fundamentalmente, teatro de la palabra (al contrario que las del modelo costumbrista puro), y de la palabra poética. Es más literatura que espectáculo, y acoge en su seno los temas serios de la cultura cortesana, que se daban por igual en la lírica: el debate campo-ciudad, el ovidiano tema del poder absoluto del amor, las disputas sobre las virtudes y defectos de las mujeres, la disertación sobre los males del amor... Las situaciones dramáticas del Juan del Encina más cortesano van a generar toda una larga tradición que se perpetuará, casi inalterable, a lo largo de medio siglo y a través de una treintena larga de textos conservados y frecuentemente reeditados más allá de 1550. La evolución del género irá enriqueciendo los esquemas iniciales con nuevos motivos, pero sin alterarlos como esquemas. -1919. Con la Egloga de tres pastores Encina escribe la primera tragedia profana del teatro español, pero con Plácida y Victoriano escribe indudablemente la primera comedia. Ya desde la misma calificación de la obra («Y assí acaba esta comedia» dice Gil Cestero en el prólogo), que alterna con la calificación tradicional de «égloga». Pero ya, también, desde el prólogo (el primero posiblemente, aunque también cabe dentro de lo posible que fuera posterior a alguno de los «introitos» de Torres Naharro), recitado por un pastor risible, con su saludo al público, su exposición de la trama y su petición de silencio. Y también, ya, desde su estructuración compleja, marcada por los dos entremeses internos, o desde su simbiosis de elementos heterogéneos (el mitológico, el pastoril en su doble dimensión, el urbano celestinesco), o desde su especificación de la acción exterior (mucho mayor que en Cristino y Febea o en Tres pastores), o desde su reconversión semántica, contra todo lo esperable, de lo trágico en cómico por la intervención de un tercero (Venus en este caso), o, por último, desde su fusión de lírica y teatralidad. La evolución del género enriquecerá este primer esquema de comedia por medio de mecanismos diversos. El primero de ellos, la ampliación de las situaciones cómicas (bodas, dotes, genealogías, ignorancia e interpretación grotesca por parte de los rústicos de los males de amor, pretensiones eróticas de frailes y monjes lujuriosos...), pero después, también, la incorporación de personajes específicamente cómicos procedentes bien de La Celestina (los criados de ésta degeneraron, a menudo, en meros bufones), bien del teatro religioso (el portugués enamorado, el fanfarrón cobarde, la gitana adivinadora...). La influencia italiana se manifiesta no sólo por la adopción de determinados esquemas temáticos (la «cuestión de amor», por ejemplo), sino también por la adopción de mecanismos de «clave» (Egloga de Torino), por las ocasionales utilizaciones de versos italianos (la Metamorfosea incluye un soneto entre sus quintillas) y, sobre todo, por la adopción del enredo (parece un fenómeno tardío), que multiplica parejas, organiza su falta de correspondencias amorosas y, finalmente, resuelve con un golpe de efecto que deja satisfechos a todos con una boda múltiple (un buen ejemplo es la Comedia Metamorfosea, de Joaquín Romero de Cepeda, impresa en 1582, pero probablemente muy anterior). En algún caso aparece también el criado gestor de soluciones para las difíciles situaciones en que se ve metido su amo (Farsa de Alonso de Salaya). La Égloga o Comedia pastoral, en bastantes casos, y en la medida en que acentuó su complejidad, tendió a estructurarse, externamente, asumiendo el «introito» a lo -20- Torres Naharro (Farsa Ardamisa, Farsa Cornelia, Comedia Florisea, Farsa del matrimonio...) y la división en actos: probablemente sea la Comedia Florisea, de Francisco de Avendaño, impresa en 1551 y 1553, la primera obra que divida en tres actos, como es generalmente aceptado, y lo mismo hace la ya citada Metamorfosea. 20. Las églogas de Juan del Encina son obras de encargo para una celebración concreta, bien religiosa o bien profana, y se elaboran en función de esta circunstancia. Sólo en las últimas églogas parece el tema adquirir una relación más genérica con las circunstancias, aunque es preciso reconocer que es muy poco lo que sabemos de éstas en lo que respecta a Tres pastores y a Cristino y Febea. Lo cierto es que a esa naturaleza de obras de encargo para una ocasión concreta hay que añadir un público perfectamente definido y una relación autor-actor-espectador que reproduce, sobre el escenario y en la ficción, la misma relación tal como se produce en la realidad cotidiana de autor, actor y espectador. No es de extrañar, por tanto, que los lazos extraescénicos que mantienen penetren, tan a menudo, en las representaciones y en los textos (un caso sintomático es el de Fernández de Heredia, que cambia el introito de La visita cuando representa por segunda vez la obra ante el duque de Calabria, que no la había visto, pues la obra fue escrita para D.