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Historia de la Filosofía, Agustín de Hipona,
Curso 2013-2014, pág. 1
Agustín de Hipona
(354 - 430)
1. Biografía y obras
2. Introducción: El cristianismo y la filosofía
3. El conocimiento
a. La razón y la fe
b. Teoría del conocimiento
4. El ser humano
5. Dios (Incluye la metafísica)
6. La ética
7. Política y sociedad
1. BIOGRAFÍA Y OBRAS DE AGUSTÍN DE HIPONA
Biografía (354 - 430)
Agustín de Hipona nació el año 354
d. c. en Tagaste, ciudad situada en
la antigua provincia romana de
Numidia, (en la actua Argelia),
donde
realizó
sus
primeros
estudios; finalizados estos pasó a
Imagen tomada de:
http://recursostic.educacion.es/bachillerato/proyectofilosofi
a/web/f2publi1.php?id_ruta=18&id_etapa=3&id_autor=1
Madaura y Cartago (Túnez).
Pese a los esfuerzos de su madre,
Mónica, que le había educado en el cristianismo, Agustín llevará en Cartago una vida
disipada, muy alejada de las pretensiones de aquella, orientada hacia el disfrute de todos
los placeres sensibles.
La lectura del Hortensio de Cicerón le causara tan honda impresión que cambiará su
vida. Se acercará a la filosofía; el estudio y la búsqueda de la sabiduría se van a
convertir en el objetivo fundamental de su existencia. Primeramente se adhirió a las
teorías de los maniqueos. Después de pasar un año en Tagaste enseñando retórica,
regresa a Cartago, donde abrirá una escuela en la que continuará sus enseñanzas hasta
el año 383 en que, tras el encuentro con Fausto de Milevo, a la sazón el más destacado
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representante del maniqueísmo norteafricano,
decepcionado,
abandonará
el
maniqueísmo. Ese mismo año se trasladará a Roma, y luego a Milán, donde enseña
retórica. De nuevo la lectura de Cicerón, ya abandonado el maniqueísmo, le acercará al
escepticismo de la Academia nueva, hasta que escucha los sermones del obispo de
Milán, Ambrosio, que le impresionarán hondamente. En este período descubre también
la filosofía neoplatónica, leyendo las traducciones que había hecho de Plotino al latín
Mario Victorino, y lee también las epístolas de San Pablo. Todo esto le acercará al
estudio y comprensión del cristianismo.
En el año 386 se convierte el cristianismo. Ese mismo año se establecerá en Casiciaco,
cerca de Milán. El año siguiente se bautiza en Milán y opta por una vida ascética y
casta. Tras la muerte de su madre, se traslada a África el año 388, estableciéndose en
Tagaste donde fundará un monasterio en el que permanecerá hasta el año 391. Dicho
año se trasladará a Hipona, (Argelia), ciudad cercana a Tagaste, en la costa, donde será
consagrado sacerdote por el obispo Valerio. Allí fundará otro monasterio, en terrenos
cedidos por el obispo, desarrollando una fecunda actividad filosófica y religiosa,
destacando el carácter polémico contra las diversas herejías (donatistas, pelagianistas...)
a las que se enfrentaba el cristianismo, y que San Agustín consideraba el principal
problema con el que habría de enfrentarse.
El año 396 es nombrado obispo auxiliar de Hipona por Valerio, pasando a ser titular
tras la muerte de éste. En los años 418 y 422, en plena descomposición del imperio
tras el saqueo de Roma por Alarico, participa en el concilio de Cartago y continua su
activa producción filosófica y religiosa que abarcará más de 100 volúmenes, sin contar
las Epístolas y Sermones. El año 430, estando sitiada Hipona por las huestes de los
vándalos de Genserico, morirá, poco antes de que la ciudad fuera completamente
arrasada.
OBRAS DESTACADAS:
Agustín de Hipona ha dejado una obra inmensa de la que citamos a continuación
algunos de sus títulos más significativos:

Las confesiones (410). Su obra capital, en ella narra su vida, su formación y
evolución interior. Constituye un reconocimiento de la grandeza y la bondad de
Dios.
