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COMENTARIO DE JOSE ANTONIO PAGOLA A LA
FIESTA DE LA EPIFANIA
¿A QUIÉN ADORAMOS?
Cayendo de rodillas, lo adoraron.
Los magos vienen del «Oriente», un lugar que evoca en los judíos la
patria de la astrología y de otras ciencias extrañas. Son paganos. No
conocen las Escrituras Sagradas de Israel, pero sí el lenguaje de las
estrellas. Buscan la verdad y se ponen en marcha para descubrirla. Se
dejan guiar por el misterio, sienten necesidad de «adorar».Su presencia
provoca un sobresalto en todo Jerusalén. Los magos han visto brillar una
estrella nueva que les hace pensar que ya ha nacido «el rey de los
judíos» y vienen a «adorarlo». Este rey no es Augusto. Tampoco
Herodes. «Dónde está?». Ésta es su pregunta. Herodes se «sobresalta».
La noticia no le produce alegría alguna. Él es quien ha sido designado
por Roma «rey de los judíos». Hay que acabar con el recién nacido:
¿dónde está ese rival extraño? Los «sumos sacerdotes y letrados»
conocen las Escrituras y saben que ha de nacer en Belén, pero no se
interesan por el niño ni se ponen en marcha para adorarlo. Esto es lo que
encontrará Jesús a lo largo de su vida: hostilidad y rechazo en los
representantes del poder político; indiferencia y resistencia en los
dirigentes religiosos. Sólo quienes buscan el reino de Dios y su justicia lo
acogerán.Los magos prosiguen su larga búsqueda. A veces, la estrella
que los guía desaparece dejándolos en la incertidumbre. Otras veces,
brilla de nuevo llenándolos de «inmensa alegría». Por fin se encuentran
con el Niño, y «cayendo de rodillas, lo adoran». Después, ponen a su
servicio las riquezas que tienen y los tesoros más valiosos que poseen.
Este Niño puede contar con ellos pues lo reconocen como su Rey y
Señor.En su aparente ingenuidad, este relato nos plantea preguntas
decisivas: ¿ante quién nos arrodillamos nosotros?, ¿cómo se llama el
«dios» que adoramos en el fondo de nuestro ser? Nos decimos
cristianos, pero ¿vivimos adorando al Niño de Belén?, ¿ponemos a sus
pies nuestras riquezas y nuestro bienestar?, ¿estamos dispuestos a
escuchar su llamada a entrar en el reino de Dios y su justicia? En
nuestras vidas siempre hay alguna estrella que nos guía hacia Belén.
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UNA FIESTA DE TODOS
Hemos visto salir su estrella.
Hay una pregunta que me ronda con frecuencia al llegar la Navidad.
¿Qué pueden ser estas fiestas para un hombre que ya no cree? ¿Qué
puede vivir en medio de esta «atmósfera» tan especial que
inexorablemente se apodera de la sociedad al llegar estas fechas? No es
pura curiosidad. Responde más bien a otra preocupación. ¿Se puede
captar en el fondo de estas fiestas algo «bueno» para todos los hombres,
sean o no creyentes? ¿Es posible escuchar todavía algún mensaje válido
para todos, detrás de tanto despropósito consumista y tanta banalización
sentimental? Por eso he leído con interés la experiencia personal de M
Yourcenar. Dice así la célebre escritora: «Yo no soy católica, ni
protestante, ni siquiera cristiana en el sentido pleno del término, pero
todo me lleva a celebrar esta fiesta tan rica en significaciones... La
Navidad es una fiesta de todos. Lo que se celebra es un nacimiento, y un
nacimiento como debieran ser todos, el de un niño esperado con amor y
respeto, que lleva en su persona la esperanza del mundo. Se trata de
gente pobre... y es la fiesta de los hombres de buena voluntad...Es la
fiesta de la comunidad humana, ya que es la de los tres Reyes, cuya
leyenda nos cuenta que uno de ellos era negro. Es, finalmente, la fiesta
de la misma tierra, que en su marcha rebasa en esos momentos el punto
del solsticio de invierno y nos arrastra a todos hacia la primavera».¿Qué
hay detrás de estas palabras? ¿Poesía? ¿Nostalgia? ¿Necesidad de
