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«… y los Estados Unidos, que parecen
destinados por la Providencia para plagar la América de
miserias a nombre de la libertad…»
Simón Bolívar, 1829
1
TOMO III
1899-1945
Selser, Gregorio
Cronología de las intervenciones extranjeras en América Latina / Gregorio Selser
5 vols.
Incluye dvd
ISBN 978-607-7798-30-9
1. América Latina-Historia- Relaciones Exteriores
2. América Latina-Historia-Cronología, 1776-1990.
F1415 S45
Cronología de las intervenciones extranjeras en
América Latina, tomo III, de Gregorio Selser
D.R. © Universidad Nacional Autónoma de México,
Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y
Humanidades. Torre II de Humanidades 4º piso, Circuito
Interior, Ciudad Universitaria, Delegación Coyoacán,
C.P. 04510, México, Distrito Federal (primera edición
CEIICH-UNAM y Universidad Obrera de México
«Vicente Lombardo Toledano», 2001).
Para esta edición integral:
D.R. © Universidad Autónoma de la Ciudad de México,
Av. División del Norte número 906, Colonia Narvarte
Poniente, Delegación Benito Juárez, C.P. 03020,
México, Distrito Federal.
Cuidado de la edición: Centro Académico
de la Memoria de Nuestra América (CAMeNA),
Ana María Sacristán Fanjul.
Revisión histórica y corrección de estilo:
Guillermo Fernández Ampié y Ana María Sacristán Fanjul.
Concepto diagramático y diseño: Tríada diseño,
Luis García Flores e Irma Bastida Herrera.
Biblioteca CAMeNA, Colección Archivo Selser / 4
http://selser.uacm.edu.mx
ISBN
Obra completa: 978-607-7798-30-9
Tomo III: 978-607-7798-34-7
Hecho e impreso en México/Made and printed in Mexico.
4
TOMO III
1899-1945
8
prólogo
Prólogo
Andrés Kozel*
Uno
Este tomo de la cronología selseriana cubre el complejo y determinante periodo que se abre tras la
conclusión de la guerra hispano-estadounidense de 1898 —el Tratado de París y sus consecuencias
inmediatas y mediatas—, para cerrarse con el triunfo aliado en la segunda guerra mundial. La
elección por Selser de los hitos que enmarcan el lapso no es casual, ni obedece simplemente a
un elemental sentido de la proporción —dedicar cada tomo de la Cronología... a una etapa de
aproximadamente medio siglo—, sino que resulta indicativa de una forma bien definida de pensar
la historia contemporánea, a saber, aquella que toma como criterio fundamental de intelección la
consideración de los modos a través de los cuales se configuran históricamente las relaciones de
dominación a escala regional y global: 1898 y 1945 constituyen, al igual que 1847-1848 y 1989-1991,
mojones cuya importancia sería difícilmente cuestionable en tal sentido.
Es algo bien sabido que la guerra de 1898 emblematiza el ocaso absoluto del Imperio Español, a
la vez que la consolidación definitiva de los Estados Unidos como actor hegemónico en los asuntos
caribeños y centroamericanos y, también, como potencia de gravitación creciente en la escena
internacional. No menos sabido es que la conclusión de la Segunda Guerra Mundial dejaría a los
Facultad de Filosofía y Letras, UNAM; Sistema Nacional de Investigadores, CONACYT; Comité Asesor del Archivo Gregorio
y Marta Selser, UACM.
*
9
prólogo
Estados Unidos compartiendo el predominio global con la URSS, la otra súperpotencia del momento,
cuya emergencia en tanto tal fuera, en sentido estricto, más reciente aún. Entre las razones principales
que explican la metamorfosis de los Estados Unidos ha de contarse su inusitado crecimiento industrial
y financiero, solicitante voraz de materias primas, mercados y espacios propicios para la colocación de
capitales, además de condición primordial para el notable desarrollo armamentístico cuyas envergadura
y dinamicidad acabarían por resultar decisivas en la magna contienda inter-imperialista.
A partir de 1898, los gobiernos de los Estados Unidos —encabezados por McKinley, Roosevelt,
Taft— despliegan una política señaladamente activa y agresiva tanto en Centroamérica y el Caribe
como en la mucho más lejana Asia. Durante los primeros años del siglo, las intervenciones sobre
los países centroamericanos y caribeños son no sólo múltiples, sino además, vale la pena insistir en
ello, determinantes a posteriori. En la estela geoestratégica de la guerra hispano-estadounidense,
destacan por sobre otras situaciones-clave las correspondientes a Puerto Rico y Cuba, donde los
Estados Unidos sustituyen al gobierno colonial español con singulares disposiciones neo-colonialistas
que no serían revisadas sino hasta mucho después (Ley Foraker, Enmienda Platt); a la República
Dominicana, donde los Estados Unidos ejercen un control casi ininterrumpido sobre las aduanas,
hasta llegar a la ocupación integral del país en 1916, y a Colombia, donde el rechazo por el congreso
colombiano del Tratado Hay-Herrán (suscrito en enero de 1903) conduce a un impaciente Theodore
Roosevelt a promover la secesión del territorio colombiano de Panamá (acaecida en noviembre 1903),
para iniciar de inmediato la construcción del anhelado canal interoceánico, finalmente inaugurado
una década más tarde.