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
La ciudad de Dios (22 libros, terminada en el 426). Expone su concepción
filosófica de la historia y supone una síntesis de su pensamiento filosófico,
teológico y político.

Sobre el libre albedrío En este libro reflexiona sobre le mal, la libertad y la
omnisciencia divina.
TEXTO DE AGUSTÍN DE HIPONA SELECCIONADO PARA LA P.A.U
Sobre el libre albedrío, Libro II, capítulos 1 y 2
La obra se divide en tres libros. el primero, compuesto en Roma en el 388, trata del
mal. Los otros dos, redactados en África entre el 391 y el 395, del bien y de cómo la
presciencia divina no recorta nuestra libertad. La pregunta clave que atraviesa todo
el libro es: ¿Cómo puede Dios, el sumo bien, permitir el mal, dando al ser
humano la posibilidad de pecar y de ir contra Él, su Creador y Padre? Agustín
de Hipona responde a la pregunta estableciendo la grandeza y bondad de Dios,
porque si hay libre albedrío, existe responsabilidad y si alguien es responsable,
entonces puede merecer el premio o el castigo. El infierno o el cielo son el resultado
de la justicia divina que juzga nuestros actos. Sin libre albedrío, no habría
responsabilidad, ni justicia, ni moralidad. Agustín de Hipona diferencia libertad y
libre albedrío. Este último tal como se ha señalado le otorga Dios al hombre para
hacerle responsable de sus actos; la primera, el hombre la alcanza cuando actúa
bien, es decir, cuando atiende a los mandatos que le da Dios a través de su razón.
Para Agustín de Hipona, es mejor tener libre albedrío, y poder pecar libremente,
que no tenerlo; pues es la capacidad de libre elección la que confiere mérito a la
acción humana y da sentido al premio o al castigo.
2. INTRODUCCIÓN: EL CRISTIANISMO Y LA FILOSOFÍA
La relación de los primeros pensadores cristianos con la filosofía fue compleja.
Mientras unos mostraron su hostilidad hacia la misma, considerándola enemiga de la fe,
otros vieron en la filosofía un arma para defender con la razón sus creencias religiosas.
Las características de la filosofía griega, que los latinos no hacen sino seguir, no
permitían esperar una fácil síntesis entre ambas.
El planteamiento griego del tema de Dios, de la verdad o de la realidad difieren
sustancialmente de la consideración que tienen esos temas en el cristianismo.
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Empezando por el tema de Dios, sabemos que en la filosofía aristotélica aparece como
el primer motor, mientras que para los cristianos será un ser omnipotente, creador, único
y paternal. En relación con la noción de verdad, el cristianismo considera que esta
tienen un origen divino, ya que se trataría de una verdad revelada que dificilmente
puede se discutida y encorsetada en los límites de la argumentación racional. Así
mismo, la interpretación de la realidad como una creación de Dios chocará frontalmente
con la metafísica griega, cuyo problema principal es explicar el ser y el dinamismo que
observamos en la naturaleza, pero no se plantean que las cosas puedan surgir de la nada.
El texto de Zubiri refleja esta última idea.
"Toda la filosofía griega está concebida sobre el hecho, a primera vista asombroso,
de que las cosas que de veras son, sin embargo cambian, y recíprocamente, que todo
cambio está determinado por lo que verdaderamente es. A diferencia de este
horizonte, a partir del cristianismo se constituye un horizonte de la filosofía muy
distinto. Lo asombroso no es que las cosas sean y cambien, sino que lo asombroso es
que haya cosas: es el horizonte o la metafísica de la nihilidad. Las cosas son un reto a
la nada. Es el horizonte determinado por la idea de creación. Toda la historia de la
filosofía europea post-helénica, desde S. Agustín a Hegel, no es más que una
metafísica de la nihilidad, se mueve por tanto en el horizonte de la creación"
(Zubiri, Cinco lecciones de filosofía, Alianza, 1988)
A pesar de estas dificultades para conciliar cristianismo y filosofía, los pensadores
cristianos encuentran en el platonismo algunas coincidencias que les animan a
inspirarse en dicha corriente filosófica para justificar, defender, o simplemente
comprender su fe. Entre ellas, merecen destacarse el dualismo ontológico platónico,
con la distinción de un mundo sensible y un mundo inteligible, y la explicación de la
semejanza entre ambos a partir de las teorías de la imitación o la participación; la
existencia del demiurgo, entidad "configuradora" del mundo sensible, (lo que, para los
cristianos, lo acercaba a la idea de "creación"); y la idea de Bien, como fuente de toda
realidad, podrá ser identificada con Dios.