esperanza? Al leerlas, me venían a la mente aquellas otras del teólogo
alemán K Rahner: «Es posible que todos creamos más de lo que
admitimos de ordinario, más de lo que afirmamos de nosotros mismos y
de nuestra vida, cuando formulamos convicciones teóricas».Lo cierto es
que el misterio rodea nuestra existencia por todas partes, obligándonos a
todos, en medio de una vida a veces tan prosaica, a preguntamos hacia
dónde se encamina todo y dónde podemos poner nuestra esperanza.En
el fondo de la Navidad hay un mensaje que es para todos. Los hombres
no estamos solos, perdidos en una existencia sin esperanza. Hay un
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Dios Salvador empeñado en que todo termine bien. Y ese Dios al que, tal
vez, tememos o en el que ya apenas creemos, es un Dios en el que no
hay más que bondad y amor al hombre. Lo que se nos pide es confiamos
a ese misterio último de amor que llamamos Dios. Acogerlo con sencillez
y confianza, sin tomar demasiado en serio nuestros escepticismos y
pretensiones de agnosticismo. Y aunque, después de Navidad, todo siga
como antes, lo importante y decisivo es que Dios nos acepta y que la
vida del hombre, de todo hombre, está salvada en esperanza.
MATAR O ADORAR
Cayendo de rodillas, lo adoraron.
Herodes y su corte de Jerusalén representan el mundo de los poderosos.
Todo vale en este mundo con tal de asegurar el propio poder: el cálculo,
la estrategia y la mentira. Vale incluso la crueldad, el terror, el desprecio
al ser humano y la destrucción de los inocentes. Es un mundo que
conocemos bien pues respiramos su atmósfera hasta la náusea. Parece
un mundo grande y poderoso, se nos presenta como defensor del orden
y la justicia, pero es débil y mezquino pues termina siempre buscando al
niño «para matarlo».Según el relato de Mateo, unos magos venidos de
Oriente irrumpen en este mundo de tinieblas. Algunos exégetas
interpretan hoy la leyenda evangélica acudiendo a la psicología de lo
profundo. Los magos representan el camino que siguen quienes
escuchan los anhelos más nobles del corazón humano; la estrella que los
guía es la nostalgia de lo divino; el camino que recorren es el deseo.
Para descubrir lo divino en lo humano, para adorar al niño en vez de
buscar su muerte, para reconocer la dignidad del ser humano en vez de
destruirla, hay que recorrer un camino muy diferente del que sigue
Herodes. No es un camino fácil. No basta escuchar la llamada del
corazón; hay que ponerse en marcha, exponerse, correr riesgos. El gesto
final de los magos es sublime. No matan al niño, sino que lo adoran. Se
inclinan respetuosamente ante su dignidad; ven resplandecer en él la
estrella de Dios; descubren lo divino en lo humano. Es el mensaje central
del Hijo de Dios encarnado en el niño de Belén. Podemos vislumbrar
también el significado simbólico de los regalos que le ofrecen. Con el oro
reconocen la dignidad y el valor inestimable del ser humano; todo ha de
quedar subordinado a su felicidad. Un niño merece que se pongan a sus
pies todas las riquezas del mundo. El incienso recoge el deseo de que la
vida del niño se despliegue y su dignidad se eleve hasta el cielo. Todo
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ser humano está llamado a participar de la vida misma de Dios. La mirra
es medicina para curar la enfermedad y aliviar el sufrimiento. El ser
humano necesita de cuidados y consuelo, no de violencia y agresión.
Con su atención al débil y su ternura hacia el humillado, este Niño
introducirá en el mundo la magia del amor, única fuerza de salvación,
que ya desde ahora hace temblar al poderoso Herodes.
SEGUIR LA ESTRELLA
Hemos visto salir su estrella.
Estamos demasiado acostumbrados al relato. Por otra parte, hoy apenas
tiene nadie tiempo para detenerse y contemplar despacio las estrellas.
