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Denes Martos
LOS ESPARTANOS
Semblanza de un pueblo que hizo del heroísmo
una forma de vida
La Editorial Virtual
Segunda edición - Buenos Aires - Agosto 2003
A Jorge,
en agradecimiento a un favor que todavía le debo;
y a Bernardo,
como muestra del inicio del cumplimiento de una promesa.
Denes Martos - Agosto 2003
INDICE
Introducción
El Mundo de los Espartanos
Los Guerreros de Esparta
Epílogo
Anexos
INTRODUCCIÓN
Es muy humano recordar solamente aquello que nos gusta. Nuestra
memoria suele ser agradablemente misericordiosa con nuestra
conciencia y con nuestras emociones. Trata de guardar aquello que
nos ha complacido o, por lo menos, no nos ha herido demasiado.
Los acontecimientos, vistos en retrospectiva, pierden
generalmente sus filos y sus amarguras hasta volverse
melancólicamente deseables. Así, ante los siempre renovados
avatares cotidianos, nos consolamos pensando en los
"buenos viejos tiempos". Y cuando esos buenos viejos tiempos
quedan ya tan atrás que se han hecho Historia, no es infrecuente
que tratemos de sobornar al futuro pensando en que,
de todos modos, cualquier tiempo pasado fue mejor.
Históricamente, esta actitud tan humana nos lleva a escribir una
Historia subjetivamente acomodada a nuestros deseos.
Dejemos ahora de lado la falsificación o el manipuleo conciente
de los hechos históricos. Aun sin caer en la falsedad deliberada,
tenemos la tendencia de encontrar en el pasado las virtudes de las
cuales hoy carecemos. Ese es el fundamento emocional de todas
las leyendas que hablan de una Edad de Oro; la explicación de
todos los Paraísos Terrenales que alguna vez habríamos tenido
y de los cuales - por culpa de nuestros propios defectos habríamos sido expulsados. Las teorías evolucionistas
han tratado desesperadamente de borrar esta imagen
de nuestras mentes. Científicamente, en muchos casos,
hemos aceptado la racionalidad del postulado lógico
que dice que lo complejo surge de lo simple y que la perfección
es un largo proceso de autocorrecciones sucesivas.
Al lado de la leyenda de la Edad de Oro está la convicción
de que, sencillamente, no es lógico pensar en que
todo tiempo pasado fue mejor.
Es cierto: no es lógico. Pero es lindo. Tiene la hermosura de
lo trágico y la credibilidad de lo dramático. El evolucionismo
construyó el mito del Progreso, con mayúscula, poniendo
toda fe y toda esperanza en un futuro inverificable. Fue,
y lo es aún hoy, no hay por qué negarlo, un mito poderoso.
Es quizás, la actitud natural de los conquistadores,
los emprendedores y los hombres de acción. Estos hombres
probablemente no sabrán muy bien de dónde vienen, ni hacia dónde
van, pero hallan su orgullo en estar siempre avanzando.
Consecuentemente, ¿qué más lógico que suponer que todo avance
es "Progreso"? ¿Qué mayor justificativo se puede pedir?.
Por eso todo evolucionismo científico es enemigo natural
de cualquier Edad de Oro. La lógica dice que no hubo tal cosa.
Descendemos de los monos. Nuestros antepasados
australopitécidos son unos hominoides de aspecto repugnante
y es realmente curioso que, en las ilustraciones, se los represente
siempre de sexo masculino. Si, en vez de un Hombre de Neandertal
hubiésemos tenido a una Mujer de Neandertal, probablemente
muchos hubieran entendido mejor las ventajas de la evolución.
Sin embargo, en otro nivel de nuestra personalidad, no terminamos de
quedar satisfechos con la lógica perfecta de nuestras teorías
científicas. Por un lado, no todos los hombres son hombres de acción.
Y quienes lo son, no lo son constantemente. Hasta los guerreros
reposan. Y, cuando reposan, recuerdan. Y, si los recuerdos no fuesen
hermosos, más de media humanidad ya se hubiese suicidado. Porque
aún cuando los recuerdos sean, en si mismos, atroces, la remembranza
los suaviza haciéndonos terminar creyendo que no todo fue
tan terrible al fin y al cabo.
Por el otro lado, la cosa también es una cuestión de orgullo. ¿Quién
aceptaría de buena gana a un Pitecantropus en su genealogía familiar?
¿Quién admitiría ser descendiente de ese monigote ignorante, feo y
hediondo que emitía gruñidos irreproducibles y corría a esconderse su
caverna cada vez que caía un rayo?. Podemos consolarnos pensando
en que - aún así - el monigote era lo que se llama un verdadero genio.
Podemos tratar de acariciar nuestro orgullo malherido afirmando que la
invención de la manera de hacer fuego, el descubrimiento de la palanca
o la manía de caminar sobre las extremidades inferiores requirió diez
veces más genialidad que desarrollar el transatlántico a partir del
tronco flotante o la máquina de vapor a partir de la tapa de cacerola que
entra a moverse cuando hierve la sopa. Pero estos recursos
argumentales no dejan de ser consuelos. Como todos los consuelos,
alivian. Pero no convencen del todo.
Sería realmente difícil precisar el momento histórico exacto, pero un
buen día nuestra civilización actual se vio frente a un terrible dilema. O
admitíamos la teoría de la Edad de Oro, o admitíamos la teoría del
monigote. Nuestro orgullo y nuestra emoción votaban a favor del
Paraíso Terrenal. Nuestra lógica y nuestra razón depositaban sus
sufragios en favor del australopitécido. Si lo miramos detenidamente, el
dilema no era tan insoluble después de todo: entre perder el Paraíso
por culpa de nuestra propia estupidez, o descender de un lemur más
o menos genialmente estúpido, bien mirado, no hay
mucha diferencia. Con un mínimo de sinceridad, los grandes
intelectuales hubieran podido llegar fácilmente a la un tanto
perogrullesca conclusión de que los Hombres somos seres racionales
profundamente enamorados de nuestra hermosa irracionalidad.
Con un mínimo de honestidad, se hubiera podido cortar el aparente
nudo gordiano revelando que la constante histórica de
la hominización es precisamente la lucha contra la estupidez,
la mediocridad y la hipocresía. Es la lucha que el ser humano
viene librando desde el nacimiento de la especie contra sus propias
limitaciones, debilidades y falencias. Pero claro, muchas veces a los
intelectuales se les puede pedir todo menos, precisamente,
sinceridad y honradez.
Por ello, los intelectuales sopesaron democráticamente los votos
de la razón y los de la emoción para llegar, finalmente,
a un resultado que cualquiera hubiera podido prever: empate.
No un empate cualquiera, sin embargo. No un empate vulgar, liso y
llano. La moralina burguesa de los intelectuales exigía
la moraleja de la Historia y una historia empatada no tiene moraleja
posible. En toda novela policial que pretenda pertenecer
honrosamente a su género tiene que haber "chicos buenos"
y "chicos malos". Más precisamente: debe haber un chico bueno
frente a, por lo general, muchos, chicos malos. Es cierto que en las
versiones baratas - la novela termina siempre con el tan obvio como
inevitable triunfo del bueno sobre los pésimos. Pero hay novelas y
novelas. Y, cuando el que las escribe tiene pretensiones de intelectual,
la tentación de no caer en lo normal es casi irresistible. Así es como se
terminan escribiendo esas historias en dónde "el bueno" es solamente
casi bueno y los malos pierden pero sobreviven porque nadie es tan
totalmente malo corno para merecer una derrota total.
La sutil moraleja de la novela termina siendo siempre muy
aleccionadora: hay que tratar de ser bueno, aún cuando por
desgracia resulta condenadamente difícil lograrlo.
Un tipo de novela así es lo que contiene la mayoría de nuestros tratados
de Historia. En nombre del racionalismo a ultranza hemos decidido
mandar el mito del Paraíso Terrenal al estante de los libros de religión.
Pero, simultáneamente, mitificamos generosamente a los persona]es
históricos, ensalzando a los elegidos y denostando a los réprobos. Que
en esto incurrimos en una deliciosa serie de incongruencias es algo
que, por lo visto, molesta sólo a muy pocos.
Cuando se trata del mundo griego, las incongruencias se vuelven
especialmente significativas. Cualquier análisis desprejuiciado de la
sociedad griega produce pudibundos estremecimientos de alarma entre
los que han escrito la novela de la Historia Universal. Lo que sucede es
que los griegos han sacado patente de ser los inventores del sistema
político vigente. Del que imperó a ambos lados de la Cortina de Hierro
pues, aunque parezca increíble, capitalistas y comunistas no se
pelearon por la democracia. Se pelearon por establecer cual de ellos era
más demócrata que el otro. En el debate entre las superpotencias del
mundo bipolar del Siglo XX todo estuvo en discusión. Menos una cosa:
la democracia. Estuvo permitido matar por cualquier otro tema:
propiedad de los medios de producción, imperialismo económico o
imperialismo político, dictadura del proletariado o dictadura del dinero,
comité o soviet. Pero por la democracia no. La democracia estuvo y
sigue estando fuera de discusión. A la democracia la heredamos de los
griegos. Lo único que aún hoy todavía está permitido discutir es si
Platón fue - o no - el primer comunista o el primer teórico de la
oligarquía. Lo único que todavía se discute a rabiar es quién resulta ser
el heredero más directo. De los griegos. Los padres de la democracia.
Por supuesto.
Es decir: de todos los griegos no. Porque la novela - como toda policial
comme il faut exige griegos buenos y griegos malos. Para usar los
términos acuñados en 1939: griegos aliados y griegos del Eje. De un
lado los demócratas liberales y, del otro, los fascistas. Si Platón es el
predecesor de Marx, entonces Licurgo tiene que ser el precursor de
Hobbes. Si Solón es casi un George Washington, entonces Leónidas
con sus trescientos espartanos inevitablemente tiene que ser algo así
como... bueno, elija usted mismo con total libertad el personaje de su
preferencia en la populosa galería de tiranos, dictadores, déspotas,
opresores, represores y personajes malditos que nos presenta la
historia oficial.
Esta visión estereotipada, binaria y maniquea, de Grecia es el dogma
vigente. Es la historia de la buena y democrática Atenas contra la
oscura y totalitaria Esparta. Es la historia de los nobles, ponderados,
tolerantes y pluralistas atenienses contra los rígidos, belicosos,
fanáticos y autoritarios espartanos. Son los chicos buenos de Atenas
contra los malos de Esparta.
A la larga, el dogma no puede dejar de despertar sospechas. Tanta
perfección de un lado y tanta perversión del otro resulta sospechosa.
Es como si el argumentista desconociese sus propias reglas en cuanto
a que los buenos no pueden ser totalmente buenos ni los malos
completamente malos. Naturalmente, tratándose de algo tan importante
como nuestra instrucción cívica, cierta licencia poética es admisible.
Pero, aun así, la historia apesta a manipuleo. Sobre todo cuando uno
descubre que grandes luminarias de Atenas - como nada menos que
Sócrates y Platón - tenían un sólido respeto por los espartanos y su
estilo de vida. Pero claro, para descubrirlo hay que leer a Platón. Y
¡quién se va a poner a leer a Platón hoy en día!
Sin embargo, si uno toma los propios autores griegos, muy pronto
descubre la terrible y monstruosa verdad: ¡los griegos no fueron
"demócratas" en absoluto! Para Aristóteles, la democracia es una
perversión de la politeia - así como la tiranía lo es de la monarquía - y
hace falta la tendenciosidad increíble de los traductores para
tergiversar los términos. Para Platón, la democracia es simplemente
una reverenda estupidez política ya que, según él, el Gobierno debe
estar en manos de una minoría de sabios. En Atenas había más
esclavos y ciudadanos de segunda que hombres libres. En realidad,
toda la mentada democracia ateniense no es sino un lujo político que en
ciertas circunstancias se permitió la aristocracia terrateniente y la
burguesía comerciante.
Los espartanos simplemente no tuvieron la veleidad de permitirse
semejantes lujos. Eran sobrios. Enfrentaban las épocas de paz y
prosperidad con el pesimismo natural del campesino que sabe que las
buenas cosechas no se dan todos los años. Sabían que es muy
saludable ser previsor y medido en las pretensiones. Por eso, cuando
tuvieron que enfrentar épocas de angustia y peligro, sencillamente se
ajustaron los cinturones y - sin cambiar en nada su organización social
- se pusieron a resistir. Estaban organizados para resistir. Grecia no se
hubiera sostenido de haberle fallado sus espartanos. Cuando Esparta
dejó de resistir, Grecia se esfumó haciéndose macedónica primero y
simple provincia romana después.
Ésa es la verdad. La cruda verdad. Nada en esta vida nos es dado de un
modo aproximadamente duradero si no luchamos por defenderlo. Y
para luchar con alguna probabilidad de éxito hay que estar organizado
para combatir. De otro modo, al primer embate del enemigo se produce
una estampida. Y siempre hay un enemigo. Sobre todo en Política. Esto
es así y siempre fue así aunque hoy muchos pretendan negarlo. Aunque
actualmente haya surgido cierta plaga de individuos sosteniendo que,
para no tener enemigos, es suficiente con declarar la sincera intención
de no querer tenerlos. Es ridículo. Más de diez mil años de Historia
contradicen esta fantasía. Es como pretender acabar con los ladrones
declarando nuestra más honesta intención de no resistirnos a un asalto.
Los espartanos no toleraban ser asaltados y se organizaron para
resistir. Tenían orgullo y determinación. Tenían sobriedad y disciplina.
Supieron tener grandes defectos, es cierto. Pero también supieron tener
grandes héroes. Plutarco dice de ellos que se adiestraban
sistemáticamente en el ejercicio de cuatro virtudes fundamentales.
Primero: no querían ni podían soportar la idea de un individualismo
egocéntrico, contrario al espíritu de su comunidad. Segundo: cada uno
de ellos se sentía concientemente parte orgánica de la sociedad y, por
ello, todos se mantenían firmemente unidos detrás de los jefes. Tercero:
se esforzaban por vencer su egoísmo mediante la exaltación de lo
heroico y la moderación en las pretensiones personales. Y cuarto:
concebían sus vidas como un acto de servicio realizado en beneficio de
los demás.
Solidaridad, lealtad, disciplina, autocontrol, heroicidad, sobriedad,
vocación de servicio. Son las virtudes duras de hombres duros que
toman la vida en serio. Algunos dicen que fueron excesivamente duros
y que, aún así, estuvieron lejos de ser perfectos. Por supuesto que no
fueron perfectos. Estuvieron tan lejos de la perfección como cualquier
ser humano puede estarlo. Y, en cuanto a que fueron duros: ¿acaso la
vida es blanda? La vida dilapidada en idioteces puede llegar a ser fácil,
pero una vida vivida con intensidad y honradez es cualquier cosa
menos un paseo por el parque. ¿Acaso no es cierto que resulta
terriblemente dificil vivir la vida de tal modo que uno no tenga de qué
arrepentirse cuando llega el momento de morir?
Los espartanos creyeron que sí, Quizás haríamos bien en creerlo de
nuevo nosotros también. Y no hay por qué amargarse: los espartanos
no fueron menos felices que nosotros.
Es más, tuvieron algo que sólo muy pocos tienen hoy : tuvieron de qué
sentirse orgullosos.
EL MUNDO DE LOS ESPARTANOS
1)- El país y sus hombres.
La ciudad de Esparta se levantaba
en la región de Laconia. Por esta
comarca, en un sentido Norte-Sur,
fluye el río Eurotas y todo el país
constituye la parte austral del
Peloponeso.
En la epopeya homérica, Esparta es
la ciudad en dónde reina Menelao,
La ciudad de Esparta en la actualidad
de quien la saga cuenta que tuvo
muchas virtudes, menos la de saber cuidar a su esposa. Porque el príncipe
Paris, un buen día, decidió robársela y después de eso, como todos
sabemos, ardió Troya.
En la descomunal trifulca que se produjo por esta cuestión de polleras
participó Agamemnón, hermano de Menelao y gobernante de Micenas.
Estuvo también Néstor, el soberano de Pilos. Los súbditos de estos tres
reyes no se daban a si mismos el nombre de "griegos". La denominación de
"griego" se la debemos a los romanos. En la época de Homero y durante
muchísimo tiempo aquellos hombres se llamaron "aqueos". La situación se
alteró recién cuando en Argólida, Laconia y Mesenia aparecieron los dorios
cuyos jefes se llamaron "heráclidas" por derivar su árbol genealógico del
héroe Heracles. El mismo que los latinos llamarían Hércules más tarde.
La invasión doria es el último gran movimiento demográfico registrado en la
Grecia antigua y el recuerdo de la epopeya quedó siempre presente en la
memoria de los griegos. Como Pueblo, éstos muy probablemente surgieron
de la amalgama de los dorios con las demás estirpes y razas que ya
habitaban esa región del Mediterráneo. En Esparta, sin embargo, parece ser
que los dorios mantuvieron más sus características originales puesto que no
se mezclaron tanto con el resto de la población. Como en la India, esta
voluntad de mantener la idiosincrasia particular del estrato conquistador
condujo a una forma muy especial de organización social y política.
La población campesina original - los "helotas" (o "ilotas") - quedó al servicio
de los Señores espartanos. Los dorios que vivían en las ciudades alrededor
de Esparta — los "periecos" (literalmente = los "periféricos") — mantuvieron
su libertad individual y, en buena medida, sus propiedades, pero perdieron
sus derechos políticos.
Los descendientes del antiguo
ejército dorio se concentraron en
la ciudad de Esparta. Quizás fue
el orgullo de estos guerreros, o
quizás fue la fama de terribles
combatientes que se supieron
conseguir, pero el hecho es que la
ciudad nunca estuvo rodeada de
ninguna muralla defensiva. Y
estos hombres — a quienes la
Historia después llamó
"espartanos" o "lacedemonios" —
Mapa esquemático de Grecia Antigua
.
constituían el estrato minoritario de la población. Eran pocos e hicieron lo que
siempre hacen los pocos. Porque cuando uno está en minoría, lo único que
garantiza la supervivencia es la calidad. Eso fue exactamente lo que hicieron
los espartanos: sabiéndose pocos, se dedicaron a ser mejores.
Por de pronto, erradicaron de sus vidas todo lo que podía llegar a debilitarlos.
Se sometieron a una férrea disciplina que, en pocas generaciones, convirtió
la estirpe de guerreros en una comunidad políticamente sólida y combativa.
Se adiestraron con tenacidad en aquellas virtudes que necesitaban para
garantizar las posiciones conquistadas y así lograron producir un tipo de ser
humano que, aún con sus debilidades, fue capaz de lograr los más difíciles
objetivos militares y políticos.
La organización sociopolítica de Esparta descansaba sobre cuatro
instituciones fundamentales: la monarquía, el Senado, los éforos y la
Asamblea Popular.
2) - La monarquía espartana.
Por lo general, la mayoría de los Pueblos del mundo se ha conformado con
tener un rey. Los espartanos no. Tuvieron dos. La idea de la doble
monarquía es realmente curiosa y, quizás por eso, se han ensayado varias
explicaciones mas o menos plausibles. Algunos han querido ver en esta
bicefalía del Poder Ejecutivo espartano un antecedente de los Presidentes y
Vicepresidentes modernos. Otros han insinuado que se trataba meramente
de una cuestión práctica pues, de hecho, cuando uno tiene dos reyes,
siempre puede mandar uno a la guerra mientras el otro se queda en casa.
El inconveniente de todas estas explicaciones es que podrán ser muy
convincentes pero, por desgracia, faltaría saber si son ciertas. Lo único
realmente concreto que sabemos es que los espartanos descubrieron mucho
antes que los ingleses la tremenda ventaja de tener reyes que reinan pero no
gobiernan.
Los reyes espartanos, como cuadra a todo monarca, tenían varias funciones
y prerrogativas. Eran los Sumos Sacerdotes, eran los Comandantes en Jefe
de las Fuerzas Armadas con la obligación de ser los primeros en salir a la
guerra y los últimos en regresar; tenían el derecho de disponer de una
Guardia personal, selecta, de cien hombres; recibían las partes más
apetecibles de los animales sacrificados y doble ración en las comidas; cada
uno de ellos designaba dos representantes ante el oráculo de Delfos y
guardaban los oráculos que les hubiesen sido revelados. Decidían en
materia de herencias y adopciones; participaban de los debates del Senado;
cuando morían, recibían un impresionante funeral y - he aquí un detalle
simpático - cuando un nuevo rey ocupaba su trono se anulaban las deudas
contraídas con el rey anterior o con el Estado.
Eran personajes importantes, sin duda. Gozaban de múltiples honores, como
que provenían de las dos familias heráclidas más antiguas de Esparta: los
Agidas y los Euripóntides. Tenían autoridad militar y eran, por cierto,
superiores en dignidad al resto de los ciudadanos.
Lo único que no podían hacer era gobernar. Para eso estaban los éforos.
3)- Los éforos
Preguntarán ustedes ahora quienes eran los éforos. Pues, según Jenofonte,
Platón y Aristóteles, eran personajes que disponían de una considerable
cantidad de poder político.
No necesitaban ponerse de pié en presencia de los reyes. Podían decidir
sobre la vida y la muerte de cualquier ser humano, los propios reyes
incluidos. Eran policías y jueces. Resolvían la guerra o la paz y convocaban
al ejército. En tiempos de guerra, acompañaban a los reyes y podían dar
órdenes a los Generales. Recibían a embajadores y podían multar, destituir o
juzgar a cualquier magistrado. Según Aristóteles, procedían de las clases
más humildes y ejercían su Poder según su propio criterio, sin estar atados a
leyes o normas establecidas. Sin embargo, aún cuando Aristóteles los critica
bastante, no puede dejar de reconocer que eran los éforos los que le daban
estabilidad y cohesión al Estado espartano.