ª Germana y su anterior marido, el marqués de Brandenburgo: aunque la obra no es pastoril, el caso es típico, a nuevos cónyuges nuevos textos). El texto no se concibe, por tanto, independientemente de las circunstancias de representación, ni el autor del papel que le corresponde en la sociedad que le escucha, ni el escenario de la sala, ni el teatro de la vida cotidiana. El teatro viene a ser, en definitiva, una manifestación más de la cotidianeidad cortesana y de la teatralidad que le es inmanente. Y la evolución del género no modificó este carácter: muchas comedias pastoriles, como insistió Crawford (1921), están escritas y fueron representadas para celebrar compromisos y ceremonias nupciales. Su escenificación cortesana está asegurada, por otra parte, en los casos de la Egloga de Torino y de la Egloga de Breno: en ambos casos los protagonistas coinciden en la realidad y en la ficción y son, por tanto, obras «en clave». En la mayoría de estas representaciones, por último, la música y el canto juegan un papel importante, y su puesta en escena, como afirma Shergold, no debió ser muy complicada, si es que requirió alguna escenografía. El autor es, sobre todo, un «funcionario» al servicio de una casa nobiliaria y con atribuciones de diversión -provisionales en algunos -21- casos, más estables en otros- de sus señores. Como tal, no sólo escribe el texto, sino que organiza el espectáculo, dirige a los actores y, en muchos casos, actúa él mismo. 21. Si las églogas pastoriles ocupan los salones de la nobleza a lo largo de toda la primera mitad del siglo XVI, no por ello los monopolizan. Junto a ellas se escenifican églogas, farsas, comedias, colloquios, cuyas características básicas van a ser o bien su dependencia de circunstancias políticas y hechos famosos, que conmemoran, o bien la teatralización de rituales cortesanos. Como señala Crawford, estos dramas cristalizaron como espectáculos autónomos en torno a un texto dramático a partir de los fastos cortesanos, en un proceso equivalente al del engendramiento de autos del Corpus a partir de los fastos religiosos de esta fiesta. Uno de los primeros ejemplos es la Egloga de Francisco de Madrid, escrita hacia 1494, y que remite a la invasión de Italia por Carlos VIII. A partir de este momento se nos han conservado, o tenemos noticias, de una treintena de textos puros de este tipo, cuyas representaciones y principales impresiones se extienden hasta la mitad del siglo, aunque espesándose entre 1510 y 1535. Y disponemos también de un dramaturgo especialista: Gil Vicente. 22. En muchas de estas obras los personajes son pastores (lo que implica su formar parte de una misma teatralidad que las pastoriles), bien pastores «en clave», bien pastores rústicos, que son contrastados con los personajes «serios». Dado su carácter de espectáculos solemnes, celebradores de efemérides, no abundan tanto en ellas los elementos cómicos (aunque Gil Vicente eche mano, abundantemente, de personajes y situaciones fársicas). Sí abundan, en cambio, las figuras alegóricas y mitológicas, tan caras a los fastos. De éstos absorben, también, los momos y desfiles (Trofea), los carros triunfales e, incluso, el reparto de versos entre el auditorio (Templo d’Apolo), los castillos y templos sobre rocas (Fragoa de amor, Templo d’Apolo), las barcas alegóricas (Nao d’amores), los torneos, bailes y combates de esgrima (Farsa de las galeras de la Religión de Sanct Joan), los temas caballerescos, etc. Si en Castilla el mecenazgo real puede ser acusado de tímido, a pesar de algunas excepciones, es en las cortes portuguesas de Manuel I y Juan III, donde la tradición del drama-fasto alcanza toda su plenitud: no hay boda real, nacimiento, visita a una ciudad, que sean concebibles sin una pieza de Gil Vicente para celebrarlo y textualizar el fasto. Pero la influencia italiana, cuya tradición en fastos cortesanos es realmente espléndida (J. Burckhardt), y que está -22- en la base de la Trofea de Torres Naharro, llegó también a la península, y muy especialmente a la corte de Germana de Foix y el Duque de Calabria, en Valencia, que en la crónica de Milán, especie de Gil Vicente a la valenciana, se nos aparece como un traslado de las cortes señoriales italianas. 23. Dos grandes ejes temáticos parecen articular todas estas piezas, confiriéndoles su carácter de piezas de circunstancias. El primero es la celebración o condolencia por un acontecimiento político singular, fuera o al margen del cual perderían, estos textos, buena parte de su sentido. Así la Egloga de Francisco de Madrid (1495) remite a la invasión de Italia por los franceses; la Egloga de unos pastores, de M. de Herrera (1510-11) a la conquista de Orán por el Gran Capitán; la Egloga Real del Bachiller de la Pradilla a la llegada de Carlos V a Valladolid en las crispadas circunstancias de 1517, etc. Los motivos podían ser tan enormemente puntuales como la elección de Juan Ortega como obispo de Calahorra, celebrada en una hoy perdida égloga de López de Yanguas. El segundo eje temático no liga el texto de forma tan determinante