Respecto al hombre, la afirmación platónica de su composición dualista, alma y cuerpo,
y la afirmación de la inmortalidad del alma se consideraron apoyos sólidos para la
defensa de las creencias cristianas, aunque rechazarán su carácter eterno.
Cuando Agustín de Hipona comienza la elaboración de su síntesis filosófica parte
ya de una previa adaptación de la filosofía al cristianismo realizada por los pensadores
cristianos de siglo III, fundamentalmente. En su obra analizará los distintos sistemas
Historia de la Filosofía, Agustín de Hipona,
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filosóficos griegos mostrando una especial admiración por Platón, recibiendo una fuerte
influencia del neoplatonismo así como del estoicismo, del que aceptó numerosas tesis.
La magnitud, la profundidad y, no obstante, la novedad de su obra le convertirán en uno
de los pensadores más relevantes del cristianismo, ejerciendo una influencia continuada
a través de los siglos en el ámbito del cristianismo.
3. EL CONOCIMIENTO
a. LA RAZÓN Y LA FE
No hay una distinción clara entre razón y fe en la obra de San Agustín, lo que marcará
el discurrir de todo su pensamiento. Existe una sola verdad, la revelada por la
religión, y la razón puede contribuir a conocerla mejor, pero la razón no puede ir nunca
contra la fe; en caso de duda la palabra de Dios es el criterio último de verdad. "Cree
para comprender", nos dice, en una clara expresión de predominio de la fe; sin la
creencia en los dogmas de la fe no podremos llegar a comprender la verdad, Dios y todo
lo creado por Dios (la sabiduría de los antiguos no sería para él más que ignorancia);
"comprende para creer", en clara alusión al papel subsidiario, pero necesario, de la
razón como instrumento de aclaración de la fe: la fe puede y debe apoyarse en el
discurso racional ya que, correctamente utilizado, no puede estar en desacuerdo con la
fe, afianzando el valor de ésta. Por tanto, la fe dirige nuestra inteligencia en la búsqueda
de la verdad, y la razón nos permite entender los contenidos de la fe, que así recibe el
apoyo de nuestra inteligencia: “Entiende para creer y cree para entender” es la máxima
de Agustín de Hipona.
“Ciertamente, pues, es de razón, en algunas cuestiones que pertenecen a la
doctrina de la salvación -y que aún no alcanzamos a comprender por la razón, pero
que podremos comprender algún día-, que la fe preceda a la razón; por la fe es
purificado el corazón, a fin de que alcance y soporte la luz de la gran razón. Y por
ello, muy sensatamente, dice el profeta: “Si no creéis no entenderéis” (Is 7, 9). Aquí
distinguió él, sin duda alguna, estas dos cosas y dio el consejo de empezar
creyendo, a fin de que podamos entender lo que creemos.”
Agustín de Hipona: Epístola, 120
b. TEORÍA DEL CONOCIMIENTO
Ante el desarrollo del escepticismo, con cuyas tesis había simpatizado anteriormente,
Agustín de Hipona considerará fundamental la crítica del mismo. Niegan los escépticos
la posibilidad de alcanzar certeza alguna. Ante ello Agustín de Hipona replica
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afirmando la necesaria certeza de la propia existencia: ¿puedo razonablemente dudar de
mi existencia, aún suponiendo que todos mis juicios estuvieran siempre equivocados?
No, ya que aún en el caso de que me engañarse al razonar, es evidente que pienso y si
pienso, sin duda existo.
En ese conocimiento cierto que tiene la mente de sí misma, en la experiencia interior
asentará la validez del conocimiento. No obstante la mente, buscando la verdad en sí
misma, se trascenderá a sí misma al encontrar en ella las ideas, verdades inmutables que
no pueden proceder de la experiencia.
