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el aliento de la contemporaneidad mientras se sigan definiendo en función de la mayor o menor afinidad con el paisaje. Es lo que se ha querido definir bajo el rótulo de âliteratura de inventarioâ: lejos de penetrar en el ser de una cultura, nos sigue subyugando el parecer de una cultura. Seguimos presos en la enumeración de la flora y de la fauna mientras somos incapaces de dar con nuestro signo colectivo. Somos por oposición a algo; nunca en función de nosotros mismos. Nuestro paisaje es nuestra celebración perpetua pero, también, nuestra condena: seguimos escondidos en los árboles. ParecerÃa que âlo popularâ es uno de los grandes temas de nuestra llamada âcrisis de valoresâ. Y hablamos de âlo popularâ para englobar a lo que va desde las tradiciones hasta los llamados (y muy recientes) brotes nacionalistas. El gran hallazgo de nuestros dÃas es que nuestra modernidad ha dialogado mal con la tradición: ha preferido hacerse de un discurso semimoderno que ha construido a retazos, a golpes, sobreponiendo modelos de desarrollo como quien acumula capas geológicas. Hemos insistido en construir un modelo de sociedad que, lamentablemente, ha querido ignorar, ha desconocido, la esencia de nuestro ser colectivo. Y pareciera, pues, que cuando el ensayo se muestra agotado, nos queremos replantear la orientación del camino. Como respuesta a la desazón de los discursos que han querido regir la modernidad, parecerÃa que la reflexión cultural ha llegado a una encrucijada donde destaca una de las sendas posibles: descubrir âlo popularâ, releer âlo popularâ. Esta pulsión retoma sendas conscientes pero también equÃvocas. La búsqueda de âlo popularâ puede también responder a fanatismos que pueden ser capitalizados por los elementos más retrógrados de la sociedad. No obstante, hay que saludar la disposición de establecer una relectura de âlo popularâ, pues, mientras más avancemos en el descubrimiento de sus claves, más dimensionaremos la magnitud de nuestros errores. En nuestra âlectura de la crisisâ (para robarle un feliz término al crÃtico peruano Julio Ortega) no deberÃa escapar una relectura de la tradición. Reencontrar la tradición nos demuestra que ya éramos lo que somos desde hace siglos. En este sentido, todos los modelos de desarrollo parecieran estallar en esta coyuntura especÃfica que vivimos: desde los manuales de lectoescritura que inician a nuestros infantes en el logos dibujándoles manzanas que no tenemos y casas con chimeneas que tampoco tenemos, hasta los acercamientos que nuestra pequeña y mediana industria ha hecho al universo de la artesanÃa para subvertirla y, en el fondo, traicionarla. Si algo nos ha enseñado la modernidad de los paÃses desarrollados es que ésta se afianza precisamente en la especifidad cultural de cada quien. Allà reside desde siempre la fortaleza y perdurabilidad de sus gestos civilizatorios. III Como ejemplo de fundación empersarial ligada al hecho cultural, la Fundación Bigott desde sus inicios ha estado centrada en la difusión o promoción de la cultura tradicional venezolana. Verdadero ânicho institucionalâ que esta fundación ocupa desde 1981, año de su fundación, su trabajo ha abarcado programas educativos, editoriales y comunicacionales. Si entendemos que uno de los principales problemas de âlo popularâ es que no hemos hallado los mecanismos idóneos de comunicación, la fortaleza de esta fundación cultural ha radicado precisamente en su papel mediador entre las fuentes de âlo popularâ (generalmente rurales) y las grandes audiencias modernas (generalmente urbanas). Un principio básico de la comunicación determina la existencia de tres conceptos que se articulan entre sÃ: el emisor, el receptor y el medio. Dentro, pues, de este esquema, y con no poca visión desde sus inicios, la Fundación Bigott supo definir para sà 274