Los éforos eran cinco, Curiosamente, su magistratura
no fué prevista por Licurgo, el padre de la Constitución
espartana. Según algunos, el cargo fué creado por
Teopompo; según otros, por Chilón. Lo cierto, en todo
caso, es que originalmente Esparta se había
subdividido en cinco asentamientos. Por lo general, a
estos asentamientos se los ha llamado los "pueblos" o
"barrios" de Esparta. No fueron eso exactamente. En
Licurgo
realidad eran cinco guarniciones militares que, en
conjunto, formaron aquella fortaleza militar sin murallas
llamada Esparta. Los capellanes de cada una de esas cinco guarniciones se
convirtieron con el tiempo en éforos.
¿Un rasgo teocrático de la política espartana? Algo así, Pero, por favor, no
piensen ahora en los egipcios ni en cosas por el estilo. En realidad, ni
siquiera es muy correcto pensar en Esparta como una ciudad, como una
urbe. Esparta no fue eso. Fue una fortaleza militar y ,más propiamente, el
centro cívico, militar y religioso de una Orden.
La ausencia de murallas alrededor de Esparta no revela tan sólo el orgullo y
la seguridad en si mismos que tenían los espartanos. Revela que Esparta
estaba "abierta". No fue, como Atenas, Tebas o Corinto, un pequeño pueblito
de provincia hinchado - por crecimiento vegetativo y por inmigración - hasta
alcanzar el rango de ciudad. Fue la sede de una Orden que, al principio, rigió
los destinos de Laconia y, luego, impuso la unidad a la mayor parte del
Peloponeso. Esparta fue la única entre las Ciudades-Estado de Grecia que,
desde el comienzo, se acostumbró a pensar en términos políticos
supraindividuales. La única que no fue un Estado en y por si misma, sino la
capital de un Estado. La Orden podría haber hecho de la Grecia antigua, no
un mosaico de pequeños Estados más o menos confederados, sino un
Pueblo con unidad de destino diferenciada en lo universal. No lo consiguió
por dos motivos: no fue comprendida por los demás y su Poder resultó ser
cuantitativamente insuficiente.
En este contexto resulta ilustrativo señalar cómo llamaban los espartanos a
su Estado. Lo llamaban "Cosmos". Era su "mundo". Fueron los únicos
griegos con capacidad para convertirse en Nación. Por eso Grecia vivió
mientras hubo espartanos para defenderla. Cuando los espartanos se
extinguieron, murió Grecia.
Pero volvamos a los éforos. Muchos, apresuradamente, han catalogado a
estos cuasi-dictadores de origen eclesiástico como la prueba irrebatible del
"autoritarismo" espartano. Les ha pasado a estos autores lo que les sucede a
todos los que no revisan bien sus papeles. Porque resulta ser que estos
éforos, por más autoridad que revistiesen, no surgían de ningún "Diktat"
individual o de clase. Puede parecer sorprendente, pero se los designaba a
través de un procedimiento absolutamente democrático. Más todavía: se los
relevaba y cambiaba todos los años. Los elegía anualmente el voto de la
Asamblea Popular.
4}- La Asamblea Popular.
La Asamblea estaba constituida por todos los ciudadanos libres mayores de
treinta años.
Su función consistía en designar a los miembros del Senado y en elegir a los
éforos, seleccionando a los candidatos que se presentasen
espontáneamente para ocupar estos cargos. También, en determinadas
oportunidades, la Asamblea votaba las propuestas presentadas por las otras
instituciones del Estado.
Con esto, la Constitución espartana incorporó un rasgo indiscutiblemente
democrático. Aún Aristóteles, a pesar de hacerle fuertes críticas, no puede
dejar de reconocer que el Estado lacedemonio funcionaba de un modo muy
satisfactorio:
"... el Estado no puede encontrarse bien sino cuando de común acuerdo los
ciudadanos quieren su existencia y su estabilidad. Pues esto es lo que
sucede en Esparta. El reinado se da por satisfecho con las atribuciones que
le han concedido; la clase superior lo está por los puestos que ocupa en el
senado, la entrada en el cual se obtiene como un premio a la virtud; y, en fin,
lo está el resto de los espartanos por la institución de los éforos, que
descansa en la elección general."
Si después de esto, el buen Aristóteles aún insiste en hallarle defectos al
sistema, el hecho no puede sino interpretarse como la tendencia típica de los
intelectuales de todos los tiempos: nunca están conformes con la realidad. Ni
siquiera los realistas tan realistas como Aristóteles.
Por ejemplo, uno de los defectos que el gran estagirita le halla a la
democracia espartana es su sistema electoral. El hecho es que los
espartanos no cometieron el error de agregarle al capricho de la mayoría la
cobardía del anonimato. En Atenas se votaba utilizando pequeñas piedras.
En Esparta se votaba por aclamación. El método no habrá sido
matemáticamente muy exacto y hasta es muy posible que hayan habido
varios casos discutibles o dudosos. Pero permitía identificar a quienes
habían votado y, de todos modos, como lo describe Tucídides cuando relata
la Guerra del Peloponeso, los espartanos no eran tontos. En los casos
realmente importantes se procedía a un simple y sencillo método para el
recuento de votos: los que estaban a favor se ubicaban de un lado y los que
estaban en contra se situaban del otro. Expeditivo y simple. Pero, sobre todo,
muy efectivo a la hora de deslindar responsabilidades que es la hora que
más suelen temer los que más se desesperan por votar.
5)- El Senado.
En ningún lugar de Grecia se respetaron tanto a los ancianos como en
Esparta.
Cicerón nos cuenta que, en una oportunidad, un anciano ingresó al teatro de
Atenas dónde se estaba celebrando una fiesta. Los atenienses se hicieron
los distraídos - igual que los pasajeros de cualquier medio de transporte
público de hoy - y nadie se levantó para ceder su asiento. Sin embargo,
cuando el anciano llegó al sitio privilegiado dónde estaban ubicados los
embajadores de Esparta, éstos, como la cosa más natural del mundo, se
levantaron en bloque para hacerle un lugar. En ese momento sucedió algo
típicamente ateniense: al unísono, todos los espectadores se pusieron a
aplaudir el gesto espartano. No sin ironía uno de los embajadores comentó:
"Los atenienses ciertamente conocen las buenas costumbres; pero sucede
que ni se les ocurre comportarse de acuerdo con ellas."
El Senado de Esparta - la "Gerusia" - estaba constituido por 28 "gerontes".
Debían tener más de sesenta años; debían presentarse voluntariamente a
ocupar el cargo; los elegía la Asamblea Popular y - he aquí probablemente el
único error grave cometido por Licurgo - el cargo era vitalicio.
Biopolíticamente hablando: un sinsentido. Por supuesto, Aristóteles no pierde
la oportunidad de señalar que la Gerusia era.. "...una institución cuya utilidad
puede ponerse en duda, porque la inteligencia tiene su ancianidad como el
cuerpo".
Realmente no hay que hacer demasiados esfuerzos de imaginación para ver
ante nosotros a una venerable colección de 28 distinguidos gerontes
haciendo desesperados esfuerzos para no dormirse durante complicados
debates que escuchan mal y entienden peor. Sin embargo, en nuestros
Senados actuales, aun cuando la edad promedio de los señores senadores
es sensiblemente inferior, los bostezos hipopotámicos no son tan
infrecuentes como podría creerse. ¿Alguien de ustedes recuerda el debate
en el Senado argentino sobre la cuestión del Beagle?.
Sea como fuere, es cierto que el Poder político del Senado espartano no
debe haber sido demasiado grande. Los venerables ancianos de Esparta, al
parecer, sufrieron el triste destino que en todas partes parece estarle
reservado a los viejos sabios: todo el mundo los respeta pero nadie los
escucha. Excepto cuando ya es demasiado tarde.
6)- La educación espartana.
Para darnos una idea de la estructura social espartana es conveniente tener
una noción cuantitativa de esa Orden que fue el Estado lacedemonio.
Por la época del Siglo V AC, el territorio de la Orden abarcaba a Laconia,
Mesenia y partes de Argólida y Arcadia. Esto, con algo más de 8.000
kilómetros cuadrados, representa unos dos tercios de la peninsula del
Peloponeso.
Dentro de este espacio vivían por aquél tiempo unos 200.000 a 225.000
habitantes. De éstos, unos 120.000 eran helotas y aproximadamente unos
80.000 habrán sido periecos. El número de los espartanos, por la época de
las guerras contra Persia, difícilmente haya sido superior a los 20.000 o
25.000. Esto nos da una población masculina de unos 8.000 hombres
mayores de 20 años aproximadamente. Las cifras, por supuesto, son muy
elásticas y varían considerablemente de un autor a otro. Pero - a grandes
rasgos - pueden servir como marco de referencia.
Estos 8.000 hombres eran los auténticos espartanos. Poniéndolos a todos
juntos, a razón de 4 hombres por metro cuadrado, habrían ocupado unos
2.000 metros cuadrados; es decir: la quinta parte de una plaza común. Un
político actual no podría organizar con ellos ni un medianamente pasable
cierre de campaña electoral. Y, sin embargo, este puñado de hombres
mantuvo a Esparta y a Grecia dentro de la Historia Universal durante siglos.
Con las constantes guerras y los desplazamientos sociales que veremos más
adelante, el número se redujo rápidamente a cifras increíblemente bajas.
Para el 418 AC difícilmente quedaban más de 3.000 hoplitas en la infantería
pesada espartana. Para el 317 AC es casi imposible que fuesen mucho más
de 1.000 o 1.500.
En comparación, Atenas contó aproximadamente con unos 50.000
ciudadanos de alrededor de 20 años; aun cuando su territorio fue mucho
menor. Así pudo poner 9.000 hoplitas sobre al campo de batalla de Maratón
y además tripular sus barcos. En la batalla naval de Salamina, si aceptamos
que participaron 180 trirremes de la flota griega armadas por Atenas, la
cuenta nos arroja un total de 27.000 remeros atenienses solamente.
Los hombres libres de Esparta se designaban a si mismos como homoioi . La
palabra quiere decir "los iguales". Como la enorme mayoría de los conceptos
de igualdad inventados por el Hombre, también el de "homoioi" era
excluyente. En Esparta, ser "igual" significaba simplemente pertenecer al
núcleo de aquellos que eran mejores que los demás. No crean que la
costumbre ha sido exclusivamente espartana. Ciertos romanos, para
entender exactamente lo mismo, se llamaron "pares". Y ciertos ingleses,
precisamente con el mismo criterio, se llaman "peers" hasta el día de hoy.
El camino que debían transitar aquellos que querían ser iguales a los
mejores era duro. En realidad, era durísimo.
Con siete años el pequeño espartano le decía adiós a su
mamá y pasaba a ingresar al Cosmos. Según nos cuenta
Plutarco, los padres de un niño poco tenían para decidir
en cuanto a su educación más allá de los siete años.
Hasta ese momento las madres espartanas lo habían
educado para ser sano, equilibrado y valiente. A veces,
lo bañaban en vino porque creían que las criaturas
enfermizas o epilépticas morían con el tratamiento
mientras que las sanas se fortalecían. A las criaturas no
se les ponían pañales. Se las educaba para comer lo que
hubiere; se las dejaba a oscuras para que perdiesen el
miedo a la oscuridad y a solas para acostumbrarlas a
Hoplita espartano
valerse por si mismas. Las madres espartanas, ciertamente, no eran
sobreprotectoras. Freud, en Esparta, probablemente se hubiera muerto de
hambre.
Ya al nacer, el niño espartano era llevado a un lugar llamado lesje. Allí, los
ancianos de su estirpe examinaban a la criatura y, si la hallaban apta, podía
volver con su madre. En caso contrario, se la dejaba en la apothete - un
acantilado del Monte Taigeto - para que muriese porque, como relata
Plutarco, los espartanos eran de la opinión que "..dejar con vida a un ser que
no fuese sano y fuerte desde el principio, no resulta beneficioso ni para el
Estado ni para el individuo mismo".
¿Otros tiempos, otras costumbres? En parte sí. No nos olvidemos que
estamos hablando de una época en que no había antibióticos, diagnóstico
por imágenes, ni salas de terapia intensiva. De hecho, no existía ni siquiera
la aspirina. Pero, por otra parte, la práctica no deja de ser terriblemente cruel.
Sobre todo si uno tiene en cuenta que, durante la Edad Media por ejemplo,
tampoco había antibióticos, diagnóstico por imágenes, ni salas de terapia
intensiva y, sin embargo, a una criatura simplemente débil o delicada de
salud todavía se la dejaba crecer para que se convierta en poeta, filósofo,
pintor o matemático. Admitámoslo: el cristianismo ha hecho un buen trabajo
en ese sentido. Dejemos a la muerte en manos de Dios. O del destino. O de
la fatalidad. O de como quieran llamarlo. Pero, por favor, no la pongamos en
manos de los hombres. Nunca ha resultado algo bueno de eso.
Sea como fuere, en Esparta, a la edad de siete años, los sobrevivientes de la
eutanasia ingresaban al Cosmos. A partir de ese momento vivían en "hordas"
cuyo jefe era un niño mayor. Siete años más tarde, a los 14, se convertían en
efebos; guerreros versados en las armas, la música, la poesía y la mitología,
e impregnados hasta la médula de los conceptos del Deber, el Honor y la
Obediencia. Seis años más tarde eran hombres. Su educación había
terminado.
Trece años de adiestramiento intensivo. Trece años durante los cuales
quedaban expuestos al capricho del jefe de la horda; años durante los cuales
los ancianos los observaban jugar, los incitaban a combatir entre si y
trataban de descubrir las habilidades de cada uno. Trece años en los que se
los adiestraba a mirar, observar, aprender, aguantar, apretar los dientes,
resistir y a callarse la boca. Y, después de los veinte, tardaban todavía diez
años más en hacerse ciudadanos de pleno derecho. Luego de educarlos
durante trece años todavía se los tenía en observación por diez años más
para ver si el proceso educativo había producido los resultados esperados.
A medida en que crecían las exigencias iban en aumento. En cierto momento
se los dejaba calvos. Se los obligaba a caminar descalzos y a jugar
desnudos. A los doce años se les daba una única pieza de vestimenta, sin
ningún tipo de ropa interior, que debían usar durante todo el año. Los
quemaba el sol y se bañaban en agua fría hasta en invierno. Dormían juntos,
comían juntos, vivían juntos y jugaban juntos. Debían preparar sus lechos
con hierbas arrancadas a mano de las orillas del Eurotas. Debían hacer de
policía para vigilar a los helotas rebeldes y, para ello, quedaban, afectados a
una sociedad secreta llamada krypteia. En Esparta, la KGB estaba en manos
de los niños.
En el Limneo, ante el retrato de Artemisa
Ortia sostenido por una sacerdotisa, los
efebos espartanos aprendían a soportar el
dolor. Se los flagelaba hasta hacerlos
sangrar y, si la ceremonia no se
desarrollaba según el - probablemente
bien sádico - gusto de la sacerdotisa, ésta
pretendía que el cuadro se le hacia cada
vez más pesado por lo que los latigazos
debían ser más fuertes. Y, en esto, no
sólo tenían que disimular el dolor. ¡Hasta
tenían la obligación de mostrarse alegres!
¿Eran crueles?. Por sorprendente que
Artemisa
parezca: no; no lo eran. Eran duros.
Feroces quizás, pero crueles no. En la verdadera crueldad hay siempre
mucho de arbitrario y caprichoso. Las personas realmente crueles lo son más
por placer que por necesidad. Los espartanos tenían un objetivo: adiestraban
hombres duros para una vida dura.
Y la prueba está en que, aun a pesar de este adiestramiento infernal,
siguieron siendo humanos. Con todas las virtudes y con buena parte de los
defectos de todos los demás griegos. Esparta produjo una nada despreciable
cantidad de poetas, escultores y arquitectos. Las mujeres espartanas fueron
codiciadas en toda Grecia como institutrices. Los templos dóricos, con sus
estupendas columnas, nos hablan de un exquisito sentido de la armonía. El
hermoso trono de Apolo, en Amiklai, nos demuestra la intensidad de la fe
espartana. Eran entusiastas de los hermosos colores y de los elegantes
atuendos, aún cuando los viejos guerreros andaban, a veces, un poco
zaparrastrosos, con la indolencia típica de los veteranos de todos los tiempos
y todas las guerras. Amaban a sus madres con una intensidad conmovedora
y honraban a sus abuelos con un respeto que llamó la atención de toda
Grecia.
El adiestramiento no siempre borraba sus defectos. Alguno fueron volubles;
otros, sobornables. Tuvieron mentirosos, egoístas, malvados y hasta hubo
entre ellos grandes traidores. Pero, con virtudes y defectos, fueron de una
sola pieza. Fueron íntegros en el sentido orgánico - casi diría estructural - de
la palabra. No les interesó ser "buenos" o "malos". En realidad, eso es algo
que nunca le importó un comino a ningún griego. Los griegos jamás
pretendieron ser "buenos". Cualquiera que profundice en su cosmovisión no
puede pasar por alto el hecho indiscutible que la vida en Grecia no estaba
determinada por la bipolaridad del Bien y el Mal. El griego jamás tuvo noción
de lo que es el pecado. La bipolaridad que galvanizó la vida griega es de
índole estética. Pero no de índole estético-contemplativa sino de un orden
estético-práctico.
La "virtud" y el "vicio" de los pensadores griegos no es equivalente a nuestro
Bien y a nuestro Mal. De haber usado nuestras palabras los griegos habrían
dividido las cosas de este mundo en "lindas" y "feas"; en hermosas y en
horribles. Los peldaños de su escala de valores se afirmaban en las dos
varas de lo hermoso y lo horrendo. Por eso no se preocuparon nunca de ser
"buenos". Siempre fueron tremendamente mentirosos. Pero mentían con
elegancia. Toda su mitología no es sino un hermoso cuento en el que creían,
no porque fuese cierto, sino porque era, y sigue siendo, hermoso. Vivieron
traicionándose mutuamente. Pero casi cada traición es una obra maestra de
la intriga. Nunca pretendieron ser moralmente intachables. Quisieron ser
espléndidos. Y lo lograron.
Entre ellos, los espartanos consiguieron ser todavía más que eso: fueron
formidables. Bastó una formación de 800 hoplitas espartanos para hacer
temblar a toda Grecia y una de apenas 300 para cubrirla de gloria. Hoy, a
más de dos mil años de su desaparición, todavía seguimos recordándolos y
hablando de ellos. Algunos los exaltan, quizás más allá de sus verdaderos
méritos. Otros los denigran, quizás porque los seres pequeños nunca
entenderán a los grandes. Pero nadie los ha olvidado. A más de dos milenios
de la muerte del último hoplita espartano, los hombres de la Orden siguen
viviendo.
¿Nunca lo han pensado? ¿Hablará alguien de nosotros en el año 4300? ¿De
quién se acordarán los historiadores y los pensadores dentro de dos mil
trescientos años? ¿De quién? Piensen en cualquier personaje famoso, ya
sea de la actualidad o de los últimos 60 o 70 años. ¿Se animarían a
pronosticar que dentro de dos mil años alguien todavía sabrá quién fue y qué
hizo? ¿De quién hablarán los que quieran recordar nuestra época dentro de
más de dos milenios? Nosotros hablamos de los espartanos. Desaparecieron
hace más de noventa generaciones y seguimos recordándolos.
¿Estarían ustedes de acuerdo conmigo si digo que fueron inmortales?
7)- Las fidicias.
Una de las extrañas costumbres de los espartanos eran las fidicias (o
syssitias).
Todos los varones adultos tenían la obligación de comer juntos. Para ello se
formaban "cofradías" de alrededor de quince personas - las mismas que, en
la guerra, compartían una carpa más algunos ancianos - y cada uno debía
aportar una cantidad establecida de alimentos por mes. Los cofrades debían
suministrar: unos 60 Kg, de harina de cebada, 26 litros de vino, 2Kg.de
queso y 1 Kg. de higos, amen de una muy pequeña suma de dinero en
efectivo para otras compras.
Síganme, por favor, y hagamos un poco de cuentas. Con este aporte por
parte de 15 personas los alimentos ascienden a: 900 Kg, de harina, 390 litros
de vino, 30 Kg. de queso y 15 Kg. de higos. Esto quiere decir que, por día y
por persona (suponiendo un mes de 30 días de acuerdo al calendario de
Solón) cada uno de los cofrades podía comer: 2 Kg. de harina; 0,86 litros de
vino; 66 gramos de queso y 33 gramos de higos; más lo que se pudiese
comprar con la pequeña suma de dinero. Evidentemente ningún espartano
corría peligro de engordar.
A todo esto, estaba terminantemente prohibido comer fuera del marco de la
cofradía. El que, para mitigar la excesiva frugalidad de la mesa común, comía
a escondidas en su casa era severamente amonestado por su "glotonería".
Tampoco había borrachos. Platón nos confirma que, si en Esparta un ebrio
se hubiera atrevido a salir a la calle, lo hubieran molido a palos
Escena de una syssitia
inmediatamente.
El plato nacional de los lacedemonios era la famosa "sopa negra". Los
atenienses ironizaban diciendo que "Después de probarla se comprende por
qué los espartanos van con tanta alegría a la muerte". Plutarco, por su parte,
nos relata el caso de un rey del Asia Menor quien, habiendo oído hablar de la
susodicha sopa, hasta contrató a un cocinero espartano para que se la
preparara. Luego de la primer cucharada, parece que el buen monarca
montó en tal cólera que casi se come al cocinero. El pobre, para salir del
paso, no encontró mejor excusa que decir: "¡Majestad! ¡Lo que sucede es
que a esta sopa hay que ingerirla luego de bañarse en el Eurotas! ". Con
todo, no es imposible que éstas fuesen tan sólo viles calumnias atenienses.
Probablemente, la "sopa negra" - sin llegar a ser el delirio de un gourmet era bastante pasable. Aunque, como es universalmente admitido, sobre
gustos no hay nada escrito...