Este conjunto de procesos, al que deben integrársele tanto el bloqueo infligido a Venezuela por
Gran Bretaña, Alemania e Italia a fines de 1902 —y el capital debate jurídico-político por él suscitado
(en el cual el gobierno estadounidense juega también un papel)—, como otros muchos incidentes
menores (anticipémoslo: casi no hay incidentes menores o casuales para Selser), acaban por conducir
a la formulación y fijación relativa del Corolario Roosevelt a la graciosamente elástica Doctrina
Monroe, así como a la formulación y fijación relativa de toda una larga serie de supuestos y reflejos
10
prólogo
conexos, más o menos tácitos o explícitos según los casos, y con matices que sólo se comprenden
bien situando cada dinámica en su contexto respectivo, los cuales orientarían en los lustros por venir
no sólo la política estadounidense en sus relaciones con América Latina, sino además los tipos de
respuesta que los gobiernos y otros actores latinoamericanos estuvieron en condiciones de articular
ante la misma.
En suma, si es cierto que, como lo testimonian los tomos precedentes de la Cronología..., es factible
identificar numerosos antecedentes del modus operandi de las potencias extranjeras, incluidos los
Estados Unidos, en el ámbito latinoamericano, no lo es menos que es precisamente en torno y a partir
de 1898 y sus derivaciones que se conforma un formato de relación relativamente nítido y perdurable
entre los Estados Unidos y, en principio, las naciones centroamericanas y caribeñas. El desciframiento
de dicho formato, la comprensión de la lógica que le subyace, es de enorme importancia para dilucidar,
sin desatender a las irreducibles especificidades, buena parte de lo que sucedería después, y ya no
sólo en las aguas y en las playas de aquel Caribe, mare nostrum más o menos circunscrito.
Los años diez son los de la intervención en Nicaragua, donde los Estados Unidos desempeñan un
papel inocultable no sólo en la caída del presidente liberal José Santos Zelaya a fines de 1909, sino
también en la configuración del vergonzante orden ulterior, caracterizado por la virtual plattización
del país (pactos Dawson, presencia constante de los marines, dominación de los conservadores a
través de la dinastía Chamorro); los de las ocupación militar de toda la isla de La Española, y también
los de la fase armada de la Revolución Mexicana, donde los Estados Unidos son cualquier cosa menos
ajenos a sus intrincados avatares (auge y caída de Madero, auge y caída de Huerta, movilización
de tropas, tráfico de armas, papel de los trusts, rumores de invasión, ocupación militar efectiva,
constante presión diplomática, y un largo y espeso etcétera que, para decirlo con una expresión cara
a Selser, olería mayormente a petróleo). De ninguna manera ha de olvidarse que, en todo o en parte,
estos procesos se fueron desenvolviendo sobre el telón de fondo impuesto por la Primera Guerra
Mundial y por sus antecedentes y consecuencias inmediatos. Ello propició, desde luego, un cierto
singular reverdecer de la Doctrina Monroe en los Estados Unidos, ligado ahora a la obsesión por
11
prólogo
controlar espacios y recursos estratégicos cruciales (el canal interoceánico y sus inmediaciones, el
cobre chileno, el petróleo de varios países y otro espeso etcétera).
Los años veinte de Selser son, ante todo, los de la guerrilla de Augusto C. Sandino, su héroe
predilecto. No es que Sandino y su «pequeño ejército loco» no hubiesen tenido precursores y
acompañantes en la lucha anti-imperialista: los tuvieron, y en ocasiones muy remarcables y muy
remarcablemente dignos. Sin embargo, la guerrilla sandinista constituye para Selser un caso especial,
por el origen humilde de su líder, por la pureza de su causa y, sobre todo, porque su gesta vino
a demostrar que era posible resistir y también vencer al imperio, y ello más allá de que todo se
resolviera entonces en los infames sucesos de 1934 (perpetrados, aclara Selser, con la aprobación de
Arthur Bliss Lane, entonces ministro de Estados Unidos en Nicaragua), los cuales abrieron paso a la
larga noche somocista, a su vez combatida y derrotada, cuatro décadas más tarde, en nombre del
invencible general. En una entrada altamente significativa por lo que nos deja saber acerca del prisma
a través del cual Selser interpreta ese específico periodo, leemos:
Los sucesos [el desconocimiento por Juan B. Sacasa del régimen de Adolfo Díaz y la nueva intervención
de los marines] provocarán, pocos meses después, la aparición de guerrillas al mando de un ex obrero
manual, Augusto C. Sandino, quien enarbolará la divisa nacionalista «Patria y Libertad». Con su lucha
producirá una viva reacción mundial que, años más tarde, se reflejará en la llamada Política del Buen
Vecino, de Franklin D. Roosevelt.1
Por lo demás, la lectura atenta de esta zona del tomo nos revela a un Selser distante del aprismo
–difícil dejar de ver allí una especie de encono retrospectivo–, a la vez que identificado abiertamente
con las posiciones sostenidas por Julio Antonio Mella y por la Liga Antiimperialista de las Américas.2
1 Entrada correspondiente a diciembre (sfe) de 1926, mis cursivas.
2 Véanse las entradas correspondientes al 7 de mayo de 1924; las sin fecha específica de 1925 y 1927, la de febrero (sfe) de
1927 y las dos del 10 de enero de 1928.