Probablemente, no es sólo un asunto de tiempo. Pertenecemos a una
época en la que es más fácil ver la oscuridad de la noche que los puntos
luminosos que brillan en medio de cualquier tiniebla. Sin embargo, no
deja de ser conmovedor pensar en aquel viejo escritor cristiano que, al
elaborar el relato midráshico de los Magos, los imaginó en medio de la
noche, siguiendo la pequeña luz de una estrella. La narración respira la
convicción profunda de los primeros creyentes después de la
resurrección. En Jesús se han cumplido las palabras del profeta Isaías:
«El pueblo que caminaba en tinieblas ha visto una luz grande. Habitaban
en una tierra de sombras, y una luz ha brillado ante sus ojos» (Isaías 9,
1).Sería una ingenuidad pensar que nosotros estamos viviendo una hora
especialmente oscura, trágica y angustiosa. ¿No es precisamente esta
oscuridad, frustración e impotencia que captamos en estos momentos,
uno de los rasgos que acompañan casi siempre el caminar del hombre
por la tierra? Basta abrir las páginas de la historia. Sin duda,
encontramos momentos de luz en que se anuncian grandes éxitos, se
buscan grandes liberaciones, se entrevén mundos nuevos, se abren
horizontes más humanos. Y luego, ¿qué viene? Revoluciones que crean
nuevas esclavitudes. Logros que provocan nuevos problemas. Ideales
que terminan en «soluciones a medias». Nobles luchas que acaban en
«pactos mediocres». De nuevo, las tinieblas. No es extraño que se nos
diga que «ser hombre es muchas veces una experiencia de frustración»
(J.I. González Faus). Pero no es ésa toda la verdad. A pesar de todos los
fracasos y frustraciones, el hombre vuelve a recomponerse, vuelve a
esperar, vuelve a ponerse en marcha en dirección a algo. Hay en el
hombre algo que le llama una y otra vez a la vida y a la esperanza. Hay
siempre una estrella que vuelve a encenderse. Para los creyentes esa
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estrella conduce siempre a Cristo. El cristiano no cree en cualquier
mesianismo. Y por eso, no cae tampoco en cualquier desencanto. El
mundo no es «un caso desesperado». No está en completa tiniebla. El
mundo no sólo está mal y tiene que cambiar. El mundo está reconciliado
con Dios y puede cambiar. Dios será un día el fin del exilio y las tinieblas.
Luz total. Hoy sólo lo vemos en una humilde estrella que nos guía hacia
Belén. Es bueno recordarlo en los inicios del año dos mil.
ORIENTARSE HACIA DIOS
Se pusieron en camino.
No hay técnicas ni métodos que conduzcan de forma automática hacia
Dios. Pero sí hay actitudes y gestos que pueden disponer a las personas
a la «visita de Dios» y preparar su encuentro con él. Más aún. Las
palabras más bellas y los discursos más brillantes sobre Dios son inútiles
si la persona no se abre personalmente a él. ¿Cómo? Lo más importante
para orientarse hacia Dios es invocarlo desde el fondo del corazón, a
solas, en la intimidad de la propia conciencia. Es ahí donde uno se abre
confiadamente al misterio de Dios o decide vivir solo, de forma atea, sin
Dios. Pero, ¿se puede invocar a Dios cuando uno no cree en él ni está
seguro de nada? Ch. Foucauld y otros increyentes iniciaron su búsqueda
de Dios con esta invocación: «Dios, si existes, muéstrame tu rostro.»