Con o sin sopa, el hecho es que las comidas comunes eran realmente una
institución importante en Esparta. El espíritu de cuerpo que debió reinar en
las cofradías queda bastante bien ejemplificado por la discreción con que se
trataban las palabras que pudiesen haberse pronunciado durante las
conversaciones de sobremesa. Cuando entraba algún comensal, el más
anciano de los presentes le señalaba la puerta y le advertía: "¡Por esta
puerta no sale palabra alguna!"
En otro orden de cosas, mucho se ha criticado la sanción social que recibía
quien - por cuestiones económicas - no podía ya aportar la cantidad mensual
de alimentos. El que no cumplía con sus aportes no sólo era expulsado de la
cofradía sino, además, resultaba desclasado de su posición social. Dejaba
de ser un homoioi para convertirse en perieco. Eso significaba, ni más ni
menos, que debía ir a trabajar. Con ello dejaba de ser un auténtico guerrero
pues, como todo el mundo sabe, los guerreros auténticos no trabajan. Se
juegan la vida. Pero no trabajan.
Aristóteles critica ácidamente este rasgo "capitalista burgués" de la sociedad
espartana y son muchos los que se han unido con entusiasmo a esta crítica.
Lo que todos pierden de vista es un par de hechos importantes. Por de
pronto, la "cuota" de alimentos a aportar era la misma para todos los
cofrades. Fuesen pobres o ricos, todos aportaban lo mismo, todos
compartían la misma mesa, todos comían lo mismo y todos podían hablar a
sus anchas en un marco de rigurosa discreción. Por otra parte, repasen
ustedes las cantidades mensuales: hoy hablaríamos de una bolsa de harina,
dos damajuanas grandes de vino, dos kilos de queso y un kilo de higos. Es
cierto que, en aquella época, era un poco más difícil que hoy juntar esas
cosas todos los meses. Pero tampoco entonces pudo haber requerido un
esfuerzo sobrehumano.
La crítica interesada siempre es fácil y siempre resulta parcial. ¿Acaso un
gentleman inglés no pierde hoy su categoría de tal si ya no puede aportar la
"mísera" cuota mensual de su club? Un rasgo típicamente burgués, sin duda.
Pero también típicamente anglosajón. En el mundo de la ética protestante
una persona no sólo tiene que ser eficiente y capaz sino que, además, debe
demostrar que es exitosa para probar que goza del favor de Dios. Quien no
puede hacerlo no es ni realmente eficiente ni realmente capaz. Y quien no lo
es, no puede pretender que se lo considere como un homoioi ; un igual a los
mejores.
Además, tiene que haber un mínimo establecido para medir la eficiencia y la
capacidad. En Inglaterra, este mínimo es el carnet de determinado tipo de
club. En los Estados Unidos es el barrio y la casa en la que uno vive, la
profesión que se tiene y el cargo en la compañía para la cual se trabaja. En
Alemania es la profesión que se tiene y los títulos de "Herr Profesor" o "Herr
Doktor" que se han conseguido juntar.
En Esparta, el mínimo establecido era una bolsa de harina, unos litros de
vino, un poco de queso, algo de higos y unos centavos en efectivo. Quienes
vean en esto una cuestión de discriminación económica están mirando al
mundo a través de los anteojos de un contador. Esto no es una cuestión
económica. Es una cuestión de orgullo. Quizás un tanto difícil de entender
para los latinos, pero detrás de esta cuestión está la respuesta a por qué la
mayoría de los anglosajones es protestante mientras que la mayoría de los
latinos es católica.
Es un poco la cuestión de la fe y la predestinación. La fe se tiene; la
predestinación hay que demostrarla. Ciertos hombres no se conforman con
ser; quieren demostrar lo que son. Ciertos hombres no se conforman con
declaraciones; exigen pruebas. La fe puede simularse; la predestinación no.
Para los homoioi, quien declara ser un "igual" es, por supuesto, bienvenido.
A, condición de que demuestre su igualdad. Si no lo consigue, estaba
equivocado y pretendió más de lo que le corresponde. Y nadie puede
pretender eso.
Otros hombres son más comprensivos. Ciertamente son muchísimo más
agradables de tratar. Comprenden las debilidades humanas. Comprenden
esas imperfecciones, pequeñas y grandes, que todos tenemos y que nos
convierten en seres humanos necesitados de un hombro sobre el cual llorar y
de una mano que nos sostenga el corazón. Otros hombres aceptan que, a
veces, se tiene mala suerte. O que, simplemente, no se tiene suerte. O que
de pronto tienen una suerte increíble quienes menos se la merecen. Estas
personas son, sin duda, muchísimo más simpáticas y más cálidas. Es
infinitamente más agradable convivir con ellas. Pero no llegan a la luna. No
rompen la barrera del sonido. No levantan Potencias Mundiales. No fundan
ciencias por afán de exactitud ni dominan situaciones por voluntad de vencer.
Lo intentan a veces cuando los dioses les regalan un gran conductor. Y, a
veces, hasta lo logran. Pero ¡pobre del conductor si fracasa!
Los desagradables eficientistas también necesitan, por supuesto, un
conductor, un Jefe. Nunca hubo, no hay, ni habrá sociedad humana alguna
sin dirigentes. Hasta las sociedades anónimas tienen sus presidentes y sus
ejecutivos ante quienes tiembla toda la empresa. Pero los antipáticos
eficientistas, los insoportables exitistas, siguen a sus Jefes hasta el final. Los
amables comprensivos, en cambio, los destierran o los matan cuando
fracasan. No siempre, por supuesto. Pero muchas, muchísimas veces. La
Historia nos presenta tantos casos de esto que las excepciones no hacen
sino confirmar la regla.
8)- Las mujeres de Esparta.
Llegado a la edad adulta y terminado su adiestramiento, en la vida del
espartano se producía un acontecimiento capital: podía volver a su casa. Por
lo tanto, podía casarse. Es decir, perdón: ¡debía casarse! Debía tener hijos.
En todo caso, eso es lo que el Cosmos esperaba de él.
El Estado espartano tenía muy serios problemas demográficos. El índice de
natalidad de la Orden - al igual que en varias partes de nuestro Occidente
actual - era negativo. Por eso, la Orden exigía hijos. Los seleccionaba y
hasta los dejaba morir si no eran aptos; pero los exigía. Los solteros
empedernidos resultaban castigados. Entre los periecos hasta se esperaba
que, en una familia estéril, el hombre recurriese a su hermano o a su mejor
amigo.
Ante esta necesidad, se comprende la enorme
libertad de que gozaban las mujeres
espartanas. En ninguna parte de Grecia las
mujeres fueron más libres que en Esparta. La
recatada burguesía de las demás ciudades
griegas incluso se horrorizó de la "desfachatez"
de las jóvenes espartanas. ¡Imagínense! ¡Las
desvergonzadas caminaban por la calle
mostrando los muslos! ¡Oh!
Por favor, no piensen que estas exclamaciones
son un invento mío. Son de Eurípides. Es él
Mujer Espartana
quien se escandaliza de las "hijas de los
espartanos" que "salen de sus casas" y "se
mezclan con los varones mostrando los muslos". ¡Y todo por la vestimenta un
tanto atrevida de las niñas de Esparta!
Porque es cierto: el vestido de las espartanas estaba abierto por el costado
hasta la cintura. Los muslos exhibidos, en todo caso, no deben haber sido
desagradables porque - en primer lugar - las espartanas eran eximias
deportistas y - en segundo lugar - la moralina burguesa todavía nunca se ha
escandalizado por el exhibicionismo de las mujeres feas.
Con todo, difícilmente las niñas habrán conseguido sacar de sus casillas a un
candidato espartano mostrando un poco de muslos. Los varones de Esparta
tenían oportunidades de sobra para calibrar íntegramente los atributos de las
jóvenes. La mujer espartana vivía su juventud casi constantemente en el
campo de deportes. Generalmente desnuda. Fue la única mujer en toda
Grecia que tenía permitido el acceso a los torneos. Excepto las Olimpíadas -
a las cuales, por la mojigatería de los demás griegos, no podía asistir - las
espartanas participaban de todos los deportes. Todos los años, durante diez
días, tenían lugar las gimnopedias en dónde la juventud de Esparta competía
y bailaba completamente
desnuda.
No obstante, para los
mirones bobos la cosa no
carecía de riesgos. Las niñas
tenían la lengua muy suelta y
muy aguda y, en medio de
una representación pública,
podían tomar a un varón de
blanco para destruirlo con
Edgar Degas (1860) : Jóvenes Espartanos
burlas y socarronerías.
Delante de reyes, éforos, senadores y pueblo en general, el pobre diablo
quedaba hecho un estropicio en cuestión de minutos. Indudablemente, un
remedio definitivo y eficaz contra la lascivia. Porque, sin duda, a veces es
más agradable caer en una mezcladora de hormigón que en la boca viperina
de una perfecta bribona - hermosa para colmo - dotada del condenado
talento de adivinar nuestros puntos vulnerables. El que no lo crea, que haga
la prueba.
De modo que podemos creerle a Plutarco, a Jenofonte y a Platón cuando
nos dicen que la desnudez femenina en Esparta no daba lugar a ningún tipo
de comportamientos lascivos. Cuando una mujer tiene la oportunidad de
ponerlo en ridículo a uno ante todo un estadio lleno de gente, el portarse
como un idiota debe ser bastante peligroso.
Como madres resultaron insuperadas.
Si las jóvenes espartanas fueron
compañeras de guerreros, las madres
de Esparta fueron engendradoras de
héroes. Se dice que una espartana
que había mandado sus cinco hijos a
la guerra se ubicó en las afueras de la
ciudad para recibir más pronto las
"Hijo mío: vuelve con él o sobre él"
noticias del desenlace de la batalla.
Cuando comenzaron a llegar los
primeros guerreros, la mujer detiene a uno de ellos y lo interroga. El hombre,
visiblemente incómodo, comienza a relatar cómo los cinco cayeron en el
combate. "¡Esclavo estúpido!" - lo interrumpe la espartana - "¡No te pregunté
por la suerte de mis hijos! ¡Te he preguntado por el resultado de la batalla!"
En otra oportunidad, una anciana trató de consolar a una madre que estaba
dándole sepultura a su hijo muerto en combate. "¡Pobre mujer!" - se
compadeció la anciana - "¡Que triste destino!" - "¿Triste?" - preguntó la
madre y agregó: "No es triste. Lo eduqué para servir a la Patria y murió por
ella. ¡Logré mi objetivo! ¡Eso no tiene nada de triste!" ¿Exagerado?
¿Presuntuoso? Quizás. No es infrecuente que los seres humanos escondan
el dolor detrás de la máscara del orgullo. Pero hay que encontrar la máscara
del orgullo en un momento de dolor. Y eso, por favor, créanlo, no es nada
fácil.
En Esparta, una de las ignominias más grandes era perder el escudo en la
batalla. Debido a la particularidad de la formación de combate espartana, el
escudo no solamente cubría a su portador sino, en gran medida, también al
hombre de al lado. Por eso, el escudo espartano era considerado un
supremo símbolo de camaradería. Por otra parte, oficiaba también de féretro
ya que a los caídos en combate se los transportaba sobre sus escudos.
Sabiendo esto se comprende algo que, quizás, haya sido una mera fórmula.
Una costumbre. Una de esas frases que se repiten como un ritual sin darles
siempre todo su significado: el joven espartano recibía su escudo siempre de
su madre quien se lo entregaba con estas palabras: "Hijo mío: vuelve con él
o sobre él".
Mujeres así eran respetadas. Tenían que serlo. Es
inútil que Aristóteles las critique y objete el gran
poder que tenían las espartanas. La verdad es que
se lo merecían. A Gorgo, una mujer extranjera le
comentó una vez, llena de admiración: "¡Ustedes, las
espartanas, son las únicas que todavía tienen poder
sobre los hombres!". A lo cual la espartana
respondió: "¡Por supuesto! ¡Como que somos las
únicas que aun traemos hombres a este mundo!"
Las mujeres espartanas no tenían necesidad de ser feministas: tenían a su
lado hombres a quienes podían admirar. Y en boca de Gorgo la afirmación
resulta creíble. Más que eso: resulta indiscutible. Gorgo era la esposa de
Leónidas.
9)- El dinero en Esparta
A muchos seguramente les habrá llamado la atención el hecho que los
homoioi no trabajasen y que hasta tuviesen prohibido trabajar. A quienes les
entusiasme la idea sólo les pido que no caigan en conclusiones apresuradas.
Porque los "iguales" no trabajaban; pero tampoco podían ser ricos en el
sentido actual de la palabra.
Por de pronto, no podían acumular dinero. Mucho menos, pues, podrían
haber vivido de rentas o cobrar intereses. Directamente, los espartanos no
podían tener dinero en absoluto. En primer lugar, porque lo tenían prohibido.
En segundo lugar, porque prácticamente casi no había dinero en Esparta.
Hablando en términos financieros, el dinero no existía. No hacía falta.
¿Increíble? No si lo miramos con ojos espartanos.
Para empezar, los "iguales" no estaban para ganar dinero,
ni para hacerse notables por sus riquezas. En Esparta la
Óbolo ateniense
(plata - ca.480 AC)
fama no se adquiría en la Bolsa sino sobre el campo de
batalla. Allí, un acaudalado cobarde no podía comprar la
gloria que recibía gratis un valiente pobre. Durante toda su juventud los
lacedemonios eran educados para valorar solamente aquellas actividades
que garantizasen la soberanía del Cosmos. Y los hombres de la Orden - a
diferencia de muchos politicastros actuales - sabían que la soberanía de un
Estado no se compra. Se la conquista o no se la tiene jamás.
Por eso no tuvieron dinero. No hubieran podido comprar con él lo que
realmente les importaba: su soberanía, su autarquía, su libertad. Tampoco lo
necesitaban para lo demás. En Esparta no había pantagruélicos banquetes
ni dionisíacas libaciones. Todos aportaban lo mismo a la mesa común y
todos consumían lo mismo. ¿Comunismo primitivo? Brasidas, Leónidas o
Pausanias se hubieran muerto de risa ante la sola mención de la posibilidad.
Para producir lo que se necesita sobre una mesa, y hasta para fabricar la
mesa misma, estaban los periecos. Para algo gozaban de la protección del
Cosmos. Y, si los periecos necesitaban ayuda, para eso estaban los helotas.
Los esclavos helotas eran parte de la familia como podía serlo la vaca, el
caballo, el perro o la cabra. ¿Maltratados? ¡Qué estupidez! Ninguna persona
decente maltrata a su caballo si su caballo es un buen caballo. Nadie
desprecia una buena vaca lechera o a un excelente can, a menos que sea un
cretino. Todo lo contrario: se les da de comer y se los protege. Uno los
considera parte de la familia. Uno los cura cuando están enfermos. Los
chicos juegan con ellos. Terminan siendo queridos porque, al fin y al cabo,
uno se ha pasado la vida con ellos y dependiendo de ellos. Se vive, se
convive con ellos. Ningún hombre bien nacido los maltrataría. Castigarlos,
para que aprendan, quizás; pero maltratarlos, nunca.
Ningún espartano decente vivió maltratando esclavos. Lo que sucedió fue,
simplemente, que los helotas fueron cada vez más mientras los homoioi
fueron cada vez menos. Y sucedió también que los enemigos de Esparta no
eran ciegos y no se les escapó que la gran masa de helotas y periecos podía
llegar a ser instrumentada para quebrar el poderío de los lacedemonios. De
hecho, en Atenas muchas veces decidía la masa. Fue la que expulsó a
Arísitides y condenó a muerte a Sócrates. El fenómeno se repetiría también
más tarde. En Roma, los ciudadanos de tercera llegaron a decidir con sus
caprichos la suerte del Imperio. Los caprichos llegaron a tener nombre y
apellido: se llamaron Calígula, Nerón, Heliogábalo.
No nos dejemos engañar por los dogmas
solapados de muchos historiadores.
"Calígula" no es un nombre; es un apodo.
Significa "botitas". Calígula fue el niño
mimado, la mascotita, de las guarniciones
militares romanas acantonadas a la vera
del Rin. Cuando Tiberio murió y el Senado
romano vaciló brevemente en elegir al
sucesor, la plebe de Roma (no hay
intención despectiva en el término; la
palabra latina es plebs), la muchedumbre
romana, invadió la Curia y forzó la
designación de Calígula. ¡Calígula fue
popular! ¿Cuando vamos, por fin, a admitir
Calígula
eso? ¡Se dice que para festejar su nombramiento se sacrificaron 160.000
animales! Calígula gobernó durante casi cuatro años. ¡Nerón se mantuvo
catorce años en el Poder! Por supuesto: la masa los maldijo y escupió sus
tumbas cuando murieron. Pero eso fue al final. Al principio habían sido
"populares". ¿Es que nadie va a tener jamás la honestidad intelectual de
admitirlo y de sacar las consecuencias pertinentes?
Los espartanos lo hicieron. Los helotas no gobernaron jamás. Esparta pudo
tener hombres admirables y hombres detestables. Lo que no tuvo fueron
hombres despreciables. Nunca tuvo un Calígula. Tuvo sus esclavos pero
éstos nunca pudieron imponer a un Heliogábalo o a un Nerón. Es cierto que
Atenas tampoco llegó a tanto pero, por la forma en que trató a gran parte de
sus mejores estadistas, estuvo bastante más cerca. A los espartanos les
bastó con mirar hacia Atenas para curarse en salud.
Porque la plutocracia ateniense fue poderosa. Los ricos comerciantes del
Pireo - el puerto de Atenas - le disputaron el Poder a la nobleza terrateniente
en más de una oportunidad. Siempre invocando al Pueblo. Siempre en
nombre de la democracia. ¿Cuando los traductores de Aristóteles van a ser
tan honestos como para dejar de traducir su concepto de politeia con la
palabra "democracia"? Dentro del contexto del pensamiento aristotélico y
estrictamente hablando, la democracia es sinónimo de demagogia. Es la
argucia de los ricos que se apoyan en la masa de los pobres para vencer a
los nobles . El verdadero motor de las democracias ha sido siempre una caja
fuerte llena de dinero.
En Esparta los plutócratas nunca pudieron venderle a la masa el cuento de la
soberanía popular por la sencilla razón de que nunca hubo plutócratas en
Esparta. La moneda era de hierro. Tan incómoda y pesada que hasta una
suma pequeña resultaba de un volumen y de un peso considerables. La
posesión de oro y plata estaba prohibida y se la castigaba con severas
penas. Además, la posesión subrepticia e ilegal de estos metales tampoco
hubiera servido de gran cosa a quien se arriesgase a violar la ley. Los
espartanos no se adornaban con cadenas de oro sobre adiposos
abdómenes. Las espartanas no se emperifollaban hasta parecer cacatúas.
Su adorno más preciado era su propio cuerpo y, en lugar de cubrirlo con
idioteces, lo cultivaban para que fuese hermoso y para que pudiesen
mostrarlo sin vergüenza.
Lógicamente, el dinero de hierro no valía absolutamente nada fuera de
Esparta. Nadie lo aceptaba. Era, como diríamos hoy, inconvertible. Como
consecuencia de esto no existían en Esparta los artículos suntuarios de
consumo masivo ni los comerciantes como los que hacían pingües negocios
en el Pireo de Atenas. Los comerciantes, mercachifles, banqueros, bufones,
adivinos, charlatanes, baratijeros y otros vividores que abundaban y
pululaban por toda Grecia, evitaban a Esparta como a la peste. No había
nada que hacer allí. No había ningún dinero fácil para ganar. El ejemplo
quizás nos sirva, algún día, cuando nos decidamos a sacarnos el parasitismo
de los mercaderes de encima. La autarquía espartana condujo a que, por
ejemplo, los carpinteros lacedemonios y los alfareros fuesen los más hábiles
y renombrados de toda la Hélade. Especialmente el jarro de los guerreros
era muy codiciado porque su diseño permitía tomar agua sucia sin que las
impurezas llegasen a la boca del bebedor. En una época sin cloro ni
antibióticos, el utensilio sin duda tuvo sus sólidas ventajas.
Indiscutiblemente, la sociedad espartana fue austera. Hasta el día de hoy
hablamos de la "sobriedad espartana". Lo que pasa es que, en la enorme
mayoría de los casos, se la entiende mal. Sobriedad no significa conformarse
con menos. Significa no arruinarse la vida deseando más de lo necesario.
Ser sobrio significa no gastar toda una existencia persiguiendo lo
prescindible. Ser austero no significa ser "menos", o tener "menos". Ser
austero significa exigir lo preciso y desechar lo superfluo. No es una cuestión
de cantidad. Es una cuestión de sabiduría.
10)- La paiderastia
No me cabe ninguna duda de que muchos me odiarán por tratar el tema que
sigue a continuación. La enorme mayoría de las obras escritas acerca de
Grecia ignoran olímpicamente la cuestión y, seguramente, muy pocos se
habrían percatado de algo si hubiésemos adoptado aquí el mismo
procedimiento. Desgraciadamente, el recurso no es admisible porque no
sería honesto. Además, no serviría para nada. En definitiva, no hay
historiador serio que no lo sepa y aparte de ello la ignorancia sólo puede
conducir al desastre a quien, de algún modo, intente copiar a tontas y a locas
el ethos de los griegos.
Digámoslo directamente y sin
subterfugios: la homosexualidad y
la pederastía se hallaban muy
extendidas por toda Grecia.
Especialmente en lo referente a la
pederastia no creo que sea un
rasgo para aplaudir. Sobre todo si
Ganímedes
se conoce el significado exacto del
término. No es equivalente a
homosexualidad. La pederastia es una forma específica de la
homosexualidad. La palabra proviene del griego pais que significa "niño",
"adolescente". La "paiderastia", o pederastia, es la relación homosexual con
adolescentes, con efebos.
