Download XXXI Domingo - Abadia de Santa Escolastica

Document related concepts
no text concepts found
Transcript
30 DE OCTUBRE DE 2016
XXXI DOMINGO
DEL TIEMPO DURANTE EL AÑO - CICLO C
Piensa que alguien te espera porque nunca dejó de recordarte; y este alguien
es tu Padre. Trépate, como hizo Zaqueo, sube al árbol del deseo de ser
perdonado; yo te aseguro que no quedarás decepcionado. Jesús es
misericordioso y jamás se cansa de perdonar. Recordadlo bien, así es Jesús.
FRANCISCO
Oración Colecta: Dios omnipotente y lleno de misericordia, que concedes a tus fieles
celebrar dignamente esta liturgia de alabanza; te pedimos que nos ayudes a caminar
sin tropiezos hacia los bienes prometidos. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que
vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.
Del libro de la Sabiduría 11, 22–12, 2
Señor, el mundo entero es delante de ti como un grano de polvo que apenas inclina la
balanza, como una gota de rocío matinal que cae sobre la tierra. Tú te compadeces de
todos, porque todo lo puedes, y apartas los ojos de los pecados de los hombres para que
ellos se conviertan. Tú amas todo lo que existe y no aborreces nada de lo que has hecho,
porque si hubieras odiado algo, no lo habrías creado. ¿Cómo podría subsistir una cosa si
Tú no quisieras? ¿Cómo se conservaría si no la hubieras llamado? Pero Tú eres
indulgente con todos, ya que todo es tuyo, Señor que amas la vida, porque tu espíritu
incorruptible está en todas las cosas. Por eso reprendes poco a poco a los que caen, y los
amonestas recordándoles sus pecados, para que se aparten del mal y crean en ti, Señor.
Salmo responsorial: Sal 144,1-2,8-11.13c-14
R/ Bendeciré tu nombre eternamente, Dios mío, el único Rey.
Te ensalzaré, Dios mío, mi Rey, bendeciré tu nombre por siempre jamás. Día tras día te
bendeciré y alabaré tu nombre por siempre jamás. R/
El Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad; el Señor es
bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas. R/
Que todas tus criaturas te den gracias, Señor, que te bendigan tus fieles; que proclamen
la gloria de tu reinado, que hablen de tus hazañas. R/
El Señor es fiel a sus palabras, bondadoso en todas sus acciones. El Señor sostiene a los
que van a caer, endereza a los que ya se doblan. R/
De la 2da carta a los tesalonicenses 1, 11–2, 2
Hermanos: rogamos constantemente por ustedes a fin de que Dios los haga dignos de su
llamado, y lleve a término en ustedes, con su poder, todo buen propósito y toda acción
inspirada en la fe. Así el Nombre del Señor Jesús será glorificado en ustedes, y ustedes en
Él, conforme a la gracia de nuestro Dios y del Señor Jesucristo. Acerca de la Venida de
nuestro Señor Jesucristo y de nuestra reunión con Él, les rogamos, hermanos, que no se
dejen perturbar fácilmente ni se alarmen, sea por anuncios proféticos, o por palabras o
cartas atribuidas a nosotros, que hacen creer que el Día del Señor ya ha llegado.
Evangelio según san Lucas 19, 1-10
Jesús entró en Jericó y atravesaba la ciudad. Allí vivía un hombre muy rico llamado
Zaqueo, que era jefe de los publicanos. Él quería ver quién era Jesús, pero no podía a
causa de la multitud, porque era de baja estatura. Entonces se adelantó y subió a un
sicómoro para poder verlo, porque iba a pasar por allí. Al llegar a ese lugar, Jesús miró
hacia arriba y le dijo: “Zaqueo, baja pronto, porque hoy tengo que alojarme en tu casa”.
Zaqueo bajó rápidamente y lo recibió con alegría. Al ver esto, todos murmuraban,
diciendo: “Se ha ido a alojar en casa de un pecador”. Pero Zaqueo dijo resueltamente al
Señor: “Señor, yo doy la mitad de mis bienes a los pobres, y si he perjudicado a alguien,
le doy cuatro veces más”. Y Jesús le dijo: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa, ya que
también este hombre es un hijo de Abraham, porque el Hijo del hombre vino a buscar y a
salvar lo que estaba perdido”.
En Jericó tiene lugar uno de los acontecimientos más gozosos narrados por
san Lucas: la conversión de Zaqueo. Este hombre es una oveja perdida, es
despreciado y es un “excomulgado”, porque es un publicano, es más, es el jefe
de los publicanos de la ciudad, amigo de los odiados ocupantes romanos, es
un ladrón y un explotador.
Impedido de acercarse a Jesús, probablemente por motivo de su mala fama, y
siendo pequeño de estatura, Zaqueo se trepa a un árbol, para poder ver al
Maestro que pasa. Este gesto exterior, un poco ridículo, expresa sin embargo
el acto interior del hombre que busca pasar sobre la multitud para tener un
contacto con Jesús. Zaqueo mismo no conoce el sentido profundo de su gesto,
no sabe por qué hace esto, pero lo hace; ni siquiera se atreve a esperar que se
supere la distancia que le separa del Señor; se resigna a verlo sólo de paso.