Esta invocación humilde y sincera en medio de la oscuridad es,
probablemente, uno de los caminos más puros para hacerse sensible al
misterio de Dios. También se orienta la persona hacia Dios cuando se
pone a escuchar a quienes creen en él. Cada uno ha de vivir su propia
experiencia religiosa, pero es enriquecedor escuchar a los grandes
creyentes: Abraham, Moisés, los profetas y, antes que todos ellos, Jesús,
el Enviado de Dios. Se puede también escuchar a amigos y seres
queridos que viven hoy su fe de forma convencida y gozosa. Si uno se
queda encerrado en su pequeño mundo, sin abrirse a las experiencias de
los demás, corre el riesgo de ignorar caminos de acercamiento al
misterio. Para orientarse hacia Dios es también importante eliminar de la
propia vida aquello que, seguramente, no es compatible con él. Si uno,
por ejemplo, tiene la pretensión de saberlo ya todo y de haber
comprendido el misterio del mundo y del hombre, de la vida y de la
muerte, es difícil que busque de verdad a Dios. Si uno vive encogido por
el miedo o hundido en la desesperanza, ¿cómo confiará en un Dios que
le ama sin fin? Si alguien se encierra en su propio egoísmo y solo siente
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desamor y distancia- miento hacia los demás, ¿cómo podrá abrirse a un
Dios que es solo amor? Para orientarse hacia Dios es fundamental la
constancia. Mantener el deseo. Perseverar en la búsqueda. Seguir
invocando. Saber esperar. No hay otra forma de ahondar en el misterio
de quien es la fuente de la vida. El relato de los magos destaca de
muchas formas su actitud ejemplar en la búsqueda del Salvador. Estos
hombres saben ponerse en camino hacia el misterio. Saben preguntar
humildemente, superar momentos de oscuridad, perseverar en la
búsqueda y adorar a Dios encarnado en la fragilidad de un ser humano.
UNA FIESTA DE TODOS
Hemos visto salir su estrella
Hay una pregunta que me ronda con frecuencia al llegar la Navidad.
¿Qué pueden ser estas fiestas para un hombre que ya no cree? ¿Qué
puede vivir en medio de esta “atmósfera” tan especial que
inexorablemente se apodera de la sociedad al llegar estas fechas? No es
pura curiosidad. Responde más bien a otra preocupación. ¿Se puede
captar en el fondo de estas fiestas algo “bueno” para todos los hombres,
sean o no creyentes? ¿Es posible escuchar todavía algún mensaje válido
para todos, detrás de tanto despropósito consumista y tanta banalización
sentimental? Por eso he leído con interés la experiencia personal de M.
Yourcenar. Dice así la célebre escritora: “Yo no soy católica, ni
protestante, ni siquiera cristiana en el sentido pleno del término, pero
todo me lleva a celebrar esta fiesta tan rica en significaciones... La
Navidad es una fiesta de todos. Lo que se celebra es un nacimiento, y un
nacimiento como debieran ser todos, el de un niño esperado con amor y
respeto, que lleva en su persona la esperanza del mundo. Se trata de
gente pobre... y es la fiesta de los hombres de buena voluntad...Es la
fiesta de la comunidad humana, ya que es la de los tres Reyes, cuya
leyenda nos cuenta que uno de ellos era negro. Es, finalmente, la fiesta
de la misma tierra, que en su marcha rebasa en esos momentos el punto
del solsticio de invierno y nos arrastra a todos hacia la primavera”.¿Qué
hay detrás de estas palabras? ¿Poesía? ¿Nostalgia? ¿Necesidad de
esperanza? Al leerlas, me venían a la mente aquellas otras del teólogo
alemán K. Rahner: “Es posible que todos creamos más de lo que
admitimos de ordinario, más de lo que afirmamos de nosotros mismos y
de nuestra vida, cuando formulamos convicciones teóricas”.Lo cierto es
que el misterio rodea nuestra existencia por todas partes, obligándonos a
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todos, en medio de una vida a veces tan prosaica, a preguntarnos hacia
dónde se encamina todo y dónde podemos poner nuestra esperanza.En
el fondo de la Navidad hay un mensaje que es para todos. Los hombres
no estamos solos, perdidos en una existencia sin esperanza. Hay un
Dios Salvador empeñado en que todo termine bien. Y ese Dios al que, tal
vez, tememos o en el que ya apenas creemos, es un Dios en el que no
hay más que bondad y amor al hombre. Lo que se nos pide es confiarnos
a ese misterio último de amor que llamamos Dios. Acogerlo con sencillez
y confianza, sin tomar demasiado en serio nuestros escepticismos y
pretensiones de agnosticismo. Y aunque, después de Navidad, todo siga
como antes, lo importante y decisivo es que Dios nos acepta y que la
vida del hombre, de todo hombre, está salvada en esperanza.