12
prólogo
Los años treinta son los de la crisis económica mundial y sus devastadores efectos —Selser sigue
atentamente, además de los procesos centroamericanos y caribeños, los casos chileno y argentino—,
así como los de la Política de la Buena Vecindad, anunciada por Herbert Hoover y puesta en práctica
por Franklin D. Roosevelt a partir de 1933. Hay que decir que, análogamente a lo sucedido con sus
apreciaciones sobre la presidencia de Wilson, la valoración de este lapso por Selser es tan capaz de
registrar el cambio de clima usualmente asociado a la figura del segundo Roosevelt como de no dejarse
engañar por él —a sus ojos, la Política del Buen Vecino es sólo «un modelo de relación distinto en lo
formal, pero que dejará intactos los elementos históricos de la dependencia».3 La reconstrucción trazada
por Selser de toda esa fase deja perfectamente claro que aunque es cierto que los años treinta son los
de la adhesión de los Estados Unidos al principio de no intervención (VI Conferencia Panamericana,
Montevideo, 1933), de la abrogación de la Enmienda Platt, del retiro de tropas de Nicaragua y de
Haití, de la promulgación del acta de independencia filipina, de la modificación de los términos del
tratado Hay/Bunau-Varilla, de la gira del presidente Roosevelt en varios países latinoamericanos y
de la también relativa buena disposición para negociar ante una medida tan rotunda y radical como
lo fue la expropiación de bienes petroleros de propiedad extranjera durante el gobierno del general
Lázaro Cárdenas, pero también lo es que son, en contrapartida, los de la masacre de El Salvador —en
relación con la cual nada hacen los Estados Unidos—; de la Guerra del Chaco —donde la Standard
Oil y su rival la Royal Dutch Shell desempeñan el papel de titiriteros macabros—; de la resolución
contrarrevolucionaria de los sucesos cubanos de 1933 –donde los Estados Unidos son todo excepto
un actor neutral–; del Tratado de Reciprocidad Comercial entre Cuba y Estados Unidos (agosto de
1934) —señaladamente lesivo para la nación isleña–; de la dura represión al cada vez más ostensible
y combativo movimiento nacionalista puertorriqueño; del inicio de las ominosas dictaduras de Trujillo
en Dominicana y de Somoza en Nicaragua —ambas apoyadas, al comienzo y de manera perdurable,
desde Washington—, y de un, una vez más, saturado etcétera.
3 Entrada correspondiente al 1 de marzo de 1933, mis cursivas.
13
prólogo
El tomo concluye haciendo referencia a los años de la Segunda Guerra Mundial, signados, entre
otras cosas, por la presión diplomática de los Estados Unidos —acaecida después del incidente
de Pearl Harbor— para que los países latinoamericanos rompieran relaciones con las potencias
del Eje y les declarasen la guerra —cosa que casi todos hacen puntualmente, en tanto que otros
más reticentes (destaca la Argentina del momento pre-peronista, interesada en preservar sus hasta
entonces decisivas relaciones comerciales con Europa), sólo hacen mal y tarde, lo cual tendría
múltiples consecuencias ulteriores (en el caso argentino, y por mencionar sólo lo inmediato, sobresale
la intromisión de Spruille Braden en la política interna del país), cuya relevancia Selser no deja de
insinuar en el tramo final del volumen.
Al lector deseoso de acceder sin más mediaciones al modo por el cual Selser aprecia la etapa
abierta por la crisis de 1929-1932, así como a los parámetros interpretativos con base en los cuales
piensa el escenario de la posguerra —abordado en el cuarto tomo—, le resultará productivo acudir
a dos testimonios retrospectivos que reproduce in extenso y aprobatoriamente en este tercer tomo:
uno, del profesor ecuatoriano Jorge Núñez;4 el otro, del intelectual mexicano Gastón García Cantú.5
Ambos extractos —elaborados, insisto, con posterioridad a los procesos a los que se refieren—
dejan claro que entre los rasgos definitorios del periodo ha de contarse la decisiva gravitación y la
creciente penetración estadounidense en América Latina, siendo uno de sus efectos la relegación
paulatina de las potencias europeas de los asuntos del hemisferio. Si hoy sabemos que dicho proceso
no fue homogéneo ni tampoco absoluto, sabemos, también, que la historia de la América Latina
contemporánea no podría comprenderse de manera adecuada sin colocar en el centro de nuestras
consideraciones los intereses y el accionar diplomático, geoestratégico y económico del Coloso del
Norte.
14
4 Entrada correspondiente a 1930, sin fecha específica.
5 Entrada correspondiente a 1945 (Sfe).
prólogo
En muy estrecha relación con lo anterior, vale la pena destacar que para Selser no hay, al menos
en principio, solución de continuidad alguna entre la política estadounidense, conducida por el
Departamento de Estado y sus dependencias, y el accionar de los grupos económicos privados. Más
allá de algunos conflictos y tensiones oportunamente referidos,6 la imagen que tomo y obra destilan
en este sentido destaca los profundos vínculos que históricamente han enlazado ambas esferas. No
parece excesivo sostener que la puesta de relieve de dicha conexión es uno de los motivos constantes
y principalísimos de la Cronología... y, también, y más allá, de la producción selseriana integralmente
considerada.