a las circunstancias de representación, sino que es más bien una teatralización de motivos y rituales cortesanos con ambición literaria: sería el caso de buena parte de los dramasfasto de Gil Vicente o de la Farsa de las galeras de la Religión de Sanct Joan de Luis Milán. Un caso especial, por su singularidad, es la versión humorística y satírica de los propios rituales cortesanos, siendo los propios cortesanos los personajes y los actores a un tiempo, esto es, representando cada cual su propio papel, tal como se da en La visita o Colloquio de las damas de Joan Fernández de Heredia5. Nada cambia en estas obras en lo referente a la relación autor-actor-espectador si las comparamos con las pastoriles. El autor es, a la vez, el poeta textual y el organizador del espectáculo (en El cortesano de Milán se hace una bien sintomática narración de la representación de la Farsa de las Galeras, del papel de su autor y de los comentarios de los cortesanos espectadores), además de actor en los prólogos, cuando menos. La cotidianeidad y la ficción se interpenetran, lo mismo que la sala y el escenario. Sin embargo, la puesta en escena suele requerir unos medios bastante más complejos que los de las églogas pastoriles, y son frecuentes las rocas, los -23- efectos especiales (música y canciones sobre todo) y los juegos de aparato (mascaradas, desfiles, momos, torneos y combates...) De hecho, buena parte de su éxito entre el público debió depender de la artificiosidad tanto de su palabra como de sus resortes escénicos. 24. La teatralidad de la primera mitad del siglo XVI se despliega, por tanto, a través del fasto teatral y de una tradición dramática que abarca desde la égloga pastoril hasta las piezas costumbristas de Fernández de Heredia o de Gil Vicente. Sin embargo, el fasto continuará a lo largo de toda la segunda mitad del siglo hasta enlazar, de nuevo, con los grandes espectáculos teatrales de las cortes de Felipe III y Felipe IV. No ocurre así con la tradición de los dramas cortesanos, que llegan, a duras penas, hasta la mitad del siglo. ¿Cómo explicar este fenómeno? A nuestro modo de ver lo que define la teatralidad de una comunidad determinada es, básicamente, la funcionalidad social que posea en esa comunidad. Ahora bien, los fastos siguen gozando de esa funcionalidad social: la nobleza continúa recreándose en sus grandes solemnidades y el Barroco futuro no sólo no va a suponer una disolución de la dimensión teatral de la vida en el Renacimiento, sino que va a enfatizar aún más la teatralidad misma del vivir. Los dramas pastoriles y de circunstancias, los de autocelebración y los costumbristas, van a ir perdiendo, sin embargo, esa funcionalidad, cediendo al empuje de una nueva práctica escénica, callejera y pública, realizada por autores-actores profesionales, donde de momento el elemento textual-literario es sólo un guión que sirve de apoyo a un espectáculo fundamentalmente divertido, y que tiene además la particularidad de estar consolidando en torno a sí un nuevo público teatral, preparado ya por la tradición del drama religioso, al que había obligado desde finales de la Edad Media a secularizarse progresivamente (juegos de escarnio, representaciones del bisbetó y del obispillo, fiesta de los inocentes, autos del Corpus...) y consolidado por las nuevas tradiciones del enredo y de la aventura que traen consigo las compañías italianas. La contradicción entre la tradición cortesana de las piezas pastoriles y de circunstancias y esta nueva práctica escénica que se desarrolla fuera de los palacios va a determinar toda una convulsión de los gustos cortesanos y una redefinición de su propia práctica escénica. 25. No es que en los palacios deje de representarse, todo lo contrario: tal vez se representa más que nunca. A lo largo de todo el último cuarto de siglo y a lo largo también del siglo XVII, las noticias de representaciones privadas («particulares») bien en los -24- palacios reales, bien en las mansiones de los señores, y aun en las de los mercaderes como se dice en Los mal casados de Valencia de Guillén de Castro6, son abundantes y constituyen toda una práctica y un público alternativo a la práctica y al público de los corrales. Pero, de todas esas representaciones, ¿cuántas corresponden a los viejos modelos? Porque lo importante es precisamente esto: la nobleza y la familia real comienzan a contemplar espectáculos teatrales no producidos en su ámbito de influencia, bajo sus condiciones de producción y por sus poetas paniaguados. Y en ese giro hay que hacer constar dos grandes tipos de influencias, el de la comedia italiana y el de los actores-autores españoles. La comedia italiana, preferentemente en su versión cortesana, la conocieron bien, y en su propia salsa, tanto Carlos I como Felipe II y sus correspondientes séquitos en los viajes que realizaron a Italia, cuyas ciudades los recibieron y festejaron con representaciones teatrales. Pero es que, además, relevantes hombres del teatro italiano estuvieron