BUSCAR LA VERDAD
Cayendo de rodillas lo adoraron.
¿Qué es la verdad? Esta es la pregunta más importante que puede
brotar en el corazón del ser humano. Y sería una equivocación intentar
responder precipitadamente a ella, pues si surge en nosotros es
sencillamente porque no conocemos con exactitud la respuesta.
Probablemente, lo primero que hemos de decir es que la verdad no es
una fórmula, una cláusula ni un dogma. La verdad no es mía ni tuya ni de
nadie. No es hindú ni cristiana ni mahometana. La verdad no pertenece
plenamente a ningún hombre. La verdad nos transciende y nos exige,
antes que nada, una actitud de búsqueda humilde y honesta. Por eso,
sería un error que uno creyera estar en la verdad porque se agarra
firmemente a su propia ideología, su cultura o su religión. Una persona
puede repetir una y otra vez fórmulas que ha ido tomando de prestado
aquí y allá. Puede recitar credos que ha escuchado a sus antepasados.
Puede leer muchos libros, acumular conocimientos y llegar a ser un
erudito. Pero aunque sepa muchas “cosas”, ¿qué sabe todavía de la
verdad? Tal vez, lo primero que hemos de preguntarnos cada uno es si,
realmente, queremos conocer la verdad. Aunque parezca extraño es muy
raro encontrarse con personas que desean y buscan la verdad. Y la
razón es sencilla. Tenemos miedo a la verdad pues intuimos que la
verdad nos obligaría a desprendernos de ilusiones y engaños
demasiados queridos y nos obligaría a cambiar de vida. En realidad, no
se trata de esforzarse por poseer la verdad, sino dejar que la verdad se
vaya apoderando de nosotros y nos transforme. Pero hay algo más. Los
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hombres que más apasionadamente han buscado la verdad, sean
poetas, místicos o científicos, parecen estar de acuerdo en una cosa: lo
esencial permanece fuera de nuestro alcance, la verdad última sigue
siendo misterio. La búsqueda de la verdad parece conducir al hombre
hacia la adoración. Es cierto que la cultura moderna ha pretendido borrar
el misterio estableciendo, sin fundamento racional alguno, que sólo tiene
que existir aquello que puede ser captado por la razón humana. Pero,
¿quiénes somos nosotros para decidir que sólo existe la verdad que cabe
en nuestras pequeñas mentes? El relato de los magos es un símbolo de
esa búsqueda sincera, humilde, incansable de unos hombres que
buscando honestamente la verdad terminan adorando el misterio.
INCAPACES DE ADORAR
Cayendo de rodillas, le adoraron
El hombre actual ha quedado, en gran medida, atrofiado para descubrir a
Dios. No es que sea ateo. Es que se ha hecho «incapaz de
Dios».Cuando un hombre o una mujer sólo busca o conoce el amor bajo
formas degeneradas y su vida está movida exclusivamente por intereses
egoístas de beneficio o ganancia, algo se seca en su corazón. Cuántas
personas viven hoy un estilo de vida que las abruma y empobrece.
Envejecidos prematuramente, endurecidos por dentro, sin capacidad de
abrirse a Dios por ningún resquicio de su existencia, caminan por la vida
sin la compañía interior de nadie. El gran teólogo A. Delp, ejecutado por
los nazis, veía en este endurecimiento interior» el mayor peligro para el
hombre moderno. Entonces deja el hombre de alzar hacia las estrellas
todas las manos de su ser. La incapacidad del hombre actual para
adorar, amar, venerar, tiene su causa en su desmedida ambición y en el
endurecimiento de la existencia».Esta incapacidad para adorar a Dios se
ha apoderado también de muchos creyentes que sólo buscan un «Dios
útil». Sólo les interesa un Dios que sirva para sus proyectos privados o
sus programas socio- políticos. Dios queda así convertido en un «artículo
de consumo» del que podemos disponer según nuestras conveniencias e
intereses. Pero Dios es otra cosa. Dios es Amor infinito, encarnado en
nuestra propia existencia. Y ante ese Dios, lo primero es adoración,
júbilo, acción de gracias. Cuando se olvida esto, el cristianismo corre el
riesgo de convertir- se en un esfuerzo gigantesco de humanización y la
Iglesia en una empresa siempre tensa, siempre agobiada, siempre con la
conciencia de no lograr el éxito moral por el que lucha y se esfuerza.