Dos
Todo conocedor de la obra de Selser sabe en qué importante medida su trayectoria intelectual
quedó marcada por Guatemala 1954 y por la serie de sucesos que le siguieron: la desilusión ante la
presidencia de Arturo Frondizi, el horizonte abierto por la Revolución Cubana y su giro comunista,
el asesinato de John F. Kennedy, la escandalosa intervención sobre República Dominicana en 1965…
Tanto el temprano interés de Selser por los asuntos centroamericanos y caribeños —las primeras
ediciones de Sandino, general de hombres libres, El pequeño ejército loco, El guatemalazo, El rapto de
Panamá y ¡Aquí, Santo Domingo!, son de 1955, 1958, 1961, 1964 y 1966, respectivamente—, como
su valoración enconadamente crítica de la política estadounidense de ese tiempo (textualizada en
una serie de obras suyas más o menos contemporáneas a la referida) parecen derivar directamente de
aquella marca primordial: entre los efectos de Guatemala 1954 ha de contarse la radicalización no sólo
de Selser, sino también de una significativa franja de militantes e intelectuales latinoamericanos.
Todo conocedor de la obra selseriana sabe, también, que la versión definitiva de la Cronología...
fue cristalización de un antiguo afán suyo, que cuenta con antecedentes, menos monumentales
y menos perfectos sin duda, pero aun así sumamente significativos desde el punto de vista de la
6 Véase, por ejemplo, la entrada correspondiente al 24 de enero de 1932.
15
prólogo
adecuada comprensión de su proyecto intelectual, que, como todos los proyectos intelectuales,
conviene visualizar como forja historiable y no como esencia dada de una vez y para siempre. En
Diplomacia, garrote y dólares en América Latina (1962) se deja apreciar, bajo el título «Nuestra América:
referencias histórico-político-sociales», una propuesta cronológica seminal: alrededor de sesenta
páginas basadas, «entre otros, en los meticulosos aportes de don Vicente Sáenz y del ex-ministro
guatemalteco Raúl Osegueda»,7 que cubren el periodo 1776-1961. Numerosos rasgos de aquella
versión liminar anticipan claramente los de la magna reelaboración ulterior: tendencia a la concisión
cablegráfica; focalización de la atención en el seguimiento de una serie de procesos juzgados como
sintomáticos y decisivos; introducción de voces de protagonistas e intérpretes contemporáneos a los
acontecimientos; evocación de consideraciones de intérpretes retrospectivos significativos; apelación
constante a los recursos retóricos del sarcasmo y la ironía…
Todo lo anterior no es demasiado distinto a lo que una década más tarde se deja ver en otro
trabajo suyo, titulado Los marines. Intervenciones norteamericanas en América Latina (Cuadernos
de Crisis, 1974). Si la cotejamos con la precitada, las principales novedades de esta versión son
la extensión del seguimiento cronológico hasta 1973, la introducción de recuadros (testimonios,
documentos o comentarios) e imágenes (viñetas, fotografías), así como también la reubicación de la
sentencia bolivariana de 1829 (en carta a Campbell), que pasa a presidir, desde ahora y en calidad
de epígrafe, la entera tentativa, en aquella versión y en la postrera. Por otra parte, en muchos otros
libros de Selser aparecen cronologías ligadas a procesos particulares, así como también despliegues
de parte o de la totalidad de los recursos técnicos, historiográficos y retóricos aludidos.
Habitualmente se ha empleado la Cronología... como una fuente histórica; desde luego, ello
es legítimo. No obstante, la obra puede ser usada de otros modos, no necesariamente menos
provechosos. Uno de esos modos es el que tiene que ver con prestar atención a quiénes son esos
«intérpretes retrospectivos significativos» que Selser evoca y convoca para comentar y analizar la
cascada de hechos que tenazmente va puntualizando. Leer empleando una lente sensible a dicha
7 16
En Gregorio Selser, Diplomacia, garrote y dólares en América Latina, Buenos Aires, Palestra, 1962, p. 19.
prólogo
dimensión constituiría un camino productivo, no sólo para perfilar el arsenal de las referencias
selserianas predilectas, sino además para reconstruir una biblioteca básica para el estudio del hecho
imperialista en América Latina —y del anti-imperialismo, su contra-cara. No se trata, por supuesto, de
cuantificar referencias y alusiones: Jorge Núñez y Gastón García Cantú aparecen citados, cada uno,
una sola vez en el tomo tercero, pero esas veces son, como quedó dicho, altamente significativas. Y
sin embargo, no deja de ser interesante llamar la atención sobre la apelación recurrente por parte de
Selser a un repertorio específico de autores y de obras, algunos más recordados en nuestro tiempo,
otros menos. Mencionemos media docena de autores (los títulos de sus obras pueden consultarse en
la Bibliografía que cierra el volumen): Luis Izaga (S.J.), Vicente Sáenz, Isidro Fabela, Ramiro Guerra
y Sánchez, Dexter Perkins y, menos convocado, pero no menos decisivo, Juan José Arévalo, el ex
presidente de Guatemala. A la presencia de este haz de autores, descollante en más de un sentido,
hay que agregar la convocatoria a voces que hablan de historias nacionales específicas, algunas veces
en relación con un periodo particular (por ejemplo, Julio Yao para Panamá y el canal interoceánico,
Marvin Barahona para Honduras, Pedro Henríquez Ureña para República Dominicana, Mariano Picón
Salas para la Venezuela de Cipriano Castro y, subrayémoslo, el mismo Selser, en especial para los
casos de Dominicana y Panamá). Hay que agregar, también, el empleo de un considerable espectro
de materiales de origen estadounidense (extractos de literatura histórica y biográfica, de editoriales de
periódicos, de discursos e informes…). A ello se suma, por fin, una buena cantidad de material tomado
directamente del diario La Prensa de Buenos Aires, así como también una considerable porción de
testimonios-análisis recuperados de la revista Repertorio Americano —esto último muy notable en
relación con el tratamiento del periodo en que se desarrolló la guerrilla liderada por Sandino.