en íntimo contacto con las cortes españolas (Piccolomini, Vignali, Il Arioco), y los grandes señores españoles en Italia, a su vez, actuaron de mecenas teatrales, como en el caso de Gonzalo Fernández de Córdoba (Arróniz). Pero la cosa no se reduce a los cortesanos españoles en Italia, sino que muy pronto las compañías italianas se desplazan especialmente a España para representar en grandes solemnidades cortesanas: así, es bien sabido que las bodas de la Infanta María con el archiduque Maximiliano se celebran en Valladolid, en 1548, con la representación de I suppositi de Ariosto por una compañía que dirige Il Arioco, miembro de los Intronati de Siena, una de las Academias que jugaron un papel determinante y una de las ciudades más importantes en el teatro italiano (Borsellino), y la representación se produjo «con todo aquel aparato de teatro y escenas que los Romanos las solían representar, que fue cosa muy real y suntuosa», dice el cronista. 26. Pero esa habituación del público cortesano a los nuevos modelos importados de Italia hay que conectarla con su habituación a contemplar, y a gustar, las representaciones populistas de los actores-autores españoles, una de cuyas fuentes de inspiración -25- eran indudablemente los italianos. Ya en 1543, al comediante Hernando de Córdoba nos lo encontramos representando, en Marchena, y ante la duquesa de Osuna, una farsa de probable carácter populista. Y a partir de 1540 a Lope de Rueda lo vamos a sorprender, frecuentemente, representando ante el rey y los grandes señores y aun ante simples señores particulares (como parece atestiguar su testamento). Es muy probable, no obstante, que todos los espectáculos que los actoresautores llevaron a los palacios y mansiones no fueran estrictamente populistas. De Ganassa lo podemos suponer con casi completa seguridad, pues sus experiencias en la corte francesa dejan deducir que, conociendo como conocía la vertiente cortesana y aparatosa del teatro italiano, dominaba tanto la «comedia all’improvisa» como la cortesana. De Lope de Rueda hay que pensar que una parte de su repertorio está específicamente concebido para este tipo de representaciones: los dos coloquios de Camila y Tymbria, el Coloquio Prendas de Amor y la Comedia llamada Discordia (si es que es suya). También las «Cuestiones de Amor», que Lope de Rueda asume y que Timoneda coloca frente de sus tres comedias, son de indudable gusto cortesano7. 27. ¿Cómo había nacido y se había ido consolidando una práctica escénica populista y al margen del control de las clases que detentaban el poder cultural? ¿Cómo es posible un fenómeno de estas características? A nuestro modo de ver las cosas, la configuración de una práctica escénica populista en España sigue siendo un gran misterio, en buena medida porque faltan estudios de su desarrollo en tanto que hecho teatral global. Sin embargo, y a falta de posteriores estudios, sí se pueden avanzar algunas hipótesis. La primera es, sin lugar a dudas, su estrecha conexión con el teatro religioso. Es en el interior de éste donde se va conformando un gusto teatral de las capas populares, un hábito de espectáculo público, y en la medida en que se conforma ha de ir apareciendo, necesariamente, una presión de ese público sobre el propio espectáculo, en el que aspira a ver reflejadas sus tradiciones culturales y sobre el que pugna para apropiárselo. La historia de cómo esa presión fue aumentando hasta hacer del viejo drama religioso una comedia semiprofana o hasta reconvertir parte de los espectáculos en el interior de las iglesias en fiestas de regocijo y aun en ganar -26- espectáculos completos en fechas tradicionales (la de los inocentes, por ejemplo), para la diversión, es bien conocida en toda Europa, como bien conocida es la preocupación creciente de la Iglesia por este proceso, preocupación que irá desembocando, a lo largo de los siglos, en la decisión de sacar de las iglesias los espectáculos teatrales. Una pieza absolutamente clave en esta evolución debió ser Diego Sánchez de Badajoz. En sus farsas el tema se ha independizado ya de la circunstancia religiosa de la representación (sólo dos de sus doce farsas navideñas tratan hechos propios de la historia navideña: la Farsa de la salutación y la Farsa de los doctores), la exigencia de adoctrinamiento religioso se compatibiliza con una comicidad muy elaborada que aporta toda una galería de personajes con gran porvenir dramático: el soldado fanfarrón, la negra, el diablo... Sus farsas consolidan la escena cómica de unidad interna y cerrada sobre sí misma, a modo de paso, o asumen el prólogo a la manera de Torres Naharro. Sus farsas, finalmente, se conectan con la participación popular activa en las fiestas del Corpus a través de los encargos de los gremios a que responden. La participación civil y laica en los autos del Corpus representa un momento avanzado de esta evolución, pues si bien la teatralidad del Corpus sigue estando bajo el control y la supervisión de la Iglesia, el