Los griegos la practicaban y en gran escala. Según la mitología, Zeus mismo
se enamoró del niño Ganímedes y lo elevó al Olimpo bajo las alas de un
águila para tenerlo a su lado por toda la eternidad. En la punta de un dedo de
la estatua del Zeus de Olimpia, en Atenas, Fidias inscribió secretamente la
frase: "Cuán hermoso eres, Pantarkes". Pantarkes era un jovenzuelo de
Atenas. Prácticamente no hay personaje famoso en Grecia que no haya sido
un pais o que no haya tenido un pais.
El hecho se ha querido explicar de
mil maneras distintas. Desde los que
lo condenan, amurallados detrás del
fariseísmo de su hipocresía, hasta los
que lo justifican en nombre de un
esteticismo y un permisivismo que se
desbarranca por el tobogán de lo
anormal con la alegre
despreocupación de la decadencia.
Incuestionablemente, el hecho es
complejo. Porque no se trataba de un
mero hedonismo sexual entre los
griegos. La relación entre el pais y su
mentor no fue nunca simplemente
Fidias: Atenea de Lemnia
sexual. El hombre tenía una
tremenda responsabilidad, públicamente asumida, para con el efebo. Debía
educarlo; debía transmitirle todo su saber, toda su experiencia y sabiduría.
Para el pais el hombre era el modelo a seguir y todo mentor debía ocuparse
de ser un modelo digno de imitar. El efebo no era un juguete, no era un lujo
sexual. Era una responsabilidad. La costumbre no se practicaba a
escondidas. Muchísimas veces el mentor era casado, con una familia
completamente normal, con hijos propios. ¿Alguien puede entenderlo?.
Varios lo han intentado. Algunos, probablemente, con sinceridad.
Personalmente, no creo que lo hayan logrado.
Se ha tratado de disculpar a los griegos afirmando que la costumbre
provenía del Asia Menor, de Babilonia y hasta de Egipto. Es posible. Más
todavía: es muy probable. Que Babilonia — la "ramera entre las rameras"
según la Biblia — fue un foco de tremenda y exagerada sexualidad es algo
que puede considerarse fuera de toda duda. Pero, aun así, el argumento no
disculpa a los griegos. Que la degradación provenga de otra parte no
disculpa a quienes se degradan. Es como si los norteamericanos trataran de
disculparse argumentando que la cocaína les viene de Colombia y la
pornografía de Europa.
Esparta, con toda probabilidad, no se habrá sustraído por completo al
ambiente cultural de la época. Pretender que Esparta, como afirman algunos,
fue un reducto de castidad y rectitud sexual en medio de una Grecia por
demás tolerante y permisiva en esta materia es poco creíble. Es cierto, en
todo caso, que los espartanos fueron marcadamente xenófobos en materia
de importar costumbres. Pero, aún así, la sorprendentemente gran libertad y
poder de la que gozaban las mujeres espartanas hablaría más a favor de la
heterosexualidad que un supuesto conservadorismo moralizante.
Lo que sí puede desecharse con fundamento es la acusación — proveniente
en su enorme mayoría de personalidades adversas a los lacedemonios — en
cuanto a que Esparta habría sido algo así como la capital de la pederastia en
Grecia. Por más extendida que sea esta fábula, lo concreto es que no hay
pruebas sólidas para demostrarla. Ni siquiera el arte la confirma. Por
ejemplo, en las piezas de alfarería que ha rescatado la arqueología de las
regiones de Esparta y Laconia no se encuentran motivos explícitamente
homosexuales, siendo que es bastante frecuente encontrarlos en la alfarería
de otras regiones griegas. Incluso Aristóteles, que critica bastante a los
espartanos en muchos aspectos, indirectamente los absuelve de la
acusación de homosexualidad generalizada cuando los objeta precisamente
por lo que él considera un excesivo dominio de las mujeres por sobre los
hombres.
Con todo, tambien es cierto que no hallaríamos en Esparta un manifiesto
rechazo a la homosexualidad ni tampoco una condena terminante de la
pederastia. Cualesquiera que fuesen las causas de la costumbre en otras
partes, en Esparta es bastante evidente que el hecho tiene que haber tenido
también raíces biopsíquicas y sociales. Entre los siete y hasta los veinte o
veinticinco años el espartano vivía exclusivamente entre hombres. Es mucho
tiempo. Probablemente demasiado. Sobre todo a esa edad.
Por otro lado, las espartanas eran insuperables camaradas e inmejorables
madres. Eran sanas, eran atrevidas y eran hermosas. Pero durante toda la
adolescencia y buena parte de la vida adulta del varón, estaban
prácticamente fuera de alcance. Durante buena parte de los mejores años de
su vida los hombres pertenecían a la Orden. Hacían su vida en ella.
Entregaban su existencia al Cosmos. Eran Caballeros de la Orden de
Esparta. Monjes-soldados. Igual que, mucho más tarde, los Templarios.
Sólo que el monje-soldado espartano no había hecho voto de castidad. Ni se
le hubiera ocurrido semejante cosa, ni había tampoco intención metafísica
alguna que lo justificara. La Orden de Esparta no exigía el sojuzgamiento de
lo sexual a la voluntad; todo lo contrario. Según una versión, en el ejército
espartano había toda una sección formada por "parejas" que combatían
atadas entre si para garantizar que les tocaría el mismo destino. Ninguno de
estos hombres tenía nada de afeminado. Eran guerreros y, según se dice,
terribles.
Complementariamente, es muy posible que las
mujeres espartanas a pesar de su belleza no tuviesen
demasiado de "femeninas". Eran atletas. Cualquiera
que haya tenido algún trato con las atletas actuales
sabrá a qué me refiero. Es siempre un poco difícil
imaginarse cómo hacer el amor con una atleta. En
realidad, a las atletas no se las ama. Se la aplaude. Se
les cuelga una medalla al cuello y se les da una
palmada en la espalda. En lugar de un ramo de flores
uno casi estaría tentado de regalarles un cronómetro.
Una atleta es un poco lo mismo que una profesional de
Atleta
hoy en día: la igualitarización niveladora borra las
diferencias y la mujer se convierte en un compañero
de trabajo. Con ello, las profesionales dejan de ser mujeres y se convierten
en competencia. Y las atletas son competencia casi por definición. ¿Qué
pasa con un pueblo cuyos varones son Caballeros de una Orden y cuyas
mujeres son atletas?.
No es forzoso que suceda, pero pueden pasar cosas poco edificantes. La
Historia nos habla de las madres espartanas, de los guerreros espartanos y
de los ancianos de Esparta. No deja de llamar la atención que nos hable
bastante poco del padre espartano.
Pues sí. Seguramente los espartanos tenían sus defectos y nadie gana nada
con barrerlos bajo la alfombra. En mi opinión particular y personal creo que
es muy posible que trataran de forzar las leyes del Cosmos universal
creándose un Cosmos particular. En ese caso, seguramente les pasó — al
menos en alguna medida — lo que les pasa a todos los que han tratado de
hacer algo así. La Naturaleza podrá dejarse usar y hasta engañar por un
tiempo pero, después, inexorablemente, sobreviene su venganza. Quienes
ofenden irresponsablemente a Madre Natura descubren de pronto que no
pueden respirar por el smog. Y quienes la engañan, algún día terminan
dándose cuenta con horror que están condenados a la muerte por extinción.
11)- Los lacónicos laconios.
Los espartanos, con toda seguridad, no fueron impolutos. Posiblemente este
hecho agrade una enormidad a todos los pequeños enanos que sienten
estremecimientos de placer al descubrir que los gigantes también tienen sus
fallas y sus debilidades. Lo que los enanos callan es que los gigantes nunca
tuvieron la pretensión de ser perfectos. A los gigantes les basta con ser
gigantes. Con eso es suficiente.
Esparta, como todos los gigantes, fue un gigante con defectos. Tuvo sus
personajes oscuros y sus costumbres poco recomendables. Lo que no tuvo
fue la tremenda logorrea ateniense. En Atenas se hablaba y se hablaba. Es
muy cierto que los oradores debían hacerlo ante la clepsidra y que, por ello,
tenían el tiempo limitado. Nuestros políticos actuales también hablan contra
el reloj del estudio de televisión y no por ello dejan de vomitar palabras con
un caudal oceánico. En Esparta la oratoria ampulosa tenía poco público. Los
espartanos, como diríamos hoy, eran lacónicos. El término mismo, como es
obvio, proviene de ellos.
En Laconia a los niños se les enseñaba a ser breves, concisos y veraces con
elegancia. Si esta elegancia implicaba el sarcasmo, el hecho habla en favor
de la inteligencia de los lacedemonios pues el sarcasmo es el humor de las
personas inteligentes, como - con bastante poca modestia - decía el inefable
Bernard Shaw.
Si la moneda espartana era grande, pesada, y de poco valor, todo lo
contrario sucedía con la palabra espartana. En su expresión, los espartanos
trataban de poner la mayor cantidad de médula en la menor cantidad posible
de sílabas. De este modo, Esparta tuvo algo que en otras partes se ha
desconocido casi por completo: el pudor intelectual; la vergüenza que cada
uno de nosotros debería sentir de hablar sin haberlo pensado antes.
Confucio decía que el hombre sabio piensa dos veces antes de hablar una
vez. Muchos chinos han seguido este consejo y es probable que, por ello,
China nos dé una gran sorpresa cualquier día de éstos. Los vietnamitas ya lo
han hecho.
El laconismo espartano ha entrado en la tradición como modelo de agudeza
y brevedad. Se dice, por ejemplo, que una vez se presentó ante Licurgo un
personaje que hizo un largo y encendido discurso en favor de la democracia.
Licurgo escuchó la tirada de cabo a rabo y cuando, por fin, el entusiasmado
ideólogo hubo terminado, le aconsejó: "¡Excelente! Ahora vete y danos el
ejemplo instaurando una democracia en tu propia casa". Buen consejo, sin
duda.
La palabra espartana era como la espada de los guerreros lacedemonios:
corta e hiriente. Cuando los atenienses se burlaban de la escasa longitud de
las espadas laconias, alegando que hasta un aprendiz de tragasables podía
hacerlas desaparecer, los espartanos retrucaban diciendo: "Quien no teme
acercarse al enemigo no necesita largas espadas".
Como ya hemos visto, Esparta nunca estuvo amurallada. Para explicar el
hecho, sus habitantes solían decir: "Los hombres de verdad son mejor
muralla que un montón de ladrillos". En otra ocasión, un orador comenzó a
dar una larga perorata para explicar un breve problema, haciéndole perder
innecesariamente un tiempo precioso a todos los oyentes. Leónidas lo
interrumpió: "Amigo" — le dijo — "Estás usando lo necesario
innecesariamente". Cuando al sobrino de Licurgo le preguntaron por qué
había tan pocas leyes en Esparta, la respuesta fue no menos lacónica:
"Quien con pocas palabras entiende, pocas leyes necesita". Por otra parte,
cuando al filósofo Hecateo se le quiso echar en cara el no decir palabra a lo
largo de toda una tertulia, Arquidámidas lo defendió diciendo: "El que sabe
palabras razonables, sabe también cuando vale la pena pronunciarlas".
Las anécdotas podrían multiplicarse aquí por decenas. La mayoría de los
testigos de la época abunda en ellas. Está, por ejemplo, el caso de un sujeto
que, no siendo espartano, se quiso hacer el simpático ante Teopompo
diciéndole: "En todas partes, mis conciudadanos me llaman el amigo de
Esparta". El espartano lo debe haber mirado con toda la lástima y el
desprecio que los conquistadores siempre han sentido por los cipayos. El
hecho es que le respondió: "Si te llamaran el patriota te
respetaría más".
Los atenienses constantemente acusaban a los
espartanos de ser incapaces de aprender. Al hacérsele
esta acusación al hijo de Pausanias, su comentario
fue: "¡Absolutamente cierto! ¡Somos los únicos que no
hemos aprendido los vicios atenienses!".
El por qué los charlatanes, adivinos y prestidigitadores
Pausanias
no tenían suerte en Esparta lo ilustra otra anécdota. Es la del ateniense que
le pregunta a un espartano, de visita en Atenas, si no quería ir a escuchar a
un fulano que imitaba casi perfectamente el canto del ruiseñor. Para su
sorpresa, la reacción del espartano fue de total indiferencia: "No gracias" -
dijo - "Ya escuché al pájaro". Realmente: ¿para qué ir a ver a un imitador si
uno ya conoce el original?
Uno de los casos más típicos es el que relata Heródoto del espartano
Diénekes. Poco antes de la batalla de las Termópilas, un individuo de las
tropas aliadas que estaban junto a los espartanos comentó visiblemente
preocupado: "Cuando los persas lanzan sus flechas, se produce una nube
tan grande que tapa la luz del sol". Diénekes, haciéndose cargo
instantáneamente de una situación que podía degenerar en pánico colectivo,
se volvió hacia los espartanos y comentó: "¿Oyeron? .¡Vamos a pelear a la
sombra".
Por último, permítanme terminar con un caso que siempre me ha llamado la
atención. En el mundo automotriz es conocida la anécdota aquella del
norteamericano que quería comprarse un Rolls Royce allá por los tiempos en
que el Rolls Royce era el automóvil de los magnates y los reyes..La cuestión
es que el yanqui va a Inglaterra y - apasionado por carromatos enormes y
poderosos como todo buen norteamericano - lo primero que le pregunta al
gerente de ventas es: "¿Cuántos HP tiene un Rolls Royce?". El inglés, a su
vez, se saca la pipa de la boca, se sacude una inexistente ceniza de la
solapa, lo mira con conmiseración y le responde impertérrito: "¡Los
suficientes!".
Lo curioso es que se trata del calco exacto de un original espartano relatado
por Heródoto. En un momento dado, un sujeto - probablemente un espía quiso saber cuántos espartanos había preparados para la batalla. La
respuesta que obtuvo de Arquidamas fue precisamente ésa: "¡Los
suficientes!".
O bien hay almas gemelas en materia de humor, o bien los gerentes de la
Rolls leían a Heródoto. En cualquiera de los dos casos, el hecho es notable.
12)- El pensamiento en Esparta.
Universalmente se supone y se afirma que los espartanos eran, poco más o
menos, tan sólo unos militarotes brutos, carentes de intelectualidad o
refinamiento. La imagen, con toda seguridad, fue creada por los
supercosmopolitas y liberales atenienses siendo después monótonamente
repetida por los historiadores; incluso por aquellos que deberían haberlo
sabido un poco mejor.
Por supuesto, nadie pretende que Esparta haya sido la central de la
especulación filosófica o la bohemia artística. Positivamente no fue un
Heidelberg ni un Montmatre. Pero quienes insisten en la supuesta esterilidad
cultural de los espartanos se olvidan de la gran opinión que ilustres griegos
tuvieron de los lacedemonios. Jenofonte en sus "Memorias" o "Recuerdos de
Sócrates" nos habla, en varios pasajes, de la opinión que el filósofo
ateniense tenía de Esparta. Y conste que Sócrates, siendo hijo de un
escultor y de una partera, no tenía motivos de clase para sentir una especial
solidaridad con la nobleza espartana.
Aún así, Sócrates señaló muy acertadamente que,
en muchos terrenos, la supremacía de Esparta
obedecía a que los espartanos eran rigurosos en
el acatamiento de las normas y leyes que regían
su vida en comunidad. Hasta un joven ateniense
se ve obligado a confesar ante el maestro que la
"brecha generacional" - observable ya en la
Atenas de aquella época - se debía a la escasa
Sócrates
consideración que los atenienses tenían por la
sabiduría de los ancianos y a que, en general, se
notaba en Atenas el efecto de la hiperintelectualización producida por el
descuido de las costumbres que exige una vida sana. Es obvio que, en esta
materia, no hay mucho de nuevo bajo el sol. Ya hace mas de dos mil años
cierta juventud ostentaba el mismo desprecio intelectual por los fundamentos
básicos de la vida que observamos hoy. No en vano los buenos demócratas
atenienses condenaron a muerte a Sócrates justamente por "corromper a la
juventud", entre otras cosas.
Pero Sócrates no fue ajusticiado tan sólo por eso. En realidad, fue una de
esas personas tan fundamentalmente honestas que resultan condenadas a
meterse siempre en problemas. Habiendo sido nombrado para la
magistratura pública, Sócrates había tenido que prestar el juramento de rigor
en virtud del cual todo magistrado se comprometía a hacer respetar las leyes
vigentes. Sin embargo, en un momento en que se desempeñaba como
Arconte, nueve jefes militares de Atenas adoptaron una decisión que
desagradó a la masa. Nada más natural, pues, que ésta se autoconvocase
para exigir la ejecución lisa y llana de los jefes militares.
El procedimiento era, por supuesto, inconstitucional pero ¿quién se preocupa
por esos tecnicismos jurídicos cuando se trata de la intangible voluntad del
pueblo? La inconstitucionalidad de una medida se agita con bombos y
platillos solamente cuando alguien arruina un buen negocio, o cuando alguno
pretende poner tan solo un poco de orden en el caos infernal que
normalmente producen los adalides del capricho masivo. A la inversa, la
Constitución le importa un bledo a la masa cuando ésta quiere sacudirse de
encima a ciertos incómodos sujetos que tienen la osadía de querer evitar el
suicidio político del Estado.
De cualquier modo, el hecho es que Sócrates cumpliendo con su deber y su
juramento al más puro estilo espartano, se opuso a la medida e impidió la
votación ilegal. El escándalo fue, por supuesto, mayúsculo. Toda Atenas se
puso fuera de si. ¿Cómo alguien osaba ponerse en contra de la voluntad
popular? ¿Cómo Sócrates podía atreverse a no dejar votar al pueblo, aun
habiendo por ahí alguna ley según la cual la votación era improcedente? ¡La
voluntad popular! ¿Acaso no es irrecusable? ¿Acaso no descansa toda la
esencia, toda la misma razón de ser de la democracia en la voluntad
soberana de una mayoría expresada a través del sufragio?.
Sócrates se mantuvo en sus trece. Lo amenazaron, lo presionaron, lo
insultaron y, seguramente, hasta intentaron sobornarlo. No hubo nada que
hacer. El hombre fue del criterio, un tanto ingenuo y espartano, de que las
leyes están para ser respetadas y los juramentos para ser cumplidos. La
moción no prosperó y la masa tuvo que soportarlo.
No es improbable que
Sócrates firmara su
sentencia de muerte ya en
ese momento. Porque,
poco más tarde, cuando
ya no estaba en el cargo,
la masa se salió con la
suya de todos modos. La
votación tuvo lugar bajo
otro magistrado menos
Sócrates bebe la cicuta
imbuido de espíritu lacedemonio y más democrático. El resultado fue el
previsible: ocho de los nueve jefes militares resultaron condenados a muerte.
¿ El motivo?. ¡Oh el motivo! Quizás deberíamos decir más bien el pretexto.
Todo había comenzado en uno de esos múltiples enfrentamientos
producidos entre Atenas y Esparta después de la guerra contra los persas.
La flota espartana, comandada por Calicrátidas, se había enfrentado a la
ateniense en las Arginusas. Los atenienses, comandados por nueve
brillantes estrategas navales, ¡ganaron la batalla! Calicrátidas cayó en
combate y la victoria sonrió a la Armada ateniense. Sin embargo, finalizadas
las operaciones, se levantó un violento temporal y los capitanes de los
barcos atenienses con muy buen criterio abandonaron los cadáveres de los
que habían caído al agua, puesto que tratar de rescatarlos hubiera
significado poner en peligro a toda la flota.
Oficialmente eso fue lo que no le quiso perdonar el Pueblo de Atenas a los
responsables por la conducción militar. De haberse rescatado a los
cadáveres se hubiera podido organizar en Atenas una gran fiesta popular,
con marchas fúnebres, procesiones, pitos, flautas, mucho luto, mucha
emoción, muchas frases al estilo de "los hijos del Pueblo caídos en defensa
de la democracia". Y, sobre todo, muchos, muchos discursos. Toda esa
pompa y ceremonial estaba ahora arruinada por la estúpida decisión de
nueve ballenas autoritarias que habían preferido dejar los cadáveres librados
a las olas de una tempestad salvando a la flota. ¡Imperdonable!
Se intentó forzar una condena a muerte bajo la magistratura de Sócrates
pero, como vimos, la moción no prosperó. ¡Desplacen al fascista espartano
de Sócrates! Sócrates fue desplazado. Ocho militares victoriosos, héroes de
las Arginusas, condenados a muerte. Seis fueron efectivamente ejecutados.
¿A que no saben quién figuró entre ellos?. No lo adivinarían nunca. Entre los
ejecutados estaba el último hijo del gran Pericles. El mismo Pericles que
había contribuido decisivamente a consolidar la democracia en Atenas.
Lo más inaceptable en la
estereotipada versión oficial
acerca de Atenas y Esparta es
que, en último análisis, las
diferencias entre ambos Estados
- con ser importantes - no fueron
tan múltiples como se afirma.
Ambos tenían su Asamblea
Jacques L.David: La muerte de Sócrates
Popular, sus leyes, sus
autoridades y sus magistrados. Atenas padeció a un buen montón de tiranos
que no tuvieron absolutamente nada que envidiarle a la dureza de los éforos
y ni hablemos del hecho que, en Atenas, los tiranos no resultaban
pacíficamente relevados todos los años. Por otra parte, casi todos los
grandes prohombres democráticos de Atenas provinieron de rancias familias
oligárquicas eupátridas como en el caso de Arístides, Temístocles, Solón,
Pericles y tantos, tantos, otros. La dicotomía entre la "popular" Atenas y la
"aristocrática" Esparta es, básicamente, falsa de toda falsedad. Lo único
cierto es que, en Esparta, se tenía respeto por la función y por la jerarquía de
las distintas funciones mientras que, en Atenas, al igual que en buena parte
de nuestro Occidente actual ese respeto, o se ignoraba, o se había perdido.