Asegurada la posibilidad de conocer, distinguirá varios tipos de conocimiento: el
conocimiento sensible y el conocimiento racional; el conocimiento racional, a su vez,
podrá ser inferior y superior. Estos niveles de conocimiento van ascendiendo de lo
exterior a lo interior y de lo interior a lo superior.
El conocimiento sensible es el grado más bajo de conocimiento y, aunque realizado por
el alma, los sentidos son sus instrumentos; este tipo de conocimiento sólo genera
opinión, doxa, se trata de un tipo de conocimiento sometido a modificación, dado que
versa sobre lo cambiante; al depender del objeto (cambiante) y de los sentidos (los
instrumentos) cualquier deficiencia en ellos se transmitirá al conocimiento que tiene el
alma de lo sensible. El verdadero objeto de conocimiento no es lo cambiante, sino lo
inmutable, donde reside la verdad. Y el conocimiento sensible no puede ser universal,
necesario e inmutable.
El conocimiento racional, en su actividad inferior, se dirige al conocimiento de lo
que hay de universal y necesario en la realidad temporal, y es el tipo de conocimiento
que podemos llamar ciencia. Ese tipo de conocimiento depende del alma, pero se
produce a raíz del "contacto" con la realidad sensible, siendo ésta la ocasión que permite
que la razón origine tales conocimientos universales.
El conocimiento racional, en su actividad superior, es llamado por Agustín de
Hipona sabiduría; es el auténtico conocimiento filosófico, es el conocimiento de las
ideas eternas. Hay, pues, una gradación del conocimiento, desde los niveles más bajos,
sensibles, hasta el nivel más elevado, lo inteligible, la idea: "Las ideas son formas
arquetípicas o esencias permanentes e inmutables de las cosas, que no han sido
formadas sino que, existiendo eternamente y de manera inmutable, se hallan contenidas
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en la inteligencia divina".
Las Ideas se encuentran, pues, en la mente de Dios. ¿Cómo se alcanza el conocimiento
de las Ideas? Dado su alejamiento de lo sensible, realidad en la que se encuentra el
hombre, las ideas sólo se pueden conocer mediante una especial iluminación que Dios
concede al alma, a la actividad superior de la razón. El verdadero conocimiento
depende, pues, de la iluminación divina.
“Y ahora, según nos permite el tiempo, recibe sobre Dios alguna enseñanza derivada
de aquella analogía de las cosas sensibles. Ciertamente Dios es inteligible, y también
son inteligibles aquellos objetos del saber; sin embargo, difieren mucho entre sí. Pues
también la tierra es visible, y la luz. Luego lo que se enseña en las ciencias -y que sin
ninguna duda tenemos como verdades ciertísimas-, hay que pensar que no se pueden
entender sin la iluminación de otra especie de Sol que le es propia. Así pues, tal como
en el Sol visible podemos notar tres cosas: que existe, que resplandece, que ilumina; del
mismo modo, en aquel secretísimo Dios, a cuyo conocimiento aspiras, tres se han de
considerar: que existe, que es inteligible y que hace que las demás cosas se entienda.
Me atrevo, pues, a enseñarte estas dos cosas: tú mismo y Dios que te hace entender.”
Agustín de Hipona: Soliloquios, I, VII
4. EL SER HUMANO (ANTROPOLOGÍA)
La concepción agustiniana del ser humano es dualista, al estilo platónico. El ser
humano es un compuesto de cuerpo (materia) y alma (forma). Por supuesto que la
realidad más importante es el alma, dentro de la más estricta tradición platónica,
concibiendo el cuerpo como un mero instrumento del alma. El alma es una sustancia
espiritual y, tal como nos la presenta Platón en el Fedón, simple e indivisible. Asume
todas las funciones cognoscitivas de las que la más importante será la realizada por la
razón superior, ya que tiene como objeto la sabiduría (y es en ella en donde se da la
iluminación). Además de las funciones propias de la inteligencia le corresponden
también las de la memoria y la voluntad, adquiriendo ésta última un especial
protagonismo en su pensamiento, al ser considerada una función superior al
entendimiento.