espectáculo se ha municipalizado. Y no hay que olvidar, sino insistir, en el papel determinante que tuvo la fiesta del Corpus en la formación de las primeras compañías profesionales, cuajadas precisamente, a partir de los años treinta, para aprovechar los contratos para representaciones en la fiesta, lo que condicionó hasta su vigencia como tales, pues se formaban y disolvían en función del Corpus de cada año. 28. Resulta difícil saber, hoy por hoy, hasta qué punto La Celestina y, sobre todo, Torres Naharro, están en la base de la práctica escénica populista de los actores-autores. Lo que es indudable es que crearon toda una tradición de textos epigonales, por un lado, y que Torres, por el otro, había elaborado, desde dentro del teatro cortesano, una propuesta teatral alternativa al teatro cortesano español, y que ambos elementos, la tradición textual y la formulación de un modelo de comedia, habían de venir a converger, con el tiempo, con las propuestas de las compañías italianas a la hora de cristalizar la práctica de los actores-autores populistas. La Celestina parece claro que jugó el papel de aportar todo un repertorio de situaciones, esquemas conflictivos y personajes de indudable porvenir a lo largo de la primera mitad del siglo, sobre -27todo a partir de su reutilización dramática por la Himenea de Torres Naharro. De la influencia de ambas, con aportaciones ocasionales de Tres Pastores y de Plácida y Victoriano de Encina iba a engendrarse toda una tradición textual (obras de J. del Güete, A. Ortiz, F. de las Natas, A. Díez, J. Uceda de Sepúlveda, B. Palau, L. de Miranda...) que juega, fundamentalmente, sobre el esquema de La Celestina filtrado, en la mayoría de los casos, por la Himenea: el amante consigue o está a punto de conseguir, clandestinamente, y gracias a la ayuda de algún criado o de una alcahueta, a la amante, lo cual entra en conocimiento del marido, el hermano o el padre de ella y se plantea, entonces, un conflicto de honra. Generalmente el deseo clandestino y su choque frontal con la defensa de la honra familiar se resuelve en matrimonio y final feliz, excepto en algún caso excepcional, de final trágico, como la anónima Farsa a manera de tragedia8. Muchas de estas obras siguen el modelo de la «comedia a fantasía» de Torres Naharro, con su prólogo y sus cinco actos (el Auto de Clarindo, no obstante, divide ya en tres actos). Pero además entroncan con otras tradiciones, como la de la égloga pastoril (pastores son los personajes de la Farsa a manera de tragedia, y la Comedia Grassandora, muy influida por Encina, parece una pieza de bodas), o como la del teatro religioso, y abren nuevas expectativas, que tendrán amplia repercusión posterior: la picaresca estudiantil en la Farsa salmantina, el tema de la identidad oculta (a la manera latina) en la Tidea, etc. Pero el esquema conflictivo, los personajes-tipo, la estructura en «introito» y cinco actos, no agotan la propuesta de Torres Naharro, continuada por esta tradición. En Torres Naharro se daba, tanto teóricamente como en la práctica, una muy lúcida idea del carácter de la comedia: «artificio ingenioso» presupone la enredada complicación de la intriga, y el sometimiento a ella de todos los demás elementos, y ésta es precisamente la «diferencia» entre las comedias «a fantasía» y las «a noticia»: no se trata sólo de la oposición entre libertad imaginativa (novelesca) y realismo, sino también de la que existe entre complicación argumental y desenlace, por un lado, y linealidad argumental y final abierto, por el otro. Con las comedias «a fantasía», es obvio repetirlo, Torres estructura la comedia (la articula orgánicamente), concede el predominio a la intriga ingeniosa, amplía enormemente el censo de personajes, establece el doble plano de amos y criados, enfrenta deseo y honra, -28tragedia y comedia, acumula circunstancias de capa y espada... formula una propuesta, en definitiva, que vendría a converger con la propuesta teatral de la comedia erudita y que estaría en la base de la concepción de los actores-autores. Lo extraño es que esto lo hiciera desde el interior de una práctica escénica cortesana, pues ésta, en España, evolucionó en un sentido muy diferente. Si enmarcamos a Torres Naharro en la tradición cortesana española su propuesta teatral es inexplicable y completamente excéntrica. Sólo si tenemos en cuenta que ejerce de dramaturgo cortesano en Italia, justo en los años en que comienza a despertar en las cortes italianas la fórmula de la comedia erudita, y lo imaginamos inmerso en las tertulias y discusiones que vieron nacer la comedia renacentista, podremos entender históricamente la génesis de su propuesta teatral. Pero Torres Naharro no llegó a España tan sólo de las manos de las compañías italianas, que traían una fórmula teatral muy semejante a la suya. Torres no es sólo un recuperado de Italia treinta o treinta y cinco años después. Si su fórmula teatral converge, en Italia, con la de la comedia renacentista, sus textos debieron ser muy leídos en España, dadas las nueve ediciones de la Propalladia entre 1517 y 1573 (seis en España) y la larga serie de imitadores que le siguieron en la península en cuanto a esquemas, personajes y situaciones, si bien no tanto respecto a la fórmula misma de la comedia. Tal vez no sea pura erudición de librero, sino conciencia de estas dos causas, la transmisión interna y la convergencia con la fórmula teatral renacentista de los italianos, lo que hace decir a Timoneda que Torres, con su teatro en verso, y Rueda, con el suyo en prosa, son los impulsores del nuevo teatro representable. 