Pero Jesús, cuando se acerca a ese árbol, le llama por su nombre: “Zaqueo,
date prisa y baja, porque es necesario que hoy me quede en tu casa” (Lc 19,
5). Ese hombre pequeño de estatura, rechazado por todos y distante de Jesús,
está como perdido en el anonimato; pero Jesús le llama, y ese nombre
“Zaqueo”, en la lengua de ese tiempo, tiene un hermoso significado lleno de
alusiones: “Zaqueo”, en efecto, quiere decir “Dios recuerda”.
Y Jesús va a la casa de Zaqueo, suscitando las críticas de toda la gente de
Jericó (porque también en ese tiempo se murmuraba mucho), que decía:
¿Cómo? Con todas las buenas personas que hay en la ciudad, ¿va a estar
precisamente con ese publicano? Sí, porque él estaba perdido; y Jesús dice:
“Hoy ha sido la salvación de esta casa, pues también éste es hijo de Abrahán”
(Lc 19, 9). En la casa de Zaqueo, desde ese día, entró la alegría, entró la paz,
entró la salvación, entró Jesús.
No existe profesión o condición social, no existe pecado o crimen de algún
tipo que pueda borrar de la memoria y del corazón de Dios a uno solo de sus
hijos. “Dios recuerda”, siempre, no olvida a ninguno de aquellos que ha
creado. Él es Padre, siempre en espera vigilante y amorosa de ver renacer en
el corazón del hijo el deseo del regreso a casa. Y cuando reconoce ese deseo,
incluso simplemente insinuado, y muchas veces casi inconsciente,
inmediatamente está a su lado, y con su perdón le hace más suave el camino
de la conversión y del regreso. Miremos hoy a Zaqueo en el árbol: su gesto es
un gesto ridículo, pero es un gesto de salvación. Y yo te digo a ti: si tienes un
peso en tu conciencia, si tienes vergüenza por tantas cosas que has cometido,
detente un poco, no te asustes.
Dejémonos también nosotros llamar por el nombre por Jesús. En lo profundo
del corazón, escuchemos su voz que nos dice: “Es necesario que hoy me quede
en tu casa”, es decir, en tu corazón, en tu vida. Y acojámosle con alegría: Él
puede cambiarnos, puede convertir nuestro corazón de piedra en corazón de
carne, puede liberarnos del egoísmo y hacer de nuestra vida un don de amor.
Jesús puede hacerlo; ¡déjate mirar por Jesús!
FRANCISCO
Evangelio de Zaqueo
El evangelista san Lucas presta una atención particular al tema de la
misericordia de Jesús. De hecho, en su narración encontramos algunos
episodios que ponen de relieve el amor misericordioso de Dios y de Cristo,
el cual afirma que no vino a llamar a los justos, sino a los pecadores (cf. Lc
5, 32). Entre los relatos típicos de san Lucas se encuentra el de la
conversión de Zaqueo, que se lee en la liturgia de este domingo. Zaqueo es
un «publicano», más aún, el jefe de los publicanos de Jericó, importante
ciudad situada junto al río Jordán. Los publicanos eran los recaudadores de
los impuestos que los judíos debían pagar al emperador romano y, por este
motivo, ya eran considerados pecadores públicos. Además, aprovechaban
con frecuencia su posición para sacar dinero a la gente mediante chantaje.
Por eso Zaqueo era muy rico, pero sus conciudadanos lo despreciaban. Así,
cuando Jesús, al atravesar Jericó, se detuvo precisamente en casa de
Zaqueo, suscitó un escándalo general, pero el Señor sabía muy bien lo que
hacía. Por decirlo así, quiso arriesgar y ganó la apuesta: Zaqueo,
profundamente impresionado por la visita de Jesús, decide cambiar de vida,
y promete restituir el cuádruplo de lo que ha robado. «Hoy ha llegado la
salvación a esta casa», dice Jesús y concluye: «El Hijo del hombre ha
venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido».
Dios no excluye a nadie, ni a pobres y ni a ricos. Dios no se deja
condicionar por nuestros prejuicios humanos, sino que ve en cada uno un
alma que es preciso salvar, y le atraen especialmente aquellas almas a las
que se considera perdidas y que así lo piensan ellas mismas. Jesucristo,
encarnación de Dios, demostró esta inmensa misericordia, que no quita
nada a la gravedad del pecado, sino que busca siempre salvar al pecador,
ofrecerle la posibilidad de rescatarse, de volver a comenzar, de convertirse.
En otro pasaje del Evangelio Jesús afirma que es muy difícil para un rico
entrar en el reino de los cielos (cf. Mt 19, 23). En el caso de Zaqueo vemos
precisamente que lo que parece imposible se realiza: «Él —comenta san
Jerónimo— entregó su riqueza e inmediatamente la sustituyó con la
riqueza del reino de los cielos» (Homilía sobre el Salmo 83, 3). Y san
Máximo de Turín añade: «Para los necios, las riquezas son un alimento
para la deshonestidad; sin embargo, para los sabios son una ayuda para la
virtud; a estos se les ofrece una oportunidad para la salvación; a aquellos se
les provoca un tropiezo que los arruina» (Sermones, 95).
Queridos amigos, Zaqueo acogió a Jesús y se convirtió, porque Jesús lo
había acogido antes a él. No lo había condenado, sino que había respondido
a su deseo de salvación. Pidamos a la Virgen María, modelo perfecto de
comunión con Jesús, que también nosotros experimentemos la alegría de
recibir la visita del Hijo de Dios, de quedar renovados por su amor y
transmitir a los demás su misericordia.
BENEDICTO XVI
Abadía de Santa Escolástica
www.santaescolastica.com.ar/preparando-el-domingo