Para ilustrar en qué consiste ese respeto tenemos que volver a los hechos
simples y básicos de la vida cotidiana sacando de ellos las conclusiones
pertinentes con honestidad. Nadie subiría a un avión cuyo piloto fuese un
aprendiz. Nadie se haría operar del corazón por un enfermero o por un
hechicero africano. Nadie dejaría que un peón de albañil construyese una
torre de quince pisos para oficinas. Cuando se trata de reparar su automóvil
el profesor de física nuclear se subordina y se somete al dictamen del
mecánico. Cuando se trata de un buen peinado la doctora en leyes se
subordina de buen grado a la habilidad y criterio de su peluquero. Cuando se
tiene que arreglar la dentadura, el médico se somete al criterio del
odontólogo y cuando se tiene que curar los callos el odontólogo se subordina
al criterio del pedicuro. En todas las situaciones, en todos los actos de
nuestra vida cotidiana, vivimos ejerciendo nuestra autoridad en la medida en
que lo requiere la función para la cual estamos capacitados y nos
subordinamos a la autoridad de otras personas en aquellas funciones para
las cuales no estamos capacitados. Lo hacemos tan automática y
espontáneamente que ni nos damos cuenta de ello. Casi ni se nos ocurre
sacar de este hecho conclusiones más amplias.
Deberíamos hacerlo, sin embargo. Porque hay un rubro en el cual tiramos
este respeto por la borda y procedemos de un modo completamente
arbitrario y hasta contrario. Ese rubro es la política. Fue justamente Pericles
el que, para precisar la esencia de la democracia, dijo: "Bien es cierto que
pocos de nosotros somos arquitectos de la política, pero todos somos
buenos jueces de la misma". ¿Cómo demonios puede una persona ser buen
juez de algo que no sabe construir?. El hijo de Pericles pagó con su propia
vida el hecho de que su padre creyese en semejante estupidez y, aun así,
nosotros insistimos alegremente en la misma tontería.
En todo lo que se refiere a la administración y al gobierno de los asuntos
públicos afirmamos, igual que los atenienses, que todo el mundo tiene el
mismo derecho a participar. En todo lo referido al Estado, cualquier Juan de
los Palotes se cree con títulos suficientes para entrometerse, hablar, opinar,
decidir y hasta gobernar. A nuestros presidentes no les exigirnos
constitucionalmente más que cierta ciudadanía, cierta edad y - a veces cierta religión. Permitimos y hasta exigimos que se les permita hablar de
política a quienes no se han detenido ni cinco segundos a pensar sobre
ningún aspecto fundamental del endiabladamente difícil arte de gobernar.
Dejamos tranquilamente las decisiones más importantes en manos de una
mayoría casual y generalmente ignorante. Aceptamos implícita y
explícitamente que el voto de dos imbéciles vale más que la opinión fundada
de una persona capaz. En una palabra, procedemos igual que los
atenienses. En este sentido, realmente es muy cierto que heredamos nuestro
sistema político de ellos.
Ante eso, no es de extrañar que un pensador del calibre de
Platón se inspirase generosamente en el Estado espartano. Al
margen ahora de la componente utópica en el pensamiento de
Platón (que es grande, sin duda), hay varias ideas en su obra
que aparecen estrechamente relacionadas con Esparta. Los
estamentos básicos de la República de Platón, correctamente
Platón
entendidos, deben considerarse como sectores sociales
complementarios dedicados a las funciones específicas de la
educación, la defensa y la alimentación, con todas las demás actividades
derivadas de estas funciones. Este esquema no solamente resultó construido
más tarde, durante el Medioevo, en la estructura típica de monjes, caballeros
y campesinos. Preexistió en Esparta.
El modelo del Estado platónico es el espartano; nunca el ateniense. En
Esparta, la alimentación estaba encargada a los helotas, bajo la supervisión
y dirección de los periecos. Este estamento producía los alimentos, la
vestimenta, los objetos de uso y consumo, además de los servicios
indispensables a la comunidad. A los "guardianes" de Platón les
corresponden los homoioi, a quienes se les ha encomendado la función de
garantizar el orden interno y la seguridad externa de la comunidad. Por
último, según Platón, los intereses científicos, religiosos y espirituales deben
estar en la República ideal encomendados a los "filósofos", es decir: a los
sabios. Aquí es dónde los historiadores, casi unánimemente, concurren a
señalar que este estamento faltó en Esparta. La opinión de que Atenas
habría ejercido el monopolio de la filosofía y la ciencia es, prácticamente,
unánime.
Desgraciadamente el primero en
no compartir esa opinión sería el
propio Platón. En el Protágoras,
Platón le hace decir a Sócrates
que la ignorancia espartana es
puro cuento. De hecho - siempre
de acuerdo a Platón - en ninguna
parte el amor por la sabiduría
estuvo tan extendido como en
Lacedemonia y en ninguna parte
existieron tantos sabios como en
Esparta. Lo que sucedió fue que,
como vimos, los espartanos eran
Chilón, uno de los "Siete Sabios de Grecia"
"lacónicos". Los sabios
lacedemonios no padecieron de la logorrea ateniense. No escribían gruesos
volúmenes ni se pasaban el día hablando y discutiendo como, dicho sea de
paso, lo hacía el propio Sócrates. Los atenienses tuvieron algunos grandes
sabios famosos. Los espartanos eran sabios. Esa es la diferencia.
Además, Platón nos cuenta que en Esparta incluso se simulaba la ignorancia
como una especie de ardid para engañar a los extranjeros. No hay mayor
dificultad en creerle. Hasta el día de hoy es común en el Levante la figura del
pobre diablo, aparentemente ignorante y tonto, que al final termina
desvalijando limpiamente a los desprevenidos turistas. Según el testimonio
de Platón, los espartanos (y hasta las espartanas) cultivaban el saber con
mucho celo, aun cuando después lo disimulasen. Hablando con cualquier
espartano generalmente no se obtenía gran cosa más allá de algunos
monosílabos y unas pocas banalidades. Pero, de pronto, aparecía una
observación corta, precisa y certera como un latigazo, que dejaba al
extranjero con la boca abierta. Platón llega hasta el extremo de afirmar que,
bien mirada, la educación espartana estimaba en realidad más lo espiritual
que lo corporal. Sorprendente sin duda, y probablemente un poco exagerado.
Pero el hombre argumenta, no sin razón, que la certeza de juicio sólo es
posible en seres humanos integralmente formados.
No olvidemos que Chilón - nada menos que uno de los Siete Grandes Sabios
de Grecia - era espartano. Tampoco puede negarse que los otros seis eran
grandes admiradores de Esparta. Y de todos ellos solamente Solón era
ateniense. Tales era de Mileto; Pitaco, de Mitilene; Hias, de Priene; Cleóbulo,
de Lindos y Misón era de Khen. Es muy cierto que otros autores suplantan a
algunos de estos nombres por Periandro, Epiménides, Ferécides o
Anacarsis. Pero Ferécides fue oriundo de Siros; Periandro fue tirano(!) de
Corinto. Anacarsis era escita, se radicó en Atenas en el 590 AC y se hizo
amigo de Solón a quien, por otra parte, costaría muy poco presentar como un
dictador en el sentido romano del término. Epiménides era de Cnosos. Aún
cuando corrijamos la lista de los Siete Sabios suministrada por Platón, no
obtendríamos mucho mayor brillo para Atenas.
Es más que dudoso que los griegos de aquella época hubieran estado de
acuerdo en catalogar a Atenas como la ciudad más culta de la Hélade. ¿La
más internacional? ¡Indudablemente! ¿La más rica? Sí. ¿La más influyente?
Es posible. Pero, ¿la más culta? ¿La más sabia? Lo dudo. Lo dudo
muchísimo.
La famosa frase de "conócete
a ti mismo" es del espartano
Chilón. La no menos
conocida inscripción del
Templo de Delfos - el
Vaticano de la época - que
rezaba: "Todo en su medida y
armoniosamente", fue una
ofrenda con la cual los
espartanos honraron a Apolo.
(En realidad, la traducción
literal es mucho más lacónica.
Dice tan sólo: "¡Nada en
demasía!").
Apolo
Y el culto a Apolo explica
muchas cosas. Era el dios del
Sol y de la Luz. Era El Radiante. Un joven vigoroso de mirada penetrante y
cabellos dorados que volvía cada primavera de las regiones hiperbóreas en
un carro tirado por cisnes al igual que su símil germánico Lohengrin. Apolo:
el dios de la juventud y de la gimnasia; el dios de la guerra, la lucha, la
carrera, la caza. Una deidad armada con casco, lanza y espada, igual que un
hoplita.
Pero también Apolo, el patrono de los poetas y los juglares. El protector de la
poesía y de la música. El dios que, coronado de laureles, se hacía rodear por
las nueve musas para cantar y bailar al son de la citara.
Apolo el guerrero. Apolo el poeta. ¿Contradictorio?, ¡En absoluto!.
Muchísimos excelentes poetas fueron grandes guerreros. El General Patton
escribía poemas. Byron, además de deportista, político y aventurero, fue el
jefe de los carbonarios de Pisa y terminó muriendo en Grecia, en medio de la
guerra de la independencia que en 1822 los griegos libraron contra la
dominación turca.
No me consta, pero estoy seguro que en algún momento de su vida Byron se
acercó a alguno de los templos de Apolo y repitió el gesto que otrora tuvieron
muchos espartanos. Apostaría a que, en algún momento, también Byron le
llevó rosas a Apolo.
Porque a Apolo - aunque muchos no lo crean - le agradaban la guerra y las
rosas.
Igual que a los espartanos.
LOS GUERREROS DE ESPARTA
1)- Los persas y los griegos
Una de las tragedias más grandes de Grecia fue su incapacidad de entender
a los persas. El cuadro, obligadamente oscuro y sombrío, que tenemos de la
Persia de aquella época; esa casi automática identificación que se hace
entre lo "persa" y el llamado "absolutismo oriental", proviene de la distorsión
griega que hemos heredado sin revisar.
Nunca olvidemos una cosa: los griegos eran unos incurables, incorregibles y
fenomenales mentirosos. Nos hablan de 600.000 persas en la batalla de
Maratón con el mismo descaro con que hoy algunos políticos se ufanan de
concentraciones masivas de varios cientos de miles de personas en una
plaza de 10.000 metros cuadrados. Si dudan de lo que digo, hagan una cosa
muy simple: tomen un mapa de Grecia. Fíjense en la superficie de la llanura
de Maratón. Si alguien consigue meter a 600.000 guerreros peleando en ese
espacio, me como el mapa.
Es cierto que los
griegos eran muy
distintos de los persas
en muchos aspectos.
Como que también es
cierto que la
comparación no
favorecería a los
griegos en todos los
casos. A los persas, por
de pronto, les importaba
un cuerno llevarle rosas
a ninguna deidad. Para
ellos, la ciudad perfecta
era la ciudad
inexpugnable. La
pederastia les resultaba
abominable. Los persas
eran puritanos.
Monoteístas. Zaratustra
Los espartanos arrojaron a los embajadores persas los había educado para
a un pozo...
eso. Era proverbial su
amor y su apego por la verdad. Y, contra todo lo que se diga, también lo fue
su caballerosidad.
Cuando una vez, poco antes de la segunda invasión, dos embajadores
persas llegaron a Esparta para ofrecerle la posibilidad de una rendición a los
lacedemonios, éstos - ni cortos ni perezosos - los tiraron a un pozo. Después,
parece ser que, tanto el Ministerio de Relaciones Exteriores espartano como
su propia conciencia, no los dejó dormir tranquilos durante un buen tiempo.
Pronto se hizo evidente que tamaña violación del Derecho Internacional
constituía, por una parte, una barbaridad y, por la otra, un peligroso
precedente que podría llegar a ser imitado por los persas con los
embajadores espartanos. El hecho es que, en un gesto muy típico, el Estado
espartano pidió dos voluntarios para ir a la corte del rey persa Jerjes y para
ofrecerse como víctimas expiatorias por el crimen cometido. Algo así como:
"Te maté dos embajadores. Aquí te mando dos míos. Los matas y quedamos
a mano".
Los dos voluntarios, efectivamente, aparecieron: Espertias y Bulis. Ambos de
buena posición y familia, como corresponde a embajadores de categoría, se
ofrecieron para ir y morir a fin de lavar el honor espartano. Otra vez, muy
típico de Esparta. ¿Por qué no decirlo?: ¡Digno de Esparta!
Los dos voluntarios parten. Pasan por Susa, en dónde Hidarnes, el
Comandante persa de la ciudad, trata de sobornarlos con promesas. Los
espartanos rechazan la oferta. Vinieron a morir por el Honor de la Patria y no
para entretenerse con corruptelas diplomáticas. ¡Digno de Esparta! ¡Sin
duda! Los voluntarios dejan Susa y llegan, por fin, ante el Gran Rey. Allí, los
adulones de la corte quieren obligarlos a caer de bruces ante Su Majestad
como lo requiere el protocolo persa. Los dos espartanos se niegan
rotundamente. Voluntarios dispuestos a morir por su Patria no caen de
rodillas ante ningún ser humano. Ni aunque se llame Jerjes y sea el rey de
todas las Persias habidas y por haber. ¡Bien por los espartanos!. Uno casi
puede escuchar el aplauso cerrado de los que quedaron en casa ¡Esos son
hombres! Los voluntarios levantan, orgullosos, la cabeza y de pié, plantados
como corresponde a dos guerreros espartanos, le informan a ese Rey persa
Comosellame que han venido para morir y expiar el crimen cometido con los
emisarios.
Y en ese momento sucede lo inexplicable. Jerjes los
mira y ordena que se vayan. Se niega a matarlos. Su
argumento es tan simple como obvio: los espartanos
violaron el Derecho Internacional matando a dos
embajadores. Por lo tanto, cometieron un crimen. Ese
es su problema. Él, Jerjes, Rey de Persia, no piensa
librarlos de su culpa cometiendo exactamente el
mismo crimen por segunda vez. Un Rey de Persia no
hace justicia cometiendo crímenes. Si los espartanos
violaron la ley, pues que carguen con la culpa y
Jerjes
asuman la responsabilidad por su bajeza. Además, el Gran Rey no se
ensucia las manos matando embajadores. Punto. Retirarse. Siguiente
asunto.
Eso fue lo que los griegos no entendieron jamás. Ni siquiera los espartanos.
Me pregunto si, incluso hoy, habría muchas Cancillerías en dónde un gesto
así sería correctamente apreciado.
2)- La batalla de Maratón.
Las colonias griegas del Asia Menor siempre habían vivido rodeadas de
"bárbaros", término que - dicho sea de paso - los griegos usaron para
designar simplemente a todos los extranjeros. No se las habían arreglado
mal con ninguno de ellos. Se habían llevado razonablemente bien con los
frigios, los lidios y hasta con los asirios y los babilonios.
Algunas colonias incluso florecieron, sobrepasando bastante a las ciudades
de la Madre Patria. Mileto, Pérgamo, Samos o Mitilene fueron centros
importantísimos de la Hélade; a veces muy adelantados respecto de Atenas,
Tebas, Paros o Esparta. Mientras en Delfos todavía se creía en una Tierra
plana, Anaximandro de Mileto y Pitágoras de Samos ya trabajaban con
planetas esféricos y órbitas en el espacio. El eclipse del año 585 AC fue
prolijamente calculado por Tales. Y Tales también era de Mileto.
Lo que sucedió fue que - allá por el reinado de Ciro - los persas, poco a
poco, fueron convirtiéndose en Potencia Mundial. Mientras Atenas trataba de
organizar su vida bajo la tiranía de Pisístrato, los persas conquistaron Media,
Asiria, Babilonia, Elam, Siria y Lidia. Después, con Cambises, la aplanadora
persa se dirigió más hacia el Sur y allanó Palestina hasta llegar a Egipto en
dónde el Rey persa tuvo la humorada de hacerse coronar faraón. Alrededor
del 550 AC ya todas las ciudades griegas del Asia Menor se encontraban
dentro de la esfera de influencia persa. Aun así, no existe absolutamente
ningún dato fehaciente que nos permita afirmar que el "imperialismo" persa
hubiese sido excepcionalmente duro o intolerable. Comparada con la de las
anteriores potencias, la hegemonía persa hasta puede considerarse
razonablemente benigna.
Pero, como ya lo dijimos, los griegos no entendieron nunca a los persas.
Dicho sea de paso, tampoco los persas entendieron jamás a los griegos. La
enemistad creció. Las colonias jónicas se rebelaron. Darío intervino y
aniquiló la rebelión. Las ciudades jónicas fueron abandonadas a su suerte
por la Madre Patria continental. Solamente unos veinte barcos atenienses
molestaron un poco a la flota persa. El resto de Grecia se hizo la distraída y
miró para el otro lado mientras los persas iban liquidando una ciudad jónica
tras otra.
Cuando, en el verano del 490 AC, la flota persa se hizo a la mar para ajustar
cuentas con los demás griegos, el pánico entre las ciudades del continente
se hizo bastante difícil de disimular. El miedo les hizo ver los famosos
600.000 persas con sus 600 trirremes allí en dónde solo hubo unas 100
naves y aproximadamente 20.000 hombres.
Datis, el Comandante en Jefe de los persas, no era sanguinario. Pero era
efectivo. Delos cayó. Eretria cayó. Atenas pidió socorro. Cleomenes de
Esparta prometió ayudar pero necesitaba tiempo para juntar al ejército
espartano. Los persas zarparon de Eretria y desembarcaron en Maratón. La
cosa se hacía una cuestión de horas. No había tiempo para esperar a los
espartanos.
Así lo comprendió también Miltíades y, perdido por perdido, decidió hacer lo
único que le quedaba: jugarlo todo a una sola carta. Salió de Atenas con
unos 10.000 hombres en total y le hizo frente a Datis en Maratón. Los persas
tiraron su famosa nube de flechas pero Miltíades lanzó sus hoplitas a la
carrera y todos pasaron por debajo de los proyectiles. El truco resultó. Los
atenienses ganaron la batalla y los persas huyeron para volver a sus barcos
y partir.
El ejército griego, extenuado, no pudo
perseguirlos. Pero un hombre cubrió corriendo
los 42 kilómetros que hay entre Maratón y
Atenas para llevar la noticia de la victoria a la
ciudad. Cuando llegó, dió la buena nueva y
cayó muerto, agotado. La Historia ha sido
terriblemente injusta con él. Se llamaba
El emisario de Maratón
Fidípides y hoy ya nadie lo recuerda porque la
carrera que le costó la vida, y que aun se corre
en todas las Olimpíadas, ha tomado el nombre de "maratón" por el lugar de
la batalla.
El ejército ateniense volvió a marchas forzadas a Atenas. Para cuando la
Armada persa también arribó al puerto de la ciudad, los militares persas casi
no pudieron creer lo que veían sus ojos. Las tropas griegas estaban otra vez
allí, dispuestas a hacerles frente. Datis era un hombre práctico. Decidió dejar
el ajuste de cuentas para otra oportunidad. Dijo "¡Volveremos!" como Mac
Arthur, dio la media vuelta y regresó al Asia Menor.
Exactamente al día siguiente llegaran los espartanos. Justo veinticuatro
horas demasiado tarde.
Atenas había producido lo increíble: había vencido sola a los persas.
No me hubiera gustado ser espartano en ese momento.
3)- Interludio democrático.
Durante casi medio año los atenienses vivieron y gozaron la ebriedad de la
victoria. El genio, la rapidez y la inventiva atenienses habían superado a la
pesada eficiencia de la máquina
bélica persa.
Miltíades, el héroe de Maratón.
estaba en la cumbre de su gloria.
Como la mayoría de las personas
que llegan a esa cumbre, también él
se mareó. A principios del 489 AC
concibió un plan realmente estúpido.
Consistía en lo siguiente: como
recompensa por su brillante
desempeño en Maratón, la ciudad de
Atenas le "prestaría" la flota y el
ejército de la ciudad para invadir la
isla de Paros, lugar en dónde el buen
hombre pensaba construir un imperio
Miltíades
privado y dar rienda suelta a su vocación particular que era la de tirano.
¿Locura? Seguramente. Pero no les pareció así a los atenienses que, luego
de Maratón, hubieran emprendido cualquier aventura.
La de Miltíades se puso en marcha pero Paros cometió la imperdonable
desfachatez de no rendirse. Más aún: combatió. Peor todavía: ¡ganó la
batalla! Miltíades, gravemente herido, apenas si pudo volver a Atenas.
¡Inconcebible! ¡El vencedor de los persas derrotado por los habitantes de una
isla de mala muerte! ¿Quién lo hubiera creído? El Pueblo de Atenas se
reunió en las calles comentando los hechos. El Pueblo de Atenas se puso a
discutir. El Pueblo de Atenas se puso furioso y la cosa terminó como siempre
terminan estas cosas: la multitud pidió la cabeza del derrotado.
El Arconte de Atenas por esa época era Arístides. En los libros de Historia
figura como Arístides "El Justo", aunque la traducción correcta del apodo
sería, probablemente, "El Intachable", "El Impoluto"; quizás hasta "El
Perfecto". Proveniente de una familia de rancio abolengo, había sido no
solamente el primer estratega de Maratón sino, incluso, amigo íntimo de
Miltíades. También supo ser íntimo amigo de Temístocles, su rival político
más importante. Pero dejemos eso para más adelante.
Concretamente, Arístides no se había opuesto demasiado a la aventura de
su amigo Miltíades. Por más intachable que fuese - y realmente era
intachable, de eso no hay duda - también a él terminó arrastrándolo la ola del
exitismo y, en su momento, había votado favorablemente la expedición a
Paros. Pero, ahora que Miltíades - herido y derrotado - había vuelto y el
Pueblo pedía su cabeza, con Xantipo y su yerno Megacles lanzando grandes
peroratas al respecto, ¿qué podía hacer? La ley lo obligaba a iniciar una
investigación. Era el Arconte encargado del tema. Lo llamaban "El Justo". No
había escapatoria. Tuvo que dar luz verde para que se hiciera la
investigación.