29. A partir de la práctica escénica del teatro religioso, y de la tradición textual derivada de Torres Naharro9, esto es, a partir de un teatro que nada tiene de popular en sus orígenes, se conforma un conglomerado de temas, esquemas conflictivos, personajes y situaciones-tipo, de gran aceptación popular, al que habían de permanecer fieles los actores-autores españoles (pruebas las hay abundantes, pero basta la constatación de la utilización por Lope de Rueda y Timoneda de personajes, situaciones y conflictos del teatro religioso y de la tradición de Torres Naharro), y desde el que adoptarían, y por tanto transformarían, la propuesta teatral -29- de las compañías italianas. Se suele dar a 1508 el honor del nacimiento de la comedia italiana, con la representación el 5 de marzo, en el teatro ducal de Ferrara, de la Cassaria de Ariosto: ocasión y autor, por tanto, plenamente cortesanos. Sin embargo, y a partir de este momento, el teatro italiano va a desplegarse con una gran variedad de manifestaciones que abarcan desde las populares farsas villanescas y «commedie all’improvisa» hasta las tragedias cortesanas, pasando por la comedia burguesa (Brosellino). No podemos calcular con precisión qué tipo de repertorio trajeron a España las compañías italianas. Sabemos que en algunos casos, pocos, y para ocasiones muy concretas, sus representaciones, a cargo de ilustres directores (como los dos de los Intronati), tuvieron un carácter eminentemente cortesano. Pero el tono general lo dieron aquellas compañías profesionales que, a partir de la llegada de Il Mutio a Sevilla, en 1538 (y su influencia sobre Lope de Rueda ha sido ampliamente imaginada), no cesan de llegar hasta que en 1597 tenemos la última referencia del siglo en España: los italians que actúan esa temporada en Valencia. Y estas compañías debieron representar fundamentalmente «commedia dell’arte». Ganassa se hizo famoso como «zan» y el único texto suyo conservado es precisamente un fragmento de «commedia dell’arte». En cuanto a Drusiano Martinelli fue un famosísimo Arlequín. Debió influir también el que la «commedia dell’arte», dada la importancia de la mímica, la desnudez del escenario, etc., fuera fácilmente comprensible para unos espectadores españoles que no entendían el italiano, y fácilmente representable en escenarios todavía provisionales o inestables. Sin embargo, todos los datos tienden a relativizar mucho los problemas de la lengua en el teatro del XVI (el éxito de las compañías italianas, la facilidad con que el teatro en castellano se impuso en las nacionalidades de diferente lengua, la misma mezcla de lenguas en tantas obras de la época, etc.), pues el teatro es, por encima de todo, espectáculo y no sólo texto, aparte de que algunas compañías italianas, y muy especialmente la de Ganassa, acabaron por representar en castellano, y de que diversos «capocomici» italianos formaron compañía con actores españoles (Abagaro Franco Baldi). No es de extrañar, por tanto, que representaran frecuentemente autos del Corpus y que ganaran a menudo (ya desde los tiempos del Il Mutio) los concursos por los mejores carros. ¿Pero representaron «commedia dell’arte» en las numerosas incursiones que realizaron en el teatro privado?, y ¿todo lo que representaron en los corrales fueron espectáculos «all’improvisa»? Ganassa define a su compañía de diez miembros como «actores de comedias y farsas a lo italiano», -30- y es muy probable que, en bastantes ocasiones, lo que realmente representaran fueran auténticas comedias. Debió ser a través de sus representaciones, fundamentalmente, como hombres de la formación cultural de Lope de Rueda (otra cosa son Sepúlveda y Timoneda) pudieron tener acceso a la comedia erudita, y de que lo tuvieron no cabe la menor duda. Los engañados se inspiran directamente en Gl’Ingannati y Medora tiene como fuente La zingana. No hay que olvidar tampoco la declaración de Lope de Vega en el Arte Nuevo en la que considera a Rueda como autor clasicista o poco menos10. Y nos queda, por último, ese precioso testimonio de un viajero italiano que, en 1610, estuvo en Sevilla y a quien los viejos del lugar comentaron que Ganassa «cominció a recitare all’uso nostro (italiano)... onde guadagnó molte in quelle città, e dal practica sua impararono poi gli Spagnuoli a fare le commedie all’uso hispano, che prima non facevano» (cifr. Falconieri (1957)). Desde su llegada a España hasta 1590 las compañías italianas cuentan sus actuaciones por éxitos (conocida es la frase atribuida a Ganassa por Zapata, según la cual aquél reconocía haberse hecho rico en España encerrando asnos en los corrales), y su influencia sobre los actores-autores y los posteriores dramaturgos barrocos, entre ellos Lope de Vega muy especialmente, está bien documentada. A partir de 1590, sin embargo, sus actuaciones en España van de fracaso en fracaso: realizado su papel histórico y comenzada a caminar la comedia barroca, no podían ya competir con ella (Falconieri). 