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Insigne y Nacional Basílica de Santa María de Guadalupe www.virgendeguadalupe.org.mx Homilía pronunciada por S. E. Mons. Raúl Gómez González, Obispo de Tenancingo, en la peregrinación ésta Diócesis a la Basílica de Guadalupe. 10 de marzo de 2016 La narración que hemos escuchado del Evangelio de san Lucas nos invita a contemplar a María, quien va camino a las montañas de Judá, a la casa de su prima Isabel. Recorrido que hace sin detenerse en el trayecto, va presurosa. Le mueve el deseo de estar pronto con su prima, además de la atención que sabe lo necesita. Y cómo detener el paso si lleva la noticia que, si bien desde hacía tiempo los profetas habían anunciado, sorpresivamente ahora Dios la ha cumplido en ella. Noticia que Isabel recibe inmediatamente en el saludo y con emoción le dice: “¡Bendita eres entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre! ¿Cómo es que viene a mí la Madre de mi Señor?”. El encuentro entre María e Isabel ha quedado marcado en los albores de la nueva etapa de la historia de la humanidad, sellado por el otro encuentro, el de Jesús y Juan el Bautista, que Isabel constata diciéndole a María: “Apenas oí la voz de tu saludo y el niño saltó de gozo en mi vientre”. El acontecimiento en las montañas de Judá, entre María y su prima, nos lleva a contemplar el suceso dado en este lugar, en la colina del Tepeyac, el encuentro maternal de María de Guadalupe con san Juan Diego y con las culturas precolombinas, al inicio de la gestación de los nuevos pueblos en México y en el Continente americano. En este encuentro, nos ha dicho el Papa Francisco hace unas semanas en esta Basílica: “Dios despertó la esperanza de su hijo Juan, la esperanza de un Pueblo”. Efectivamente, cuánta esperanza despertó en esos años y sigue despertando Dios desde entonces en la presencia viva de María de Guadalupe, nuestra Madre y fiel intercesora, entrando en el corazón de las culturas, sin importar tiempos y lugares. Y cuánta emoción porta nuestro corazón hoy al estar en este especial lugar, recibiendo de María su ternura maternal. Los rostros de ustedes peregrinos así lo expresan. Sí, ustedes que han querido ofrendarle a María su peregrinación a pie, donándole su cansancio y sacrificio por la incomodidad del camino, del clima, de la lluvia y de otros imprevistos que en el camino encontraron. De igual manera, ustedes que han venido en bicicleta superando riesgos e incomodidad por el viento y la interminable lluvia del día de ayer. Asimismo ustedes quienes dejando atrás otros compromisos, o bien con la incomodidad de la edad o de alguna incapacidad física, han venido en vehículo como peregrinos fervorosos para sumarse a esta fiesta guadalupana, a pesar del inclemente clima frío que continúa haciendo en este día. Cada uno en efecto, hemos puesto por encima de todo, el amor fervoroso que llevamos marcado en nuestro corazón a nuestra Madre Santísima, la Virgen de Guadalupe; y si bien, lo podemos expresar de muchas formas, hoy lo hemos querido hacer comunitariamente, como peregrinos de la diócesis de Tenancingo, que está bajo su tutela e intercesión. Reverentes, estando a los pies de la Virgencita, permitamos que su voz llegue a los oídos de nuestro corazón, que nos sigue diciendo hoy: “Sabe y ten entendido… que yo soy la siempre Virgen Santa María, Madre del verdadero Dios por quien se vive”. Dejémonos asombrar una vez más por sus palabras, que son toda una enseñanza de fe. Ella, es la Madre del verdadero Dios, del único Dios que existe, del Creador, de quien procede la vida, del Señor del cielo y de la tierra. Dejémonos regocijar, dulcifiquemos nuestro corazón, por esta verdad esperanzadora: no estamos solos, con nosotros está la Madre de Dios Altísimo. Nos atrae hacia sí. Tanta ha sido la misericordia del Padre que nos acerca a Él, en María, la Madre de su Hijo. Y en este lugar privilegiado se percibe, se vive y se comparte. El Papa Francisco nos pide que la contemplemos serenamente, que le miremos a los ojos, y que escuchemos lo que nos dice una y otra vez: «¿Qué hay hijo mío el más pequeño?, ¿Qué entristece tu corazón? ¿No estoy yo aquí que soy tu Madre?». Dejemos que esas palabras de Madre tierna y misericordiosa lleguen a nosotros, como buena semilla, y produzcan frutos saludables de consuelo; y que esos frutos los hagamos llegar a los ambientes de nuestra sociedad, sobre todo en aquellos donde habiendo vacíos de ternura, se da violencia y crueldad. Madre Santísima, ayúdanos a que en nuestros corazones abunde el calor de la fraternidad, del perdón y de la reconciliación, para superar toda confrontación que lleve a la descalificación, a la ofensa, al rencor y a la venganza. En este Año Jubilar, con tu pedagogía maternal, ayúdanos a hacer de cada hogar una escuela de aprendizaje en el perdón y en la reconciliación, donde se viva y testimonie la paz y el afecto. Que en cada comunidad, también, de manera permanente aprendamos a convivir en el respeto mutuo y en el encuentro propositivo. Que impulsados por el Año Jubilar no desestimemos todo esfuerzo para ser misericordiosos, como el Padre es misericordioso con todos y cada uno de nosotros. En este día, Madre Santísima, queremos también presentarte como ofrenda diocesana la conclusión de los trabajos de la elaboración del Plan Diocesano de Pastoral. El resultado ha sido un esfuerzo de todos los sectores y comunidades con espíritu corresponsable. Gracias a la reflexión asumida y a los fines pastorales, a la luz del Espíritu Santo, vislumbramos el inicio de una «pastoral decididamente misionera», puesto que queremos «promover en nuestra diócesis la Nueva Evangelización, asumiendo la conversión pastoral, para que, mediante procesos formativos de discípulos misioneros, logremos ser una Iglesia en salida». Te pedimos, Madre de Guadalupe, que nos sigas considerando tan necesitados de tu cercanía y bendición maternal, para dar respuesta a los desafíos actuales mediante la pastoral orgánica que nos hemos propuesto en las parroquias y en los decanatos motivados con este Primer Plan Diocesano de Pastoral. Te encomendamos todos nuestra diócesis y nuestros trabajos pastorales. María de Guadalupe, Madre de misericordia y Reina nuestra, ruega por nosotros.