El alma es inmortal, pero a diferencia de lo que ocurría en el platonismo no es eterna.
Por lo que respecta a la explicación de su origen Agustín de Hipona mantiene que el
alma humana es creada por Dios a partir del alma de los padres (traducianismo); de este
modo se podría explicar la transmisión del pecado original.
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El nacimiento de cada ser humano es original e irrepetible, y todo ser humano es bueno
por naturaleza. La naturaleza humana, buena por creación, ha sido corrompida por el
pecado original y de ahí que el ser humano se encuentre inclinado hacia el mal. Por eso
el alma no pueda salvarse por sí sola, sino que necesita de la gracia, una ayuda especial
de Dios que la impulsa a evitar el amor a lo sensible y la inclina a amar la virtud, único
camino que garantiza la salvación.
5. DIOS (INCLUYE LA METAFÍSICA)
Dios es el tema central de la filosofía agustiniana, pues la existencia de Dios es la
exigencia de todo su pensamiento. Así pues, su filosofía es predominantemente una
teología, siendo Dios no sólo la verdad a la que aspira el conocimiento sino el fin al que
tiende la vida del hombre, que encuentra su razón de ser en la visión beatífica de Dios
que alcanzarán los bienaventurados en la otra vida, para cuya obtención será necesario
el concurso de la gracia divina.
Agustín de Hipona no se preocupa, sin embargo, de elaborar pruebas sistemáticas de la
existencia de Dios, aunque propone diversos argumentos que ponen de manifiesto su
existencia. Entre ellos se encuentran los que, a partir del orden observable en el mundo,
concluyen la existencia de un ser supremo ordenador, o los basados en el consenso entre
todos los seres humanos en admitir su existencia. Sin embargo, la auténtica prueba de la
existencia de Dios es la presencia en el ser humano de verdades universales, necesarias
e inmutables, puesto que son ellas las que exigen la existencia de un ser necesario,
inmutable y eterno para explicar su origen. De ahí que, cuando trate de señalar cuál es el
atributo fundamental de Dios, hable de la inmutabilidad.
En lo que se refiere a la esencia de Dios, Agustín de Hipona subraya que Dios es
incomprensible para nuestro entendimiento limitado. Lo que digamos de Él siempre
será insuficiente. Por ello nuestros conceptos sólo pueden aplicarse a Dios de un modo
analógico. Se podrían sintetizar las propiedades divinas del siguiente modo: Dios es la
esencia por excelencia, la verdad máxima y el bien supremo; su Ser es eterno e
inmutable; su Conocer es providente, presciente y creador; su Bondad es el fin de todas
las inquietudes y fuente de felicidad.
Agustín de Hipona propone la fórmula: una sola naturaleza, la divina, en tres personas,
para dar cuenta de la peculiar naturaleza de Dios. Unidad y trinidad no son términos que
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se excluyan recíprocamente a nivel divino. Las tres personas, es decir, la divinidad, son
iguales en naturaleza y duración, pero distintas en cuanto al orden de procedencia: el
Hijo procede del Padre y el Espíritu del Padre y del Hijo.
Un elemento nuclear de la metafísica agustiniana sobre Dios es el "ejemplarismo", que
muestra la importante influencia neoplatónica: Según Platón, este mundo visible era un
reflejo de las Ideas subsistentes en sí mismas en el mundo inteligible. San Agustín pone
las ideas o razones eternas como existentes en la mente divina.
Dios ha creado libremente el mundo de la nada, según las ideas ejemplares existentes en
Él. El mundo es, pues, un reflejo de las ideas divinas. Las cosas son lo que son en
cuanto constituyen la realización de dichas ideas. De este modo, Agustín de Hipona
suscribe la teoría de las ideas pero éstas no constituyen ya un mundo lógico impersonal,
sino que ahora son algo de Dios en cuanto que las ha situado en la mente divina.