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Pero la fe cristiana, antes que nada, es descubrimiento de la Bondad de
Dios, experiencia agradecida de que sólo Dios salva. El gesto de los
Magos ante el Niño de Belén expresa la actitud primera de todo creyente
ante Dios. Dios existe. Está ahí, en el fondo de nuestra vida. Somos
acogidos por El. No sabemos a dónde nos quiere conducir a través de la
muerte. Pero podemos vivir con confianza ante el misterio. Ante un Dios
del que sólo sabemos que es Amor, no cabe sino el gozo, la adoración y
la acción de gracias. Por eso, «cuando un cristiano piensa que ya ni
siquiera es capaz de orar, debería tener al menos alegría» (L. Boros).
SEGUIR LA ESTRELLA
Hemos visto salir su estrella
Estamos demasiado acostumbrados al relato, Por otra parte, hoy apenas
tiene nadie tiempo para detenerse y contemplar despacio las estrellas.
Probablemente, no es sólo un asunto de tiempo. Pertenecemos a una
época en la que es más fácil ver la oscuridad de la noche que los puntos
luminosos que brillan en medio de cualquier tiniebla. Sin embargo, no
deja de ser conmovedor pensar en aquel viejo escritor cristiano que, al
elaborar el relato midráshico de los Magos, los imaginó en medio de la
noche, siguiendo la pequeña luz de una estrella. La narración respira la
convicción profunda de los primeros creyentes después de la
resurrección. En Jesús se han cumplido las palabras del profeta Isaías:
«El pueblo que caminaba en tinieblas ha visto una luz grande. Habitaban
en una tierra de sombras, y una luz ha brillado ante sus ojos».Sería una
ingenuidad pensar que nosotros estamos viviendo una hora
especialmente oscura, trágica y angustiosa. ¿No es precisamente esta
oscuridad, frustración e impotencia que nosotros captamos en estos
momentos, uno de los rasgos que acompañan casi siempre el caminar
del hombre por la tierra? Basta abrir las páginas de la historia. Sin duda,
encontramos momentos de luz en que se anuncian grandes éxitos, se
buscan grandes liberaciones, se entrevén mundos nuevos, se abren
horizontes más humanos. Y luego, ¿qué viene? Revoluciones que crean
nuevas esclavitudes. Logros que provocan nuevos problemas. Ideales
que terminan en «soluciones a medias». Nobles luchas que acaban en
«pactos mediocres». De nuevo, las tinieblas. No es extraño que se nos
diga que «Ser hombre es muchas veces una experiencia de frustración»
(J. I. González Faus). Pero no es ésa toda la verdad. A pesar de todos
los fracasos y frustraciones, el hombre vuelve a recomponerse, vuelve a
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esperar, vuelve a ponerse en marcha en dirección a algo. Hay en el
hombre algo que le llama una y otra vez a la vida y a la esperanza. Hay
siempre una estrella que vuelve a encenderse. Para los creyentes esa
estrella conduce siempre a Cristo. El cristiano no cree en cualquier
mesianismo. Y por eso, no cae tampoco en cualquier desencanto. El
mundo no es «un caso desesperado». No está en completa tiniebla. El
mundo no sólo está mal y tiene que cambiar. El mundo está reconciliado
con Dios y puede cambiar. Dios será un día el fin del exilio y las tinieblas.
Luz total. Hoy sólo lo vemos en una humilde estrella que nos guía hacia
Belén.