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Meditación
sobre el camino cristiano
en compañía del
Ciclo de Emaús
de Arcabas.
1. Ponte en presencia del Señor y lee Lc 24, 13-35.
2. Después vete leyendo despacio esta meditación, dejándote
iluminar interiormente por las pinturas y las palabras.
3. Detente en lo que te sugiera algo especial y dialoga con Cristo.
4. Finalmente agradece al Señor tu fe.
I.
Hay un tiempo en la vida de la fe en que el peso
denso de la muerte con todos sus ángeles (enfermedad,
debilidad, fracasos…) y del pecado con todos sus
esbirros (indiferencia, desprecio, humillación, violen-cia,
injusticia…) nos pone en contacto con la cruz de Cristo.
Teniéndola delante habitual-mente se ha convertido en
un signo demasiado limpio que no nos habla de la fuerza
de estas dos realidades en el mundo cuando no las
sufrimos. Y sin querer pensamos que la cruz está ya
superada por Cristo, que podría no formar parte de
nuestra vida, que podemos vivir al margen de ella, que
él nos protegerá de ella.
Sin embargo, de repente un día está ahí, sin que la
podamos esquivar y Cristo se convierte en una idea sin apenas densidad, se diluye como si
no tuviera fuerza de presencia, como si estuviera en el sepulcro, quizá en un sepulcro que
está en el cielo, pero sepulcro al fin y al cabo, pues no percibimos su Señorío sobre la
realidad. Habíamos creído que tenía fuerza sobre todo y ¡mira cómo están las cosas…! Y
nuestros pensamientos y conversaciones se enredan en el desaliento, la desesperanza, la
queja, la crítica…
¡Qué torpes y tardos para comprender!
Pero, sin que lo sepamos, Cristo nos acompaña, nos ha acompañado ya recorriendo
este camino sin desesperar. Recorriéndolo ante nuestros ojos, pero no comprendíamos.
II.
Y he aquí que la misma pasión del Señor se pone a hablar
para nosotros si le hacemos sitio en nuestro mismo desaliento.
Primero como una explicación que no soluciona nada, como una
historia ya pasada.
Nos empieza a mostrar cómo en medio del advenimiento de
su muerte fue creciendo en él con más fuerza su misma fe,
cómo en el huracán del odio fue ensanchándose en su corazón
la brisa del amor hasta ocuparlo todo.
Se abre una grieta en medio de las tinieblas, unas tinieblas
que parecían no dejar espacio para la esperanza.
Escuchar, mirar, contemplar… sin ver aún, sin comprender
aún, sin aún poder vivir… aunque se va esponjando el corazón,
se van recuperando las brasas de la fe que él mismo sembró y
que parecían apagadas.
III.
Queremos más: Quédate con nosotros. Una oración
dirigida a un Cristo aún desconocido, a un Cristo que está
delante y, a la vez, sentimos distante y necesario. Cae la
noche, ¿quién podrá resistir? Solo si tú sigues contándonos
tu historia, pero más aún si tú sigues estando con la fuerza
de tu historia.
Tener el corazón abierto a su presen-cia, aunque aún
parezca abandonado, llamarle para que tome vida en
nuestra casa. ¡Tántas veces desistimos antes de tiempo!
IV.
Danos un signo de tu presencia, Señor,
que la sola memoria no basta para resistir
las inclemencias de la vida.
Y se sentó con ellos y partió el pan
ante ellos. Una vez, para siempre. Todo
queda agraciado, atravesado de una luz
nueva, inexplicable, íntima, que envuel-ve
el interior de las cosas cuando parece que
todo sigue igual.
Todo cambia. Cristo se revela presente
a los que, incluso torpes y desesperados,
no han desistido en su memoria y le han hecho un poco de sitio, un sitio mínimo donde él
hace crecer la semilla de su vida nueva. Tened ánimo, estáis escondidos conmigo en Dios.
V.
Los discípulos vuelven a su soledad, pero ya no están
solos nunca más. Se comprende con el corazón, sin saber
explicarlo con palabras claras. Se ilumina el espacio, se abren
los ojos de la fe, y la debilidad queda atravesada por un
manantial de vida, y la muerte es descubierta como lugar de
encuentro y el odio como terreno donde fructifica el amor de
Dios con más fuerza si cabe.
Los hombres se miran, y la queja y el desaliento van
serenándose en esa mirada nueva en la que, con los ojos del
Señor en ellos, se van iluminando mutuamente el camino. Y
sobre todo miran juntos en la misma dirección: ya no hay
otro camino que la fe y el amor.
Bendito sea Dios: ¿Quién podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo?,
¿qué podrá arrancarnos del cuerpo de Cristo que nos recoge en este pan?
VI.
Todo se abandona, la vida pasada queda atrás,
pues la vida está siempre en el futuro. Y hay que
contarlo y acompañar a los otros en su camino para
que no desesperen, acompañarlos en el mismo
camino donde nosotros fuimos encontrados por el
Señor y recibimos la esperanza en medio de
nuestra debilidad. La puerta está abierta, la casa ya
no tiene miedos. La noche se hace clara como el
día, no se necesita luz de lámpara ni luz del sol pues
la luz viene de Cristo.
La resurrección se extiende en la vida nueva de
los que han sido visitados por Cristo. Somos
invitados a dejarles caminar a nuestro lado. Y luego
a hacernos compañeros de camino.
Tu luz, Señor, nos hace ver la luz.