30. El impulso recibido de las compañías italianas vino a operar, sin embargo, sobre un movimiento ya en marcha, sobre un caldo de cultivo y una coyuntura favorables generados a partir de la progresiva laicización de la práctica escénica religiosa, de las convocatorias del Corpus, de la tradición de lecturas de La Celestina y La Propalladia. En 1538 llega Il Mutio a Sevilla, pero es que en 1538 tenemos ya noticia, aunque vaga, de un primer proyecto de compañía española, la de los Correas de Toledo (Villalón11) que representaron «comedias que en Castilla llaman farsas». El movimiento espeso de entradas y salidas en España de compañías italianas no puede, bajo ningún concepto (al menos desde los -31- datos hoy conocidos) anticiparse a 1550, y sin embargo a Lope de Rueda cabe suponerlo en marcha desde, como mínimo, la mitad de la década del 40. En 1553, por otra parte, escribe Felipe II al virrey de Valencia, Duque de Maqueda, comunicándole que el librero Johan Timoneda solicita permiso para editar las obras que ha compuesto, «assí de coplas como romances, chistes, comedias, farsas, autos de sagrada scriptura y otras de varias historias», y las obras más antiguas que conocemos de Timoneda, dentro de la Turiana, carecen de influencia italiana. Pero es que en 1542 Lope de Rueda aparece ya testimoniado en relación con los autos de Sevilla, y en 1551 ha normalizado su profesión de actor-autor tanto como para participar, en Valladolid, en las celebraciones por el regreso de Flandes del príncipe Felipe. Entre 1545 y 1551 eran ya habituales, en casa del Duque de Medinaceli, las «comedias e obras graciosas», según testimonio de Pedro de Montiel en el pleito que Lope de Rueda puso a la casa de Medinaceli en 1554. Y en ese mismo año de 1554 Rueda representará en Benavente, en casa del conde, ante Felipe II, que va camino de Inglaterra... Desde 1550 las noticias abundan, y nos documentan a un Lope de Rueda errante por la geografía española. Pero no es sólo él, sino también Alonso de la Vega, que debió pertenecer a su misma generación. Y junto a ellos, cohesionados y promocionados a la categoría de poetas dramáticos (deslindada de la de «graciosos representantes») por obra y gracia de Timoneda, toda una cohorte de actores atestiguados, en dos promociones, por la documentación de la época: los Correas, Hernando de Córdoba, Pedro Navarro, Cisneros, Alonso y Jerónimo Velázquez, Pedro Saldaña... todos esos «representantes», en una palabra, a los que Timoneda ofrecía sus libros como instrumento de trabajo, o de cuyas representaciones pretendían extraer beneficios las Cofradías de la Pasión (1565) y de la Soledad (1567), o cuya actividad incesante permitía ya dar el nombre de carrer de les comedies a una calle valenciana en 1566. Si tomamos como modelo a aquel de quien más noticias hemos conservado, y que más famoso se hizo, Lope de Rueda, y si atendemos (aunque con reservas) a testimonios como el de Agustín de Rojas, habremos de concluir que si todos ellos crearon el modelo de la compañía profesionalizada (con mayor o menor grado) e itinerante, fue porque con ellos la práctica escénica escapa al mecenazgo y al encargo circunstancial y acude a buscar su público allí donde se encuentra; la fijación a un lugar y la vinculación a un señor de Encina, Naharro, Gil Vicente, ha desaparecido, y tienen que moverse para poder sobrevivir. En esa misma medida están -32- abriendo las puertas (al margen de sus incursiones, siempre provisionales, en el teatro privado) a una práctica escénica populista. 31. Todo en su teatro, desde el montaje hasta el texto, pasando por el público, pasa a configurar, orgánicamente, esta práctica. Si nos preguntamos, en efecto, qué representaron estos autores-actores, nos encontramos con una sorpresa que no lo es tanto: entre 1540 y 1575 (en que empieza la oferta de textos clasicistas) apenas se nos han conservado unos pocos textos: los de Lope de Rueda y Alonso de la Vega, los de Timoneda y de Sepúlveda, el de Navarro y la anónima Farsa Rosiela... poco más. Es poco pensable que representaran textos de la tradición pastoril cortesana12 o de la de circunstancias políticas, que se agotaban en el momento de su consumo escénico. No tenemos tampoco pruebas de que representaran los textos de la tradición naharrescacelestinesca. Sí sabemos que representaban entremeses y autos del Corpus, pero también sabemos que su actividad se alargaba a través