La Acrópolis de Atenas
Con ello, automáticamente, el caso se le escapó de las manos. Arístides era
sólo un Arconte. En la Atenas de esa época el juez era la masa. Y la masa
estaba furiosa. Por de pronto metió a Miltíades en la cárcel, aún a pesar de
sus heridas. Al final, no lo condenó a muerte pero lo sentenció a pagar una
suma sideral en concepto de indemnizaciones. Hoy hablaríamos de unos 50
millones de dólares - por supuesto que sólo aproximadamente.
Pero la masa ateniense no llegó a cobrar esa suma. Miltíades, el glorioso
héroe de Maratón, murió en la cárcel del pueblo a causa de sus heridas.
Con todo, el mundo no se detuvo. El espectáculo tenía que seguir. Otra isla,
la de Egina, comenzó a preocupar seriamente a los atenienses. La gente de
Egina proporcionaba los mejores marineros de toda Grecia. Pero, por un
lado, los de Egina eran un poquitín piratas y, por el otro, eran aliados de los
espartanos. Atenas envió sus barcos contra Egina. ¡Y fue otro fracaso, igual
al de Paros! Nuevamente los gloriosos vencedores de los persas resultaron
apaleados por los habitantes de una isla de mala muerte. ¡Era como para no
creerlo! Después de Maratón: ¡Paros! Después de Paros: ¡Egina!
Parafraseando el dicho shakespeareano sobre Dinamarca, algo
forzosamente tenía que estar muy podrido en el Estado de Atenas.
De hecho, lo estaba.
Había un buen montón de cosas podridas en Atenas. Por de pronto, había
una institución llamada "ostracismo". Instaurada probablemente por
Clístenes, el ostracismo era una fiesta popular. Todos los años se sometía al
plenario de la Asamblea la pregunta de si el querido y estimado pueblo
deseaba celebrar un ostracismo. ¡Por supuesto que casi siempre quería! ¡Es
tan fascinante ejercer el Poder! Aunque más no sea una vez al año, ¡es tan
lindo jugar a Dios y decidir el destino de los hombres más ilustres!
Porque precisamente de eso se trataba con lo del ostracismo: de decidir el
destino de una figura destacada.
Si la mayoría se decidía por la celebración de la fiesta, se repartían entre los
asambleístas unos fragmentos de arcilla parecidos a ostras. Cada uno debía
luego grabar en su fragmento el nombre del ciudadano que consideraba
peligroso para la democrática evolución del Estado. Si un mínimo de 6000
"ostras" presentaba el nombre de una persona, el individuo en cuestión era
desterrado por 10 años. Nada dramático ni deshonroso. No perdía ni sus
derechos ni sus bienes. Simplemente debía irse al demonio por la pequeñez
de toda una década y después, si le quedaban ganas, podía volver y nadie le
iba a negar el saludo. También podían llamarlo y hacerlo volver antes. Eso,
en caso de necesitarlo desesperadamente, claro.
En realidad, lo que estaba sucediendo en Atenas era nada menos que una
feroz pugna entre criterios políticos contrapuestos. La masa se sentía
contenta y feliz luego de las glorias de Maratón. Se organizaban
expediciones idiotas que terminaban en desastres. Se metía en prisión a los
culpables. Se votaba el ostracismo de los notables. Se discutía, se hablaba,
se disputaba, se gritaba, se oraba, se amaba, se comía y se dormía. ¿Los
persas? A los persas se les había dado la gran paliza en Maratón. ¡Y conste
que sin la ayuda de los espartanos! ¿A quién le importaban los persas?
A nadie excepto a Arístides y a su íntimo amigo Temístocles. Los hombres
con más de dos dedos de frente - que no parecen haber sido más en Atenas
que en cualquier otra parte - sabían positivamente que los persas volverían.
Maratón había sido un golpe de suerte y de audacia. Ese demonio de
Miltíades había hecho pasar a los hoplitas por debajo de la nube de flechas y
había conseguido sorprender a Datis. Esas son triquiñuelas brillantes,
extraordinarias, todo lo que se quiera; pero que se pueden usar una sola vez.
A la próxima oportunidad, los arqueros persas, o tirarían antes, o tirarían más
bajo. Y, en ese caso: ¡adiós victoria! Los persas volverían. La masa no
entendía nada de eso. No quería entenderlo ni le importaba demasiado. Al fin
y al cabo, ¿cuándo vendrían? ¿Dentro de un año? ¿Dentro de dos? ¿Tres?
¿Cinco?
Volvieron en el 480 AC; diez años después de Maratón.
Arístides y Temístocles supieron todo el tiempo que sucedería. Pero se
enfrentaron con dos problemas. En primer lugar, ¿cómo explicarle a la masa
que había que hacer diez años de sacrificios y prepararse para un
acontecimiento políticamente inevitable pero que, con todo, podía llegar a no
materializarse? Y, en segundo lugar, ¿cómo prepararse para el futuro:
montando un ejército o una poderosa flota?.
El primer problema no fue resuelto en realidad. A ningún pueblo se le puede
explicar un plan contingente a diez años. La masa vive en el hoy pensando,
quizás, en el mañana. Lo que está más allá de pasado mañana es algo que
ya veremos. En esto, los estadistas de Atenas recurrieron al método que
inevitablemente han tenido que usar todos los políticos, antes y después de
Maquiavelo: sencillamente engañaron a la masa y, con una serie de medidas
y de discursos bien ubicados, la llevaron de las narices hacia el cumplimiento
del objetivo necesario.
Había, pues, que prepararse. La gran cuestión era cómo. Ejército o Armada,
that is the question. La solución salomónica de montar ambas cosas al
mismo tiempo resultaba económica y políticamente imposible. Arístides dijo
"¡Ejército!" Temístocles dijo: "¡Armada!" Al día siguiente se formaron dos
partidos políticos contrapuestos. Veinticuatro horas más tarde, los dos
amigos estaban tan peleados como sólo pueden estarlo dos amigos que
militan en partidos opuestos.
La masa ateniense aullaba de alegría. Hubo peleas, discursos, polémicas y
clamores a granel. El piso de la ciudad quedó sembrado de fragmentos de
arcilla. En el 487, el Arconte Hiparco fue mandado al ostracismo. En el 486 le
tocó a Megacles. Dos años más tarde, en el 484, lo mandaron de paseo por
diez años a su suegro Xantipo, el mismo que había encabezado el griterío
contra Miltíades.
Pasaron otra vez dos años. En el 482, como siempre, a la Asamblea se le
pregunta si desea celebrar un ostracismo. ¡Por supuesto que sí!
Se reparten los fragmentos de arcilla.
Arístides está en el
Ágora, en medio de la
multitud. De pronto, el
sujeto parado a su lado
- un analfabeto total le alcanza su "ostra" y
le pide que escriba en
ella el nombre de...
¡Arístides!
- ¿Conoces a
Arístides? - le pregunta
el ex-Arconte al
ignorante.
- No. - es la respuesta
un tanto sorprendente
pero obvia, dadas las
circunstancias.
- ¿Te ha hecho algún
daño? - pregunta
Arístides escribiendo su propio nombre
(Grabado de J.Ryder según un
dibujo de S.Shelley - 1788)
nuevamente Arístides.
- No - confiesa el otro con ingenuidad bovina y agrega: - Pero estoy harto de
escuchar por ahí que lo llamen "El Justo", "El Perfecto".
Sí. Eso era. Ya en aquella época la masa no perdonaba ningún atentado a la
mediocridad. Cualquiera que levantara la cabeza por sobre el nivel de la
mediocridad masiva ya entonces corría el riesgo de perderla. O, por lo
menos, se arriesgaba a recibir una bofetada.
Arístides no perdió la cabeza. Ni se desesperó, ni se la cortaron. El
ostracismo aun no era la guillotina de la Revolución Francesa. Pero el Pueblo
de Atenas lo abofeteó. Arístides escribió su propio nombre sobre la "ostra"
del analfabeto y, no lo sé, pero supongo que habrá ido a su casa, asqueado,
a hacer sus valijas sin esperar el recuento de los votos del Pueblo soberano.
Los votos cayeron en su contra. Los analfabetos lo mandaron al ostracismo.
Se fue a Egina.
Por favor, no lo malinterpreten. No necesariamente debemos entenderlo
como un gesto de malevolencia. Es poco probable que fuese a Egina porque
la isla había sido la enemiga y vencedora de Atenas. Egina queda a apenas
25 Km. de Atenas. Más bien creo que eligió a Egina porque desde sus playas
todavía puede verse la Acrópolis contrastando contra el cielo azul de Grecia.
4)- Vuelven los persas.
El hombre del momento pasó a ser
Temístocles. La discusión amainó. Sería una
Armada y el ejército quedaría en un segundo
plano.
Algunos insisten en hablar del "partido
aristocrático" de Arístides y del "partido
democrático" de Temístocles. Considerando
que el primero perdió la controversia, el criterio
Temístocles
no es sino un transparente recurso para tratar
de prestigiar a la democracia. Porque, en
realidad, no hubo nada de eso. Tanto Arístides como Temístocles eran
nobles y cultos. A los efectos sociales, ambos eran netamente aristócratas.
La discusión de "Ejército versus Armada", sin embargo, tenía sus grandes
implicancias sociales y políticas. Un ejército habría fortalecido la posición
política de la nobleza terrateniente. Una Armada, en cambio, solidificaría la
posición de los acaudalados comerciantes del Pireo. La discusión, como se
ve, no fue entre aristócratas y demócratas. Si hemos de catalogarla de algún
modo, deberíamos decir que fue entre terratenientes y plutócratas. Y la
ganaron los plutócratas. Los dueños del dinero.
Indiscutible, en todo caso, es que ya resultaba más que urgente adoptar
medidas definitivas. Era el 481 AC. Habían pasado nueve años de
discusiones políticas, idas, venidas, ostracismos y diatribas. Resultado:
Atenas no tenía ni ejército ni flota. La democracia ateniense se había pasado
nueve años discutiendo. Mientras tanto, los persas se habían dedicado a
consolidar su Imperio.
Al noveno año, sin embargo, las noticias provenientes de Persia eran como
para poner nervioso al más pintado. Persia era eficiente. Podía darse el lujo
de la eficiencia ya que no se había dado el de la democracia. Los espías y
los embajadores griegos informaban de 100.000 hombres bajo armas; de
700 barcos de guerra; de un "Camino Real" de 2.000 Kilómetros, prolija y
eficientemente sembrado de 111 postas. El ejército persa había recibido
órdenes de movilizar y de estar dispuesto para otoño del 481. Debía cruzar el
Bósforo sobre un puente hecho con barcos y luego marchar en dirección Sur,
acompañado por la flota que navegaría a lo largo de la costa.
Definitivamente, Jerjes no se andaba con pequeñeces. Esta vez, la cosa iba
en serio.
Temístocles se lanzó a una carrera armamentista. Si había una cosa que no
se podía perder, esa cosa era tiempo. Ordenó la ampliación y fortificación del
Pireo. Tomó la decisión de construir 200 barcos. Invirtió en la empresa hasta
el último centavo disponible en las arcas del Estado. Presionó a los
comerciantes y a los hombres de negocios para que cada uno de ellos
armase un barco de su propio bolsillo. Asumió todos los riesgos políticos que
la operación implicaba.
Por ejemplo, la masa de obreros empleada en los astilleros, ni era de Atenas,
ni tenia derechos ciudadanos. La gente había sido traída del interior de
Grecia y, para colmo, nadie había venido solo sino con toda su familia.
Atenas se llenó de extranjeros, de los cuales uno trabajaba y el resto eran
tres, cuatro o seis bocas para alimentar. Y, por si fuera poco, a esta gente se
la podía hacer trabajar pero - puesto que no eran ciudadanos - no se la podía
incorporar a la Marina de Guerra. Ahora, las 200 trirremes proyectadas
necesitarían nada menos que la friolera de 30.000 remeros. ¿ De dónde
sacarlos?. Temístocles tomó el toro por las astas. Le otorgó la ciudadanía a
los obreros - los tetes - en un hermoso y democrático gesto que levantó un
huracán de aplausos en las masas proletarias.
Al día siguiente, decenas de miles de tetes - de los cientos de miles que
había - fueron reclutados en masa y quedaron bajo bandera como
conscriptos por la Armada. Ahora que eran ciudadanos libres se los podía
obligar a cumplir órdenes. Ni Maquiavelo lo hubiera organizado mejor. El
problema militar quedó resuelto. El problema político y social así creado no
se resolvió jamás.
A todo esto, Jerjes continuaba desarrollando su plan con la minuciosidad de
un Jefe de Estado Mayor descendiente de una familia de relojeros. El plan
persa no sólo preveía una ofensiva militar. Incluía también una campaña de
acción psicológica y una ofensiva diplomática. Los persas eran eficientes, ya
lo dijimos.
Por toda Grecia aparecieron de repente emisarios y embajadores con la
misión de convencer a las ciudades griegas de la conveniencia de rendirse.
Esta ofensiva diplomática - que ni siquiera fue demasiado hábil si vamos al
caso porque en esta materia los persas procedieron aproximadamente con el
tacto del proverbial elefante en el bazar de porcelanas - resultó más bien
triste para los griegos: Tesalia, Epiro, Etolia, Fitiotis, Locris, Eubea del Norte,
Tebas, las Cícladas orientales, Aquea y Argos se sometieron al Rey persa.
Focea, Eubea del Sur, Tespia, Platea, Atenas, las Cícladas occidentales,
Megara, Egina, Argólida y Elis rechazaron la oferta.
Esparta tiró los emisarios a un pozo.
Media Grecia se había entregado sin combatir.
Incluso los que se negaron a someterse anduvieron de largos cabildeos. El
Servicio Secreto persa había intoxicado a la Inteligencia griega y los
estrategas manejaban cifras aterradoras. Los agentes griegos informaban ya
de 1.207 barcos de guerra y 3.000 naves de transporte; de 80.000 jinetes
persas, 1.700.000 infantes regulares a los que aun había que agregar las
tropas de los pueblos aliados y una infinidad de carros de combate. Se
hablaba de 2. 317.000 hombres en total por tierra y por mar. A esto, todavía
había que sumar el enorme convoy de Intendencia, con sus cocineros, sus
eunucos, sus prostitutas y sus esclavos. La CIA griega terminó trabajando
sobre una hipótesis de 5.000.000 de enemigos en marcha.
¿Les parece ridículo? Es posible que lo sea. Pero la Historia Universal, la
contemporánea incluida, está plagada de este tipo de cifras. Un poco de
miedo, un poco de intereses creados, un poco de acción psicológica, un poco
de propaganda, y las cifras crecen, engordan, se multiplican, crían ceros y se
hinchan que es un contento. ¿Les interesaría saber cuántos persas movilizó
realmente Jerjes?. Las estimaciones de los especialistas varían pero, en todo
caso, fueron no más de 175.000 guerreros y 1.200 barcos en total. Aun así,
una maquinaria de guerra enorme para la época. Esparta mandó solamente
300 hoplitas con Leónidas y, en Platea, las fuerzas conjuntas griegas no
pasaron de los 30.000 hombres. Casi seis veces menos.
No es de extrañar que aquellos Estados griegos que rechazaron la oferta
persa estuviesen sumamente preocupados. Los Generales fruncían el ceño;
los Almirantes se rascaban la barbilla; los estrategas trabajaban horas extras
analizando alternativas.
Temístocles no debe haber dormido mucho en esos días.
5)- Interviene el Vaticano.
Por suerte quedaba aun un último recurso: consultar a los Dioses.
Las ruinas de Delfos
Grecia tenía la fortuna de no depender de los caprichos de una revelación
divina esporádica y casual. Tenía su propia línea de comunicación con el
Olimpo. Delfos, el Vaticano de la Hélade, tenía un aparato que comunicaba
directamente con los Dioses: la célebre Pitonisa de Delfos.
Por cierto que, en cierta medida, estas comunicaciones no eran tan fáciles de
establecer. Al fin y al cabo, se trataba de una comunicación de muy larga
distancia en el año 481 antes de nuestra Era. Por de pronto, el delicado
aparato se hallaba custodiado por expertos sacerdotes. Además y
obviamente, no cualquier infeliz mortal podía ir y molestar a la Pitonisa con
preguntas imbéciles. Por otra parte, la comunicación no era del todo clara de
modo que, aún cuando el infeliz mortal se hubiera puesto directamente al
habla, lo más probable es que no hubiera entendido absolutamente nada.
No; decididamente el sistema no funcionaba persona-a-persona.
Era un poco más complicado. El infeliz mortal venía con su pregunta
(adecuada ofrenda mediante) al sacerdote. El sacerdote (tasaba la ofrenda y)
transmitía la pregunta a la Pitonisa. La Pitonisa se ponía en trance y
establecía la comunicación. El sacerdote escuchaba atento, descifraba el
mensaje entre los crujidos, los silbidos y los chillidos de la línea, tomaba nota
y después pasaba todo el telegrama en limpio.
Es decir: en todo lo limpio que podía. Porque, aun así, las palabras emitidas
por la Pitonisa no siempre tenían mucho sentido. A todo esto, el infeliz mortal
esperaba pacientemente el texto definitivo como corresponde a todo
creyente bien educado. Salía, pues, el sacerdote y se lo entregaba, con lo
cual nuestro atribulado consultante podía regresar a su casa a tratar de
entender el galimatías.
Discúlpenme si acabo de pecar de irrespetuoso pero no puedo remediarlo.
Consultar a Dios sobre nuestro destino personal; pedirle un favor para
satisfacer nuestras pequeñas y grandes mezquindades humanas siempre me
ha parecido un sacrilegio. No es que me parezca inútil. De última, Dios
puede contestar o darnos una mano si se le da la gana. Pero pedírselo así,
explícita y descaradamente, es algo que siempre he considerado como una
falta de respeto. Sobre todo, si no se tiene el coraje de hacerlo en persona y
se terminan usando intermediarios.
Frente a la amenaza persa, los intermediarios de Delfos no se hacían
muchas ilusiones. Los Vaticanos de todos los tiempos han tenido siempre los
mejores Servicios de Informaciones del mundo. En Delfos no se trabajaba
con la hipótesis absurda de los 5.000.000 de persas, por supuesto. Pero
175.000 zoroastristas puritanos y monoteístas eran harto suficientes como
para infundir un saludable respeto al más
aplomado sacerdote de Apolo.
Además, en materia religiosa, los persas eran
bastante tolerantes. Tenían, es cierto, su
concepto bien definido de Dios; su visión muy
particular de la eterna lucha entre las fuerzas
del Bien y del Mal, su código de honor y sus
ritos rigurosos. Pero no se metían
mayormente con los dioses de los pueblos
Santuario de Apolo en Delfos
sojuzgados. Por las dudas. Y lo más interesante era que tampoco se metían
mucho con los sacerdotes de esos dioses. Por cálculo político.
De modo que, en Delfos, había fundadas esperanzas de capear el temporal
de la invasión persa, aún a través de una rendición. Los primeros telegramas
de Zeus, recibidos por la Pitonisa, apuntaban bastante claramente en esta
dirección. Podían interpretarse como un llamamiento a la neutralidad y, con
un poco de perspicacia, hasta podía percibirse cierto tufillo filopérsico entre
líneas. A medida en que el Batallón de Inteligencia de Delfos fue procesando
su información, los telegramas de Zeus se fueron haciendo cada vez más
sombríos. De pronto, un día, Atenas recibió el siguiente mensaje:
"¡Oh desdichados! ¡Huid hasta el fin del mundo!
¡El rápido Ares lo derribará todo!".
Temístocles no sufrió un infarto por pura casualidad. Considerando la
gramática habitual de Delfos, eso se llamaba hablar claro. El clero daba por
perdida la batalla.
El revuelo que se produjo fue fenomenal. Para empezar, los creyentes
atenienses hicieron lo que hacen todos los creyentes cuando su Iglesia
dispone algo que no les gusta: no estuvieron de acuerdo con el mensaje.
Exigieron un segundo oráculo.
Mientras tanto, no nos consta (nunca quedan documentos de estas cosas)
pero, seguramente, el Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto de Atenas
inició febriles tratativas con el Nuncio Apostólico de Delfos. La situación era
grave, de acuerdo, pero todavía quedaban alternativas. Esparta haría lo suyo
por tierra. Por mar se tenía a la flota ateniense creciendo a toda la velocidad
que se podía exprimir de los flamantes ciudadanos. Además, Delfos ya había
hecho lo humanamente posible... Ningún rey persa podría argumentar que el
clero había azuzado a la guerra. Nadie podía decir que no había sido
adecuadamente neutral.. ¿Qué podía Apolo perder?. Todo lo que en Atenas
se necesitaba era un oráculo un poco menos... ¿cómo ponerlo?... ¿digamos:
menos derrotista?
Que fuese ambiguo no importaría tanto. De última, los telegramas de Zeus
nunca se habían destacado por ser unívocos. Todo lo que Temístocles pedía
era algo que no alarmase al Pentágono persa pero que, al mismo tiempo,
pudiese interpretarse en Atenas como un guiño entre conspiradores que
están de acuerdo en engañar a un tercero.
El "brain trust" de Delfos se reunió y, ante la segunda requisitoria, produjo
una insuperable obra maestra de ambigüedad jesuítica. Fue un oráculo de
esos que lo decía todo sin decir nada; que prometía cualquier cosa sin
comprometerse en absoluto; que afirmaba lo que negaba y que negaba lo
que se suponía que podía haber afirmado; que era lo suficientemente claro
como para ser legible y lo suficientemente incoherente como para ser
incomprensible; que se prestaba a, por lo menos, tantas interpretaciones
como palabras había en el texto pero que, buscando los sinónimos
adecuados, podía tener versiones interpretativas en cantidad exponencial.