De manera que, en términos generales, cabe ver a la Cronología... como un inmenso collage,
compuesto básicamente por noticias, extractos de documentos de diverso orden (despachos,
memorándums, informes, protocolos, acuerdos, tratados) y fragmentos de pasajes tomados de artículos
y/o libros de otros autores, intérpretes de los hechos, contemporáneos a ellos o no. Con base en esta
constatación resulta posible acercarse a la obra provistos de una lente atenta, no ya a los materiales con
17
prólogo
los que fue compuesta, sino a su forma específica. Entre otras cosas, el Selser-autor de la Cronología...
parece esmerado en sustraerse de los desarrollos y debates: como si quisiera permanecer oculto tras
la enorme masa de los hechos que consigna y de las tramas interpretativas que convoca, incluidos
sus propios aportes previos. Sin embargo, en ocasiones su voz asoma —concisamente, como entre
bambalinas, como obsedida por no revelarse del todo…—, y esos asomos son reveladores a su vez.
¿Qué puede significar esta disposición, este modo de proceder que predomina en la Cronología... y en
otras zonas de su dilatada obra?; ¿qué puede significar el recurso al collage de voces, envés probable
de una reticencia relativa —sólo relativa— a ofrecer una larga disertación en primera persona para
dejar así que hablen los hechos, los actores involucrados, los intérpretes calificados…?
Una primera línea de reflexión podría llamar la atención sobre la probable auto-percepción de cierto
déficit de autoridad discursiva por parte de un Selser demasiado sensible a su condición de intelectual
autodidacta, a quien no le sobran credenciales para legitimarse en un medio casi invariablemente
mezquino. Antes y después de Selser, análogo problema aquejó y aqueja a numerosos intelectuales,
que desplegaron y despliegan estrategias diversas para conjurarlo. Puede haber algo de cierto en todo
esto, pero entonces: ¿cómo explicar la convocatoria a su propia voz en calidad de fuente?, ¿cómo
explicar las intromisiones y las presencias a las que haremos referencia enseguida…?
Un segundo y tal vez más fecundo cauce de análisis podría optar por poner de relieve el hecho
simple pero verdadero de que Selser tributa claramente a una epistemología objetivista-crítica. En
este sentido, no debiéramos permitir que nos confundan ciertas declaraciones suyas orientadas a
tomar distancia de las nociones de objetividad y de neutralidad valorativa; con esas declaraciones,
recurrentes en sus libros, Selser cuestionaba no tanto el significado y las promesas encerrados en esas
nociones como su uso generalizado en calidad de coartada de unos intereses que, aunque quisieran
permanecer ocultos, casi siempre resultan, si se indaga lo suficiente, perfectamente determinables.
Es claro que, para Selser, no cabe dudar de la realidad de los hechos del pasado ni tampoco de
la posibilidad de conocer su verdad; nada más lejos de su élan que el entusiasmo por cualquier
clase de subjetivismo interpretativo o que el regodeo en torno a la eventualmente caleidoscópica
18
prólogo
polisemia del devenir. Como buena parte de quienes integraron la cultura de las izquierdas de su
tiempo (que va, digamos, de Guatemala 1954 a Nicaragua 1979), Selser se esmera por contraponer a
las verdades-coartada disponibles unas verdades-hechos trabajosamente reconstruidas sobre la base
de un paciente y minucioso trabajo. Desde el punto de vista de alguien situado en esta sensibilidad
epistemológica, a la objetividad falsaria de las verdades del poder y sus secuaces se la puede y se la
debe enfrentar con la objetividad auténtica de las verdades labradas desde el digno mirador provisto
por la crítica honesta, comprometida y documentalmente fundada. La relativa auto-sustracción de la
voz autoral obedecería así, ante todo, a una opción epistemológica ligada al afán de que los hechos
«hablen por sí solos», bajo el supuesto ético-político que indica que con ello, y con la convocatoria
a voces autorizadas, basta.
Una tercera línea de argumentación, no necesariamente excluyente de las anteriores, aunque sí
portadora de otros énfasis acaso más promisorios, podría resaltar el hecho de que tal vez no sea tan
cierta la afirmación según la cual el Selser-autor está ausente, ni siquiera relativamente ausente, de
una obra como la Cronología... Más bien, lo que tendríamos es otra imagen: un Selser activísimo,
meta-bricoleur (si se emplea este último concepto libre de cualquier connotación peyorativa), director
de una obra de atributos sinfónicod, incansable artífice de una tupida y polícroma trama, gran
tejedor que decide cuáles hilados, cuáles colores, cuáles texturas, cuáles semblantes, representar
sobre el canevá.
Este último punto de vista es importante aquí. Asumiéndolo, se vuelve posible justipreciar una
serie de atributos formales de la Cronología..., decisivos en el sentido que venimos considerando.