A. de Hipona mantendrá que la creación es el resultado de un acto libre de Dios. No
obstante,
tal como se ha mencionado, las esencias de todas las cosas creadas se
encontraban en la mente de Dios como ejemplares o modelos de las cosas, tanto de las
creadas en el momento original como de las que irían apareciendo con posterioridad, es
decir, de todo lo posible, pero no existente todavía. Para crear el mundo, Dios no ha
tenido más que quererlo; al quererlo, lo ha dicho y lo ha hecho. Y lo ha hecho de una
vez, sin sucesión en el tiempo, categoría que pertenece al mundo creado, pero no a su
creador. De una sola vez ha hecho existir la totalidad de lo que ha sido, de lo que es y de
lo que será en el futuro. Primero creó una materia amorfa, en la cual estaban las razones
seminales, es decir, los gérmenes de las cosas que habrían de manifestarse con el paso
del tiempo. Después, en el transcurso del tiempo y según el orden y las leyes que Dios
mismo ha previsto, esas razones seminales irán desarrollando todas las virtualidades que
contienen. Tales razones seminales son la materialización creada de las ideas eternas
increadas.
En el acto de la creación Dios crea, pues, unos seres en acto y otros en potencia, como
“razones seminales”, por lo que todos los seres naturales habrían sido creados desde el
principio del mundo, aunque no todos existirían en acto desde el principio.
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6. LA ÉTICA
a. Dios como objeto de la felicidad humana.
La ética agustiniana, aunque inspirada directamente por los ideales morales del
cristianismo, aceptará elementos procedentes del platonismo y del estoicismo, que
encontramos también en otros aspectos de su pensamiento. Así, compartirá con ellos la
conquista de la felicidad como el objetivo o fin último de la conducta humana; este fin
será inalcanzable en esta vida, dado el carácter trascendente de la naturaleza humana,
dotada de un alma inmortal, por lo que sólo podrá ser alcanzado en la otra vida.
Hay aquí una clara similitud con el platonismo, mediante la asociación de la Idea de
Bien con la de Dios, pero prevalece la inspiración cristiana al considerar que la felicidad
consistiría en la visión de Dios, de la que gozarían los bienaventurados en el cielo, tras
la práctica de la virtud. Además, hay que tener en cuenta que es necesaria la gracia de
Dios para poder alcanzar tal objetivo, lo que hace imposible considerar la salvación
como el simple efecto de la práctica de la virtud, entre otras cosas por la imperfección
de la naturaleza humana que supone el pecado original.
b. La libertad humana
Dios, al crear al hombre a su imagen y semejanza, le otorga voluntad y libre albedrío, es
decir, capacidad de elección. No debe confundirse en Agustín de Hipona, la libertad
con el libre albedrío. Este último consiste en la capacidad de poder escoger el bien o el
mal. La auténtica libertad, en cambio, es la de obedecer a Dios. Cuando el hombre
utiliza el libre albedrío para alejarse de Dios no está siendo libre, sino esclavo de bienes
inferiores. Por eso, elegir el mal puede ser un acto de libre albedrío, pero no de libertad.
El ser humano solo puede encontrar la felicidad en Dios, pero como carece de una
visión adecuada del mismo, puede elegir bienes mutables como objetivo de su vida en
lugar de tender al bien inmutable. En esos casos, el ser humano se aleja del auténtico
objetivo de su felicidad, pero es el resultado de una decisión personal, de la que es
totalmente responsable.
El carácter bipolar de la antropología agustiniana vuelve a hacerse presente. La
naturaleza corrompida mueve al ser humano hacia el mal, mientras que la fuerza de la
gracia le empuja hacia el bien, pero ninguna de las dos lo determina. Es él quien
libremente puede optar por seguir a Dios o apartarse de él.
Historia de la Filosofía, Agustín de Hipona,
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Por otra parte, la libertad del ser humano es compatible con la omnisciencia divina, pues
el se humano es libre de hacer lo que Dios sabe que hará libremente.
c. El problema del mal
Respecto al problema de la existencia del mal en el mundo -si Dios es la suma Bondad
¿por qué lo permite?-, la solución se alejará del platonismo, para quien el mal era
asimilado a la ignorancia, tanto como del maniqueísmo, para quien el mal era una
cierta forma de ser que se oponía al bien; para Agustín de Hipona el mal no es una
forma de ser, sino su privación; no es algo positivo, sino negativo: carencia de ser.