En suma, una verdadera obra de arte.
Una parte del oráculo rezaba:
"¡Oh divina Salamina!
Perderás o llevarás a la desdicha
a los hijos de las mujeres."
De esta parte se agarró Temístocles como de un clavo ardiendo. Lo de
"perderás" y "desdicha" parecía hablar de derrota, de acuerdo. Pero Zeus
decía allí "divina" Salamina y eso significaba que nadie había perdido el favor
del Olimpo. De haberlo hecho, el mensaje habría tenido que decir "miserable"
Salamina, ¿no es cierto?. Además, decía allí: "los hijos de las mujeres". Pero
¡no decía de qué mujeres!. La desgracia, la pérdida y la desdicha podía muy
bien ser para las mujeres persas. ¿O acaso los persas no eran hijos de
mujeres? Por otra parte, los hijos de las mujeres de Salamina no podían ni
perderse ni desdicharse si Salamina era "divina". Si hubiese sido "miserable",
o simplemente "Salamina", vaya y pase. Pero, siendo "divina", ¡jamás!
¡Nunca! ¡Zeus no permitiría que los divinos hijos de las divinas mujeres de la
divina Salamina se volviesen desdichados o se perdiesen! ¿No era eso
evidente de toda evidencia?.
Por aquella época, Temístocles tenía alrededor de unos 46 años. Resulta
increíble las cosas que un político tiene que inventar a esa edad cuando, en
una democracia, hay que obligar a los respetables ciudadanos a cumplir con
el elemental deber de defender a la Patria.
Con todo, Temístocles debe haber sido un orador con gran poder de
persuasión porque, créanlo ustedes o no, su argumento de la "divina"
Salamina prendió. Puede parecer fantástico, pero los atenienses se lo
creyeron. La masa lo aceptó porque ¿a quién no le gustaría ser "divino"? Y
los entendidos le dieron su apoyo porque, divina o miserable, la palabreja
"Salamina" era la clave del mensaje. La clave secreta. El guiño entre
conspiradores.
No me digan que no se les ocurrió ya. ¿No lo descubrieron? ¿No recuerdan
la historia del colegio secundario? ¡Hagan un poco de memoria! Es bastante
obvio, dentro de todo. ¿De dónde sacó Delfos lo de Salamina en absoluto?
Nosotros sabemos que en Salamina se libró la batalla final y decisiva contra
los persas, pero estamos a más de 2.400 años después de los hechos.
Cuando la pitonisa dio su célebre oráculo, Delfos estaba a casi un año antes
de esa batalla.
El plan de Temístocles, efectivamente, consistía en destruir la flota persa en
Salamina. Pero la "Operación Salamina" forzosamente tuvo que haber sido
uno de los secretos militares más celosamente guardados de todos los
tiempos. Y, así y todo, en Delfos, la expresión "divina Salamina" fue elegante,
pulcra y cuidadosamente plantada en el texto del oráculo. Es innegable: los
Vaticanos de todas las épocas siempre han tenido los mejores Servicios de
Informaciones del mundo.
Pero lo más brillante de la diplomacia de Delfos fue algo que, seguramente,
no se le escapó al mismo Temístocles, ni tampoco a su Estado Mayor. Si los
griegos hubiesen perdido la guerra, la diplomacia de Delfos hubiera podido
esgrimir tranquilamente ante Jerjes el argumento de que el clero había
prestado un inapreciable servicio a la Gran Persia puesto que ¿no había sido
acaso Delfos la primera en revelar (dentro de lo humanamente posible, claro)
el lugar exacto en el cual los atenienses pensaban librar la batalla decisiva?
¿Brillante? No. Es más que eso. ¡Es hermoso! ¡Es griego! Sólo un Consejo
de Sacerdotes de Apolo podía producir un oráculo que fuese un valioso
servicio al Estado y, simultáneamente, un acto de la más acabada traición a
la Patria.
Temístocles se lanzó a terminar su Armada a ritmo febril. Ya no había forma
de detenerse. Cuando viniesen los persas hallarían a - media - Grecia
dispuesta a combatir.
Los persas no faltaron a la cita.
6)- Es la guerra.
La guerra es el padre de todas las cosas
Heráclito
A fines de Mayo del 480 AC Jerjes ordenó poner en marcha a la aplanadora
persa. En Julio estaba en Tesalia. Eficiencia persa. La aplanadora avanzó
hacia el Sur - hacia Atenas - mientras la flota la acompañaba siguiendo la
costa. Sincronización persa. De pronto, estalló una feroz tormenta que
hundió a 400 barcos de la flota de Jerjes. Suerte griega.
Y ahora, les pediría que, por favor, tomen un mapa de Grecia. Me temo que
no puedo contar lo que sigue sin la ayuda de un mapa. Por si no tienen uno
pasablemente práctico a mano, incluyo aquí un pequeño esquema que,
espero, podrá servir.
Después de la tormenta, la flota de Jerjes siguió navegando. De pronto, al
llegar a Artemisión, se topó con la Armada griega. Al verla, los persas
desconfiaron. ¿Sólo 270 barcos? No podía ser. Tenía que haber alguna
trampa. En alguna parte tenían que estar las demás naves helenas. Era una
trampa, sin duda. ¿Acaso el Servicio Secreto no había estado
constantemente diciendo algo acerca de una trampa de Temístocles?
La verdad es que no había ninguna trampa y, en cuanto a Temístocles, el
pobre hombre debía estar de un humor de los mil demonios. Por esas cosas
que tienen las alianzas político-militares, se había decidido que el
comandante de la flota sería el espartano Euribíades. Temístocles sólo había
llegado a ser el primer estratega.
La idea de Euribíades era simple: había que parar a los persas y derrotarlos.
Para eso había dos lugares óptimos:
1)- Artemisión, que es la entrada al canal que separa la isla de Eubea del
continente y
2)- Las Termópilas, que es un sitio de la ruta por tierra hacia Atenas en
dónde las montañas se acercan tanto al mar que apenas si queda un
estrecho desfiladero muy fácil de cerrar.
Por lo tanto, plan de batalla, según Euribíades:
· Cerrar las Termópilas y frenar al ejército persa por tierra.
· Destruir la armada persa en Artemisión.
· Llevar las fuerzas liberadas luego de la batalla naval de Artemisión hasta
las Termópilas y tomar al ejército persa entre dos fuegos.
Así de fácil.
Así de imposible. El buen Euribíades era un gran soldado, de un coraje a
toda prueba. Pero era espartano y sabía tanto de batallas navales y de
barcos como sólo puede saber un eximio General de infantería. Temístocles
debe haberse agarrado la cabeza con ambas manos. Pretender el cierre de
Artemisión con 270 barcos - frente a 800 del enemigo - es algo así como
tratar de cubrir el arco dejando solo al arquero frente al avance masivo de los
diez jugadores del equipo contrario.
De hecho, cuando apareció la Armada persa, hasta Euribíades tuvo que
darse cuenta de que no podía ni soñar con ganar una batalla naval en
Artemisión. Los barcos griegos tuvieron que limitarse a navegar de un lado
para el otro en el estrecho, haciendo fintas pero sin presentar batalla.
La situación se puso descabellada. El ejército griego ya estaba apostado en
las Termópilas. Si se abandonaba Artemisión, la flota enemiga podía meterse
en el canal y tomar a las Termópilas por el flanco. Si no se abandonaba
Artemisión, el ejército persa quedaba libre para atacar a las Termópilas y - en
caso de abrirse paso - terminaría colocándose a las espaldas de la flota
griega.
Por suerte para los
griegos, la situación
también resultaba
endiabladamente
compleja desde la
óptica persa. Mientras
la Armada persa
observaba con
desconfianza los
ridículos 270 barcos de
Barco de la época
Termístocles, el
ejército persa, en su avance hacia el Sur, se topó con las vallas que cerraban
el paso de las Termópilas. La aplanadora de 175.000 hombres se detuvo.
Jerjes analizó la situación y se rascó la barbilla. ¿Cuántos hombres podía
haber detrás de esas vallas? El lugar estaba lleno de bosques y podría
haberse escondido en ellos, tranquilamente, a todo un ejército. ¿Dónde
estará el resto de la flota griega? ¿Qué puedo hacer? Si fuerzo el paso por
Artemisión, y es una trampa, pierdo mi flota. Si ataco las Termópilas, y en
ese lugar los griegos tienen 30.000 hombres, pierdo el ejército.
Durante días enteros las dos fuerzas estuvieron allí, frente a frente,
midiéndose, observándose y estudiando el tablero de ajedrez. Euribíades
rompiéndose la cabeza buscando una forma de batir a los persas en
Artemisión. Temístocles sudando sangre y rezando a todos los dioses para
que las Termópilas resistiesen. Jerjes mandando espías para todos lados
tratando de enterarse del plan griego. Pasaron cuatro días.
Por fin, Jerjes se cansó y decidió tomar la iniciativa. Ordenó a parte de su
flota rodear la isla de Eubea, entrar al canal por el Sur y atacar a la Armada
griega por la retaguardia. Simultáneamente, dispuso que la aplanadora
forzase el paso por las Termópilas al precio que fuese.
Los persas se pusieron en marcha.
7)- Los espartanos.
A lo largo de las últimas páginas muchos se habrán preguntado dónde están
los espartanos. Hemos hablado de Arístides, de Temístocles, de Atenas, de
Delfos y, en suma, de media Grecia. ¿Y los espartanos? Pues ahora vienen.
Mejor dicho: ya están allí. En las Termópilas.
Lo que pasa es que lo que sigue no tendría sentido si no hubiésemos trazado
un cuadro medianamente detallado de toda la situación. Ciertos hechos,
ciertos acontecimientos, ciertos actos de algunos seres humanos son tan
grandes que quitarlos de contexto implica desmerecerlos sin remedio.
Robarles el sentido.
Por eso es tan fácil pararse y perorar acerca de que este o aquél acto
heroico carece de sentido y llegar, por extensión, a afirmar que todos los
actos heroicos son, al fin y al cabo, una reverenda estupidez. Ese es el
criterio imperante hoy en día. Hoy se festeja más al cobarde que sobrevive
que al valiente que se sacrifica para que otros puedan sobrevivir. Es que el
beneficio emergente del acto del cobarde resulta inmediato y su motivación
es obvia: quiere salvarse y lo logra. No hay ninguna dificultad para entender
eso. Que, en ello, muchas veces deja el honor por el camino es algo que sólo
importa a quienes saben en absoluto qué es el honor. Nuestra época ya no lo
sabe. Por eso no entiende y hasta desprecia a los valientes cuando se
encuentra con ellos fuera del cine y de la pantalla del televisor.
Sucede que el "beneficio" que obtiene el valiente, en primer lugar, no es para
él; en segundo lugar, no es inmediato sino que puede llegar a surgir años,
décadas o siglos más tarde - y hasta puede no surgir en absoluto - y, en
tercer lugar, su motivación es compleja, enmarañada, a veces hasta muy
probablemente subconsciente. Nunca obvia. Nunca evidente.
Un acto heroico es ininteligible para quienes han nacido con un espíritu ruin.
Es incomprensible para quienes no ven nunca más allá de su propio
provecho. Un héroe de carne y hueso es un enigma de siete sellos para
quien vive sumergido en lo cotidiano. Un acto heroico es perfectamente
"inútil". Un acto heroico es siempre "en vano". Las explicaciones que se le
encuentran después son siempre fortuitas y, a veces, hasta forzadas.
Entenderlo no es una cuestión de raciocinio. Es una cuestión de resonancia.
Ante un acto heroico vibran solamente quienes - sea en la medida en que
fuere -tienen el heroísmo en la sangre. Los demás quedan afuera. Como
convidados de piedra. Vociferando peroratas acerca de la "insensatez", la
"locura" y hasta la "irresponsabilidad" de quienes se arriesgan y se atreven.
El heroísmo es música para músicos; poesía para poetas; mística para
místicos. Los que han apagado la chispa divina de lo heroico en sus
corazones se vuelven sordos e insensibles para apreciarlo.
Por eso, si entre ustedes hay alguien que piensa que un Hombre que se deja
cortar en pedazos por cumplir con su Deber es un idiota; si alguno de
ustedes llamaría estúpido a un Hombre que arriesga absolutamente todo lo
que tiene para que este mundo se vuelva solamente un poco menos
miserable de lo que es; si alguno de ustedes está convencido de que el
Hombre que muere sin tener un beneficio inmediato a la vista es un loco
irresponsable; a ése hipotético lector sólo le pido una cosa: no siga leyendo.
Lo que viene ahora no es para Usted. No lo entendería. Y, perdóneme por
decírselo tan brutalmente, pero estoy seguro de que, al final, hasta terminaría
ensuciándolo. Sin embargo, para que no me eche en cara que le robo el final
de la historia, voy a romper todas las reglas del suspenso y se lo cuento ya:
los persas fueron derrotados. No fue fácil, pero al final terminaron perdiendo.
¿Conforme?.
¿Cómo? ¿Que, entonces los héroes se justifican porque obtuvieron la
victoria?. No, mi amigo. Justo lo contrario. La victoria, como casi todas las
victorias, la obtuvo la diosa Fortuna y un par de personas inteligentes. Los
héroes fueron derrotados.
Y ahora sí, por favor, deje de leer ...
**************
Detrás de las vallas que cerraban el desfiladero de las Termópilas había
apenas 7.000 griegos. Los comandaba el rey de Esparta, Leonidas, que
había traído consigo a 300 espartanos.
Cuando los exploradores persas inspeccionaron
la zona para averiguar el número de las fuerzas
griegas, lo único que consiguieron ver fue,
precisamente, a los espartanos. Estaban delante
de la valla. Delante. No detrás. Habían apoyado
sus armas contra el muro y algunos hacían
gimnasia mientras los otros se peinaban el
cabello.
Cuando se informó de esto a Jerjes, el Gran Rey
no entendió nada. Tuvieron que explicárselo: los
Leónidas
espartanos, antes de combatir, hacían gimnasia
para estar en forma y, antes de morir, se
arreglaban como corresponde porque en Esparta no se estilaba ir a la muerte
hecho un zarrapastroso. Jerjes creyó que era una bravuconada. Se
equivocó.
Cuando, al quinto día, dio la orden de ataque, la aplanadora persa de
175.000 hombres se estrelló contra la formación griega. Hora tras hora,
oleada tras oleada, a lo largo de todo el día, las formaciones de los medos y
los quisios del ejército persa trataron de romper el frente heleno. En vano.
Clavados en sus puestos, los griegos resistieron como un bloque de granito y
causaron terribles bajas, sobre todo entre los medos.
Jerjes montó en cólera. Al día siguiente decidió lanzar sus mejores tropas.
Según cuenta la leyenda, les decían "Los Inmortales" porque su número era
constante: a las bajas producidas por el combate o por la enfermedad se las
cubría inmediatamente. De este modo, el número del contingente era
siempre estable. Ascendía a 10.000 hombres.
Y tampoco pudieron. Sus lanzas eran más cortas. No tenían espacio para
maniobrar a fin de hacer valer su número. Además, no tenían ni el
adiestramiento ni la disciplina de los lacedemonios. Durante la batalla, los
espartanos jugaron con ellos al gato y al ratón, empleando una táctica que,
más tarde, sería la favorita de Atila y sus hunos: a la vista de un ataque
enemigo, las tropas espartanas simulaban batirse en retirada como presas
del pánico. El enemigo, creyendo que huían, se les tiraba encima
desordenadamente. En el último momento, sin embargo, las formaciones
espartanas daban media vuelta, tomaban posición y se lanzaban al ataque
tomando a todo el mundo de sorpresa. Los perseguidores, antes de darse
cuenta, se transformaban en perseguidos. La mayoría de ellos, en
perseguidos muertos.
A lo largo de todo el
segundo día los
persas, con sus tropas
de élite, trataron de
forzar la resistencia de
los griegos. Sin éxito.
Las vallas seguían allí
y, delante de ellas, los
espartanos
encabezados por
Leónidas no cedieron
ni un milímetro. Iban
48 horas de combate.
Desde el amanecer
hasta la caída del sol.
Oleada tras oleada.
Escaramuza tras
escaramuza. Combate
tras combate. Sangre.
Muertos. Gritos.
Órdenes. Ataques.
Retiradas simuladas.
Las Termópilas
Desfiladero cercano al lugar de la batalla
Contraataques.
Maldiciones. Amigos que caen bañados en sangre. Camaradas de toda la
vida que se tiran contra el enemigo y terminan atravesados por dos, tres,
cuatro lanzas. Heridos que gimen antes de morir. Estertores. Alaridos. Ruido.
Sangre. Más muerte.
Pero nadie abandona su puesto. Al camarada que cae adelante lo vengan
los que vienen atrás. La formación resiste. La formación aguanta. La
formación da un paso al frente y ataca. La formación se cierra. Los persas se
estrellan contra la falange erizada de lanzas. No pasan. No pueden pasar.
No deben pasar. Si pasaran, quedarían a la retaguardia de la flota.
No pasaron. Cayó la noche y Jerjes tuvo que admitirlo: estaba atascado.
Atascado en Artemisión. Atascado en las Termópilas. ¿De qué sirven
175.000 hombres si no se tiene entre ellos a un Leónidas con 300
espartanos? ¿De qué sirve el número cuando no se tiene la calidad? ¿De
qué sirve llamar "inmortales" a un cuerpo de ejército solamente porque
siempre son 10.000, cuando ninguno de ellos tiene verdadera vocación de
gloria? ¿Para qué sirve la masa de un Imperio? ¿Para qué sirve la
muchedumbre?
Los persas - los auténticos persas - eran, en realidad, tan
escasos como los espartanos. Se habían conquistado un
Imperio y ahora arreaban delante de si a una masa de otros
Pueblos, con la esperanza de lograr la fuerza por la
cantidad. ¡Oh la cantidad! Esa eterna ramera que ha
Los "Inmortales"
engañado a tantos grandes hombres. ¡Cuantos han pasado
por alto el hecho que la Naturaleza sólo produce la cantidad
para tener la oportunidad de elegir a los mejores!
Jerjes, sin duda, se dio cuenta de ello después de 48 horas de mandar a una
masa a estrellarse contra las aristas de un diamante. Estaba realmente
empantanado. Pero, quizás... la parte de la flota que debía circunnavegar
Eubea... si tan sólo pudiese conseguir tomar con ella a los barcos griegos
entre dos fuegos... O desembarcar y tomar las Termópilas por el flanco...
Quizás...
Al tercer día hasta esta esperanza se le desvaneció. Los barcos que debían
dar la vuelta a Eubea fueron sorprendidos por otra tormenta y no quedaba ya
casi nada de ellos. ¡Cochina suerte griega!
Las opciones se reducen. En realidad, queda sólo una: ¡forzar las
Termópilas! Es la única forma de saber si Artemisión es, o no, una trampa.
Después de dos días enteros de combate estos griegos tienen que estar
cansados. ¡Forzosamente tienen que estarlo! ¡Manden todo lo que tenemos!
Muertos o vivos pero los quiero ver al otro lado de esas malditas vallas! ¡Al
precio que sea!
La aplanadora persa volvió a ponerse en movimiento. Volvió a mandar
oleada tras oleada con una monotonía tan aburrida como macabra. Los
mejores hombres trataron de arrastrar detrás suyo a la masa para abrir una
brecha, aunque fuese mínima.
Imposible.
Las formaciones griegas resisten. Los espartanos parecen estar en todas
partes y, dónde están, los otros los imitan. Las formaciones permanecen
cerradas. No hay un hueco en toda la línea y, cuando lo hay, es una trampa
que se traga decenas y decenas de persas. Los mejores hombres de Persia
caen en primera fila y los que vienen detrás no están a la altura de sus jefes.
La masa vacila. Retrocede. Los griegos atacan. Retirada. No se puede. Es
imposible.
Tres días de combate. Tres
largos días de lucha, sangre,
muertos, esfuerzo, jadeos,
lanzazos, gritos, marchas y
contramarchas. Órdenes y
contraórdenes. Tensiones
sobrehumanas y breves
minutos de relajamiento.
Luego, otra vez a lo mismo.
Mi amigo murió anteayer. Tu
hermano cayó ayer. El
camarada que hoy por la
mañana compartió con
nosotros el pan está
agonizando. ¿ Cuando me
tocará a mí? ¿Cuándo te
tocará a ti? ¿Cuanto
tendremos para vivir todavía?
¿Cuanto tiempo? ¡Oh dioses!
Las termópilas
¿Por qué la vida de un hombre estará atada a un tiempo y ni siquiera
podemos saber de cuanto tiempo disponemos?
Y en ese momento, cuando - según Heródoto - el Gran Rey ya no sabía
cómo salir de la situación, un factor inesperado vino en su ayuda. Apareció
un traidor. Siempre aparece un traidor.
Apareció un griego que le reveló el camino por el cual se podía rodear a las
Termópilas y llegar a espaldas de Leónidas y su gente. Yo lo llamo traidor
pero sé que hoy muchos lo llamarían tan sólo un tipo inteligente. La
recompensa debe haber sido jugosa. Lo que no sé es si la disfrutó. Murió
asesinado.
Jerjes destacó a su General Hidarnes con un ejército para que avanzara por
el paso que el traidor había revelado y apareciese por la retaguardia de
Leónidas. Hidarnes juntó a sus hombres y partió al anochecer. Marchó
durante toda la noche y a la mañana del día siguiente estaba del otro lado.
Arriba de la montaña pero ya a espaldas de Leónidas. Consiguió engañar a
los focenses encargados de guardar ese paso y amenazaba ya con atrapar a
los espartanos entre dos fuegos.
Al amanecer, en el campamento griego podía verse la larga fila de enemigos
descendiendo de la montaña. Era el fin. Pocas horas más y el camino a
Atenas quedaría cerrado. Las Termópilas se convertirían en una trampa
mortal.