Mencionemos algunos. En primer lugar, el empleo habitual de la analepsis y de la prolepsis. La
primera podemos apreciarla, por ejemplo, en una entrada correspondiente al 24 de enero de 1911:
«Se demuestra que la explosión del Maine, ocurrida en 1898 y que fue el pretexto de la guerra contra
España, se produjo dentro del barco, donde no había sino marineros estadounidenses […].» También
se observa en una entrada correspondiente al 25 de diciembre de 1935: «Desde Washington se
informa que han quedado al descubierto las maquinaciones de la multimillonaria Casa Morgan para
19
prólogo
hacer entrar a Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial.» Y en una entrada correspondiente al 27
de diciembre de 1940: «En documentos que el Departamento de Estado de Estados Unidos publica
por primera vez, se consigna cómo hace 15 años, cuando era presidente [Álvaro] Obregón, Estados
Unidos logró que el gobierno mexicano siguiese consintiendo que la flota de ese país operase desde
Bahía Magdalena, Baja California [...].» La prolepsis se observa, por ejemplo, en las entradas referidas
a los antecedentes de la Guerra del Chaco (años veinte), al desempeño juvenil de Jorge Eliécer Gaitán
(que prefigura su popularidad ulterior), a la fundación del Partido Socialista chileno (de la que participa
el joven Salvador Allende, protagonista decisivo del tomo cuarto). También en la referencia, en una
entrada correspondiente a la presidencia del segundo Roosevelt, al ulterior olvido por parte de Truman
de los «doce puntos» que aquél acordara con el gobierno panameño. Está asimismo presente en las
anotaciones sobre el hallazgo de bauxita en Jamaica; sobre los ataques racistas contra mexicanos en
Los Ángeles, y en muchas más. Algunas son tan turbadoras como la siguiente —correspondiente a
1934 (Sfe)—, que asaz complejamente combina prospección y retrospección: «Algún tiempo después
de terminada la Guerra [del Chaco], los bolivianos descubrieron con indignación que, mientras
su país tuvo que importar petróleo peruano y venezolano para su ejército en guerra, la Standard
había abastecido con petróleo boliviano al ejército paraguayo, por medio de oleoductos secretos
construidos en El Chaco.»
En segundo lugar, los asomos de la voz autoral a modo de latigazos, unas veces de coloración trágica,
como se ve, por ejemplo, en una entrada correspondiente al 22 de enero de 1902: «El representante
de Colombia, entre otros, suscribe esta declaración. Es suicidio puro.» O en una correspondiente al
20 de julio de 1903: «[…] se designa un organismo arbitral para zanjar las diferencias, integrado por el
mismo Galván [nuevo canciller de Dominicana] y por dos ciudadanos estadounidenses: un corderito
contra dos lobos. Así le irá al corderito». En ambos casos, mis cursivas resaltan sendos latigazos
selserianos. Otras son de pulso innegablemente irónico-sarcástico; por ejemplo, en referencia a
cierta declaración de Philippe Bunau-Varilla: «De paso, este colosal bandolero de levita y galera se
sigue autoelogiando» (2 de mayo de 1909). En relación con la presidencia Taft: «una barriga rodeada
20
prólogo
de pillos»; o, con respecto a un triunfo electoral de Carías en Honduras (30 de octubre de 1932):
«Suceden cosas raras en las urnas comiciales y más raros son aún los cómputos porque perjudican
al candidato del Partido Liberal, Ángel Zúñiga Huete, en beneficio de su contrincante, el general
Tiburcio Carías Andino, que entre otras cosas posee la contundencia irrefutable de la fuerza armada
y, por lo tanto, aparece consagrado presidente.» Y, en alusión a cierta respuesta dada por el dictador
Gerardo Machado al embajador Sumner Welles el 8 de agosto de 1933: «También el dictador es
surrealista» (repárese en el espesor que adquiere, en este caso, el adverbio también), o acerca de la
contundente victoria electoral de Somoza en Diciembre (sfe) de 1936: «Mayor muestra de democracia
no puede pedirse.»
El empleo de este tipo de recursos —los mencionados y otros muchos más— denota una actividad
ostensible e intensa por parte del autor. Tomar todo esto en cuenta conduce, de manera casi natural,
a complicar aquella imagen demasiado simple de un Selser auto-sustraído —sea por modestia o por
decisión epistemológica— de la labor diegética solicitada por su afán. Así, y contra lo que pudiera
colegirse con base en una aproximación superficial y desprevenida, la Cronología... aparece como
una obra capaz de soportar análisis formales elaborados —hay que tener presente que, tal y como se
ha venido resaltando con insistencia últimamente, la forma, lejos de ser un simple ornamento, es una
dimensión crucial de las elaboraciones discursivas y de los procesos de comunicación.
Tres
A mediados de 1983 Selser recibió del gobierno nicaragüense la Orden Rubén Darío. En el discurso
que pronunció en la ocasión, se refirió a sí mismo como «cronista afiebrado e indignado de una
historia draculesca». Recordar esa auto-definición, formulada en un momento tan especial, reflexionar
sobre ella, puede ser un buen modo de (re)abrir el debate acerca de la significación cultural y política
de Selser –figura y legado. ¿Cuál es el mensaje propuesto en la Cronología...; cuál puede ser, para
nosotros, hoy, el sentido global de los afanes selserianos?
21
prólogo
«Cronista afiebrado e indignado de una historia draculesca.» La oración tiene dos sustantivos
y tres adjetivos: ¿no late claramente, bajo cada uno de esos tres adjetivos, un pathos trágico…?