de todo el año, mucho más allá, por tanto, de la convocatoria puntual de la fiesta eucarística. La deducción parece obvia: durante esos treinta y cinco años no pudieron representar más que textos como los conservados en la Turiana, primero, o como las comedias italianizantes de Lope de Rueda, después. Y si no se nos han conservado es precisamente porque carecían de vocación literaria, porque renunciaban a pensarse como textos, esto es, como palabra escrita; porque existían en tanto puros soportes orales de espectáculos fundamentalmente divertidos. Sus autores lo son en la medida en que son actores, y sólo en esa medida. Únicamente gracias a Timoneda se nos han conservado los de Rueda y Alonso de la Vega, y sólo a partir de él se establece la dicotomía representante-poeta. Hasta ese momento lo que tenemos son autores-actores que se enfrentan a su público con un repertorio de personajes (la mayoría procedentes del teatro religioso español, una minoría del teatro italiano), unas intrigas amorosas apenas débilmente hiladas, unas situaciones cómicas perfectamente tipificadas (los pasos y aun otras que no lo son, pero se repiten de comedia en comedia), y, sobre todo, una técnica y una experiencia de actor aprendidas en la «commedia all’improvisa», y todo este conglomerado de elementos empieza a montarse y conjuntarse sólo con la representación, que -33- es el verdadero motor de su condición de autores (de ahí la importancia y el énfasis que Timoneda ponía en la naturaleza «representable» de sus obras). Si analizamos los textos de los autores-actores (excluyendo la comedia de Sepúlveda y Las tres Comedias de Timoneda, auténticos intentos de «comedia erudita» a la española) notaremos de inmediato su falta de arquitectura textual; su configuración a base de unidades cerradas en sí mismas, cada una de las cuales relanza la acción y la culmina en su propio marco; la posibilidad de operar cambios de orden entre estas unidades autónomas sin que la obra cambie de sentido; el predominio total de lo catalítico sobre lo funcional, pues cada cuadro o escena se limita a establecer rápidamente (cuando lo hace) su conexión con el conjunto de la intriga, para pasar de inmediato a lo verdaderamente importante: la apropiación de la escena por un personaje cómico que se convierte en su centro y la transforma en espectáculo divertido, donde lo de menos es su utilidad para el desarrollo de la acción; el inventario cerrado de recursos cómicos utilizables en cualquier momento: los catálogos de insultos, la lengua de trapo de la negra, el vizcaíno, el portugués enamorado, el chisporroteo surrealista de las bravatas del fanfarrón, las palizas... y en esos recursos lo que importa no es el elemento textual, sino la entonación, la mímica, el movimiento que el actor es capaz de desplegar a partir, y sólo a partir, de ellos. Se trata, indudablemente, de la lección aprendida de la «commedia dell’arte», cuyo principio básico se reproduce aquí: un inventario de personajes, de situaciones y de intrigas perfectamente tipificados, sobre un escenario desnudo y en las condiciones de la más absoluta indeterminación temporal, se combinan aleatoriamente para producir un espectáculo, nuevo hasta cierto punto en cada representación, pero el mismo en el fondo tras todas las representaciones. El actor y el público son las justificaciones últimas de esta teatralidad, no el texto. Los actores-autores, fuertemente impregnados de la materia teatral tradicional, no imitaron los productos de la «commedia dell’arte», sino sus mecanismos esenciales, adaptándolos a la tradición hispánica. Incluso cuando se plantaron ante la comedia erudita (volvemos a excluir a Sepúlveda y al segundo Timoneda) lo hicieron desde el mismo planteamiento, y desarticularon la lógica construcción de ésta, la poderosa estructura de la intriga, redujeron pasajes no directamente espectaculares, eliminaron los fragmentos más literarios, introdujeron personajes tradicionales, etc. En una palabra, las «descendieron» al nivel de la práctica escénica populista de la que eran, indiscutiblemente, maestros. -3432. Y de hasta qué punto la práctica escénica populista se consolidó en el tercer cuarto del siglo hay pruebas abundantísimas: la formación de las cofradías para la explotación de los beneficios teatrales, a partir de 1565, los pleitos entre ellas, las proliferación de corrales, provisionales primero, estables después, en todas las ciudades españolas en las décadas de los setenta y ochenta, la colaboración de los propios actores en la financiación de las reformas, bien sintomática de sus expectativas de ganancia... El mismo hecho de que ya en 1566 exista una «calle de las comedias» en Valencia, que aún hoy conserva el nombre, remite al espesor de las representaciones en ese lugar y ese año. Pero es que, en 1579, cuando Tárrega y Lope no han comenzado a ofertar sus primeras comedias, en Madrid coinciden, representando simultáneamente, tres compañías: la de Ganassa, la de Salcedo y la de Os