Leónidas supo entonces que le quedaba poco tiempo. Muy poco tiempo. Es
probable que haya sabido también que, en ese instante, Grecia estaba en
sus manos. Los 7.000 hombres de su ejército original era toda la infantería
que se había podido movilizar. Todos los demás estaban sobre los barcos,
en Artemisión. ¿Dar una batalla hasta el último hombre? Se perdería todo el
ejército. La Armada quedaría sola frente a los persas. Seria el fin; el fin
definitivo de toda Grecia. ¿Retirarse?, ¿Huir?. También sería el fin. La
Armada también así quedaría sola. El ejército, en campo abierto, no tendría
ninguna oportunidad contra la aplanadora.
Leónidas levantó la cabeza, vio el sol que nacía, escuchó los augurios -que
eran pésimos - se enteró de que algunos griegos de entre los presentes
estaban pensando en retirarse, miró a sus hombres, y con voz tranquila
comenzó a dar órdenes. Cortas, concisas, precisas y secas. ¡Oh el laconismo
espartano!.
Avisen a la Armada. Que deje Artemisión y que vaya al
Sur lo antes posible. No puedo mantener a las Termópilas
por mucho tiempo más. La pienso mantener hasta que los
Brian Palmer
Termópilas, La
última resistencia
barcos estén a salvo. ¡Pero que la marina se mueva!¡Y
rápido! En cuanto al ejército: todo el mundo me levanta
campamento y se retira hacia el Sur mientras el camino
todavía está libre. Los tebanos se quedan. Esparta se
queda. Los demás: ¡fuera de aquí!. ¿Alguna pregunta?
No hubo preguntas. Pero 700 tespios no se fueron. Le pidieron a Leónidas su
autorización para quedarse y tener el honor de morir con él. ¿Locura?,
¿Histeria colectiva? ¿Insensatez? Dejemos que los enanos respondan a esa
pregunta si es que pueden. Dirán que es sí de todos modos. Incapaces de
una actitud semejante, su único recurso es denigrarla. Lo que sucedió
aquella mañana con los tespios en las Termópilas fue simplemente el
fenómeno de resonancia. ¿Esparta se queda? Pues Tespia se queda
también, ¡qué tanto embromar! Entre valientes el coraje es contagioso.
A las diez de la mañana de ese día comenzó el último acto en las
Termópilas. Poco a poco y lentamente, los barcos griegos fueron desfilando.
Sobre las cubiertas, los remeros y los marineros que navegaban hacia el Sur
seguramente habrán mirado hacia el desfiladero con una angustia sorda en
el corazón. Más de uno habrá inclinado la cabeza en señal de admiración y
respeto. Quizás alguno dejó caer una lágrima. Seguramente más de uno
masticó una maldición.
Porque allá, en las Termópilas, Leonidas y sus espartanos no esperaron a
que llegara Hidarnes y se cerrara la ratonera por delante y por detrás.
Salieron, se pusieron en formación de combate sobre una lomada delante de
las vallas y avanzaron contra las tropas de Jerjes. ¿Quedó claro? ¡Contra las
de Jerjes! Es decir; se lanzaron ¡hacia adelante! Ni siquiera intentaron
forzarlo a Hidarnes a presentar batalla. De haber atacado a Hidarnes quizás
podrían haber tenido alguna remota esperanza de salir de la ratonera hacia
el Sur, hacia Atenas.
Pero, en este tipo de situaciones, una "remota esperanza" no es una opción
para un hombre de honor. Leonidas, sus espartanos y los tespios estaban
más allá de toda especulación. No se trataba de ponerse a jugar a la ruleta
con esperanzas. Se trataba de algo similar a lo que sucedió en medio de la
batalla de Waterloo cuando el Mariscal Ney se puso a juntar las tropas
dispersas y en retirada gritándoles: "¡Vengan a ver cómo muere un mariscal
de Francia!". Se trataba del final. Y cuando llega el final, los hombres de
verdad siempre quieren que sea a toda orquesta.
Lo fue.
Los
persas
cayeron
sobre
los
espartan
os como
langosta
s. Pero
La falange
esta vez los jefes persas no iban adelante. Venían atrás, arreando a la masa.
¡A latigazos! Heródoto nos cuenta que a la masa del ejército persa hubo que
empujarla a los latigazos para que enfrentara a los espartanos. Arreados
como una manada de búfalos, muchos persas cayeron al mar. Otros
perecieron pisoteados por su propia tropa.
Los espartanos resistieron a pie firme la avalancha hasta que se les
quebraron las lanzas. Después, desenvainaron sus cortas espadas y se
tiraron sobre el enemigo.
Ése fue el momento en que cayó Leonidas.
Alrededor de su cadáver se produjo un tumulto infernal. Los espartanos
defendían el cadáver mientras miles de persas trataban de llegar hasta él.
Dos hermanos
de Jerjes:
Abrocomas e
Hiperantes,
cayeron
muertos en el
mismo lugar.
Y, aunque
parezca
increíble, los
espartanos
llegaron a
Lomada que lleva hacia el sitio de las Batalla Final
Vista del sitio en la actualidad
rescatar el
cadáver de su
Jefe. No sólo eso: batieron a los persas en retirada cuatro veces. ¡Cuatro
veces!
Pero, por último, llega Hidarnes y es - definitivamente - el fin. Para no quedar
completamente entre dos fuegos, el puñado de tespios y espartanos que aun
resiste se repliega contra un farallón. De espaldas al mismo, deben soportar
una lluvia de proyectiles. Sí: ¡proyectiles! Más de 100.000 hombres contra un
centenar, apretado contra la espada y la pared en el más literal de los
sentidos, y todavía se los remata a flechazos y a lanzazos.
¿Es que todavía los persas no se atrevían a acercarse?
No. No se atrevieron. Esa es la verdad. Hasta el día de
hoy los enanos no se atreven a acercarse a un gigante y
se conforman con escupirlo de lejos. Siempre ha sido así.
Desgraciadamente, quizás siempre siga siendo así. Pero
en los gigantes derrotados de antaño los gigantes de
mañana hallarán un espejo en el cual mirarse y
El sitio de la
Batalla Final con
la piedra de la
inscripción
reconocerse. Y, algún día, cuando hayamos llegado al fondo de la
decadencia, la estupidez, la hipocresía, la falsedad, la mentira, el egoísmo y
la mediocridad; cuando el mundo entero esté convertido en un ciénaga
infame que devorará y corromperá hasta a los mismos idiotas que la han
producido; cuando los seres humanos nos hallemos como Leónidas, con los
caminos cerrados por delante y por detrás; ése día — ¡Oh Dioses! ¡Cómo
quisiera vivir para ver ese día! — ese día los enanos se arrastrarán de
rodillas a los pies del último gigante y llorando le implorarán que los salve.
Y el último gigante mirará hacia las Termópilas y los salvará. Aún a riesgo de
que, una vez a salvo, los pequeños energúmenos mediocres terminen
escupiéndolo a él también. Porque para eso están los gigantes. Para eso son
héroes. Por eso existen. Por eso, hace ya más de 2400 años, alguien colocó
un león de piedra sobre la tumba de Leónidas. Por eso, desde hace más de
2400 años, los que pasan por el lugar en que se batieron los 300 espartanos
se encuentran con aquella vieja, triste, terrible pero hermosa inscripción:
Viajero:
Si vas para Esparta, dile a los espartanos
que aquí yacen sus hijos,
caídos en el cumplimiento de su deber.
Hace más de 2400 años esta inscripción le grita su mensaje al mundo desde
la tumba de aquellos gigantes, y en todo ese tiempo muy pocas personas
demostraron entender realmente su significado.
Quizás, en los próximos 2400 años serán algunos más.
Quisiera creerlo.
Creo que - al menos en parte - por eso escribí este libro.
Monumento a Leónidas y a los caídos en las
Termópilas
(Erigido por el Rey Pablo de Grecia en 1955)
EPILOGO
Librada de su atascamiento la aplanadora persa cayó sobre los helenos.
Focea fue invadida. Beocia fue invadida. Atenas tuvo que ser evacuada.
Tespia fue destruida; Platea arrasada; Atenas incendiada.
Después de largos cabildeos se aprueba, por
fin, la "Operación Salamina" de Temístocles.
Los 180 barcos atenienses y los 90 de otras
ciudades navegan hasta la isla y anclan cerca
de la costa. Llegan los barcos persas y se
introducen en el estrecho canal que separa a
Salamina del Continente. De espaldas a la
incendiada Atenas, mirando hacia dónde
están los griegos, las naves persas se ponen
en fila.
Es una trampa tan obvia como evidente.
Batalla naval de Salamina
Jerjes no es ningún idiota y, además, ya ha
aprendido a conocer a los griegos.
Disimuladamente, manda a parte de su flota a rodear la isla para que, en el
momento oportuno, aparezca de sorpresa. Temístocles desde su fondeadero
no ve la maniobra.
Pero detrás de Salamina está la isla de Egina. Y en Egina está Arístides. "El
Justo". El desterrado. El acérrimo enemigo político de Temístocles.
Arístides ve pasar a los barcos persas y comprende inmediatamente el
peligro. Por la noche toma una barcaza pequeña y se hace a la mar.
Navegando como un fantasma en medio de la noche, evita el cerco persa y
desembarca en Salamina. Ubica a Temístocles y lo pone al tanto de la
situación. Los dos amigos se abrazan. Al día siguiente Temístocles da la
orden de atacar sin demora.
Para cuando el día termina, la Armada persa está destruida. Incapaces de
maniobrar en el estrecho pasaje, los barcos persas chocaron entre si y se
destruyeron mutuamente. Jerjes, amargado, regresa a Sardes pero aún
queda en Grecia su ejército al mando del General persa Mardonias.
Al año siguiente, Mardonias le ofrece la rendición a Atenas. Es Arístides el
que contesta. La respuesta es: No. Por segunda vez Atenas debe ser
evacuada. Una delegación es enviada a Esparta: ¡Hay que derrotar a los
persas al precio que sea! De otro modo, tarde o temprano, Jerjes volverá con
otra flota
y,
entonces
sí, ya no
habrá
nada que
hacer.
Los
espartano
s están de
acuerdo.
Pausanias
regente
de
Esparta,
La batalla de Platea
puesto que el hijo de Leónidas aun es menor de edad, pone toda la
maquinaria bélica de Lacedemonia en marcha. En el Istmo de Corinto se
concentra un ejército formidable. Aparte de los espartanos, están allí los
hombres de Platea, de Corinto, de Egina, de Megara, de Atenas... ¡Casi
30.000 hombres! Sin embargo el persa, con más de 100.000, está todavía en
una superioridad de más de tres a uno.
Las dos fuerzas se encuentran, por fin, en Platea.
La batalla, seguramente, fue durísima. En un momento la suerte de toda
Grecia pendió de un hilo. Fue cuando Pausanias dio la orden de efectuar un
movimiento con el ala izquierda. Arístides, que comandaba a los atenienses
de ese sector, malinterpretó la orden. Los atenienses perdieron el contacto
con el resto y se produjo un hueco en las filas griegas. Apenas producido,
Mardonias inmediatamente dio la orden para que la caballería persa atacase
por ese lugar. ¡Era la oportunidad! El General persa en persona se puso al
frente de 1.000 jinetes y se lanzó al ataque.
Imagínense mil caballos al galope. Hoy, en la era de los blindados, los
misiles y las bombas "inteligentes", la palabra "caballería"" ha perdido casi
todo su esplendor. Sin embargo, hagan la prueba una vez que puedan;
párense al lado de un hombre a caballo e imagínense, por un instante, que
es un enemigo dispuesto a atacar. Pueden creerme: se sentirán bastante
mal. Un infante se siente como un gusano al lado de un jinete. Y lo que
Mardonias lanzó a la carga no fue un jinete. Fueron mil. Mil caballos son una
topadora horrorosa. Mil jinetes al galope hacen temblar la tierra. No en
sentido figurado. Literalmente. Cuatro mil patas de caballo golpeando el
suelo convierten la tierra en un tambor. Viéndolos venir uno debe creer que
la Cordillera de los Andes se le viene encima.
Pausanias ordenó a sus espartanos cerrar la
brecha. Los hombres de Esparta, en una
maniobra tan rápida como impecable, tomaron
posición. Clavaron sus lanzas en la tierra,
apoyaron sus escudos en el suelo, se afirmaron
contra ellos, apretaron los dientes y se
prepararon para resistir el embate. Resistieron.
Estaban hechos para resistir.
El choque fue tremendo. Las primeras filas de
los espartanos terminaron aplastadas por
caballos persas moribundos. Los jinetes que
Caballería persa
venían atrás chocaron, a su vez, contra los que
habían caído. En cuestión de segundos se formó
una pila de hombres y caballos muertos. Los espartanos de la segunda y
tercera fila se juntaron, pusieron escudo junto a escudo, levantaron las
lanzas y avanzaron. La próxima oleada persa los encontró unos metros más
adelante. La siguiente, otro par de metros. Mardonias cayó. La brecha se
cerró. El contacto con los atenienses fue restablecido.
Pausanias lanzó un suspiro que podría haber llegado a barrer las nubes del
Olimpo.
La batalla estaba ganada.
Grecia era libre.
***********************
La libertad es una hermosa palabra. Quizás sea la palabra mis gastada del
vocabulario político pero, aun así, ni uso ni abuso han conseguido quitarle su
aura mágica; su destello de grandeza; su sabor a Paraíso.
¡Libertad!
¡Cuantas veces, cuantos hombres han exclamado esta palabra! ¡Y qué
pocos se han detenido a meditar si, en absoluto, la empleamos
correctamente! ¡Cuantos hasta desconocen su sentido!
Porque lo tiene, por supuesto. Pero, ¿es tan obvio como parece?.
Pregúntenle al primero que encuentren: "¿Qué es la libertad?" Lo digo en
serio. Hagan la prueba. Les garantizo que las respuestas serán
sorprendentes.
El joven les dirá que la libertad es poder hacer lo que a uno se le da la gana.
El adulto les dirá que es realizar la vocación de cada uno sin molestar al
prójimo, lo cual es lo mismo pero con condicionamientos. El anciano les dirá
que es la posibilidad de vivir en paz, lo cuales otra vez lo mismo pero con
claudicaciones. El político les dirá que es la posibilidad de votar y elegir entre
los cuatro, cinco o cuarenta candidatos que consiguieron juntar el dinero para
pagarse una campaña electoral. El sacerdote les dirá que es una gracia
divina en virtud de la cual somos responsables por nuestros actos. Algunos
filósofos les dirán que es un estado de ánimo; otros, que es una entelequia;
otros, que no existe tal cosa. El abogado penalista les dirá que es aquello de
lo cual goza una persona cuando no está en prisión; el constitucionalista dirá
que es lo que resguardan las garantías constitucionales. El militar les dirá
que es lo que tiene un Pueblo cuando es lo suficientemente fuerte como para
poder defenderse con éxito. El médico les contestará que es el goce de la
plenitud de las potencialidades de un organismo. El sociólogo que es la
ausencia de coerción sobre las tendencias normales y naturales del
individuo...
¿Para qué seguir? Hay tantas respuestas
a la pregunta como disciplinas, oficios,
dogmas, doctrinas, ideologías, opiniones y
criterios puedan imaginarse. Incluso una
misma persona puede llegar a dar dos
respuestas distintas en un solo día.
Pregúntenle a un periodista político qué
es la libertad cuando el hombre está en su
oficina, con aire acondicionado, y háganle
la misma pregunta a la hora de volver a
casa, cuando está conduciendo su
automóvil en medio de un
Nietzsche
embotellamiento de tránsito. ¿Cuanto
apuestan a que las dos respuestas serán distintas?
Hemos hablado de los griegos y hemos hablado de los persas. Hablando de
persas uno, inevitablemente, se acuerda de Zaratustra y - acordándose de él
- es casi imposible evitar la tentación: ¿cómo decía el viejo Nietzsche?...
"¡Existen tantos grandes pensamientos que no hacen más de lo que hace un
fuelle! ¡Inflan y ahuecan!"
Es cierto. En boca de los mediocres la palabra "libertad" es como un fuelle
que infla los ánimos al precio de ahuecar el cerebro.
Sea por los motivos que fueren, todos quieren la libertad. Cada uno la
entiende a su manera pero todos están igualmente de acuerdo en exigirla. La
enorme mayoría concibe la ausencia de su particular y privada forma de
concebir a la libertad como un yugo. Y en esa pretensión, lo que la gran
mayoría ignora olímpicamente es que, para vivir sin yugos, hay que estar
primero a la altura de las responsabilidades que eso implica.
"¿Eres tú alguien con derecho a librarse de un yugo? Hay quienes pierden su
último valor al librarse de su dependencia."
Sí. Hoy en día es un crimen decirlo, pero
hay quienes sencillamente no merecen
ser libres. Porque a la libertad hay que
merecerla. No es un derecho a reclamar.
No es un atributo exigible a otros. La
libertad es para aquellos que se la
conquistan y para quienes, luego de
conquistarla, la saben utilizar con
responsabilidad. Muchas veces la
libertad es sólo para aquellos que tienen
el coraje de plantarse frente a la vida y
arrancársela a jirones. Y a veces hasta
por la fuerza si es preciso.
Pero el mayor secreto de todos es que
nunca se conquista la libertad solamente
Zaratustra
para uno mismo. La conquista, en
realidad, es siempre para los demás. Quien la reclama sólo para si mismo
pronto se convierte en esclavo de su propia demanda. Es como reclamar el
amor sin darlo. La libertad, en esencia, es siempre para los otros. Porque
recién cuando llega a ser un bien de los otros resulta ser para todos.
No es una entelequia. No es un concepto abstracto. No es un bien en si ni un
valor por si.
"¿Libre de qué? ¡Qué le importa eso a Zaratustra! ... Tu mirada debe
anunciarme claramente: ¡libre para qué!"
La libertad en ausencia de jerarquías auténticas no es sino la hija bastarda
de la anarquía. Concebida como debe y puede ser no es un ideal imposible.
Es algo real. Es algo casi tangible.
Está hecha de posibilidades. Está construida con los ladrillos de nuestras
opciones reales y nuestras posibilidades concretas. No es un derecho que se
garantiza. Es una alternativa por la cual se opta, una posibilidad que se
ejerce, una acción que se elige y una decisión que se ejecuta respondiendo
por las consecuencias.
Soy libre en cuanto puedo. La libertad no es una prebenda. Es un Poder. Y,
como todo Poder, no reside tanto en el individuo como en la comunidad,
desde el momento en que la asociación aumenta las posibilidades reales de
acción y de opción - es decir: el Poder - de los individuos. El monigote
paleolítico era menos libre que nosotros por la sencilla razón de que nosotros
tenemos más posibilidades, opciones y oportunidades que él.
Pero, por supuesto, lo verdaderamente esencial no es una cuestión de más o
de menos. Somos más libres que el Hombre de Neandertal porque nos
hemos conquistado mejores oportunidades, posibilidades y opciones. Las
hemos conquistado en el laboratorio, en el taller, en el gabinete de estudio,
en el monasterio, en el atelier, en los astilleros, en los hangares, en las
bibliotecas, en las escuelas, en los hospitales, en las Casas de Gobierno y
también en los campos de batalla. A lo largo de más de cuarenta mil años
hemos ido conquistando posibilidades reales de a pedacitos y hemos ido
tratando de armar esos pedacitos para construir algo mejor. Esa es nuestra
libertad.
Por eso deberíamos aprender a no dejar que nos roben o que nos ensucien
las libertades concretas que fuimos conquistando. Los que trabajaron y los
que murieron para que las tengamos no lucharon para que terminen siendo
patrimonio de parásitos. Demasiadas veces nos damos por satisfechos con
una "garantía" de libertad, abdicando - de hecho - de su ejercicio concreto. Y
demasiadas veces también se ha exigido la libertad sin comprometer la
correspondiente responsabilidad para ejercerla. Deberíamos aprende a no
dejarnos secuestrar las libertades que nos corresponden y a no exigir
tampoco aquellas que superan nuestras responsabilidades.
Si logramos ese equilibrio, seremos libres. Realmente libres. No totalmente
libres porque eso es humanamente imposible. Pero sí realmente libres, en la
medida en que lo permitan nuestra condición y nuestros auténticos méritos.
Si no logramos ese equilibrio, fatalmente nos sucederá lo que les ocurrió a
los griegos.
Apenas nueve años después de la batalla de Salamina; después de las
Termópilas y Platea; después de todo ese enorme y tremendo esfuerzo que
significó repeler al invasor; el pueblo de Atenas otra vez quiso constituirse en
juez.
Se le preguntó a la multitud si quería celebrar un ostracismo. ¡Por supuesto
que quería! ¡Es tan fascinador ejercer el Poder! Aunque más no sea una vez
al año ¡es tan lindo jugar a Dios y decidir el destino de los hombres más
ilustres! ¡sobre todo cuando, después de jugar a Dios, uno no tiene las
responsabilidades de Dios!
Se repartieron los pedazos de arcilla.
Cuando se hizo en recuento...
Por favor, no crean que estoy exagerando. Esta es la verdad. Es la desnuda
y triste verdad.
Cuando se hizo el recuento de votos resultó que el pueblo soberano de
Atenas había condenado al ostracismo a Temístocles.
¿Y saben qué es lo más triste de todo?
Lo más triste de todo es que se lo merecía.
*********************
Temístocles se pasó al enemigo y murió ejerciendo el cargo de gobernador
persa en una ciudad del Asia Menor.
A Pausanias lo ejecutaron los espartanos por traidor.
Euribíades se eclipsó y continuó cumpliendo su deber como fiel soldado
espartano.
Arístides murió tan pobre que el Estado tuvo que pagar su funeral.
"La guerra es el padre de todas las cosas
y reina sobre todos. Demuestra que algunos
son dioses y otros tan sólo hombres.
Hace esclavos a los unos y libres a los otros."
Heráclito