Despejemos, antes de seguir avanzando en esta dirección, algunos posibles equívocos. Perspectivas
analíticas como la de Selser pueden ser, y de hecho han sido, juzgadas críticamente por ideológicas,
unilaterales, conspirativas, maniqueas. En mi opinión, tales críticas son injustas, sobre todo cuando se
las formula con ánimo no de propiciar la renovación de los debates interpretativos, sino de invalidar
en bloque un tipo determinado de producción cultural. Como vimos, Selser nunca dejó de reconocer
su apasionamiento —de hecho, dos de los tres adjetivos de la oración que estamos analizando
ahora (afiebrado, indignado) aparecen muy distantes de la imagen del observador impasible y
valorativamente neutro—; sin embargo, y como también vimos, ello no significa que dejara de
tributar a una epistemología de tipo objetivista. Acusar a Selser de «ideológico» es síntoma no sólo
de adhesión a una concepción pobre del hecho ideológico y de la actividad intelectual en general,
sino también de ciega obcecación a admitir que en sus laboriosamente construidas proposiciones hay
una buena dosis de verdad, en el sentido de ajuste a los hechos, y ello más allá de su dilección por
el uso de un lenguaje flamígero-sarcástico, por decir lo menos. Que quede claro: Selser jamás habría
rehuido a un debate orientado a precisar mejor cualquiera de los incontables hechos y procesos
históricos que abordó en su obra. Por otra parte, acusar a Selser de conspirativo o maniqueo es
no haber comprendido bien una serie de aspectos decisivos de su obra. Porque si es cierto que
sus elaboraciones han sido edificadas sobre los cimientos provistos por el contraste primordial
entre la buena y la mala política, no lo es menos que esas cualidades no aparecen adosadas de
manera necesaria ni forzosa a determinadas entidades. En otras palabras, no ha sido mala toda la
política estadounidense, ni ha sido buena toda la política latinoamericana. Los ejemplos abundan.
En la arquitectura polifónica de la Cronología... se oyen constantemente voces de intelectuales y
políticos estadounidenses que juzgan con signo negativo la política exterior seguida por los gobiernos
de su propio país. Del otro lado, no es preciso insistir sobre el hecho elemental de que la tematización
de la abyección de incontables dirigentes latinoamericanos es uno de los leitmotivs de la obra. Desde
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prólogo
este específico punto de vista, la Cronología... es una historia de la abyección, de la hipocresía y de la
culpa —estadounidenses y latinoamericanas—, a la vez que una historia de la dignidad, del heroísmo
y de la resistencia —estadounidenses y latinoamericanos a su vez… Y, dadas sus características
formales, que hacen de ella no sólo un inventario de hechos, sino también un entramado de lenguajes
e interpretaciones, la Cronología... es también, y quizá sobre todo, la historia de un contrapunto
argumental sin tregua, que cabe registrar y seguir en varios planos —y no exclusivamente como una
disputa entre los Estados Unidos y la América Latina, vistos cada uno como bloques sin fisuras ni
matices… Es la historia, en suma, de un diálogo complejo, fascinante y —lo que es capital, a mi modo
de ver—— pleno de resonancias morales.
Selser, «cronista afiebrado e indignado de una historia draculesca». ¿Qué significa esto? Dijimos
más arriba que los tres adjetivos presentes en la auto-definición remiten a un pathos trágico. No
es posible tentar en este espacio una reflexión adecuada sobre la tragedia y su lugar en la cultura
histórica. Cabe apenas decir, a modo de incitación a un debate necesario, lo siguiente: tal y como se
admite normalmente, Aristóteles pensó que la tragedia se construye sobre el principio de la función
catártica o purificadora, y que ello es lo que la singulariza frente a otros géneros, como la poesía
épica o la satírica. Aristóteles pensó también que la tragedia tiene entre sus efectos principales el de
suscitar en el contemplador la compasión y el temor, purificando en él ciertas pasiones perturbadoras,
desafortunadamente no especificadas, al menos no en el corpus aristotélico disponible. Justamente,
parte importante de los inabarcables debates sobre lo que Aristóteles dijo o quiso decir al respecto
se ha centrado en el significado y alcance de las nociones de compasión y temor, y en si son éstas,
u otras —yuxtapuestas a ellas o distintas y, en ambos casos, cuáles— las pasiones perturbadoras
purificadas en el alma de quien contempla un drama trágico. Es también materia de debate el tema de
la ejemplaridad, del tipo de ejemplaridad, del héroe protagonista de este tipo de drama. Es evidente
que el sino del héroe trágico puede suscitar y de hecho suscita temor en el contemplador. Lo que
no es tan evidente es que ese temor siempre revierta exclusivamente como temor sobre el mundo
del lector, sobre el mundo real. Todos hemos experimentado temor —también compasión— ante el
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prólogo
sino de los héroes trágicos. Sin embargo, también hemos experimentado otras emociones, que van
desde la identificación con el héroe y su causa, hasta la ira por la situación injusta que éste afronta,
pasando por el deseo de reparar la desinformación del héroe e, incluso, por contribuir a reparar
la situación injusta como tal. En otras palabras, no sería adecuado sostener que la compasión y el
temor sólo revierten sobre el mundo real como prudencia confortable o como resignación fatalista;
pueden perfectamente, en ocasiones, tomar otros caminos: la purificación de una emoción como
el temor es capaz, al menos en ocasiones, de transfigurarse en disposición para… Y es seguro que
nada más lejos de los propósitos de Selser que fomentar los silogismos de plomo, del estilo «todos
nuestros héroes han sido derrotados, el enemigo es invencible, la resistencia es fútil, mejor cruzarse
de brazos y olvidar el asunto…» No es éste, sin duda, el mensaje que Selser ha querido legar; un
uso de su obra en tal sentido lo habría simplemente horrorizado.