Consecuentemente, al no ser algo real, no puede ser atribuido a Dios. Todo lo creado es
bueno, ya que el ser y el bien se identifican. Por tanto, el mal no tiene su origen en Dios,
sino en el libre albedrío; cuando el hombre, en vez de elegir bien ayudado por la gracia,
cede a las tentaciones sensibles, peca y como consecuencia aparece el mal.
“ Si el hombre es en sí un bien y no puede obrar rectamente sino cuando quiere,
síguese que por necesidad ha de gozar de libre albedrío, sin el cual no se concibe que
pueda obrar rectamente. Y no porque el libre albedrío sea el origen del pecado, se ha
de creer que nos lo ha dado Dios para pecar. Hay, pues, una razón suficiente de
habérnoslo dado, y es que sin él, no podía el hombre vivir rectamente.
Y habiéndonos sido dado para ese fin, de aquí puede entenderse por qué es justamente
castigado por Dios el que usa de él para pecar, lo que no sería justo si nos hubiera sido
dado no sólo para vivir rectamente, sino también para poder pecar”
Agustín de Hipona: Del libre albedrío
7. POLÍTICA Y SOCIEDAD
En cuanto a la sociedad y la política, Agustín de Hipona expone sus reflexiones en La
ciudad de Dios, obra escrita a raíz de la caída de Roma en manos de Alarico (410) y de
la desmembración del imperio romano. Los paganos habían culpado a los cristianos de
tal desastre, argumentando que el abandono de los dioses tradicionales en favor del
cristianismo, convertido desde hacía tiempo en la religión del imperio, había sido la
causa de la pérdida del poder de Roma y de su posterior destrucción. En esa obra
Agustín de Hipona ensaya una explicación histórica para tales hechos partiendo de la
concepción de la historia como el resultado de la lucha de dos ciudades, la del Bien -de
Dios, de la luz- y la del Mal - la terrenal, la de las tinieblas-
Historia de la Filosofía, Agustín de Hipona,
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La ciudad de Dios la componen cuantos siguen su palabra, los creyentes; en esta ciudad
reina la caridad, la justicia y la piedad. En la ciudad terrenal reinan las pasiones
egoístas, las ambiciones, la ley del más fuerte y las quimeras de un ser humano sin
Dios; en ella viven los que no creen.
La lucha entre las dos ciudades continuará hasta el final de los tiempos, en que la ciudad
de Dios triunfará sobre la terrenal. Los textos sagrados del Apocalipsis y la esperanza,
fundada en la fe, de que el bien vencerá al mal, le llevarán a defender esta postura.
Estas dos ciudades se hallan mezcladas en todas las sociedades y no se pueden
identificar con el Estado, una, y con la Iglesia, la otra. Con esta posición no pretende
fundamentar la primacía de la Iglesia sobre el Estado -lo que se ha llamado agustinismo
político-; aunque sea esto lo que ocurra posteriormente a lo largo de la Edad Media;
defenderán la prioridad de la Iglesia sobre los poderes políticos, exigiendo su sumisión.
El Estado y la Iglesia poseen dos modos distintos de legislar. El Estado sigue la ley
positiva, establecida por la autoridad, y la Iglesia, la ley natural. Para Agustín de
Hipona, la ley natural, que Dios ha puesto en el corazón humano y cuya manifestación
exterior es la doctrina cristiana, debe ser también la inspiradora de la le positiva
establecida por el Estado. De aquí la preeminencia legislativa de la Iglesia.
Asegurada esa dependencia, Agustín de Hipona aceptará que la sociedad es necesaria al
individuo, aunque no sea un bien perfecto; sus instituciones, como la familia, se derivan
de la naturaleza humana, siguiendo la teoría de la sociabilidad natural de Aristóteles, y
el poder de los gobernantes procede directamente de Dios: Dios legitima el poder.
Entre otras fuentes de información se han tenido en cuenta:
http://www.webdianoia.com/medieval/agustin/agustin_filo.htm
http://recursos.cnice.mec.es/filosofia/sintesis_sanagustin.pdf
Presentación. Se pueden ver las diapositivas 9 y siguientes
http://www.slideshare.net/minervagigia/agustn-de-hipona-5080377