Hay otra interpretación posible, que conduce a su vez a otros debates. Disposición para… ¿qué
cosa? Planteada así la pregunta, los temas a debatir serían cuál ha sido la información de que no
dispuso el héroe, cuál su error, cuál el marco injusto y, consecuentemente, qué debemos hacer
nosotros, ahora. Y lo primero que habría que decir al respecto es que Selser se empareja perfectamente
con sus héroes dilectos (Zapata, Sandino, Guevara), debido a la tersura y plenitud absolutas de su
radicalidad. Ante todo, Selser se muestra contrario a dejarse llevar por los requerimientos de una
política definida con base en criterios puramente pragmáticos: no será combatiendo la vileza de
los enemigos con la eventualmente más astuta vileza propia que se quebrarán los eslabones de
la abyección. Enseguida, y en forma coherente, rechaza toda opción oportunista/adaptacionista
para América Latina y para quienes resisten en general: no será cediendo a las presiones de los
enemigos ni aceptando las migajas de los acuerdos eventualmente convenidos que se quebrarán
los eslabones de la vileza.
Las distinciones precedentes son importantes, toda vez que es un rasgo muy habitual de la
literatura anti-imperialista el cultivo de una cierta admiración, en ocasiones velada pero aun así
indisimulable, por los éxitos prácticos de la política imperial. Con frecuencia, esta disposición
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prólogo
se conecta con un elogio a la consistencia, continuidad y orientación estratégica de esa misma
política —atributos que, en contraste, son juzgados como endémicamente ausentes del panorama
de las naciones subordinadas. Este tipo de razonamiento deriva, previsiblemente y de manera
más o menos explícita según el caso, en una serie de recomendaciones prácticas para nuestros
dirigentes, orientadas a poner de relieve la necesidad imperiosa de contar con una serie definida
de lineamientos de política exterior —consistentes, estratégicos, capaces de penetrar en las brumas
del largo plazo. Es obvio que, en términos generales, Selser se habría manifestado de acuerdo con
estos últimos énfasis —tener una política sería mucho mejor que no tenerla; que sea estratégica
sería preferible a que no lo fuera. Sin embargo, hay que decir que, en un sentido más profundo,
Selser jamás habría estado de acuerdo con anteponer lo pragmático a lo moral. Tener una política,
sí; estratégica, también, pero sin propiciar y sin permitirse despeñamiento alguno en los sórdidos
abismos de la abyección.
Conocedor profundo de los pliegues y de los meandros de la realpolitik y, seguramente
por eso mismo, cultivador de una poética a la vez iracunda y mordaz, surcada, además, por
singulares modulaciones melancólicas (todo lo cual halla expresión, como vimos, en múltiples
decisiones formales), Selser se nos revela como un tipo bien característico de intelectual, cuyo
crudo hiperrealismo –al leerlo es difícil dejar de preguntarse qué dosis de verdad puede soportar
el hombre (latinoamericano o no)– contrasta espléndidamente con la diafanidad de ese sueño
suyo jamás abandonado: a saber, el sueño que perfila la reconciliación genuina entre política
y moral, o lo que es lo mismo, la reconciliación genuina del hombre con los demás y consigo
mismo. Con la realización de dicho sueño, el mal imperante, que hasta ahora ha tenido sólo
némesis parciales, tendría por fin su Némesis definitiva. A mi modo de ver, en la exploración de
esta singular, desgarradora y, por qué no decirlo, radiante tensión reside una de las claves más
estimulantes para (re)leer a Selser desde el mirador que nos van imponiendo nuestros conturbados
y perplejos días.
Ciudad de México, septiembre de 2009.
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1899
1899
3 de enero
3.1 ESTADOS UNIDOS/FILIPINAS
1 de enero
3.1 CUBA
En el Palacio de los Capitanes Generales
han ondeado tres banderas: la de España, arriada felizmente y para siempre el
primero de enero de 1899; la estadounidense en dos ocasiones (de 1899 a
1902 y durante la segunda intervención
de Estados Unidos, de 1906 a 1908), y
la cubana.
1 de enero
3.1 ESPAÑA-ESTADOS UNIDOS/CUBA
A las 12 de este día, en una ceremonia
realizada en el salón del trono del Palacio
de los Gobernadores Generales de la isla
de Cuba, el general español Adolfo Jiménez Castellanos pronuncia las siguientes
palabras ante el general estadounidense
John R. Brooke:
En cumplimiento de lo estipulado en el tratado de paz, de lo convenido por las comisiones militares de evacuación y de las
órdenes de mi rey, cesa de existir desde
este momento, hoy primero de enero de
1899, a las 12 del día, la soberanía de España en la isla de Cuba [...] y empieza la de los
Estados Unidos.
Parece de hecho cosa decidida que el
archipiélago filipino tendrá un gobierno
militar semejante al de Cuba. Las Islas Filipinas quedarán divididas en cinco distritos militares.
5 de enero
3.1 ESTADOS UNIDOS/FILIPINAS
El general filipino Emilio Aguinaldo publica una proclama en la que dice:
Una proclama del señor Elwell S. Otis,
mayor general de voluntarios de los
Estados Unidos, publicada ayer en
los periódicos de Manila, me obliga a
circular la presente, para hacer constar
a todos los que leyeren y entendieren
el presente documento mi más solemne protesta contra todo el contenido
de la referida proclama, pues a ello me
obliga mi deber de conciencia para con
Dios, mis compromisos políticos para
con mi amado pueblo y mis relaciones
oficiales y par ticulares con la nación
nor teamericana.
El general Otis se titula, en la referente
proclama, gobernador militar de